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I
(la
anunciación)
Desperté al oír mi
nombre. No había nadie en la habitación y, sin embargo, sentí muy
clara aquella voz junto a mi oreja. Me costó trabajo volverme a
dormir, apenas me llegaba la semivigilia sentía ese aliento. Una
voz de mujer, tenue y nítida; mi nombre repetido como en un eco.
La última vez desperté
sobresaltada cuando ya había claridad y salí a caminar. Vagué
durante largo rato y regresé después del mediodía, muy despacio.
Caer en la cama fue un alivio, una agradable sensación de
ingravidez. Sentí al sueño llegar como una oleada. Y entonces fue
la voz junto a mi oreja.
Abrí los ojos. Dos
mujeres vestidas de blanco me miraban fijamente. Con demasiada
fijeza me pareció entonces. Pálidas, como las vírgenes de los
cuadros. Repitieron mi nombre alargando las sílabas, me tomaron de
las manos y me alzaron. Con cierta angustia descubrí que no estaba
en mi cuarto, pero todo era tan blando alrededor que me dejé guiar
a través de un camino extraño y luminoso.
II
(el
cónclave)
Acabo de ocupar el único
lugar que quedaba vacío. El cónclave comienza. No sé por qué
estoy aquí ni si existo realmente, pero lo observo todo: la boina
de la estrella, los sucios uniformes apestando su furia, medalla de
la virgen dando la vuelta al cuello. Y los veo llorar por los
desposeídos, recitar la epopeya emocionados, inventar la noticia
que los convertirá en estatuas.
Nada puedo opinar.
Cronista del silencio. Eso me advierte la mirada de águila
amenazante, el índice que apunta, el cigarro aplastado por una bota
rusa.
No ceden la palabra unos
a otros, gritan al mismo tiempo. Se disputan la manita de un niño
que murió en altamar. Y
su alma.
Un alud de niños
muertos va saliendo de sus ojos como una catarata incontenible.
III
(el
náufrago)
A plomo cae el sol. El
mar es una planicie sobre la que se elevan algunos promontorios,
algunas crestas blancas. No hay nada alrededor, sólo este mar que
quiero odiar pero no puedo. El mar que es padre y madre y maldición.
Debajo está la Atlántida y ese poder no alcanza a absorberme ahora
que lo cruzo.
Hace sólo unas horas
aquella luz se hundía y emergía acompasadamente desde el último
faro de la isla. Era señal de adiós. ¿De adiós definitivo?
A merced de las
corrientes voy sobre esta tabla. La sal y el sol son enemigos, pero
la noche es muerte. La oscuridad sin fin hasta el mar borra. Sólo
queda el balanceo. Y el terror, que es hijo predilecto de lo oscuro.
¿Quién me ha dejado
aquí? ¿Acaso yo y mi desesperación de mundo? ¿Acaso aquella luz
que vislumbraba en la otra orilla? ¿Acaso el grito o el susurro de
los otros? ¿Acaso él?
Tal vez allá, en el
fondo, el atlante atesora toda su perfección y levanta ciudades de
milagrosas pirámides. Tal vez soñarlo sea mi consuelo cuando el
agua anega la incierta superficie y sé que las aletas me tenderán
el cerco.
Atravesar el mar es como
el purgatorio: no hay garantía alguna de superar la prueba. Y si
aparece un puerto, allá en el horizonte, puede no ser la tierra
para la salvación.
Cuando uno se echa al
mar no piensa en el naufragio. Pero el naufragio es el único
destino al que llevan las aguas y el resto de la vida, aunque llegue
a la tierra, el hombre será un náufrago.
IV
(la
puerta)
Estoy en el umbral. No sé
de qué, pero es el umbral de algo definitivo. Lo presiento a través
de la puerta cerrada en mis narices. Hasta aquí llegué arrastrando
los pasos, sin querer volver la vista, palpándome la herida que
nunca va a curarse. Se empozaba la sangre en mi mano cada segundo y
medio y me detenía entonces, oyendo sonidos dentro de mi cabeza.
Con horror, como de reojo, veía en la distancia las rojísimas
llamas. Casi siempre me sentaba a llorar y el dolor terminaba durmiéndome.
Al despertar había
salido el sol y todo alrededor era un pastizal quemado. A lo lejos,
muy lejos, una mujer levantaba la mano en señal de saludo. Entonces,
espantada, corría en sentido contrario hasta que no tenía aliento
y caía nuevamente, sangrando.
Siempre había humo, o
bruma, no sé, como un velo entre mis ojos y lo que estaba más allá.
No importa en qué dirección, todo lo veía a través de aquel velo
gris. Incluso el color de la sangre que chorreaba de mi herida y hacía
un charco rojo grisáceo que la tierra se tragaba. En medio de ese
charco se ahogaba la mujercita levantando su brazo en señal de
despedida. Oía su risa restallar dentro de mi cabeza y extendía mi
mano hasta muy cerca de la de ella. Entonces se la tragaba el
remolino, pero su risa seguía en mi cabeza, me ensordecía, tanto
que perdía el rumbo y volvía a caer sobre mi propia sangre.
Desde allí vi la puerta.
Una enorme puerta cerrada que mi vista no abarcaba completamente.
Estaba lejos, pero aun así no podía verla en todo su tamaño, sólo
la parte del centro, donde debía estar el picaporte. Una puerta
sostenida en el espacio, en el vacío, sin muro ni pared, pero
cerrada.
Hasta allí me arrastré
dejando la huella de mi sangre en el camino. Quizás no lo hice para
eso, pero así tendría manera de regresar alguna vez siguiendo el
curso marrón de sangre seca. También eran marrones la sangre de
mis manos y los trazos de mi cara. También lo era la puerta.
Detrás debe haber algo,
pero cómo abrir una puerta sin picaporte, sostenida en el aire. No
me atrevo a empujarla: quién sabe qué pueda esperarme, después,
del otro lado. Quién sabe si es la puerta del regreso y atrás
ardan las llamas. Quién sabe si al empujarla se derrumbe y quede sólo
el vacío, el fuego al final del horizonte y yo, justo al centro,
entre esas llamas y el rastro de mi sangre, rodeada de este infinito
pastizal por donde no se llega jamás a ningún lado.
V
(la
niña)
De pronto se ha nublado.
Por la ventana entra una luz oscura y viento. La nube cubrió al sol
y el cuadro de la ventana se ha vuelto negro. Profundamente negro.
Cierro los ojos. Veo el
rostro de mi madre y al fondo una batalla. Sonríe, pero su risa es
una mueca. Una mueca extraña. Como si no me viera, como si no
supiera que soy yo, alza su dedo índice y me señala. La caballería
se dirige hacia mí. Resplandece el fulgor de alguna bayoneta. Oigo
la diana y el resonar, cada vez más cercano, del casco de las
bestias. Pero no veo a nadie: el cuadro de la ventana ha vuelto a
ser negro impenetrable. Sólo escucho el fragor, las voces, los
gritos de mi madre llamando a la batalla.
Verde. De pronto verde y
corro, quizás adolescente, detrás de otra muchacha. Ella ríe y se
deja caer. Ríe y se revuelca sobre la hierba fresca. Ríe y mira al
cielo donde las nubes han cubierto al sol y emiten una luz oscura,
extrañamente conocida. Pero ella ríe y se duerme abrazada a mi
cuello.
Pego el oído al suelo y
siento la caballería que se acerca. Trato de despertarla y está
muerta. Un hilillo de sangre le brota entre las cejas. Es como un
manantial, como un salto de agua. Estoy siglos mirando la sangre y
sonriendo. Siento como una paz, como un remanso. Ella abre los ojos
y también sonríe. Debo tener hilos de sangre saliendo de la frente
porque su risa es igual a la mía. También debo estar muerta porque
mi madre llega con una mueca extraña y siento el resonar de la
caballería tan cerca que me asombro de no haberlo advertido antes.
El índice de mi madre
señala ahora a la muchacha, que duerme entre mis brazos. Me da
miedo y la aprieto contra el pecho. Corro, con ella entre los brazos,
hacia la arboleda.
Las ramas me golpean, me
hieren en el rostro, en los brazos, y veo en la ventana cómo viene
un soldado persiguiéndonos. Al fondo, sobre una colina, mi madre
nos observa. Todo se vuelve negro y el soldado me empuja. Tiene
casco medieval y es muy moreno, de ojos profundos. Me veo cayendo de
espaldas sobre la hojarasca. El soldado me arranca a la muchacha y
la besa. Ella parece complacida: sonríe y le echa los brazos al
cuello mientras la sube al caballo. Yo sólo veo las patas de la
bestia y la sonrisa de ella, sus labios encontrando los labios del
soldado y a mi madre riendo, a toda carcajada, al pie de la colina.
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