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El
rumor llegaba en el perfume. Las flores se tocaban, se
inclinaban unas sobre otras, rozaban tallos, se sacudían
tentativas y frágiles. El aroma, en racimos penetrantes y
azules, se hacía parte de la brisa en esa tarde de primavera.
El tronco delgado y las ramas como dedos largos pegados contra
la pared, retorcidos, como sufrientes, eran de un marrón
oscuro, a veces veteado con blanco grisáceo. Las flores de la
glicina parecían pertenecer a otro cuerpo, eran tan
brillantes y frágiles y fragantes. La planta no tenía hojas
en primavera, sólo el cuerpo que siempre parecía viejo y las
flores y el perfume. La glicina estaba contra una pared de
ladrillo. El contraste del azul contra el rojo apagado era
sorprendente. Hasta se podían ignorar el tronco y las ramas
para que sólo quedaran el azul contra el rojo, y el perfume.
También habían otras flores y era curioso que, aunque
cambiaran, la glicina permanecía contra la pared de ladrillo,
siempre en flor.
El cuarto estaba a oscuras. La puerta
cerrada, sin llave. Ella agachada y abrazándose las rodillas,
estaba en el suelo, tratando de desaparecer detrás de la cama.
El bebé lloraba en el otro cuarto. Ella empujó unos papeles
debajo de la cama. Él entró, no le costó encontrarla. Fue
hacia ella y la abrazó "Mi niña, mi amor..." la
hizo poner de pie y sentarse en la cama. "Mira esas
lágrimas, no, no llores" y le besaba la cara "mi
niña, mi amor". La rodeó con los brazos y la acunó,
chasqueando la lengua, apaciguándola. La separó unos pocos
centímetros de sí mismo,
"Mira, mira cómo tienes la cara... mi amor... no
me lo hagas hacer más... si
no insistieras con tus cosas yo no lo haría ... mira,
mira, tu carita..." y ahora era él quien lloraba,
gimiendo, pidiendo perdón... “No me lo hagas hacer más,
por favor ... por favor ... rompamos ahora esas pinturas ...
así, así ... ya ves, si pintaras flores sería distinto ...
pero insistes..." El no vio una de las pinturas que
había quedado debajo de la cama.
La llevó al baño y quiso lavarle la cara. El bebé
había dejado de llorar. Ella también. El ya no gemía. Ahora
era ella la que quería lavarle los nudillos de la mano
derecha, ligeramente ensangrentados, "es todo mi culpa...
perdóname... pintaré sólo
flores”... “¿Me lo prometes? preguntó con cara y
gesto de mimoso... "Sí,
mi amor".
Siguieron días felices, otros no tanto. Los pedidos de
perdón y la insistencia de no hacerlo nunca más crecieron
tanto como el niño. Con el tiempo ella se hizo famosa en su
pequeña ciudad por sus coloridas pinturas, siempre con flores
muy vistosas.
Se
encontraba con Pepita, una de sus mejores amigas, todos los
martes por la tarde a tomar un té con "tonterías",
como le llamaban a todo lo
que comían gustosas. Bueno, quizás no todos los
martes. Había algunos en que llamaba a Pepita por teléfono y
cancelaba la cita. Las razones fueron, al principio, muy
complicadas, con caídas de escaleras o tropezones a la
entrada del edificio, o que un muchachito la había embestido
con la bicicleta, etc. etc. Con los años, Isolina, había
perdido el interés por inventar historias y sólo bastaba
decir "hoy no puedo" para que Pepita entendiera.
Quizás se hizo más difícil cuando su hijo llegó a la
adolescencia y aprendió el juego de las recompensas a través
de la amenaza y el temor. Isolina, que pintaba algunas veces
en un cuarto a oscuras y otras en otro muy iluminado, se iba
haciendo chiquita y no hacía ruido en la casa que ya, o quizás
nunca, le había pertenecido. Una vez Pepita le comenzó a
decir "tendrías que terminar con esto de... no deberías
tolerar... " Isolina había abierto los ojos muy grandes
y le había puesto punto final con la mirada. Pepita no
insistió nunca más.
Sabiendo
de donde venían, Isolina encontraba folletos dentro de libros
o revistas, en la canasta de las frutas, con información
sobre conductas muy horribles que nada tenían que ver con
ella o con su familia. Rompía los folletos, mientras miraba
para otra parte.
Cada vez que vendía uno de los cuadros
volvía a la casa con cierta tristeza que nadie se explicaba.
Como el día en que en la galería de arte le dieron una
mención de honor por "Begonias" y ella casi no
sonreía. Su esposo la llenaba de regalos e insistía en que
debían celebrarlo y le apretaba el brazo con fuerza mandando
un mensaje para que sonriera. Ella lo recibía y sonreía.
Invitaron a mucha gente y conversaron con la facilidad y el
deleite de los que no dicen nada y bebieron hasta tarde.
Cuando todos se fueron y la casa quedó a oscuras porque se
debía dormir, Isolina caminó con cuidado por el pasillo y
fue al cuarto donde hacía su planchado. También servía de
despensa donde guardaba mercadería que encontraba barata en
los mercados. Sacó los canastos de mimbre que estaban sobre
la mesa, sacó la madera dejando sólo el armazón de la mesa
con las cuatro patas. Dio vuelta la tabla y allí, fijado por
cuatro clavitos, había un lienzo pintado al óleo. Lo miró
un rato, recordó las muchas pinturas que había terminado
desde que había entrado en esta casa --y que luego,
sistemáticamente, había destruido-- que contaban una
historia que debía guardar tan celosamente como guardaba su
tristeza de los demás. Volvió a colocar la tabla que formaba
la mesa, salió con cuidado, cerró la puerta y fue a su
dormitorio.
Cuando
hubo pintado las margaritas, decidió agregar caléndulas y
fresias. Sobre las baldosas del patio había macetones con
geranios rojos y no estaba segura de si poner o no una
enredadera a la entrada de lo que se suponía debía ser la
cocina. Antes de cerrar la caja con sus pinturas dio un
último toquecito a la glicina que apenas se veía detrás de
un naranjo. Sólo asomaban tres racimos azules y ella tocó
una de las flores con el pincel, sin pintura, sólo por
tocarla. Había aprendido de las flores esa levedad del gesto,
la caricia y la ternura en el movimiento, el modo de alzar la
cabeza, recogerse el pelo, poner la tabla de la mesa con
delicadeza otra vez sobre las cuatro patas. Había visto su
vida en los pétalos de azahares, jazmines, rosas y claveles.
Sabía cómo el sol acariciaba y las sombras cobijaban.
Recorría el patio de los cuadros siempre anclada en sus
glicinas, para no perderse, para no confundir su lugar que a
diario se desdibujaba. Ella volvía al perfume, a seguirse en
los caminos del jardín, entre el pasto y las higueras, el
rododendro y las prímulas. Sabía desde hacía mucho tiempo
que debía salir, que este jardín no era el otro. Ella no
entendía la violencia. Por eso se sentía mal hasta cuando
una pintura no le salía como debía y tenía que retocarla,
agregarle un color foráneo, una intrusión de amarillos en
una violeta mal formada. No, no le gustaba hacerlo porque
sabía que dolía, que la violeta nunca más se reconocería
porque tendría heridas que no podría explicar y preferiría
hundirse en el pasto del jardín y no asomarse con el único
pétalo violeta. Hasta le parecía que algunas veces su pincel
era como un zapato que pisara las flores. Claro que sabía que
debía salir. Sólo que cómo explicar, cómo verse desde otra
puerta sabiendo que todos hablarían, que el profesional
admirado se salpicaría con barro como cuando se riega con
fuerza en el jardín... por eso ella siempre destruía las pinturas de la
historia, como él lo había hecho tantas veces hasta que ella
aprendió. Cuando a veces se decía que quizás ella, por el
sólo hecho de estar a mano lo había provocado... sabía que
se mentía. Sabía
que sólo había un paso entre su puerta y la otra. Pero, esta
vez, como otras, volvió a sus comidas, a limpiar la casa, a
preparar las camisas con un poquitín de almidón, y ya!
Quizás
fuera porque la lluvia era finita y casi no hacía ruido sobre
las hojas o quizás fuera porque se vio en el espejo y
reconoció las señales del nunca acabar, o quizás porque sin
querer llegara al cuarto que estaba a oscuras y supiera que
podría ver las glicinas. Sacó del tercer estante de la
alacena su caja de pinturas. Con seguridad encendió la luz
sin importarle que fueran casi las tres de la mañana. Sacó
los canastos que estaban sobre la mesa. Levantó la tabla y la
dio vuelta. La colocó sobre el planchador, que era su atril,
y lo miró como un encuentro. Su mirada era tan lenta que
parecía que no sólo tocaba los colores sino que los ponía.
Allí, una mujer rubia contra una pared de ladrillo. El
cabello era espeso, en ondas, largo sobre la espalda,
extremadamente artificial. Ella tomó el pincel y trabajó
mucho tiempo cambiando no sólo el color del cabello, ahora
castaño, sino también el largo y el estilo. Así. Ella. Así
era ella. O mejor, así había sido ella. La mujer estaba
obviamente corriendo y su expresión era de angustioso espanto.
Los ojos agrandados por el terror, un brazo levantado para
protegerse, el otro buscando algo para escapar, para escapar...
Isolina le tocó la cara, besó la yema de su dedo y la
aplicó a los labios de la otra que tenía ahora su cabello,
el castaño original y algunas canas nuevas. Le tocó la mano
de dedos crispados y delgados, sufrientes, de un marrón
oscuro veteado con blanco grisáceo y le dijo "Hace mucho
tiempo... ahora sí, es hora de salir". Con una destreza
indescriptible, con una maestría de años, Isolina pintó una
puerta en la pared de ladrillo para que la mujer encontrara
algo para abrir y escapar. Y de pronto Isolina se encontró al
otro lado, en el jardín, el sol de todas las primaveras
pintadas tocándole la piel, sí, su piel, y se dejó
acariciar por el descubrimiento de su fortaleza, de su
resolución y saboreaba la certeza de una decisión final.
Aspiró profundamente la vida nueva, otra vez, así,
profundamente, y el olor de las glicinas le entró por la piel
al centro del alma. Había esperado tanto tiempo para vestirse
de primavera. Daba vueltas y vueltas y tocaba las anémonas,
clavelinas, jacintos y albahacas, nardos y azucenas, hibiscos,
gardenias y amapolas, pensamientos, lirios, dalias y gladiolos,
todas sus flores la recibían desde distintas estaciones.
Las flores azules que siempre habían estado al otro
lado del cuarto oscuro se apoyaban ahora en la puerta recién
abierta y reían
en racimos, se sacudían y exhalaban perfumes, celebrando.
Isolina llamó a Pepita “es hora de ir al refugio, al del
jardín de las glicinas”, y
cerró la puerta al cuarto oscuro.
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