Miami
Estados Unidos
Año II Nº 9/10

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesor Técnico

Daniel Berdeguer

Asesores de Arte

Carlos Quevedo
Mauricio Saldarriaga

 

Boletín Informativo

Reciba por correo electrónico una síntesis de las principales noticias literarias

 

 

 

HAY UNA NUEVA NARRATIVA

 DOMINICANA QUE CUENTA


por

René Rodríguez Soriano
________________________________________________


        
La regla es el abuso, la excepción es el goce.
Roland Barthes

 

1. Más allá de la historia.  

     Antes, mucho antes que el nombre de las cosas, desde los días primigenios de la humanidad, ya el cuento existía. Quizás como hipótesis justificadora. Quizás como sinuosa verdad empeñada en explicar la realidad circundante, todo ese amanecer del mundo lleno de interrogantes y magia, dando rienda suelta a una sarta de mitos, historias de dioses y héroes de los que han hecho uso hasta la saciedad las religiones y las antiguas epopeyas.[1]

     Los más antiguos cuentos de los que se tiene conocimiento provienen de Egipto y datan de los siglos XIV a XII antes de la era cristiana. Así mismo, el primero en compilar cuentos al modo moderno, se tiene entendido que fue Partenio de Nicea, considerado como maestro de Virgilio. Su colección lleva por título Aventuras de amor y está integrada por treintiséis narraciones. De esa misma época se considera a Conón, quien llega hasta Don Quijote con el cuento de Los viejos y la deuda saldada, uno de los episodios del gobierno de Sancho. La Edad Media, también es rica y singularmente propicia para el cuento y, según Emile Gebhart, “Los viajes de los peregrinos, de los mercaderes y de los cruzados, constituyeron un magnífico puente para la difusión de este tipo de relatos por todas las regiones del mundo”[2]. Los dominicos y los franciscanos, en su largo peregrinar entre oriente y occidente se encargan de llevar y traer de pueblo en pueblo estas historias y difundirlas.

     Este, a grandes rasgos, y no otro es el panorama de los cuentos orales, de caminos. Cuentos que durante las travesías hacían las delicias de los viajantes y acortaban las horas. Pero, el del cuento escrito tiene sus vertientes, hay que buscarlo por otros cauces, otros senderos un tanto más fáciles de transitar.

     Es un secreto a voces que el cuentista moderno por excelencia no es otro sino Boccacio con su Decamerón. Después, el resto es casi historia conocida: Perrault, Turguéniev, Voltaire, Diderot, Los hermanos Grimm, La Fontaine, Pushkin, Dickens, Voisenon, Chejov, Gorki, Maupassant y un largo etcétera que, por tan largo, resultaría latoso enumerar ahora y aquí.

 

2. Amplificaciones y balbuceos.

     Si bien es cierto, todos los estudiosos del tema, con sus colorines, sus parcelas y mezquindades, han coincidido en señalar la ausencia de una cuentística organizada y un atraso con respecto a todos nuestros vecinos, en lo que a escribir y fundamentar el cuento se refiere. Así nos lo confirma Aída Cartagena Portalatín, cuando plantea: “En el panorama de nuestras letras podríamos señalar una docena de buenos cuentistas, pero que nada aporta a la técnica o género, y también a incontables narradores que no hicieron otra cosa que estampas costumbristas o viñetas de pobre colorido criollo”[3]
     Durante ese largo y lento balbuceo de nuestra cuentística, de finales del 1800 hasta mediados del 1900, se pueden rastrear soplos del naturalismo de Zola, Maupassant; del modernismo –en el caso de Fabio Fiallo y sus Cuentos frágiles, 1908- y algo del simbolismo francés; lo que no es de extrañarse, puesto que, como apunta Rodríguez Demorizi: “Las lecturas de novelas y cuentos se hicieron más amplias y comunes desde 1845. Se leía a los Hermanos Grimm; los Cuentos de hadas de Andersen; Las mil y una noches; los Cuentos fantásticos de Hoffmann, en su edición madrileña de 1839; los cuentos y poesías folklóricas de Fernán Caballero y los Cuentos de mamá, tradiciones granadinas, en 1853; las celebradas Tradiciones peruanas, de Palma, después de 1872, que tanto influirían en toda la América, y entre nosotros en César Nicolás Penson...”[4]
     De ahí que, durante todo ese largo trayecto, además de lo ingenuo de la técnica, no es extraño encontrarnos con meras amplificaciones o retomas de trabajos ya clásicos, a los cuales se les condimentaba con un poquito de sazón del momento político que vivía nuestra incipiente nación. Así, y volviendo a las fuentes de Rodríguez Demorizi, nos encontramos con que: “en los cuentos de López (José Ramón) hay claras reminiscencias de los de Luis Taboada. El delicioso cuento Las cerezas, de Fabio Fiallo, es trasunto de La oropéndola, de Andre Theuriet. José Ramón López, además, se contó entre los numerosos usufructuarios de la maravillosa cantera de El Conde Lucanor y La Fontaine.[5]
     Además de Fabio Fiallo, a quien se le reconoce el título de Primer Cuentista dominicano[6], José Ramón López y César Nicolás Penson, sobresalen por sus trabajos Rafael A. Deligne, Sócrates Nolasco y Vígil Díaz, entre otros.


3. Sabor a campoadentro.

     Pero, no es sino a mediados del 1930 cuando nuestra cuentística comienza a tener fisonomía propia, con la aparición de Camino real, de Juan Bosch, considerado éste como el gran estilista, “el cuentista dominicano por excelencia”. Bosch, nos inserta en el campo, lleva a nuestro hombre sencillo del arado, el ingenio o el hato a tutearse con el hombre universal, sacando el cuento dominicano de los requiebros y tarareos puramente costumbristas, criollistas y/o folklóricos, que no hacía otra cosa que presentar al campesino y su entorno visto como con catalejo y frac desde una cómoda poltrona de salón. Es evidente que Bosch utiliza los determinados aspectos del costumbrismo, del criollismo, del folklore, para ofrecer una visión, nueva para la época, del ser  dominicano. Aunque los cuentos de Bosch son telúricos todavía, son también relativamente modernos. En Efecto, Bosch fue un conocedor del hombre de su época, por eso, a pesar que trasciende el tema de la tierra, no se despoja de cierto agrarismo. Y es que la sociedad dominicana de la época era eminente rural.
     El hombre dominicano cobra su estatura y comienza a hablar por su propia boca, en su propio lenguaje, denunciando las condiciones infrahumanas en que muere y se desangra, la explotación, nuestras continuas revueltas y la idiosincrasia de sus ídolos truncos, mustios, estériles como mulas, siempre en constantes escaramuzas levantiscas, siempre retroavanzando. En fin, llega el momento de la trascendencia de nuestro cuento y, junto a la voz de Bosch, comienzan a alzarse otras con no menos tintes de curtiembre, reciedad y oficio: Ramón Marrero Aristy con su libro Balsié, José Rijo, Tomás Hernández Franco y otros. Todos ellos, unos más, otros menos, durante los años del trujillato estuvieron ligados a la temática de la tierra, unos plegados al régimen, otros desafectos.


4. Luces, asfalto y sangre.

     Ya, en las postrimerías de  la dictadura aparecen los primeros cuentos de Virgilio Díaz Grullón, ubicados en un entorno citadino, que dista bastante de la temática tratada por Bosch y los otros que surgieron a principios de los años 30. Junto con Díaz Grullón, Sanz Lajara, Hilma Contreras, Angel Lamarche, Néstor Caro y Lacay Polanco, también incursionarán en la temática metropolitana en algunos de sus trabajos (principalmente Angel Lamarche en su libro Cuentos que Nueva York no sabe, 1958). También es justo consignar aquí la incursión de Manuel del Cabral, con Los relámpagos lentos dentro de una onda épico-filosófica que no ha generado muchos cultores dentro del ramo.
     Si bien es cierto que, a todo este florecimiento del cuento dominicano y que, junto al considerable listado de nombres, se desarrolla una apretada selección de trabajos que pueden considerarse definitivos y definitorios para la cimentación de una cuentística dominicana, los años del 30 al 60 están marcados fuertemente por la temática agraria y no es, sino hasta la caída de Trujillo, con la apertura que este hecho político sin precedentes significa en todos los órdenes para nuestro país, cuando comienza a vislumbrarse una nueva temática y la conjunción del hacer de los escritores dominicanos con el hacer de los más avanzados de otras latitudes.
     Pero, no es sólo la decapitación del trujillato el hecho histórico trascendente que vendrá a sacudir la conciencia nacional, cuatro años después del ajusticiamiento del tirano, el pueblo en pleno del país se lanza a las calles, a defender las soberanía frente a la segunda invasión en el siglo de los Marines Norteamericanos. Hecho éste frente al cual nuestros escritores, como todos los demás sectores de la comunidad, no sólo empeñaron sus implementos de trabajo, sino sus vidas y afanes. Y si bien, las continuas revueltas del pasado y los constantes escarceos de nuestros caciques con ínfula de señores feudales, marcaron a la hornada de escritores de la tierra; estos dos nuevos acontecimientos (el fin de la tiranía y la revuelta de abril), marcan a fuego y sangre a toda esta naciente camada que irrumpe con bríos en el panorama de la cuentística más acabada y con sólida formación, tanto formal como temática.
     Marcio Veloz Maggiolo, Manuel Rueda, René del Risco Bermúdez, Miguel Alfonseca y Armando Almánzar, constituyen la avanzada de lo que habrá de venir. Todos ellos, nutridos y apertrechados de todo el hacer que de golpe nos llegó, todo lo prohibido, todo lo vedado y escamoteado por treinta largos años, irrumpe de sopetón en el ambiente y, todo ese maremagno que engendra el descubrimiento de los europeos del “boom latinoamericano” y la consiguiente búsqueda de las raíces que genera ese boom del boom, s frugalmente aprovechado por este sólido grupo de nuevos narradores que, como bien apunta Pedro Peix, inician el segundo gran ciclo del cuento dominicano, “robustecido por algunos escritores que ya habían publicado textos en los albores del 60”.[7]
     La nueva manada, marcada por la guerra y la tiranía, se curte y se adiestra más con la aparición de los premios de la agrupación cultura La Máscara, a finales de la década, y los Premios Casa de Teatro, que se han mantenido desde el 1977 hasta la fecha. Ambos concursos abren la puerta a un sinnúmero de nuevos narrados y nos dan la oportunidad de reencontrarnos con otros ya establecidos en otras áreas, como son los casos de Aída Cartagena Portalatín, ganadora de una mención en La Máscara 1967 y la publicación de su libro Tablero, 1978, y Manuel Rueda, una mención en La Máscara, 1968, un primer y un tercer lugar en Casa de Teatro, 1978, con un cuento que podría catalogarse como el primer...