Miami
Estados Unidos
Año IX

Nº 51/52

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Profesora Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

Boletín Informativo

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LOS AÑOS

por

Rina Lastres

 

 

A la memoria de todos los Chenchos,

en cualquier barrio, en cualquier geografía.

 

 

     Chencho y yo nacimos en el mismo pueblo.  Yo en el seno de una  familia pobre, aunque funcional, es decir, con padre, madre, abuelos, tíos y primos, además de la garantía de un plato de comida caliente cada tarde.  Chencho no, a él le había tocado una  porción diferente de la vida.  Él carecía de cualquier garantía y vivía arrimado en casa de una familia de color, como decían en aquellos tiempos.  Allí fue llevado,  casi arrastrado por Catalina, la mujer de Rigoberto, una tarde en que, borracho hasta perder el control de sus piernas, Chencho no aguantó más y se vino abajo.  Su pobre cabeza, ya limitada por  naturaleza y embrutecida por el alcohol,  lo dejaban  muy  mal parado convirtiéndolo en el hazmerreír del vecindario.   En su persona se cebaban la ironía y el cinismo de la turba infantil de aquel barrio que tenía como particular tesoro los colores del cielo y del mar. Mar y cielo que constituían el único esparcimiento del verano.

 

     Rigoberto, el marido de Catalina, además de ser uno de los pocos afiliados al Partido Comunista con que contaba el pueblo, era también alcohólico. Quizás, por eso resultaba comprensible la solidaridad de Catalina y el amor de madre que llegó a profesarle a aquel infeliz de  quien abusaban, emborrachándolo en el bar de la esquina,  otros nada tontos, pero mucho más infelices que él.

 

     “Dime por  fin qué sientes…  ahora que estamos separados… Dime por fin, sinceramente, si ya me has olvidado…”  Era la voz del Benny, que se perdía en el vecindario, cruzando de patio en patio y haciendo alucinar a las mujeres que a esa hora del atardecer, delante del fogón, freían los imprescindibles plátanos maduros que completarían la comida.

 

     Mi tía Gloria, que en esa hora de faenas preparaba la masa de unas frituras de bacalao, contoneando suavemente sus poderosas caderas marcaba el ritmo del bolero y completaba… “Fue mi ambición tenerte para siempre a mi lado… más preferí, preferí perderte…”  

 

     Así, entre las ráfagas del bolero entonadas por el más famoso de los cantantes populares de la época, y las ráfagas procedentes del mar azul que bañaba nuestras costas, transcurría la vida en Barrio de Oro, nombre dado a aquel  engendro de casas  de tabloncillo, alineadas unas contra otras, protegiéndose del tedio y de la pobreza.  Y lo de Barrio de Oro no crean que fue a manera de burla,  no,  es que habían sido los Oro quienes compraron aquellas tierras blancuzcas y sobre ellas fueron levantando las primeras casas, subdividiendo las manzanas con los nombres de sus hijos: Fernando, Joaquín, Guadalupe y otros que escapan a mi memoria, ahora tan ausente de la brisa marinera.

 

     Por aquella época, hablo de cuando tenía  ocho o diez años, y a la salida de la escuela, mi deporte favorito lo constituían las carreras, competencias de grupos de muchachos, niños y niñas de mi edad que, con la inocencia a la espalda como fardo, echábamos literalmente a volar, loma abajo hasta alcanzar el llano y algún que otro regaño de la abuela, quien cambiaba aspereza por sonrisas ante la simple promesa de “te juro que no lo vuelvo a hacer…”  Pero para el pobre Chencho las tardes eran sólo el sonido ensordecedor de los boleros o de las no menos tristes rancheras con las que el enamorado despechado mandaba mensajes a su amada entre sorbo y sorbo de ron del más barato del mercado, por cierto.  Catalina, por su parte, se pasaba desde el amanecer hasta la caída del sol delante de la batea, blanqueando ropa de otros, en el afán de completar el déficit de la economía familiar, que descansaba en las riesgosas manos de Rigoberto.

 

     Mi tía, que por aquel momento como toda mujer joven también padecía de mal de amores, atizaba las brasas del fogón de carbón, espantando con el reverso de su mano, como si se tratase de una maldición, los transparentes lagrimones.  “…que el mar de amores que tengo…” (repetía con insistencia el mexicano de la vitrola) “…sólo tu amor me lo quita.  Sólo tu amooor me lo quiiita”  Yo, que la seguía con la mirada indiscreta propia de mi edad, me pregunté muchas veces sin resultado alguno en la investigación, quién sería el destinatario de aquel empecinado y frustrado amor.  Porque mi tía nunca se casó, nunca le conocimos hombre alguno.  Y eso que era hermosa, poseía un cuerpo voluminoso y curvilíneo.  Un cuerpo que, en concordancia con el hilo de mis observaciones, había notado ya que impresionaba mucho a los hombres.  Cuando salíamos a la calle, jóvenes y cincuentones  volvían la cabeza tras su paso, para verla andar, y alguno que otro más lanzado, elaboraba un conquistador piropo.  Bella, lo que se dice bella no era, pero había en su mirada y en su desplazamiento una especie de reto, una rara y oculta belleza.

 

     La vida cotidiana de nuestra familia fue poco a poco perdiendo paz. Unos “alzados” como escuchaba decir a mis primos mayores, y un grupo de iracundos paramilitares, tenían los derechos de autor.  Así que nos fuimos del pueblo para la capital en busca de mejor vida y más seguridad.  Yo, entonces, ni noción de qué era aquello.  Me resultaba difícil entender que se le llamara mejor vida a un cuartico pequeño con unas ventanas altísimas por allá arriba, por las que jamás entraría el sol, y que se emplearan aquellas palabras para describir el reducido espacio donde, a la hora del sueño, se apiñaban las camas unas encima de otras.

 

     Nunca más volvimos a saber de los amigos del barrio, ni de Chencho, y pasarían muchos años antes de volverlos a ver.  Las costumbres de la capital eran diferentes.  Allí no se perdía entre los patios la acariciadora voz de “el bárbaro del ritmo”, ni el olor embriagador de los platanitos haciendo acrobacias sobre la manteca de cerdo.  Apenas conocíamos a dos o tres vecinos en aquel palomar de cuatro plantas que habitábamos en El Cerro, y tanto mi madre como mi tía se vieron precisadas a trabajar fuera de la casa para ayudar a mi padre a sostenernos.  Claro que todo no fue perder, las grandes ciudades nos cambian la piel, como diría Herman Hess, y ni mi familia ni yo escapamos a la metamorfosis.

 

     Pasaron algunos años hasta que se realizara al fin el sueño de unas vacaciones.  El regreso al pueblo de nuestros orígenes fue discreto aunque contó con la calurosa bienvenida de vecinos y amigos de la infancia, además de la hospitalidad de nuestros parientes más cercanos.  Yo sentía la necesidad de indagar por Chencho, más no lo hice.  A lo mejor ha muerto, pensé con pesar, pero me guardé mis comentarios.  La gran ciudad había ya dejado su huella en mi carácter, disminuyendo notablemente las preguntas que llego a oralizar.  En mí ahora todo pensamiento es tamizado antes de hablar.

 

     Dos o tres días después del arribo al viejo terruño, decidimos recrear otros tiempos y nos fuimos, la familia entera, a disfrutar de la amada marina donde tan agradablemente gastábamos en otra época los veranos.  Era un indudable privilegio aquel sol bañándonos la cara con gratitud y aquel mar entero perteneciéndonos, sin intrusos que nos lo regatearan.  El entorno se conservaba intacto: el mar fiero y, aquí y allá, algún que otro “diente de perro” asomando su naturaleza con rebeldía.  Caído el sol, iniciamos el regreso, un tanto cansados, con las muestras de agosto impregnadas en nuestra piel.  A mitad del camino de regreso lo vi venir.  Era su mismo paso tambaleante, ahora bastante más lento.  La misma mirada brillante y aquel extraño balbucear que distinguía a Chencho, a un Chencho ahora mucho más viejo y desmejorado, como mis propios padres.

  

     A nosotros no nos saludó.  No nos dijo absolutamente nada.  Su atenta mirada recayó sobre mi tía Gloria, inspeccionándola de arriba abajo con sus vidriosos ojos, después se sonrió… y no sin cierta sorna, le dijo: “Gloria, los años… Los años Gloria, los años…”

 

     ¿Tenía aquel triste personaje la capacidad de medir el tiempo y sus estragos? No lo sé.  Lo que sí sé es que eché sobre mi tía una mirada de reojo y la vi entristecerse, como teniendo, por primera vez, noción del tiempo y de la edad.

 

     Para esa época ya los traganíqueles o vitrolas habían enmudecido.  Corría el año 1959 y nuevos gobernantes se entronaban en la capital.

 

Rina Lastres Nació en Manzanillo, Cuba (1946). Poeta, narradora y guionista radial. Inició  estudios de periodismo en la Universidad de La Habana.  Desde 1980 reside en los Estados Unidos, dedicada a la prensa radial y escrita. Durante cuatro años fue redactora y gerente de producción de la revista “Industria y Mundo Turístico”, publicación especializada en turismo, editada para agentes de viajes en la América Latina. Desde 1987 trabaja como supervisora de guionistas de radio. Ha publicado el libro de poesía Hábito de Ser (Madrid, España) en 2003 y el libro de cuentos Soledad para tres y una vaca (Miami, Florida, EE.UU.) en 2006.