Miami
Estados Unidos
Año IX

 Nº 51/52

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Profesora Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad  de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

 

Boletín Informativo

Reciba por correo electrónico una síntesis de las principales noticias literarias


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

MISTERIOS DE LA CHENCHA

por

Teresa Bevin


     Desde antes de las cinco de la mañana ya la gente empezaba a aglomerarse en silencio frente al patio de la Chencha.  Su abuela, Doña Templanza, atisbaba por detrás de una cortina floreada y contaba cabezas.  Cuando su cansada vista se apagaba a poca distancia, la anciana salía lentamente, asistida por su bastón,  por el portón principal.  Miraba a cada uno de los más o menos desesperados consultantes con ojo crítico antes de dirigirles la palabra.  Debían venir limpios y vestidos de manera decorosa.  Los niños habían de comportarse bien, nada de pataletas ni griterías, y nadie podía fumar o beber más que agua antes de entrar.  La Chencha y su abuela aceptaban donaciones en efectivo, pero también aceptaban sacos de maíz, frijoles, arroz, sacos o cestos de frutas, viandas de todas clases y huevos. Aceptaban cabras, gallinas, patos, y gansos, pero no cerdos, y aceptaban oro y plata, pero ni cadenas ni medallas de santos.  Las donaciones más generosas podían compensar por aquellos que no pudieran donar nada, lo cual era caridad y los beneficiaba a todos. 

     La anciana recitaba las reglas mientras pasaba revista como un general que inspeccionara sus filas.  De vez en cuando recalcaba, con golpes de su bastón sobre las piedras de la calle, alguna regla que consideraba a punto de ser violada. 

     Solía venir tanta gente que la cola llegaba a dar la vuelta a la manzana, y la abuela regresaba jadeante de su ronda. 

     ¡Hasta aquí! trazaba una línea sobre el polvo de la calle con su bastón y anunciaba que el resto debía regresar al día siguiente y llegar más temprano.

     Por favor, señora… pedía una mujer con angustia. Yo vengo de lejos, de La Embarrada.  No me haga regresar mañana, que no tengo donde dormir por aquí y mi marido me mata si sabe que he pasado la noche en la calle.

     Doña Templanza buscaba la verdad en los ojos de la mujer antes de dar su veredicto.

     Quédese usted.  ¡Pero los demás deben regresar mañana!  Y punto.

     Había algunas protestas, pero la mayoría ya sabía que era inútil discutir con la abuela de la Chencha.   Accedía solamente si estimaba que se trataba de un caso tan urgente como para mantener a su nieta en trance pasada la cuota que le concedían sus guías.

     Al entrar, la anciana dejaba el portón abierto tras de sí, y la gente empezaba a entrar una a una al patio delantero de manera ordenada y reverente.  En el portal había algunas sillas viejas, un largo banco de madera y varios cajones donde la gente podía sentarse a esperar.  Algunos rezaban, otros conversaban en susurros.  Las esperas podían ser más o menos largas, pero todos estaban dispuestos a ellas.

  

()()()

 

     Con los dedos agarrotados alrededor de los manubrios de su Harley, el periodista escupía polvo y esquivaba hoyos y piedras rumbo al municipio de La Amargosa.  El camino se le había hecho muy largo y desigual bajo el inclemente sol, le dolían el trasero y la espalda, sentía la mugre en el sudado cuero cabelludo, entre su espesa melena.  Las gafas protectoras se le clavaban en el puente de la nariz, y ya el nudo con el cual había atado su cabellera se había desatado, y volado lejos.  Estaba harto de que al pasar por cualquier caserío salieran a mirarlo los campesinos como si fuera un fantoche de carnaval.  Los niños trataban de correr a la par de su moto, y a veces se le atravesaban por delante.  Mascullaba obscenidades mientras maniobraba con cuidado para evitarlos.

     Al descender por una pendiente que le blanqueó los nudillos, vio por fin el molino que señalaba la entrada del pueblo.  Escupió salivazos terrosos, sintiéndose aliviado al ver que su peregrinaje llegaba a su fin.  Todo estaba en calma en La Amargosa y no le tomó mucho tiempo adivinar entre un pequeño grupo de casas blancas cual era la morada de la profetisa.  Había una muchedumbre a su alrededor.  Aminoró la velocidad, se quitó las gafas, y sin desmontar buscó el final de la cola.

     Llega usted muy tarde le anunció una joven morena―. Ya la abuela no deja entrar a nadie más.

     Va a tener que esperar hasta mañana —vaticinó otra mujer con un niño en brazos―.  Y no traiga la moto.  A la abuela le molestan esos ruidos.  Más vale que apague el motor.

     El periodista dio vuelta a la llave y se preguntó si tal vez haciéndose el tonto…

     Ni lo piense la joven lo miró a los ojos—. Nunca lo va a dejar pasar si burla sus órdenes.  Váyase tranquilito y regrese mañana.  Pero regrese limpio y con todo ese pelo recogido.

     Así mismo coreó una mujer sin dientes. Regrese mañana.

     No había por donde entrarles, y ya todos en la cola lo miraban directamente, así que el periodista tuvo que resignarse.  Le hubiera gustado terminar el encargo de Prensa Astuta ese mismo día y haber regresado a la capital y citarse con Magdalena en el Café Delocio a ver si lograba algo del encuentro.  Desde su separación había querido salir con ella y por fin la joven había accedido. . .  Pero ahora no podía llamarla siquiera porque su teléfono móvil no recibiría señal alguna en un lugar tan remoto.  Tal vez había un teléfono en el pueblo. . .   Se sentía abatido, pero trató de animarse con la idea de que este encargo podía lograrle un aumento de sueldo.  El director estaba sumamente interesado en este tipo de asunto.  Su reportaje anterior sobre los estigmatizados de Cabrachueca había recibido una calurosa acogida.  

     Las mujeres le señalaron la pequeña fonda al lado de la barbería.  Apretó la mandíbula, frustrado, y sintió crujir partículas de tierra entre sus muelas. Caminó empujando la moto hasta la posada.  Una vez se instaló en un cuarto diminuto, pero limpio, se sentó en el portal a contemplar los movimientos de la villa.  Desde su parapeto podía observar la cola de los esperanzados.

      ¿Quiere una afeitada, amigo? el barbero no esperó respuesta. Pase usted.  De paso le vendría bien que lo descobije un poco.  Se parece usted a Sansón.

      Era un hombre jovial y rechoncho, y el periodista enseguida reconoció la ventaja de un buen informante.  No podía desperdiciar tan propicia oportunidad para tomar el pulso del pueblo y tal vez incluso el de su más famosa ciudadana.

 

()()()

 

     La Chencha había nacido en la villa de Nuestra Señora de las Penurias, un pueblo muy antiguo cobijado entre montañas y mejor conocido simplemente por Las Penurias.  Su madre, Gerundia, era el ama de llaves en la hacienda de Don Santo y su esposa Doña Tránsito.  Hasta allí había llegado Gerundia a los quince años, una semana después de que su padre le dijera que ya era hora de buscarse marido o salir a trabajar.  Empezó ordeñando cabras en la hacienda.  Al ver su presteza y alegre disposición Doña Tránsito la ascendió a ayudante en la cocina, pero la cocinera muy pronto se quejó de que con Gerundia al lado no le quedaba nada por hacer, y la cocina era su territorio después de todo, pues ella había llegado mucho antes.  Y así fue que Gerundia pasó a ser ama de llaves y a asegurarse de que la ropa de cama y las cortinas estuvieran limpias y frescas, y de que todo en la casa funcionara como un reloj. 

     Desde que Gerundia empezó a dar señales de embarazo, Doña Tránsito se ocupó de ella como si fuera su propia hija.  La relevó de todas sus ocupaciones y la hizo dar cortos paseos, descansar mucho, y alimentarse bien.

     A pocos días de nacida, Chencha llegó a La Amargosa, envuelta en una tela de satín rojo, en brazos de su madre, quien la mostraba llena de orgullo.  Todo el pueblo salió a recibirla.  Doña Templanza había anunciado que era una niña muy especial, con enormes ojos azules.  La abuela creía firmemente que aquellos ojos se habían manifestado en la criatura por obra y gracia de Nuestra Señora de la Pendencia, de quien era muy devota.  Tener ojos azules entre una familia de negros tan negros como ellos era señal de poderes y visión divina.  Gerundia, sin embargo, sabía que los ojos azules de su hija eran obra y gracia del espléndido Santo, quien no tenía los ojos azules, pero se decía que su madre, Mamá Genoveva, había tenido la mirada tan azul como el lago Reververillo en primavera. 

     Cuando Santo entró a la habitación a conocer a la recién nacida, y la observó dormida en toda su hermosura, sonrió con satisfacción.  La niña de repente abrió los ojos y Santo se tambaleó sobresaltado.  Eran los ojos de su madre que lo observaban desde el pequeño rostro oscuro.  Y casi enseguida, como por encanto, sintió una oleada de amor hacia la niña, y hacia Gerundia, y hacia su mujer, y hacia sí mismo.  Aturdido por la oleada de sentimientos, se dio la vuelta y salió a revisar las herraduras de su caballo favorito, a quien también amaba.

     Santo era espléndido para con su familia y empleados, pero especialmente con Gerundia.  Doña Tránsito también lo era hasta el extremo.  Había entre las dos mujeres un lazo bien atado pero sin aparentes condiciones y sin palabras.  Gerundia no estaba completamente segura de las razones detrás de aquellas atenciones, pero mientras existiera, no tenía por qué hacerse pregunta alguna.  Si le demostraban cariño, lo devolvía con creces.  Don Santo le había dicho una vez que su esposa se negaba a hacer ciertas cosas en la cama que ella calificaba como cochinadas, y enumeró precisamente las cosas que enloquecían a Gerundia y la hacían resoplar como un jabalí en celo en la barraca de los cazadores una vez por semana.  Tal vez su ama era así de desprendida.

     Don Santo se ocupaba económicamente de la niña sin tener que admitir su paternidad, lo cual era más que suficiente para Gerundia.  La gente de Penurias, en señal de respeto hacia el bueno de Don Santo y a la caritativa Doña Tránsito, no daba voz a sus sospechas. 

     La niña habría de llamarse Hortensia y llevaría el apellido de su madre.  Pero Gerundia informalmente le puso como apellido “Aldorso” por su padre, cuyo nombre de pila era Santoral Aldorso.  Mamá Genoveva no había sido muy leída, pero sí muy cristiana.  A pocos minutos de haber parido al niño en una silla sin fondo se levantó a consultar el calendario para el santo del día.  Apenas alcanzó a deletrear santoral al dorso sin ver que quien estaba al dorso era San Zenón Mártir, patrón de los nunca mencionados. 

     Como suele suceder con tantas Hortensias, la gente empezó a llamarla Chencha desde pequeña.  Ya a los once años era conocida como Chencha la adivina, o Chencha la curandera, o Chencha la profetisa, y para los procedentes de otros municipios a lo largo y ancho del país, Chencha la de La Amargosa.

     Fue la propia Chencha quien a las pocas semanas de nacida decidió que la criaría su abuela Templanza.  Se lo pidió a su madre con los ojos, y ésta accedió sin una queja, volviéndose a Penurias a su trabajo en la hacienda.  Doña Templanza llevaba a la niña en tren a ver a su madre con frecuencia, y aunque la Chencha se mostraba alegre y cariñosa con todos, siempre insistía en regresar a La Amargosa, donde hacía las delicias de todo el pueblo, y donde sus dones prodigiosos pronto se hicieron notar.

 

()()()

 

     ¿Y usted a qué viene? —Preguntó Doña Templanza mirando por encima de sus lentes. 

     Homero cerró su cuaderno de apuntes He venido a una consulta, como todos, señora.

     Doña Templanza lo evaluó cuidadosamente. Hm. . .

     ―Mi nombre es Homero Parrillada.  Vengo de la capital extendió la mano, pero ella no correspondió al gesto.

     ¿Qué tipo de consulta? preguntó la anciana con sequedad, mirándolo a los ojos.

     Temiendo que no lo dejara pasar a ver a la Chencha, Homero se apresuró a jugar sus cartas con sumo cuidado.  Bajó la cabeza y susurró Es personal, señora…  Digamos que es un asunto del corazón.

     Doña Templanza no estaba convencida, pero tampoco tenía una razón concreta para dudar del aquel hombre tan distinguido.  Venía de la capital, y eso quería decir que la fama de su nieta iba en aumento.  Calculaba que pronto el mundo entero detrás de las montañas estaría enterado de la presencia de la Chencha sobre la tierra, y que todos habrían de pasar por su puerta un día.

     Usted es el de la moto.

     Sí, pero fíjese que no la he traído hoy.

     Ya veo… Tampoco su melena.  Pero ha traído una cámara.  Eso es una cámara, ¿verdad?

     Es que pensé que tal vez podía hacerle una foto a...

     No va a poder lo interrumpió.

    Homero se quitó la cámara del cuello. ¿Me la guarda usted hasta que salga de la consulta?

     No.  Puede llevar la cámara.  Pero no va a poder.  No salen las fotos.

     ¿No salen?

     No.  Todo sale nublado.  Ya otros han tratado.

     Como usted diga, señora volvió a colgarse la cámara, incrédulo.

     Los otros consultantes habían estado mirando a Homero con curiosidad, pero no se atrevían a abordarlo con preguntas.  Venía vestido de caqui como un explorador, con una mochila de cuero a cuestas, un reloj pulsera con muchos números y manecillas, y una cámara colgando al cuello.  Tenía un corte de pelo reciente, estilo militar, y estaba cuidadosamente rasurado. Homero hacía apuntes, y trataba de sonreír de vez en cuando a aquellos que lo observaban, pero los mirones quedaban serios, desconfiados.

     Con toda la diplomacia que había aprendido en su profesión, Homero se sobrepuso a su molestia.  Se sentía sumamente incómodo con la cabeza casi rapada.  El barbero había arremetido contra su melena sin encomendarse a nadie.  Su melena. . .  ¡Estaba tan identificado con ella!  Tardaría mucho en crecer de nuevo.   Pero el periodista decidió que para poder cumplir con su misión no le quedaba otro recurso que apreciar la refrescante sensación creada por la brisa sobre su cogote, y observó a los que lo observaban.  Pronto logró que le hablaran algunos de los que tenía más cerca y que con tanta paciencia aguardaban su turno.  Hizo preguntas con humildad, y verdadero interés.  Le contaron hazañas inverosímiles llevadas a cabo por la Chencha.  Todos los allí presentes conocían a alguien tocado por su poder.  Y algunos venían por segunda, tercera, o cuarta vez de pueblos vecinos o lejanos con diferentes asuntos, conflictos, o dolencias.

     Supo que su poder triunfaba sobre enfermedades terminales, supo de huesos astillados o deformes que habían recuperado la normalidad, de extremidades amputadas que volvían a brotar del muñón.   Le contaron de niños que habían nacido muertos y ella los había hecho entrar al mundo a fastidiar como casi todos o a trabajar como algunos.  Amansaba furias, apaciguaba desavenencias conyugales, pleitos entre vecinos, y viejas rencillas de familia, vaticinaba terremotos y ciclones, componía corazones rotos, y predecía el futuro de pueblos y naciones.

     ¿Pero qué hace ella para lograr todo eso? preguntó Homero, ansioso de información precisa y detallada.

     Los que lo escuchaban se miraron unos a otros con sorpresa.

     Pues hombre, es adivina, y eso es lo que hace.  Adivinar.

     Pero ¿cómo?—insistió el periodista―. ¿Cómo hace para adivinar?

     No lo sabemos —dijo uno por fin.

     ¿Cómo que no lo saben?  ¿Qué hace ella cuando la consultan?  ¿Dedica una oración?  ¿Echa las cartas?  ¿Usa una bola de cristal?  ¿Tira huesos y caracoles?  ¿Canta y baila?

     No lo sabemos.

     No puede ser —empezaba a exasperarse―. ¿Es que la gente no ve lo que hace?  ¿No les pone la mano encima tan siquiera?

     Nadie sabe.  Los pone a dormir.

     Homero decidió probar otro ángulo para obtener información concreta.

     ¿Y la abuela?  ¿Cómo es que no ha curado a su propia abuela?

     Porque no está enferma —dijo un anciano vestido de blanco.

     Pero anda con bastón y está medio ciega.

     Eso es por ser vieja, no por estar enferma.  Si la Chencha pudiera cambiar a los viejos por jóvenes no estaría aquí en La Amargosa, sino en la capital.  ¿Qué se cree usted?  ¡Ya me gustaría a mí que me volviera a mi época de semental!

     Algunos rieron, y Homero, impaciente, quiso pasarse los dedos por su cabellera pero hubo de aferrarse al cepillito que le dejó el barbero sobre la frente.

     La abuela finge —dijo una mujer pequeña y enjuta, sin mirarlo.

     ¡Por fin alguien iba a revelar algo con sustancia!  Se sintió esperanzado y procuró alimentar la llama acercándose a la mujercita.

     ¿Cómo dice usted?  ¿Qué la abuela finge?

     Yo la he visto correr detrás de una gallina y retorcerle el pescuezo… sin el bastón, sepa usted.

     Pero… ¿Por qué finge?  No es necesario que finja.

     No lo sabemos —se apresuró a decir un anciano, mirando a la mujer con reproche—. Yo no estoy seguro de que finja.  Ninguno de nosotros está seguro.

     Yo sí –insistió la mujer.  La puedo ver desde mi casa apuntó con el mentón hacia la casa de enfrente.

     Los primeros consultantes ya habían empezado a salir sabiéndose observados.  Todos sonreían con satisfacción.  Algunos hacían una genuflexión al salir, como si abandonaran una iglesia.

     Homero dejó de hacer preguntas y continuó haciendo apuntes.

 

()()()

 

 

     El viaje de regreso se le hizo más corto a Homero, pero no porque fuera agradable en lo más mínimo.  El viaje de ida había sido una pérdida de tiempo tal y como se lo había imaginado.  Y representó la pérdida de una melena bien cultivada por varios años.  Al menos el viaje de vuelta lo regresaría a lo familiar y a un poco más de inteligencia a su alrededor.  Se quería compadecer de aquella simple gente que creía en la profetisa, pero no podía.  Había tenido que hacer demasiados esfuerzos para desplegar tanta paciencia.  La supuesta profetisa nunca lo miró siquiera.  La abuela lo hizo sentar en una silla y allí esperó lo que se le antojó una eternidad.  Por fin se hartó de esperar y se levantó.  Salió de la casa con un portazo y atravesó el portón sin mirar a los que quedaban en fila. Fue directamente a la fonda, pagó por el mísero cuartucho y con su mochila al hombro montó y echó a andar su Harley, presionando el acelerador para lograr cuanto ruido pudo antes de salir del pueblo, pasando a lo largo de la cola de ilusos que aún esperaban. 

     Si el director no le quería aumentar el sueldo por sus esfuerzos, pues que no lo hiciera.  Buscaría otro periódico que pagara mejor que Prensa Astuta. . . Pero iba a hacer todo lo posible por disculparse con Magdalena.

      Luego de tres horas de curvas, pendientes, subidas, y pensamientos tóxicos, al fin pudo ver los edificios más altos de la capital brillando bajo el sol del atardecer.  Respiró hondo, llenando sus pulmones con los humos del tráfico.  Al parar en un semáforo miró hacia el puesto de periódicos y algo le llamó la atención.  El Observador tenía en la portada una foto que lo dejó petrificado.  Los autos tras él pronto empezaron a tocar las bocinas y lo sacaron de su aturdimiento.  Se acercó a la acera y le pidió un periódico al muchacho.  Allí estaba la foto de su hijo Homerito en brazos de su madre bajo los titulares.

 

          EL TRANSPLANTE DE CORAZÓN YA NO ES NECESARIO.

          EL NIÑO AMANECE EN PERFECTO ESTADO DE SALUD.

 

     Homero se sentó en la acera, se quitó las gafas protectoras, y leyó a través de las lágrimas.  El niño había estado en espera de un corazón saludable para el trasplante.  El dolor de la situación había creado una brecha en el matrimonio de Homero.  Se había vuelto huraño hasta el punto de que su esposa le pidió el divorcio.  Sin su ayuda, ella trabajaba por las noches para poder estar junto al niño durante el día.  Homero sabía que había sido egoísta, muy egoísta.  Prefirió huir antes que enfrentar su tristeza.  No podía con la realidad de un hijo que se debilitaba día a día, que no podía jugar como otros niños, que nunca podría ir a un partido de fútbol con él.  Y le había dado la espalda a su familia.  Ni siquiera había querido visitarlos en el hospital.  Le habían dicho que el niño no llegaría a su cuarto cumpleaños. 

     Se levantó de la acera lentamente, se secó las lágrimas con el dorso de la mano, y acarició la primera página del periódico.  Allí estaba la foto sonriente de su hijo.  No lo había visto sonreír por más de un año.  El artículo indicaba que esa misma mañana estaba caminando, comiendo, jugando… Y en la foto aparecía regocijado, con los brazos alrededor del cuello de su madre.  Ella se veía muy hermosa, y muy feliz.  El viejo cansancio se le había borrado del rostro por completo.  Los médicos reportaban que no habían podido mantener al niño en su cama.  Se había quitado los tubos por su cuenta y había echado a andar.  Lo consideraban un verdadero milagro.  La madre y el niño iban a aparecer en televisión aquella misma noche, en un programa especial.

      Homero, aturdido, se preguntó si era posible que La Chencha. . . Pero ¿Cómo?. . . No podía haber otra explicación.  Montó su Harley.   Iría al hospital para encontrarse con su familia.  Tal vez ya se habrían ido a casa.  Tal vez no sería demasiado tarde.  Tal vez, tal vez. . .  Dio vuelta a la llave.  Aceleró y se incorporó al tráfico.  Ni siquiera se percató de que el viento batía su larga cabellera.


Teresa Bevin nació en Camagüey, Cuba (1949). Narradora, traductora y profesora de psicología. Graduada de la Universidad George Washington en Washington, D.C. y de la Universidad de Maryland en College Park, Maryland. Por más de treinta años vivió en el área metropolitana de Washington, D.C., donde trabajó como terapeuta de niños inmigrantes y como terapeuta de intervención crítica. Su dedicación a la salud mental y el bienestar de niños y familias procedentes de culturas hispánicas e indígenas de América Latina continúa a través de su escritura. Hasta finales del 2006 trabajó como profesora de psicología y técnicas de consejería y fue coordinadora del departamento de lenguas extranjeras en Montgomery College (Takoma Park, Maryland). Con frecuencia ofrece charlas a clínicas y agencias de servicio social en gobiernos locales y estatales. Ha participado con capítulos completos en varios textos para estudiantes graduados de psicología y trabajo social, abordando temas de diversidad cultural y salud mental, entre los que cabe destacar: “La necesidad de cuidados especializados con las víctimas de la guerra de El Salvador” (Panamerican Health Organization, 1998); “Multiple Traumas of Refugees: Near Drowning and Witnessing of Maternal Rape” en Children in Crisis, Dr. N. B. Webb, Editora, (Guilford Publications, New York, ediciones de 1991 y 2000); “Parenting in Cuban-American Families” en Multicultural Parent-Child and Family Relationships, Dr. N. B. Webb, Editora, (Columbia University Press, New York, 2001); y los textos “Caught Between Homophobia and Peer Pressure”  and  “Cuban Women: Betrayed by Revolution” en el libro Opening Pandora’s Box: An Introduction to Women Studies, B. Friel & R. Giron, Editores, (Gival Press, Virginia, 2005). Ha publicado sus cuentos y relatos en revistas latinoamericanas y estadounidenses. Su relato “City of Giant Tinajones” (Ciudad de Grandes Tinajones) aparece en una de las antologías más importantes sobre la literatura latina en los EE.UU., The Prentice Hall Anthology of Latino Literature, E. del Rio, Editor,  (Prentice Hall, New Jersey, 2002). Ha incursionado en el género de novela juvenil bilingüe, que incluye currículo y lecciones, con el libro Tina Springs into Summer/Tina se lanza al verano (Gival Press, Virginia, 2005). En el 2001 recibió el premio “Bronce” que otorga la revista ForeWord Magazine por la mejor traducción de ese año y en el 2002 fue finalista en la categoría de ficción multicultural del grupo Independent Publisher Online (Publicaciones Independientes en la Red) por su obra y traducción de los mismos, la colección bilingüe de cuentos Dreams and Other Ailments/Sueños y otros achaques (Gival Press, 2001). Su novela Havana Split, publicada por la Universidad de Houston,  (Arte Público Press, 1998) fue nombrada por el periódico The Miami Herald entre uno de los libros más importantes del 1998. En la primavera del 2008 saldrá su próxima novela Papaya Suite, bajo el sello editorial Tropicarte en Santa Fe, Nuevo México.