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Posiblemente fueron las gotas de lluvia que tamborilearon sobre el
metal del aire acondicionado, o tal vez la frescura inusual con la
que el día se inauguraba, pero esa mañana se despertó con la certeza
de que existía. Abrió los ojos antes de lo acostumbrado y su pupila
se clavó en el techo. No pudo dejar de pensar, como siempre, que
sería una buena idea darle una pintadita. Más, por primera vez en
diez años, miró a su alrededor y se percató de su realidad. Sobre el
cristal de la ventana, un caracol de color café claro desafiaba las
leyes físicas y avanzaba en vertical. Un rastro de humedad cortaba
la espesa capa de polvo.
Antes de
mortificarse con la certeza de que era necesario lavar las ventanas
por fuera, cerró los ojos de nuevo y sintió junto a ella la
presencia de su marido, que roncaba indolente a la mañana, a la luz,
a su mujer, a todo, con la boca abierta y un gran vientre que
palpitaba a su propio ritmo, como una ballena que encalla y se
resigna a morir. Con seguridad, una escarcha de saliva seca
descendía por la comisura de sus labios, pero ella no se atrevió a
ver; lo predecible de su vida se le antojó nauseabundo. Como
siempre, en unos cuantos minutos el despertador sonaría para que el
hombre a su derecha, refunfuñando, fuera a orinar de forma
estrepitosa en el baño, con la puerta abierta. A pesar de la
insistencia de ella para que al menos limpiara, con una bola de
papel higiénico, él dejaría el inodoro sucio y mojado, como de
costumbre. En caso de que ella olvidara llevar sus pantuflas,
resbalaría con las gotas de orín en el piso de azulejo.
Tambaleándose, iría al cuarto de los hijos para despertarlos,
asegurarse de que tuvieran su ropa lista, y animarlos a que no
perdieran el transporte escolar. Después, en su bata afelpada con
margaritas, cocinaría unos huevos revueltos con jamón; el café y el
pan dulce en el centro de la mesa, igual que todos los días. Jugo de
naranja si el tiempo lo permitiera. No se atrevería a observar su
reflejo en el reverso del brillante sartén (regalo por el día de las
madres). Su esposo deglutiría su desayuno, leyendo el periódico. El
único sonido en la cocina sería el crujir de las hojas ambarinas y
el de la mandíbula conyugal, que con frecuencia “olvidaba” masticar
cerrada. Los hijos bajarían corriendo, tarde, exigiendo dinero para
comer algo en la escuela, y tratarían de alcanzar la combi amarilla
en la esquina de la cuadra, sin despedirse. Antes de marcharse a su
trabajo su media naranja le daría un beso, un beso ensayado por la
rutina, con olor a jamón frito y leche clavel y ella pretendería
sonreír sólo para comenzar con los interminables quehaceres del
hogar: fregar trastes y sartenes que volverán a encochambrarse.
Trapear pisos que se mancharán de nuevo con zapatos lodosos. Lavar
pantalones, camisas y ropa interior que volverán a impregnarse de
sudor. De manchas. Quitar el polvo de los muebles, a sabiendas de
que éste volvería a posarse en el mismo instante en que ella
guardara el plumero. Cocinar una comida que toda la familia
engullirá sin sorpresas, sin paladear los sabores, sin agradecerle
jamás a ella, la cocinera de caderas anchas y ojos cansados. En unos
cuantos minutos comenzaría su rutina, un trabajo sin sueldo, sin
recompensa, sin agradecimiento; una labor que nadie notaba, excepto
cuando ella enfermaba y no podía realizarla más.
Esa mañana
se despertó con la certeza de que existía. Dirigió su mirada al
despertador y calculó que tenía unos dos minutos antes de ese sonido
tan molesto y cotidiano, como el zumbar de las moscas. Meditó un
poco sobre sus opciones, arropándose bajo las sábanas. Quitarse la
vida siempre le había atraído, pero no se convencía del todo, pues
era, en el fondo, cobarde, medrosa del dolor, católica dubitativa.
Quizás existiera algo más... Quitarle la vida a él, ahora bien,
resultaba mucho más tentador. Sin su esposo, su carga de quehacer
disminuiría bastante. Pero también existían los hijos, y matar a un
marido es de considerarse con estricta seriedad, pero matar a los
retoños, por más desagradables, flojos e ingratos que sean, era algo
fuera de discusión. No lo podía hacer. Pasar a la posteridad como
viuda negra era una cosa, pero quedar en los anales del crimen
nacional como una mala madre, una Medea con delantal, era algo que
no se permitiría a sí misma. Mejor...
El
despertador, gallo infalible de metal, se hizo escuchar por toda la
habitación. Junto a ella, su obeso consorte empezó a espabilarse
lentamente. Cuando se volvió para decirle que esa mañana los huevos
se le antojaban con chorizo, ella pudo sentir el fétido vaho de sus
palabras matutinas sobre el rostro. Se levantó entonces de la cama y
comenzó con sus querencias. Ya tendría tiempo para pensar después.
En la orilla superior de la ventana, el caracol topa con el marco y
pierde el equilibrio: cae con un ruido seco sobre el adoquín. Esa
mañana, la certeza de que existía se desvaneció poco a poco, como
las horas de la mañana.
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Liliana Valderrama Blum
nació en Durango,
México (1974).
Narradora, ensayista y profesora. Graduada con una Maestría en
Educación en ITESM, Universidad Virtual (2002), una Licenciatura en
Literatura Comparada en la Universidad de Kansas (1996), Diplomada
en Filosofía de la Literatura del Instituto de Estudios Superiores
de Tamaulipas (2003), en Ensayo en el Instituto de Estudios
Superiores de Tamaulipas (2001), de Crítica de Literatura Mexicana
en el Instituto de Estudios Superiores de Tamaulipas (2000) y en
Creación Literaria de la Universidad del Noreste de México (1998).
Ha trabajado como asistente de conducción y lectora de cuentos en
“El viaje del unicornio”, programa infantil de Radio Querétaro. Ha
publicado sus cuentos en diferentes revistas como:
Revista Síntoma (Tamaulipas, México), Reflexiones, revista virtual
del Sistema
ITESM: Monterrey,
en Ficticia: ciudad de cuentos (www.ficticia.com)
y en Letralia, tierra de letras (www.letralia.com),
entre otras. Ha publicado:
La
maldición de Eva,
cuentos, Editorial Voces de Barlovento: Tampico (2002), “Unos huevos
con tocino”, cuento, en la Antología del XV Concurso de Creación
Literaria del Sistema ITESM: Recinto Hidalgo (2001), “Dos cuentos
del otro lado de la línea”, cuento, en la Antología del XIV Concurso
de Creación Literaria del Sistema ITESM: Recinto Sonora Norte (1999)
y “Sobre plenitud” y “Sobre los inquilinos de su ‘yo’ “, ensayos, en
Oleajes: antología de ensayos. Blum, Liliana V. [et al.] Universidad
del Noreste-Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de
Tamaulipas: Tampico,
México
(1998).

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