Miami
Estados Unidos
Año VIII

 Nº 43/44

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Profesora Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

Boletín Informativo

Reciba por correo electrónico una síntesis de las principales noticias literarias


 


 

LA MERIENDA

por

Marcelo D. Ferrer

 

     Como cada domingo, subíamos al tranvía tras una espera de un cuarto de hora. Teníamos por delante un recorrido de cincuenta minutos, a lo menos. Los asientos de madera, con ondulaciones apenas anatómicas, hacían que el trayecto fuera algo menos incómodo. Pero un viaje a las afueras de la ciudad, un domingo por el medio día, era siempre penoso; los pasajeros iban cargados de bultos con provisiones que depositaban en el pasillo central, que una vez  que se colmaba de paquetes y de gente asida de los pasamanos, hacía que todos abordo, incluso los que iban sentados, terminaran apretujados. En general, la gente era de clase baja y estaba mal aseada, para cuando el tranvía se llenaba, los tufos obligaban a la apertura de las ventanas, que sueltas de sus trabas, iniciaban un tintineo en armonía con el traquetear de las ruedas sobre los rieles de acero.

    Mientras el carro estaba en movimiento se hacía difícil intercambiar palabra; aunque mamá hablaba poco y sonreía todavía menos, sólo cuando nos deteníamos para el descenso y ascenso de pasajeros, hacíamos algún comentario. No es que mamá y yo perteneciéramos a una estirpe superior, vivíamos muy modestamente después de fallecer papá. Mamá era zurcidora y cocía botones para una reconocida tienda de la ciudad; nos diferenciaba la pulcritud. 

     Los tramos finales del recorrido se hacían en descampado y el paisaje que se observaba desde las ventanillas variaba diametralmente según la época del año. La ocre sequedad de los yuyales en invierno se poblaba de motas negras a medida que la gente descendía y se perdía con sus bultos entre los matorrales. Para cuando el tranvía llegaba a su destino, jamás había más de seis o siete personas a bordo, incluidas, mamá, yo, y algunos años atrás, la abuela Rosario. Vestíamos invariablemente de negro: ella con lentes oscuros y un pañuelo de seda que le cubría la cabeza; pendiendo de su codo derecho, el bolso con la merienda; en su mano, un ramo de frecias. Yo con dos moños de raso sobre mis orejas, mi tapadito de paño y medias hasta la cintura 

     El guardia de la puerta era un amable anciano con deseos de conversar, después del saludo formal, descerrajaba una andanada de preguntas que mamá contestaba sin detenerse con leves movimientos de cabeza y expresiones onomatopéyicas, que dejaban al pobre el deseo de repreguntar. Por unos pasos me lo quedaba mirando comprendiendo su necesidad, mientras el individuo, sonriendo, agitaba su mano tan veloz como un colibrí hasta que lo dejaba de mirar.

     El arco de acceso era una imponente construcción de amarillo descolorido sobre dos torres con molduras. A cada lado, un paredón de varios metros de alto que repetía los arreglos del arco central. Más allá de la escalinata de entrada se abrían en abanico senderos de grava roja delimitados por setos bajos bien cortados. La sombra de enormes cipreses y cedros proveía cierta serenidad. Lo peculiar era el silencio. Ni bien trasponíamos la enorme reja de la entrada, las personas hablaban en un murmullo apenas audible; entonces, preguntas como: ¿qué? ¿cómo me dijo? ¿no escuché bien? y otras parecidas, era usual escucharlas a cada rato.

     Nuestro sendero -en diagonal a la entrada- nos dirigía a una pequeña fuente llena de musgo cuyo motivo eran tres ángeles jalados por un cóndor; la sequedad del mármol denunciaba que la fuente, como la mayoría de las cosas en ese lugar, estaba muerta. Más allá de la fuente, nos adentrábamos a un pasadizo rodeado de construcciones grises de pesada arquitectura barroca. Mármoles oscuros, crucifijos, rejas, floreros de chapa, bronces y epitafios, se sucedían sin solución de continuidad. Dolientes mujeres -de riguroso negro- entregadas con devoción a la tarea de acomodar flores, persignarse o rezar, daban movimiento al rígido silencio.

     Papá estaba en un panteón más bien modesto. De esto me había percatado cierta vez que mamá me llevo a que viera las bóvedas de las familias adineradas: tenían varios pisos y subsuelos. Algunas se encontraban en tal abandono, que a través del biselado de sus puertas se podía observar féretros abiertos o corridos de lugar, pedazos de floreros esparcidos por el suelo, y, en general, suciedad. Ni bien llegábamos donde papá, mamá extraía de su bolso implementos para limpiar. Esto, aproximadamente, le demandaba una hora. Mientras ella se ocupaba de esa tarea, yo salía a caminar.

     Al fallecer papá, tenía apenas seis años. Mamá era una joven ama de casa de veintiocho. Abuela Rosario, que también había enviudado joven, se mudó con nosotras. Por años la peregrinación de los domingo la hicimos las tres. Bien temprano, luego de almorzar  -a veces sin siquiera lavar los trastos-, tomábamos el tranvía con todo lo necesario para pasar la tarde. Algunas veces lo hacíamos también los miércoles. Ellas pasaban por mí a la salida de la escuela y veníamos hasta aquí. Mientras mamá y la abuela tomaban mate sentadas en el umbral del panteón, yo hacía mis tareas. Abuela Rosario, que padecía de diabetes, quedó imposibilitada de caminar, por eso, no nos acompañó más; pero siempre tenía encomiendas que dar o instrucciones de cómo quería ella que luciera el lugar. Mamá lustraba bronces, barría el piso, le sacaba brillo a los vidrios, le pasaba cera a los cajones y refrescaba el agua de las flores mientras dialogaba con papá. Yo, deambulaba entre las tumbas jugando a las escondidas o imaginaba que de una cripta se asomaba un muerto de verdad. Al cabo de un rato mamá me llamaba a merendar. Entonces, entorno al mantel blanco con puntillas que cubría el féretro de papá, nos reuníamos los tres.

     Cuando la sombra de los crucifijos se extendía a lo largo de los pasillos, emprendíamos el regreso. Los que retornaban al centro, en el atardecer del domingo, eran muy pocos. En el tranvía, casi vacío, retumbaba el traqueteo de las ruedas sobre los rieles de acero.

   

Marcelo D. Ferrer nació en la ciudad de La Plata, Capital de la Provincia de Buenos Aires, República Argentina (1957). Poeta y narrador. Es contador público y licenciado en economía; ejerce su profesión en su ciudad natal.  Es miembro y ha presidido diversas O.N.G. dedicadas a la educación y al servicio comunitario. Poemas, cuentos, reflexiones, ensayos y narraciones suyas han sido publicadas en diversos medios periodísticos de Argentina y en la Red Cibernética. Ha publicado, con el asesoramiento de Estudio Qubbus de La Plata, Poemas, historias y reflexiones (Centegraf, 2001). Sus escritos, que abordan múltiples temáticas, asombran por su profundidad y sensibilidad. Su lenguaje es medular. Se aprecian en sus contenidos estructuras poéticas de exquisito ritmo que conducen al lector a desenlaces reveladores. Es preciso resaltar su interés por las cuestiones ligadas a su país.  Es un crítico de la idiosincrasia facilista de los argentinos, los denominados "argentinismos".  Su pensamiento está expresado en "Cartas a mi país", una sección consultada por críticos y comunicadores.