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Tras beber un vaso
de cristal lleno de coñac añejado, me alisté a preparar mis
materiales de trabajo, una de las actividades que yo más disfruto
realizar, especialmente previo a una ardua noche de trabajo.
Generalmente yo trabajo de noche, como todo caballero de clase y
elegancia debe hacer. Puse música de Beethoven para inspirarme en mi
arte y mientras escuché los primeros acordes suaves, cubrí mis
delicadas manos con mis guantes de cuero negro. Me senté en mi
sillón frente a mi escritorio y acto seguido instalé mi maletín de
herramientas delante de mí.
Hay que tener una
cierta delicadeza y talento artístico para dedicarse a las artes,
a las cuales un talentoso artista como yo dedica su vida. Las
cualidades más importantes para convertirse en un maestro en su
arte, son la perseverancia y la musa inspiradora. Mi carrera
profesional ha sido de éxitos meteóricos.
En fin, abrí
cuidadosamente los dos broches frontales de mi maletín de cuero fino
y levanté su cubierta con extremo cuidado. Siempre me fascinó el
terciopelo rojo que cubría el interior de mi maleta de utensilios,
su suavidad aseguraba mantenerlos en óptima condición. Yo los
limpiaba y les sacaba brillo después de utilizarlos para mis obras.
Otra vez los tenía ahí enfrente de mí, metales brillosos y
maravillosos, lo digo pues me habían traído tantas satisfacciones
laborales y personales.
El reflejo de la
luz de mi tenue lámpara rebotaba en los metales y casi cegaban mi
vista. Me coloqué mis anteojos polarizados y con aumento para hacer
mis labores más fáciles. Me aseguré de que el cerrojo de la entrada
de mi despacho estuviese bien cerrado, no quería ser interrumpido
con molestias banales de la servidumbre y así desconecté la línea
del teléfono para evitar la más mínima interrupción. Mis instrumentos
me habían costado relativamente caros, pues los encargué
especialmente de Europa, con todo y maletín incluido. Contenía
varias herramientas distintas, cada una perfectamente elaborada para
la labor precisa de efectuar mi arte de la forma más eficiente.
Me serví un segundo
vaso de coñac, guardé la botella en el bar y bebí lentamente su
contenido, saboreando sus espíritus. Era hora de comenzar y no
quería perder tiempo, yo siempre trabajo bajo un estricto y
previamente calculado plan de trabajo. Frente a mí presencié mis
herramientas de trabajo artístico. Todas las piezas elaboradas a
mano
por artesanos expertos y las cuales envié a grabar con un símbolo
que he asumido como el mío, el trébol de cuatro pétalos. Al costado
derecho de mi escritorio tenía ante mis ojos una lista, escrita de
mi puño y letra en una hoja de papel de arroz, en la que estaban
todos los detalles sobre la ejecución de mi obra de arte por
realizar: el horario mediante el cual me regiría en mi labor y un
perfecto esquema dibujado como un mapa del elaborado proyecto.
Estudié el esquema y decidí que los instrumentos que tenía serían
los adecuados, un artista no debe improvisar. Saqué mis herramientas
y las introduje en mi bolsa de trabajo, de seda azul, dónde yo
antes había introducido otros instrumentos que serían necesarios y
ropa de trabajo.
Cerré el maletín de
herramientas con llave en sus dos broches de bronce y lo guardé en
mi caja fuerte bajo clave. Mis herramientas son caras e importadas
del extranjero, por precaución a robos, siempre tomo mis medidas de
seguridad. Luego estudié la hoja de planificación por última vez
para tenerla fresca en mi mente, después la lancé al fuego ardiente
de mi chimenea y la vi convertirse en cenizas rápidamente. Puede parecer
algo excéntrico, pero en realidad lo hice porque en el mundo de los
artistas se está sufriendo una verdadera epidemia de plagios y copia
de material original, de lo cual no quiero ser víctima. Además
prácticamente me sabía el esquema de memoria, habiendo pasado meses
estudiando los planes detalladamente. Me sentía satisfecho de que
mis planes iban marchando sobre ruedas.
Miré la hora, eran
las nueve de la noche y por lo tanto aún me quedaban quince minutos
extras antes de salir de mi residencia. Me aseguré que no me faltara
nada, puse la bolsa de seda con mis herramientas dentro de mi
mochila de cuero. Me peiné frente al espejo y noté que pese a mis
ya casi cuarenta años de edad, mi apariencia no estaba del todo mal,
con apenas visibles canas en mis sienes. Vestí completamente de
negro aquella noche, color que me encanta por su sobriedad y de paso
me hace ver más delgado. Me cubrí con un abrigo largo pues la noche
estaba fría, coloqué la mochila a mis espaldas y como toque final me
cubrí con un sombrero de ala negra con mis manos enguantadas. Salí
de mi despacho dejando la puerta bajo llaves.
Guardé mis
utensilios en la maletera de mi automóvil y arranqué a velocidad
promedio en mi Mercedes descapotable, era innecesario un parte de
tránsito antes de llegar a mi trabajo. Seguí la nueva carretera
expresa que me llevó en veinte minutos al centro de la ciudad, al
distrito de las galerías de arte. Ubiqué el edificio de arquitectura
posmodernista con bastante facilidad. A esas horas de la noche ya
todas las galerías estaban cerradas, aunque a veces algún laborioso
trabajador se quedaba hasta altas horas de la noche en los estudios
y lofts del recinto.
Me estacioné en el
subterráneo del edificio, tomé mi mochila de la maletera y me dirigí
a paso rápido hacia el ascensor. Volví a mirar la hora, todo bajo
control, los retrasos son de muy mal gusto. Me monté en el ascensor
y presioné el botón del piso número siete. Miré mi reflejo en los
espejos de su interior y reafirmé que mi apariencia era
la de un dandy. Se abrieron las puertas y frente a mi vista se
extendía un corredor semioscuro, iluminado solamente por las luces
de emergencia. Tendría que dar mis pasos con cautela, la oscuridad
es peligrosa. Mi destino era la última oficina al fondo del largo
corredor, el despacho número 718. Finalmente me detuve frente a la
puerta, vi la luz que salía por la parte de abajo de la ranura de la
puerta de entrada. Deduje que obviamente debía haber alguien dentro
del despacho, pues los funcionarios no solían dejar las luces
encendidas durante la noche.
No quise golpear
para no molestar, generalmente si alguien se quedaba trabajando en
los estudios hasta tarde, era porque debía de estar sumergido en la
elaboración de su arte y eso es algo de sumo respeto. Mi prudencia
me impedía molestar. El picaporte de la puerta estaba abierta a mi
favor, lo hice girar lentamente y cerré el cerrojo por dentro con seguro,
no quería ser molestado. Ya sentía la musa inspiradora rodeándome y
la emoción de comenzar una nueva obra de arte. Hacer arte es
similar a dar a luz un hijo, es tuyo propio, tu imagen y semejanza.
Al fin es lo que quedará como nuestro legado cultural para las
futuras generaciones.
La oficina a mi
izquierda estaba cerrada, se veía luz por debajo de esa puerta también,
sin duda alguien estaba adentro trabajando. También escuché la voz
de una mujer joven hablando por teléfono, quizás era una secretaria
o una de las representantes artísticas. Caminé hacia mi derecha,
donde estaba el estudio en el que trabajaría ésa noche. Encendí la luz y
cerré la entrada con pestillo. Repito que odio las interrupciones.
El estudio estaba decorado con pinturas abstractas, fotos en blanco
y negro. También me deleité de presenciar un par de bellas y
delicadas esculturas en cada esquina. El estudio estaba semivacío y
me rodeaban varios caballetes de pintura.
Nunca me gustaba
perder el tiempo cuando se trataba de mi trabajo, sobre todo cuando
me sentía inspirado de la manera que me premiaba esa noche. Puse
manos a la obra de una vez. Coloqué la mochila sobre una mesa, me
saqué el abrigo y lo colgué en una percha con sumo cuidado. Abrí mi
mochila, saqué la bolsa de seda de su interior, la abrí y puse mis
herramientas de trabajo sobre la mesa en forma ordenada. Luego saqué
de la bolsa un delantal blanco que siempre uso para no ensuciarme al
trabajar. Tras ponerme el delantal, me aseguré que mis guantes
estuviesen bien ajustados a mis manos, para no entorpecer mi
trabajo. Lo de los guantes es una antigua manía para tampoco
ensuciármelas.
En el suelo estaban
los dos gruesos palos de madera que horas antes había dejado ahí mi
asistente personal, un madero largo y el otro corto. Los tomé y los
coloqué cautelosamente uno sobre el otro, formando una cruz como las
que se suelen ver en las iglesias. Eran parte de las bases
estructurales de mi escultura, la cual había planeado
meticulosamente por meses. Tomé mi fino y delgado martillo de entre
mis herramientas, coloqué un clavo tras otro para formar la cruz,
tres clavos en total. Aunque traté de no causar mucho ruido y no
molestar a la señorita de la oficina contigua, mis esfuerzos no
dieron resultados. Lo digo porque tras los golpes de martillo debí
llamarle la atención, pues segundos más tarde sentí golpes a la
puerta del estudio donde me encontraba. Rápidamente levanté la cruz
de madera del suelo, pues me empezaba a retrasar y la interrupción
siguiente de seguro quitaría tiempo valioso. Pero no me molesté pues
sentía la musa muy cercana, eso era algo esencial para mi obra.
Coloqué la cruz apoyándola sobre una de las paredes del estudio,
volví a sentir los golpes en la puerta, acompañados de una intrigada
y femenina voz que preguntaba si alguien estaba adentro. Contesté;
"Un momento por favor, ya voy." Como mi escultura ya iba encaminada
y la joven seguía golpeando, me dirigí a abrir la puerta con rapidez.
Abrí la puerta con
una sonrisa cortés dibujada en mi rostro y allí la vi frente a mí.
Me presenté formalmente, le expliqué que yo era uno de los artistas
del estudio y le pedí disculpas por la molestia. Ella se veía algo
sorprendida o perpleja. Sin embargo le dije que habría una
exposición en pocos días y tenía apuro en terminar mi última obra
para cumplir con mi compromiso hacia la exposición. Ella titubeó
antes de responderme, pero finalmente me explicó que ella era una
nueva secretaria de la galería y que estaba esperando que la
recogiera un taxi que acababa de llamar. Me dijo que nadie le había
informado que un artista vendría aquélla noche, pero estaba tan
nerviosa por ser su primer día de trabajo que no tardó en aceptar mi
explicación sobre el mal entendido. Le expliqué que era normal que a
los dueños de las galerías se les olvidara informar sobre las entradas y salidas
del estudio. Tenía una sonrisa muy dulce y desde luego le desperté
confianza, lo cual me agradó mucho, pues yo me encontraba deseoso de
volver a mis labores cuanto antes. Mi mano escondía el martillito
tras mi espalda para no asustarla, pues hay tanta gente rara en mi
ciudad que no quise inquietarla más, pobrecita. Imagínense era su
primer día de trabajo, eso pone nervioso a cualquiera.
Le dije; "Perdón
señorita, discúlpeme...". Ella sintió el fuerte golpe de mi martillo
que
entraba en su cabeza y después cayó inconsciente sobre la alfombra.
Miré mi reloj de pulsera, todo encajaba en mi elaborado plan, minuto
a minuto, y yo me sentí aliviado de haberme puesto mi delantal blanco,
pues de lo contrario ahora mi ropa estaría arruinada con manchas de
sangre. Son los gajes del oficio. Ella estaría inconsciente por un
buen tiempo, sin embargo mi plan cubría todas las probabilidades.
Saqué mi jeringa metálica, la llené con droga anestésica y se la
inyecté en la yugular. Esto tendría un efecto de por lo menos un par
de horas. Le cubrí la boca con cinta adhesiva gruesa, por la
nariz podría respirar fácilmente
y después le vendé los ojos con una pañoleta negra. Mi musa estaba
divina, cabellos rubios, rasgos finos, cuerpo esbelto y un aire
angelical.
La arrastré unos
cuantos metros a través del estudio, y al llegar al costado de mi
escultura en construcción me detuve. La despojé de sus ropas
cuidadosamente, disfrutando cada instante de mi realización. Primero
le solté el nudo que le amarraba el cabello. Después le desabotoné
la
blusa de seda blanca, sacándosela con gusto, su piel era blanca y
suave. Estaba sin zapatos pues al arrastrarla se le habían
desprendido en el camino, pero mientras le bajaba las medias, mi
vista se deleitaba en cada centímetro de sus piernas y sus muslos.
Estos eran sin duda el más delicioso manjar. Su pubis un tanto rojizo era
la culminación de un orgasmo artístico que llevaba meses en
formación. Sin embargo, lo más sublime estaba aún por llegar.
Desprendiéndola de su sostén, sus generosos senos al descubierto
exponían una pecaminosa creación de Dios. Sus pezones, eran las
guindas sobre el postre de mi sublevación carnal.
Estando mi modelo
completamente desnuda, la levanté y con extrema inspiración la
sobrepuse encima de la cruz de madera. Le extendí los dos brazos
horizontalmente sobre cada ala lateral de la tabla que formaba la
cruz y abajo le crucé sus piernas en forma vertical. Cerré los ojos
y pude ver mi escultura casi igual al esquema que durante tanto
tiempo realicé. Pero aún faltaba lo más esencial. Del interior de mi
mochila saqué cuatro largos y gruesos clavos puntiagudos. Abriéndole
la
mano derecha le clavé el primero y la sangre brotó al
ser atravesada. Pensé en la posibilidad de que estuviera muerta pues
no salió de su estado de coma al ser expuesta al calvario. Pero no
me importaba realmente, ya no iba al caso, pues el arte seguía su
curso y la inspiración es algo que no tiene explicación lógica.
Seguí con su otra mano, la siniestra, término que siempre preferí en
vez de decir 'izquierda'. El proceso fue el mismo, martillo en una mano,
clavo en la otra, la palma zanjada y la sangre del pacto
escurriendo vida. Por último le traspasé los dos tobillos
con los dos restantes clavos y a martillazos sus ligamentos cedieron
ensangrentados.
Me costó mucho esfuerzo despegar la cruz de
madera del suelo, pues los clavos habían traspasado la madera y
entrado en el piso. Con otra de mis herramientas de trabajo, la
logré desprender y con mucho esfuerzo la comencé a levantar. No fue
fácil, aunque tras varios intentos finalmente logre apoyar la cruz
sobre la pared y para mi sorpresa noté que la joven musa trataba
de soltarse aterrorizada, aunque estaba moribunda y perdía
mucha sangre. Mi conciencia estaba limpia, ya que sabía que con su
sangre yo lavaría todos mis pecados. Ella movió su cuerpo en
contorsiones, pero fueron inútiles por estar clavada y casi sin
energías. Trataba de murmurar algo inaudible
tras la cinta adhesiva, gritos mudos de un calvario con razón de ser
y lo dice un exsacerdote ahora hecho escultor.
Sintiéndose ya parte de la obra, se dio por vencida y accedió a
participar. Por lo menos así lo creí, ya que dejó de obstruir con
sus movimientos.
Tomé el martillo,
fuertemente rematé los cuatro clavos contra la pared, la cruz se
sostenía ahora por sí misma. Me asusté cuando algo no planificado
sucedió, por el peso de su cuerpo, la gravedad hacía que los clavos
se desgarraran poco a poco. Su piel cedía y las llagas se
hacían más severas. Para evitar lo que podría llegar a ser el
desastre de mi escultura devota, recurrí a la improvisación. Saqué
soga de mi arsenal de herramientas e instrumentos, y la corté en
tres trozos. Fue así como logré impedir el fracaso, amarrándola
apretadamente de sus muñecas y tobillos. Entonces casi salté del
miedo, cuándo el sonar del teléfono me sacó de mi trance artístico.
Ya más calmado, deduje que debía ser el taxista anunciando que ya
estaba esperándola afuera. Dejé que sonara repetidamente y luego
silencio total. Seguro y se aburrió de esperar, usualmente deducen
que otro taxista se adelantó. Me quise asegurar y, entreabriendo las
persianas un poco, vi al taxi alejándose por las calles de aquella
noche.
Faltaban ya sólo
los últimos detalles para acabar con mi obra maestra, la cual había
decidido titular: "Recreación del Calvario". Mi interpretación de la
corona de espinas era un poco diferente, más moderna, a mi gusto.
Sacando un paquete de clavos más pequeños, me di a la delicada labor
de introducirle clavitos circularmente alrededor de la parte
superior de la cabeza. La corona me quedó maravillosa, con cada
punta más agonía y así la corderita se entregaba en sacrificio.
Yo estaba fascinado
con los resultados de mi escultura, una exposición de arte
multimedia viva y que a mi gusto sería el medio artístico del futuro.
Sabía me quedaban pocos minutos para cumplir con los horarios
estipulados bajo mi esquema de realización. El último detalle, la
culminación y última cincelada a mi obra, la creación y colocación
del letrero sobre la parte superior de la crucifixión. Abrí mi
saquito de seda y saqué de su interior una tablita de madera
terciada, la cual yo había previamente preparado. También busqué mi
pincel, mojándolo repetidamente en las heridas de mi musa y
cubriéndolo con su sangre fresca, me di a la labor de escribir la
inscripción con la mejor pintura de la creación. Di pinceladas
seguras, firmes y escribí el mensaje: "Ordo Templi Orientis".
Ya mi obra
maestra estaba acabada y me di el placer de detenerme unos segundos
frente a mi obra para presenciar su belleza divina antes de volver
a mi hogar. Mis ojos se abrían en éxtasis ante la crucificada musa
imperial. Guardé mis instrumentos cautelosamente en mi mochila con
mis manos enguantadas, me saqué el entintado delantal guardándolo
también en su interior. Me puse el abrigo negro, el sombrero de medio
lado y me cercioré de no dejar huellas, por el tema de los plagios
artísticos, ¿recuerdan? Bueno, abandoné el recinto y nadie me
vio salir, gracias a Dios, ya que de noche suelen asaltar a la gente
en la ciudad. Mientras iba en camino a mi residencia por la
carretera expresa, escuchaba una sinfonía y me regocijaba en el
producto final de mi tributo religioso, mediante mi obra maestra.
Fue en ese momento, de relajada felicidad e inspiración, que se me
ocurrió la genial idea de lo que sería mi próximo proyecto artístico:
La futura interpretación de mi
versión de "La Última Cena". Sería más difícil de realizar
seguramente,
pero valdría la pena. Mientras hacía los planes en mi cabeza,
y escuchaba las melodías, le pedí inspiración y ayuda al maestro.
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Maximiliano Allende
Vásquez
nació en Santiago de Chile (1975). Narrador, guionista y
camarógrafo. Desde 1989 reside en los Estados Unidos, primero en San
Diego, California y a partir del 1991 en Miami, Florida. Ha
estudiado Producción de Radio y Televisión en el Seattle Central
Community College en Seattle, Washington, y en el Miami Dade
Community College (Recinto Norte). Trabaja como camarógrafo free lance para espectáculos en vivo, de artistas infantiles y
juveniles de la compañía M.D.A. Studios, de Miami, Florida (escuela
de talento infantil y juvenil). Ha publicado en “La Voz”,
el único periódico latino en Seattle, estado de Washington. Es
corresponsal en Miami de la revista electrónica chilena “Abracadaver”,
que se especializa en los géneros de Misterio y Terror. Como parte
de su corresponsalía, estuvo a cargo de reportar acerca de la
convención sobre cine de Terror “Screamfest” en Broward, Florida, en
el año 2004.

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