Miami
Estados Unidos
Año III

 Nº 17/18

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

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LA LINGÜÍSTICA AL FINAL DEL SEGUNDO MILENIO

 por

 Max E. Figueroa Esteva


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     Más o menos al mismo tiempo, en la segunda mitad del recién pasado siglo XX, la pragmática lingüística, la sociolingüística y la que cabría llamar lingüística supraoracional (lingüística del texto, análisis del discurso, etc.) se propusieron como una de sus tareas centrales rebasar, cuando no invalidar y cancelar del todo, la definición puramente intralingüística de lo “lingüístico”, impuesta por el póstumo Cours de F. de Saussure (con su concepto de langue) y reforzada cuarenta años más tarde por N. Chomsky (con su concepto de competence).

     En diversos grados, dichas disciplinas desbordan la “lingüística” -entendida todavía en la actualidad preponderantemente, sin embargo, como intralingüística o lingüística de “núcleo duro”-, no en uno, sino en dos sentidos diferentes, que conviene ante todo identificar:

a)      aportan vastos segmentos al ámbito disciplinar de la [macro]lingüística;

b)      apuntan a una redefinición de la lingüística.

 

     En efecto, en todas las disciplinas mencionadas podemos encontrar una suerte de “escala de radicalidad” en cuyos extremos cabe reconocer la afirmación enfática de uno u otro de esos dos sentidos.

     Moviéndonos hacia uno de los extremos de dicha escala, hallaríamos cada vez más nítidamente aislados a quienes se limitan a considerar las nuevas disciplinas como meramente orientadas a nuevas facetas de la problemática lingüística y, por lo mismo, como fundadoras o descubridoras de un nuevo (aspecto del) objeto científico, a saber: los múltiples modos como las estructuras, los mecanismos y los valores socioculturales inciden y se reflejan en los usos de las lenguas (sociolingüística); los modos como diversos factores, valores y fines, al activarse en situaciones comunicativas específicas, inciden en -e interactúan con- las estrategias a que apelan emisor y destinatario-receptor para la construcción-emisión y la recepción-interpretación, respectivamente, de los mensajes (linguopragmática);  los vastos dominios supraoracionales, vale decir, textual-discursivos, de las lenguas, en cuyo marco sin falta encontraremos entidades, estructuras, funciones, propiedades formales y semánticas cualitativamente distintas de las manejadas por la tradicional lingüística “de tope oracional” (lingüística textual y análisis del discurso).

     Moviéndonos en dirección contraria, sin embargo, encontraríamos a quienes, con siempre creciente grado de radicalidad, tienden a considerar las nuevas disciplinas como necesariamente refundadoras de la lingüística misma. No se trataría, entonces, de ampliar y diversificar el radio de los estudios lingüísticos, yuxtaponiendo, por así decir, los nuevos enfoques y las nuevas problemáticas a los ya entronizados en la (intra)lingüística; muy al contrario, se trata de descalificar esta última en virtud de una, para ella fatal, petición de principio: las pretendidas autonomía y suficiencia teórico-metodológicas de la lingüística saussurochomskiana, así como de la tradicional lingüística de tope oracional que aquella históricamente absorbió y asumió, querrían a la vez sustentar y sustentarse en las no menos pretensas autonomía y suficiencia sustantivas y prioritarias de un “núcleo duro”, llámese langue o competence, axiomáticamente analizable, descriptible y explicable sin recurrir al uso discursivo real en contextos socioculturales determinados. En la medida en que la teoría y su ancilar metodología crean dicho objeto, empero, no puede este a su vez justificarlas sino tautológicamente.

     No se tratará, en suma, de “completar” la intralingüística y su objeto con nuevos enfoques y segmentos del (uso del) lenguaje real, sino de subvertirla reconociendo en la esencia misma del objeto, e inyectando en el núcleo mismo de la metodología y la teoría lingüísticas, ciertos factores clave sencillamente ignorados por la lingüística saussurochomskiana.

     Una sociolingüística, una linguopragmática y una lingüística supraoracional (textual-discursiva) radicales impugnan, pues, los pilares mismos de la lingüística “de núcleo duro”. Lo hacen, ciertamente, desde diferentes ángulos y con énfasis diferentes; pero todas ellas se afincan en una aproximación considerablemente más realista y dialéctica al lenguaje, atendiendo a su uso en situaciones específicas y reconociendo su condición esencialmente semiótico-instrumental.

     La coincidencia de esfuerzos de las antes mencionadas disciplinas por romper con la lingüística “pura” o “autónoma”, así como su perceptible y esencial coincidencia de enfoques, sin embargo, de hecho conduce con facilidad al traslapamiento de sus respectivos dominios y con ello a una sumamente problemática delimitación de las fronteras, tanto entre ellas como respecto a otras disciplinas previamente existentes.

     Tal vez el caso más patente sea el de la sociolingüística, la cual, más allá de su impresionante multiplicidad de intereses, parece abarcar dos grandes componentes, que llamaré aquí sociodialectológico y sociopragmático: mientras que el primero se funde rápidamente con la dialectología tradicional, de base geolingüística, para engendrar la moderna (geosocio) dialectología,[i] el segundo parece hasta el momento seguirse empeñando en conservar, amén del ya prácticamente perdido nexo con el primero –irreversiblemente trasfundido con la geodialectología-, una problemática identidad propia frente a la linguopragmática.[ii]

     Bastaría, sin embargo, echar una simple ojeada al índice de revistas y libros especializados en sociolingüística y en (linguo)pragmática para convencerse del amplio dominio que comparten, que incluso puede llegar a contrastar con los cuantitativamente más modestos dominios exclusivos de cada una.

     La linguopragmática ha sido con frecuencia caracterizada como “cajón de sastre” de la lingüística.[iii] A su traslapamiento con el que arriba he denominado componente sociopragmático de la sociolingüística, se agrega el creciente peso de lo pragmático en los estudios textual-discursivos, muy especialmente en el habitualmente llamado “análisis del discurso”.

     Por otra parte, sin muchos trabajos pueden encontrarse también zonas de conflicto y traslapamiento entre pragmática y semántica lingüísticas, especialmente en el ámbito que cabría caracterizar como de lo “no dicho”, abarcador inter alia de inferencias, implicaciones, entrañamientos (entailments) y –quizás sobre todo- presuposiciones.[iv]

     Por lo general, la lingüística textual (también llamada “lingüística del texto” o “textolingüística”) se afirma como disciplina estrictamente lingüística, vale decir, con pretensiones de “nuclearidad”: aspira al máximo rigor posible y elabora modelos de gramática (textual), al tiempo que destaca como de especial relieve para el estudio del texto –sin exclusión de otros- los aspectos tanto semánticos cuanto pragmáticos.

     No menos merecedor que la linguopragmática del mote de “cajón de sastre”, el análisis del discurso, queriéndose deslindar y afirmar como cualitativamente distinto a la lingüística textual, no es raro que derive más y más hacia los –ya sin ello harto movedizos- terrenos en que señorea la pragmática.

     Así, pues, con el carácter predominantemente teórico de la lingüística textual podría decirse que contrasta el carácter predominantemente aplicado –cuando no práctico a secas- del análisis del discurso, que parece empeñado en no dejar fuera de su atención ninguno de los múltiples nexos del lenguaje con otros fenómenos, en implantar firmemente el lenguaje en el contexto más amplio y complejo posible. [v]

     Pese a sus notorias diferencias en cuanto a enfoques, intereses y métodos, las nuevas disciplinas parecen coincidir todas en rescatar (del olvido en que parecieron querer sumirla los partidarios de una lingüística “autónoma”) una noción central: el lenguaje –por ende, las lenguas y los dialectos- es un instrumento sociocomunicativo, vale decir, un modo de actividad social que se despliega en función de diversos fines y cuyas entidades fundamentales son de carácter discursivo.

     Si las palabras “discursivo” y “fines” nos remiten, respective, al análisis del discurso (y en general a la lingüística supraoracional) y a la pragmática, la frase “actividad social”, que apunta a la vez a la pragmática y a la sociolingüística, pone de relieve la especialmente íntima conexión de estas dos disciplinas.

     Ahora bien, tanto los antes apuntados traslapamientos entre las nuevas disciplinas lingüísticas como la noción central que parecen todas compartir, pero sobre todo la relativa indefinición de sus ambiciosos dominios y la consiguiente vaguedad de sus límites, son factores claramente reconocibles como causantes de la tendencia, manifiesta en  los campos de la sociolingüística, el análisis del discurso y la linguopragmática, a desbordar lo propiamente lingüístico, aun entendido en el más generosamente amplio sentido del término.

     Los sociolingüistas descuidan en ocasiones la importancia de trazar y respetar la divisoria entre, de una parte, fenómenos lingüísticos en que inciden y se reflejan ciertos fenómenos no lingüísticos, y, de otra parte, los fenómenos no lingüísticos en sí mismos.

     Tal es el caso con que a ratos se tropieza en los estudios sobre las usualmente denominadas “actitudes lingüísticas”, a que prefiero referirme como norma lingüística subjetiva (o axiológica).

     Los cuestionarios aplicados en investigaciones de campo sobre normas lingüísticas subjetivas suelen incluir, legítimamente, la identificación de (pre)juicios lingüísticos que reflejan (pre)juicios sociales de diversa índole: por ejemplo, una variedad sociolectal es estigmatizada porque, en la comunidad de marras, lo está el grupo al cual se lo considera portador de ella. En cambio, el empleo de una grabación-estímulo en que se reconozca dicha variedad, con miras a elicitar la actitud del informante con respecto a las características de la persona a quien imagina o supone “tras” la grabación-estímulo, no sería ya –a nuestro juicio, al menos- legítimamente sociolingüística, puesto que, en puridad, la actitud elicitada ya no será una actitud lingüística, sino de otra índole (social).

     La cuestión, aunque pueda parecerlo, no es trivial: se trata nada menos que de distinguir con nitidez lo sociolingüístico de lo que tal vez podamos llamar linguosociológico.

     Tanto mayor es el peligro cuando nos adentramos en el laxo terreno del “análisis del discurso”, donde no es nada raro ser testigos del entremezclamiento de intereses y enfoques propiamente lingüísticos (lato sensu) con otros de carácter antropológico, sociológico, sicológico, culturológico, semiológico, político, estético, ético, etc. Sucede aquí algo similar –aunque sin duda mucho más heteróclito- a lo que a menudo percibimos en el dominio de la sociolingüística: la atención a hechos lingüísticos en que inciden y se reflejan hechos no lingüísticos acaba por ser desplazada por la atención a los hechos no lingüísticos per se.

     La diferencia de principio, en que estamos aquí insistiendo, consiste en lo siguiente:

a)      En un caso, nuestro interés es legítimamente lingüístico: las características de la lengua, de su empleo y de las actitudes linguovalorativas pueden entenderse y explicarse mejor (o, acaso, únicamente) a partir de hechos exteriores; aquí, el material lingüístico es el objeto de estudio: ocupa centralmente nuestra atención y solamente apelaremos a lo que le resulta externo en la medida en que así lo demande el estudio de dicho material.

b)      En el otro, el interés ya no resulta legítimamente lingüístico: las características de la lengua, de su empleo y de las actitudes linguovalorativas son aprovechadas para, a partir de ellas, entender y explicarse mejor ciertos hechos exteriores; aquí, el material lingüístico no es sino una pista o indicio: apelamos a él, ante todo, porque nos resulta de utilidad para alcanzar nuestro verdadero objetivo, a saber, un mayor y mejor conocimiento de hechos que le son externos.

     La némesis de la pragmática, en fin, parecen serlo los llamados “actos perlocutivos”, que la vienen acompañando desde su gestación en el seno de la teoría de los “actos de habla”. Los “actos perlocutivos” no son otra cosa que hechos conductuales (los cuales podrán incluir o no incluir elementos lingüísticos): comportamientos de los receptores-intérpretes de los mensajes lingüísticos, ocurridos a posteriori del acto linguocomunicativo mismo, pero considerados como efectos (consecuencias, resultados) de los mensajes en cuestión. El fuerte regusto a conductismo –que nos recuerda las primeras páginas del Language bloomfieldiano- resulta inocultable.[vi]

     Aunque durante algún tiempo parecieron quedar felizmente abandonados a su suerte, los “actos perlocutivos” vuelven más tarde por sus fueros, con renovados bríos, en buena medida por obra y gracia de nadie menos que los defensores del análisis del discurso. Para ellos, no resultaría consistente la concepción del acto (linguo)comunicativo sin hacerle abarcar tanto las intenciones y demás condicionamientos previos del emisor cuanto las reacciones y demás efectos mentales, físicos y conductuales del receptor-intérprete.[vii]

     La inclusión de los “actos perlocutivos” entre los intereses de la (linguo)pragmática y del análisis del discurso resulta, por decir lo menos, escandalosamente abusiva. Por ello mismo, empero, encierra una formidable llamada de atención sobre los peligros que acechan a unas nuevas disciplinas que –con todo derecho, por lo demás- exigen ser admitidas en el concierto de la (macro)lingüística.

 

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[i] La problemática de las redes sociales y el instrumental variacionista figuran entre las principales aportaciones de la sociolingüística a la dialectología moderna.

[ii] La sociolingüística ha querido además apropiarse de un tercer dominio: el de las lenguas en contacto. Esta problemática -que debería interesar ante todo a su componente sociodialectológico, si bien suele recibir un tratamiento relativamente autónomo entre los sociolingüistas- es, sin embargo, susceptible de enfoques y tratamientos diversos, no necesariamente reductibles a los sociolingüísticos stricto sensu.

[iii] Los estudios variacionistas han contribuido poderosamente a la inclusión explícita de los hechos de “variación estilística” en los estudios dialectológicos modernos, junto a los hechos de variación geo- y sociolectal. En virtud de que los usualmente denominados “registros estilísticos” están claramente codeterminados por la situación comunicativa, el status de los participantes en ella y los fines perseguidos por los emisores de los mensajes, en el estudio de la variación fónica que, apoyado decisivamente por los colegas Puica Dohotaru y Luis R. Choy López, dirigí en Cuba entre 1986 y 1993 –y que a partir de 1994 ha seguido dirigiendo e impulsando Puica Dohotaru-, hemos considerado tales fenómenos variacionales como (socio)pragmaestilísticos (a ello me he referido asimismo más de una vez después de 1994). Por esta “vía variacionista”, pues, importantes aspectos sociopragmáticos engrosan también, en definitiva, el campo de los estudios dialectológicos, combinándose allí con los aspectos propiamente sociodialectales.

[iv] Aunque no sería este el caso de una pragmática radical (observación que agradezco al colega Luis Fernando Lara), una versión “moderada” de la linguopragmática, por obra de la camisa de fuerza del autonomismo “purista” de corte saussurochomskiano, puede verse arrastrada sin mayores dificultades hacia un engañoso, aunque a primera vista sin duda atractivo, paralelismo con la fonética: aparecería entonces, lo mismo que esta con respecto a la fonología, como externa y periférica con respecto a la semántica.

[v] Discusiones recientes relativas a la distinción entre escuelas y disciplinas han llamado la atención sobre la posible confusión entre (neo)funcionalismo (una escuela) y análisis del discurso (una disciplina); es más que probable que la distinción entre las corrientes “radicales” y “moderadas” existentes en el marco de las nuevas disciplinas tenga mucho que ver, como he apuntado ya más arriba, con semejante confusión.

[vi] El antimentalismo conductista tendía, precisamente, a remplazar lo semántico por lo pragmático, en particular entendiéndolo en términos de causa-efecto, vale decir, en términos de “actos perlocutivos”.

[vii] Parece llegarse así a una suerte de compromiso entre mentalismo y antimentalismo, a todas luces realizado sobre la base de una pragmática discursiva.


Max Enrique Figueroa Esteva. nació en Santiago de Cuba en 1942. Licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas en 1970 en la Universidad de La Habana. Obtuvo el doctorado en Lingüística General y Ciencias Filológicas en la Universidad Carolina de Praga, Checoslovaquia. Ha publicado varios libros sobre lingüística: "Principios de organización del lenguaje" (estudio liminal), " Problemas de teoría del lenguaje", "La dimensión lingüística del hombre", "La lingüística europea anterior al siglo XIX", La filosofía del lenguaje: de Francis Bacon a Karl Wilhelm Von Humboldt (2001) Hermosillo: Unison; es coautor de "Estudios de Lingüística". Reside en México desde 1994. En Cuba, fue profesor de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de la Habana (1970-1994) e investigador lingüístico del Instituto de Literatura y Lingüística (1977-1993). En México, fue profesor invitado en el doctorado en lingüística del Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de México (1994) y Profesor-Investigador del Departamento de Letras y Lingüística de la Universidad de Sonora (1994-2000). Desde el año 2000 es Profesor e Investigador de la Escuela de Lengua y Literaturas Hispánicas de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.