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Emilio Bejel nació en Manzanillo, Cuba (1944). Poeta, crítico
literario y profesor universitario de literatura hispanoamericana.
Ha vivido en los Estados Unidos desde 1962. Se doctoró en lengua y
literatura hispánicas en 1970 en la Universidad del Estado de la
Florida (Tallahassee). Ha sido profesor de la Universidad de
Fairfield (Virginia) desde 1971 hasta 1982, de
la Universidad de la Florida (Gainesville) desde 1982 hasta
1991, y de la Universidad de Colorado (Boulder) desde 1991 hasta la
actualidad. Ha dictado seminarios de literatura hispanoamericana y
teoría literaria en las universidades de Yale, Union, Pedro Henríquez
Ureña (República Dominicana) y Rosario (Argentina). Ha publicado
numerosos artículos y poemas en revistas literarias de América
Latina, Estados Unidos y Europa. Entre sus obras principales, ha
publicado los siguientes libros: El libro regalado (poesía,
Madrid: Ediciones Libertarias, 1994); José Lezama Lima, Poeta de
la Imagen (crítica, Madrid: Huerga & Fierro Editores,
1994); Escribir en Cuba (entrevistas con autores cubanos:
1979-1989) Editorial de la Universidad de Puerto Rico (1991); Casas
deshabitadas (poesía, Santo Domingo: Editorial Corripio, 1989);
La subversión de la semiótica (teoría y crítica,en
colaboración con Ramiro Fernández, 1988); Literatura de Nuestra
América (crítica, México: Universidad Veracruzana, 1983; Huellas/Footprints
(poesía, Gaithersburg: Hispamérica, 1982); Ese viaje único
(poesía, New York: Unida, 1977); Direcciones y paraísos (poesía,
New York: Unida, 1977); y Del aire y la piedra (poesía,
Madrid: Editorial Internacional Romo, 1974). Hace poco terminó un
nuevo poemario inédito titulado Pisapapeles.

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Stephen Clark:
El evento determinante de la vida y la obra de muchos escritores
cubanos del siglo XX fue la Revolución de 1959. Por ejemplo, al
final de la notoria "autocrítica" que pronunció en 1971,
Heberto Padilla, el poeta disidente que acaba de fallecer, hizo la
siguiente declaración: "Yo nunca me cansaré de agradecer a la
Revolución Cubana la oportunidad que me ha brindado de dividir mi
vida en dos: el que fui y el que seré." ¿Ves tú este evento
como el factor determinante de tu propia vida? ¿Se refleja en tu
propia obra esta ruptura tan drástica entre el antes y el después
que describe Padilla?
Emilio
Bejel:
Mira, la verdad es que creo que sí. Por la Revolución salgo de
Cuba a los 18 años (sin familia, por cierto), por la Revolución he
vivido en los Estados Unidos desde 1962, y sobre la Revolución y su
literatura y sus escritores y detractores he escrito la mayor parte
de mis trabajos. Sobre antes, durante y después de la Revolución
son casi todos mis poemas, o al menos una buena parte de ellos. Aun
cuando escribo sobre mis años cerca de la ciudad de Nueva York (durante
la década de los 70 y los primeros años de los 80), algo sale de
la Revolución, o de Cuba de alguna manera. La Revolución ha sido
el gran evento, y por eso nos cuesta trabajo a muchos escritores
cubanos o cubano-americanos de mi edad evitar aquello del antes y el
después de la Revolución. Uno de mis poemarios, el que ha tenido más
éxito, que se titula El libro regalado, tiene un
poema donde aparece Mamá dándoles café a los rebeldes barbudos
que descendían de las montañas en los primeros días de enero de
1959. Como vivíamos en Manzanillo, fuimos de los primeros en
recibir la primera oleada de rebeldes. Era como un cuento épico en
frente de nuestros ojos, y como en mi casa se detestaba tanto a
Batista, los rebeldes eran como el principio del mundo, como la
esperanza casi inocente de la que vivíamos en esos momentos. Fue
verdaderamente grandioso.
SC:
Pero al mismo tiempo, además de las referencias a la historia
colectiva de Cuba, hay mucho de tu propia historia personal, incluso
los momentos más difíciles de tu vida, los más dolorosos. ¿Qué
te motiva a escribir de esta forma, con un índice tan alto de
autobiografismo? ¿No temes la posibilidad de desnudarte demasiado
delante del público?
EB:
Bueno, eso de desnudarme no me preocupa demasiado. ¿Desnudarme? Lo
he hecho muchas veces en todos los sentidos. Pero hablando en serio,
te diré que en efecto casi toda mi poesía es autobiográfica. A
veces pienso que así son todos los escritores, unos más obviamente
que otros. Estoy dominado por la nostalgia. Sólo me inspira lo que
ya se ha perdido o lo que yo percibo que se ha perdido: la niñez,
el país de origen, amores pasados, inocencias de otras épocas. Es
algo así como ser siempre deconstruccionista hasta en la manera de
recordar. Yo trato de escribir de mis recuerdos pero ya pasados por
un proceso poético y crítico a la vez, un proceso que recuerda con
nostalgia y se ríe (o llora) de la fantasía de tal recuerdo. Creo
que es fácil notar que cada vez que en mi poesía sale algo muy
nostálgico, en ese mismo poema o en otro de la colección aparece
una crítica o sarcasmo de esa nostalgia. Nunca regresamos a ninguna
parte; nunca hacemos más que inventar nuevas autobiografías. Y
esto tiene su parte positiva porque de esta manera podemos
reinventarnos, darnos nueva vida cuando parece que todo se ha
terminado. Si alguna esperanza tengo, esta se centra en la idea de
que puedo aún hacer una historia de mi vida aunque sea una historia
falsa, que nunca existió de tal manera. ¿Qué nos asegura que
podemos recordar las cosas como fueron? ¿Qué nos importa contar
las cosas como fueron? Lo importante es contar como nos interesa en
un momento determinado que ese cuento sea contado o recordado o
escrito. Creo que ahí está el centro de mi poesía: el recuerdo
nostálgico y la meditación cínica, que destruye con el escondido
deseo de reconstruir. Todo esto lleva a un plano lingüístico que
trato de lograr en mi poesía: el acercamiento y alejamiento simultáneos
del cliché. Acercamiento porque de esta manera se tiende el deseo
(del escritor y del lector), la seducción de una escritura que
pueda tener algo de humana. Y a la vez un alejamiento crítico de
tal nostalgia, de tal cliché, a base de una meditación o de una
desviación lingüística que se aleje políticamente del puro cliché
nostálgico. Así veo mi poesía, aunque acepto otras
interpretaciones, porque el "autor" no es el único y a
menudo ni
siquiera el mejor crítico de "su" obra.
SC:
¿Podrías hablar de la recepción que ha tenido tu obra poética en
los diferentes países donde se ha publicado?
EB:
Mira, publicar poesía en español en el siglo 20 y ahora 21 en un
país de habla inglesa de tradición positivista casi siempre es
sencillamente suicida. Se trata de una lectura extremadamente
minoritaria. Pero tal vez este suicidio tenga su valor: quedar al
margen, hacer un espacio enrarecido para evitar entrar demasiado en
el mundo de la mercancía, al menos en este sentido de la poesía y
su recepción. Pero sí, mi poesía se ha publicado en varios países,
y los lugares donde la aceptación ha sido mayor es en los países
hispanos: en Cuba y en la República Dominicana. En Santo Domingo
publiqué mi poemario Casas deshabitadas, que tuvo un
éxito que sería inimaginable en Estados Unidos para ningún libro
de poemas ni en español ni en inglés. Todos los ejemplares se
vendieron en una semana, todos los diarios nacionales hicieron reseñas
del libro. Fue algo extraordinario. Pero ese libro, excepto entre
amantes de la literatura, profesores especializados, etc., apenas se
conoce en
Estados Unidos. En cuanto a El libro regalado, que es una
continuación temática de Casas deshabitadas, podría decir que ese
ha tenido más aceptación aquí que Casas deshabitadas, en España
o en Cuba. Es del que más se ha escrito. Un fragmento apareció en
la antología Puentes a Cuba publicada por la Universidad de
Michigan. Tú mismo has traducido todo el poemario al inglés, y te
ha quedado muy bien. Hay que tener mucho de poeta para traducir poesía,
y tu recreación al inglés de esos poemas ha quedado muy bien.
También has traducido ese poemario inédito que titulo Pisapapeles,
que es tan difícil, es una poesía que reconozco que es difícil,
pero eso es lo que quiero hacer. Ahí también se ve lo de la
nostalgia y el alejamiento de tal nostalgia, de esos sentimientos
demasiado fuertes de desesperanza. Creo que por eso son poemas tan
difíciles de leer, porque trato de alejarme del cliché y del
emocionalismo a base de estrategias poéticas. Claro está que si el
tema que trato es muy emocional o nostálgico y eso es lo que trato
de ocultar políticamente, el resultado es un arabesco lingüístico.
El mismo título del poemario, Pisapapeles, es un deseo más de
decir: aquí hay grandes emociones que se tratan de controlar, aquí
hay una serie de papeles volando de la emoción que necesitan un
pisapapeles.
SC:
Siguiendo con el tema de la nostalgia, supongo que después de
tantos años en Estados Unidos ya no te consideras un exiliado. Pero
¿hasta qué punto te sigues considerando "cubano"? ¿Estarías
de acuerdo con Gustavo Pérez Firmat que la verdadera cubanía es
una cosmovisión que el cubano no pierde a pesar de la distancia
temporal y geográfica que lo separa de su país? ¿Tiene esta
disyuntiva alguna manifestación en tu poesía?
EB:
Yo no soy de los que ha tenido grandes conflictos en cuanto a si soy
"cubano," "cubano-americano" o cualquier otra
cosa. El conflicto de identidad no es mi tema principal, ni el de mi
poesía ni el de mi vida. Aunque sé que estoy muy alejado de la
vida y hasta de las costumbres cubanas de la isla, no me mortifica
pensar si soy o no soy esto o aquello. Soy una persona que vino a
los Estados Unidos a los 18 años y ha vivido casi 39 en este país.
Tengo mi arrastre fuerte, pero no recuerdo haber sufrido pensando
que si soy esto o aquello. Este tipo de conflicto tan central para Pérez
Firmat y tantísimos otros exilados e inmigrantes, no es el
conflicto principal. Estoy entre americanos y sigo sintiéndome algo
que no es conflictivo. He estudiado mucho esto de la "cubanía."
Por ejemplo, mi último libro de crítica (que publicará la
editorial de la Universidad de Chicago en el verano del 2001) trata
de eso y de cómo se relaciona la idea de ciudadanía y la
representación o representaciones de la homosexualidad. Cada vez me
convenzo más de que la nacionalidad es, en última instancia, una
combinación de una serie de simbolos sociales y políticos (muy
politizados siempre) que están cargados de emocionalismo, pero que
acaso tengan menos realidad de la que nos creíamos. Se trata de
unas novelas que nos hemos contado unos a los otros tan
compulsivamente que las hemos creído y, definitivamente, las hemos
vivido. En nombre de la nación se logran los mayores heroísmos, y
en nombre de la nación se cometen los mayores crímenes. En este
sentido, en estos momentos, me inclino por pensar que habría que
repensar la nación en términos menos absolutistas. Do we need
another hero? Me parece dudoso.
SC:
¿Qué poetas o autores más influyeron tu forma de escribir
poesía? Sé que tienes un libro sobre Lezama Lima. ¿Ejerce alguna
influencia en ti la obra de Lezama?
EB:
Voy a tratar de evitar contar la "historia" de mi entrada
a la literatura. Cada vez que leo entrevistas en donde el escritor
hace tal historia, me parece algo ridícula, sin realidad, una
mirada en retroceso que poco tiene que ver con nada. En este sentido
sí puedo decirte que ahora recuerdo que me gustó mucho José María
Heredia, que escribía poemitas extravagantes cuando era un niño
acaso de 9 o 10 años, que luego recuerdo haberme fascinado con los
poemas de Neruda, luego con los de Lorca, pasando por los romántico-modernistas
Martí, Darío, y hasta Nervo, ¡qué horror! Ya en los EEUU me
empecé a dar cuenta que me gustaban los poetas complicados, como Góngora.
Me aprendí de memoria parte de las Soledades, ¿te imaginas que
persona más extraña? Escribí un libro entero sobre Lezama porque
me fascinaba y me sigue fascinando, al igual que los buenos poetas
surrealistas como Lorca, Alexaindre y Cernuda. También ha sido algo
duradero en mi gusto los poemas de Trilce. Cuando quiero salir del
cliché en un tema muy emocional (la madre, por ejemplo), me releo a
Vallejo, al Vallejo de Trilce. He leído también con gusto a
algunos poetas chicanos, puertorriqueños y cubano-americanos. Me
gusta la poesía de Gustavo Pérez Firmat; suena intensa y reflexiva
a la vez, tiene gracia.
SC:
¿Se conoce tu poesía en Cuba? ¿Te importa ser leído en tu país
natal?
EB:
Sí se conoce y sí me importa. Acaso me importe mucho más de que
se conozca en los EEUU. Allí está el lector que puede conocer de
qué se trata lo que digo y cómo lo digo. Allí está el conflicto
y la locura, ese es el lugar. Se han publicado varios de mis poemas
últimamente, y algunos han estudiado mi poesía allí.
SC:
¿Qué otros géneros has trabajado y cuál es tu acercamiento a
estos otros géneros?
EB:
Yo soy básicamente una persona que escribe poesía. No me he metido
mucho en la narrativa. Pero en los últimos años se me ha ocurrido
escribir unos cuentos entre poéticos y eróticos, algunos los
llamarían pornográficos. Pero son tan pornográficos, tratan de
temas tan fuertes que a pesar de la edad y la experiencia, me ha
dado pudor publicarlos. Tratan no sólo del sexo, que es algo super-tratado
desde todos los ángulos y posiciones, sino de la relación
monstruosa entre sexualidad y política. Tratan también del incesto
y de cómo las relaciones incestuosas mueven nuestros actos en
apariencia más inocentes o diarios. Tal vez con todo esto de la
fama de Arenas, Zoe Valdés, Pedro Juan Gutiérrez, Pedro de Jesús,
Ena Lucía Portela, Sonia Rivera-Valdés, se me quite la pena y los
lance.
SC:
¿Podrías hablar un poco de tu carrera como crítico literario? ¿Crees
que tu poesía es afectada en alguna manera por tu conocimiento crítico?
¿No temes que tu conocimiento crítico pueda aplastar tu
creatividad?
EB:
Lo que creo sobre eso es que, como todos, yo soy muchas personas, no
sólo una. Cuando escribo crítica trato de hacerla lo más racional
posible. Pero como poeta soy otro: muy irracional, enloquecido,
delirante. Luego miro los poemas y los trato de analizar como crítico,
pero en el momento de la escritura, hay poco del crítico. Quisiera,
desearía que se me recordara más como el poeta nostálgico
enloquecido que como el crítico racional y cuidadoso, pero acaso no
logre mi deseo.
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