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No conforme aún con los hechos, Dios lo marcaba
una vez más con su dedo implacable, imponiéndole la custodia de
aquella señal cuyo designio no podía revocarse. Esta vez, el ángel
mensajero no dio la cara, sino que se valió a su vez de un
intermediario. El encargo recayó en el doctor Ross, quien (todo sea
dicho) lo desempeñó del modo más digno:
—A estas
alturas, ya no hay nada que hacer... —le anunció éste, con gravedad,
pero sin aspavientos.
Él, por
su parte, agradeció que se lo comunicara así, sencillamente:
—Ya está
muy avanzado para operar... Se halla completamente diseminado.
Quiso
saber entonces, —naturalmente—, cuánto tiempo de vida le quedaba
para saldar todas sus cuentas antes de ausentarse.
—Seis...,
ocho meses... Un año tal vez —fue la respuesta del intermediario
del ángel. Y esta vez él sintió despertarse en su sangre la rebeldía
de un Job impredecible. Trató en vano de apaciguarse mientras
abandonaba el consultorio, pero no lo consiguió. No sólo había
destruido Dios las fundaciones de su casa y de su hogar —se dijo—. Y
cancelado la familia de un plumazo despótico y caprichoso. No sólo
estaban condenados algunos de los sobrevivientes de aquel naufragio
—él incluido— a un destierro perpetuo y sin destino. No sólo al
silencio, y a la resignación, estaban sentenciados aquellos. Ni
siquiera se contentaba Dios, con haberle encomendado, como prueba
final de su devoción y de su lealtad, el ara última de su cólera en
la que debía consumirse, sino que además se negaba a otorgarle
siquiera esta gracia ínfima que consistía en dejarle saber con
certeza en qué momento comparecería ante él, agraviado de su fardo
para obtener indulgencia.
—...Seis..., ocho meses... Un año tal vez, —aún
estaba oyéndole decir al ángel por boca de su intermediario. ¿Cómo
esperar entonces indulgencia alguna de parte de un Dios que de tal
modo se ensañaba en el? ¿En qué consistía la justicia de un padre
que repetidas veces hacía encarnar a su hijo unigénito para hacerlo
crucificar en el cuerpo de todos sus hijos? ¿Y el poder de Dios en
qué consistía? ¿Y su misericordia infinita? ¿Servía de algo un Dios
despojado de aquellos atributos que lo hacían divino?— Se dio cuenta
en este instante que dudar de la justicia de Dios ya era negarlo.
Pero no sintió remordimientos. Por sobre todas las cosas sentía la
urgencia de ponerse a vivir, porque una súbita conciencia también le
decía que el tiempo vuela. ¡Seis! ¡Ocho meses! ¡Un año tal vez!,
duraban lo que un suspiro. De repente un deseo infinitas veces
disuadido, engañado, camuflado bajo las formas más variadas lo
acuciaba hasta dolerle:
—Si me fuera dado regresar una vez... aunque
nada más fuera por unas horas... —se decía ya sin cuidarse de
disimulos—... daría mi vida sin vacilar un segundo.
En ese instante debió sentirse el hombre más
pobre de la tierra. Su vida ya era poca cosa que ofrecer a cambio de
aquella gracia enorme —se dijo—. En cambio, su alma..., —razonaba
ahora—... vendería su alma al diablo a cambio de aquel bien; a lo
mejor su alma no fuera demasiado poco a cambio.
Esa noche se fue a dormir con la esperanza de
que el diablo prestara oídos a su ofrecimiento. Pero no era aquélla
una verdadera esperanza, a lo sumo, se trataba de un engañoso deseo.
Se encerró en el sueño sin decir sus oraciones como de costumbre y
esperó al visitante con febril impaciencia. El diablo se hizo
esperar en el sueño para exacerbarla y por fin se le vio venir a pie
por el camino, andando de espaldas. Luego se detuvo frente a su
puerta y golpeó con los nudillos dos veces, sin volverse de frente.
El le abrió la puerta, lo hizo pasar y lo invitó a sentarse, cosa
que el diablo hizo con mucha ceremonia. No era ni feo ni monstruoso,
y dijo no ser el diablo, sino, su embajador.
—Mefis —dijo, aspirando la s. ¡En confianza!
¡Y siempre para los amigos!
—Faustino..., —dijo él a su vez, estrechando la mano del
embajador.
—Lo sé... Lo sé... —dijo aquel interrumpiéndolo—.
¡Lo sabemos todo! Y aquí estamos, a tu disposición para lo que
gustes mandar. Sin escache, tú —dijo ahora tuteándolo—. Sin
protocolo, compa' ¡Sin protocolo!
El se sintió desconcertado por aquella
inconsistencia que anticipaba sin dudas —se dijo— el curso que
habrían de tomar sus negocios. ¿Como confiar en la palabra del
diablo, o para el caso en la de su embajador que tan bien hablaba
por él?
—Nosotros podemos ayudarte. Conocemos muy bien
tu caso —volvió a decir Mefistófeles con toda cordialidad. Un
viajecito a la isla..., vacaciones pagadas... Lo que tú quieras,
chico. Lo tenemos todo a tu disposición. Bobo que has sido... Otro
en tu lugar no lo pensaba dos veces. —Ahora se hundió en la butaca y
colocó los pies sobre la mesita de centro, echando a un lado los
objetos de adorno que había en ella—. ¡Con tu permiso! —dijo, ya
después de haber colocado los pies sobre la mesita mientras encendía
un habano de calidad, rodeado de pequeñas pausas olorosas a humo—.
¿Te molesta que fume? —dijo ahora como si masticara las palabras,
por decir nada más, mientras dejaba escapar una bocanada inmensa—.
No hay nada como el placer del humo, —dijo, fingiendo que se
distraía con las volutas.
El supo que se hallaba en aquellas manos.
—¿Bajo qué condiciones exactamente? —preguntó.
Su excelencia se volvió a mirarlo con ojos
ofendidos como picado por una avispa.
—Coño, chico, pero ¿quién crees tú que somos?
Hizo entonces ademán de ponerse de pie como si
fuera a marcharse luego de aplastar el extremo encendido de su
cigarro contra un improvisado cenicero de papel. Angustiado, él lo
contuvo suplicante.
—Si a mí, nada me importa ya. Dígame usted lo
que tengo que hacer. Mefistófeles se
pasó la mano por el pelo como si recapacitara en sus palabras, antes
de sonreír con una sonrisa beatífica.
—Lo que pasa es que tú no comprendes nada. ¡Ah,
ustedes los intelectuales...! ¡A ver, chico! ¿Cómo te explico yo a
ti la situación? El asunto es que no queremos nada de ti ¡Nada! Tú,
naturalmente, nos traicionaste cuando podíamos haberte necesitado
todavía, para qué te vamos a necesitar ahora... ¡A ver, dime tú
mismo!... Pero no perdemos nada con ayudarte. ¡Eso simplemente!
Queremos ayudarte, para que al menos mejores tu opinión de nosotros
y puedas irte de este mundo convencido de quienes somos de verdad.
Tienes que aceptar que para ser un tipo inteligente, un intelectual...,
¡vaya, tú mismo te negaste la oportunidad de conocernos de cerca!
Ahora, nosotros queremos darte esa oportunidad. ¿Qué dices tú?
Los ojos,
encendidos como ascuas, estaban fijos en él, aguardando su respuesta.
—Y yo acepto el ofrecimiento. Quiero tener esa
oportunidad que tan generosamente me ofrecen ustedes.
—Yo lo sabía, chico —dijo Mefistófeles
poniéndose de pie ágilmente para estrechar su mano—. ¡Yo tengo un
conocimiento del mundo y de los hombres... —dijo ahora,
fanfarroneando— ... que no me falla, viejo. —Y ya para marcharse
agregó—: No te preocupes, tú, que eso está querido.
Mañana temprano, a eso de las cinco te mando una limusina pa' que te
recoja, y mañana mismo estás saliendo con pasaporte diplomático en
el vuelo que sale a las nueve y media.
Sin darle tiempo a reponerse de su desconcierto,
ya a la puerta, el embajador encendió nuevamente su tabaco y
desapareció delante de sus ojos envuelto en una nube de humo azul y
blanco Él fue a persignarse, pero recordó lo inútil de hacerlo. A
las cinco en punto estuvo listo, aguardando con evidente impaciencia
la limosina que debía trasladarlo al aeropuerto, pero ésta no llegó
a la hora indicada, ni tampoco a las cinco y media, ni a las seis.
Al principio, se dijo que el embajador del Diablo seguramente le
había jugado una mala pasada con el fin único de humillarlo y llegó
hasta a pensar que después de todo no otra cosa podía esperarse de
él. De modo que cuando finalmente apareció el auto negro de
cristales ahumados, ya pasadas las siete de la mañana, Faustino se
sintió aliviado, y arrepentido de sus malos pensamientos se dijo
para sus adentros aquello de cría fama. Dándose sus humos
como era costumbre, Su Excelencia lo recibió afectando un humor muy
criollo del que decía sentirse orgulloso.
—Ya sé... Ya sé... Dirás que me retrasé... Que
somos impuntuales... Apuesto a que me habías mandado al Diablo.
Dime si me equivoco acaso.
—No, —dijo Faustino sonriendo de buena gana—.
Puedo jurárselo si quiere. Los pelos del embajador se le pusieron de
punta ante aquella posibilidad y se estremeció visiblemente como si
un escalofrío le hubiera recorrido la columna vertebral.
—Lo siento —dijo entonces Faustino percatándose
de su torpeza.
—No tiene importancia, —dijo ahora Su
Excelencia reponiéndose, y expresándose en un inglés muy precario al
que curiosamente se sentía obligado en ese instante se explicó—:
"I'll be the first to admit… I confess that... still gives me the
chills".
Faustino guardó silencio para pensar si estaba
actuando de manera correcta, si había tomado la decisión adecuada.
—No le des más vueltas, chico. Ya verás que
tenemos razón. Aquí tienes... —dijo
ahora Mefistófeles extendiéndole un pasaporte nuevo que olía a tinta
fresca.
Faustino
abrió el pasaporte para contemplar con ojos de incredulidad su foto
recién pegada allí, e interrogó al otro con su mirada.
—Caramba, Fausti, de poco te sorprendes...
Todavía no me crees cuando te digo que podemos obrar maravillas. Ya
lo verás con tus propios ojos cuando llegues allá.
Sin preguntar más, Faustino se guardó el
pasaporte en el bolsillo de la camisa y sonrió con aire de quien
está dispuesto a dejarse estafar, pero su compañero de viaje lo
previno:
—A nosotros no nos engañas, Fausti. De ti lo
sabemos todo, y lo que no, podemos saberlo si nos lo proponemos.
Nosotros tampoco vamos a engañarte. ¡Queremos que nos creas,
chico! Eso es todo lo que queremos de ti, que confíes en
nosotros para que puedas ver lo que queremos mostrarte. Vas a ver un
mundo desconocido para ti.
Ahora fue él quien se estremeció ligeramente
como si sintiera frío. Habían llegado por fin al aeropuerto y el
auto se detuvo. Un chofer negro de manos enguantadas les abrió la
puerta. Detrás de ellos se detuvo otro auto semejante a aquél en el
que viajaban, y del que descendieron varios hombres con maletas. El
embajador les indicó conducirlas al avión próximo mediante un ademán
displicente.
—Unos pasos más, —dijo ahora dirigiéndose a él—
y ya estarás en nuestro territorio. ¿Qué te parece, viejo? ¡Increíble!
¿Verdad? ¿Qué dices? ¿Te decides o no te decides? Queremos que hagas
el viaje por tu propia voluntad. ¡Sin la menor duda y sin presiones!
¿Comprendes? Estas cosas nos importan mucho.¡Qué la gente se
convenza por sí misma!
—¡Vamos! —fue todo lo que dijo a manera de
respuesta a la vez que daba unos pasos hacia el avión cercano. Una
vez dentro, un fuerte olor a tabaco que se había impregnado en todo,
lo envolvió en una especie de borrachera delirante:
—No nos has defraudado! —le dijo el embajador
que lo observaba con ojos de felino—. Nosotros tampoco te
defraudaremos.
Faustino le sonrió ahora, sintiendo que una
especie de morfina comenzaba a circular por sus venas.
—Que no se diga! —le dijo sonriente la
enfermera que se había apoderado de su brazo—. Se trata apenas de un
pinchazo.
—Las vacunas son obligatorias en todas partes.
—dijo el embajador dejando escapar una bocanada de humo.
El volvió a sonreírle, esta vez convencido de
que se había equivocado totalmente en lo tocante al embajador y a su
embajada.
—Qué equivocado estaba —se dijo para sí,
descontando de una vez evidencias anteriores por las cuales su
parecer se había guiado. Cerró los ojos para huir de la posibilidad
de una confrontación con aquellas y se reclinó para descansar
durante el viaje. Los motores del avión atronaron el aire, y
segundos después, tal vez, minutos, horas o años, lo pusieron en
movimiento sobre la pista para tomar impulso, y un siglo o dos más
tarde se elevaron en el aire para permanecer allí, suspendidos, al
parecer inmóviles por una eternidad. Cuando por fin se anunció el
descenso, Faustino se sintió aligerado de aquellas pasiones que
antes lo abrumaban hasta el dolor y el agotamiento físicos. Su
reflejo en el cristal de la ventanilla le dejaba ver ahora un rostro
más joven que el suyo de hacía sólo..., ¿cuánto tiempo?...
Acercándosele, sin dejar de sonreír por un instante, el embajador le
extendía su bienvenida en el tono ya acostumbrado:
—Palabra empeñada...: palabra cumplida. ¡Aquí
estás ya, chico! ¿Verdad que ésta es la tierra más linda del mundo?
¡Qué va, tú, si como este país no hay dos!
Entre tanto, los ojos de Faustino iban en
sucesión, de la pista de aterrizaje del avión a las escasas palmeras
de ralos penachos, y de aquéllas a los edificios cuyas siluetas
griseaban también en la distancia. Incapaz de apresar con una sola
ojeada la multiplicidad de objetos que constituían el paisaje, sus
ojos retenían apenas la impresión de formas abigarradas, colores
desvaídos que contrastaban con el intenso azul del cielo y masas
cuyas fulguraciones tenían una cualidad cegadora. El aeropuerto en
el que ahora aterrizaban le pareció infinitamente más pequeño que el
otro de su recuerdo, pero no buscaba con ello disminuir la realidad
frente a su memoria, —se dijo— ya que, sabía de la engañosa materia
de que están hechos los recuerdos, y de la constante necesidad de
confrontarlos con la realidad circundante.
—Bienvenido,
chico —dijo eufórico el embajador, que se había sentado a su lado—.
La agenda es como sigue: esta noche prepárate, que tenemos tremenda
sorpresa para ti. Y para comenzar, habrá una delegación esperándote
al llegar. Luego, un almuerzo como debe ser con los
compañeros delegados. Visitas a varios planes de desarrollo, la
Isla de la Eterna Juventud, (lo de eterna, es cosa mía, pero
tiene buen timbre), escuelas en el campo, hospitales e instalaciones
deportivas...
Después de
una breve pausa mediante la cual pudo saborear su cigarro, el
embajador volvió a decir: —Te vamos a tratar a cuerpo de rey... ¿Y
qué te pedimos a cambio? ¡Nada, chico! O casi nada. ¡Muy poco, en
verdad! Te pedimos objetividad. —Dijo esto separando en
sílabas la palabra y alargando cada una de ellas cuánto era posible—.
Comprensión de nuestra complejidad y de nuestros problemas. ¿Sabes?
No es fácil contrarrestar la campaña de calumnias, y de…
tergiversaciones..., de que somos víctimas. Aún no disponemos de
los poderosos medios de propaganda que se necesitan. A pesar de lo
mucho que hemos avanzado, todavía somos pobres y subdesarrollados...
Bastará conque seas honesto contigo mismo. ¡Honesto, sí, no te
asombres! Bueno, sería natural que todavía sospeches. Podemos
entenderlo. Pero ya te convencerás de que eso es lo único que
queremos de ti.
Oyendo las palabras del embajador se decía
ahora que aquéllas habían adquirido una nueva resonancia, una
nueva convicción, —pensó tal vez— como si las mismas se
produjeran de repente en un medio idóneo, y se sintió confiado y
apto para creer como no recordaba haberlo hecho en años.
La precipitación con que a partir de aquel
momento se sucedieron los acontecimientos, contribuyó en lo adelante
a aquella sensación de vértigo que experimentaba, en la cual se
sentía rejuvenecido, devuelto a la posibilidad de una adolescencia
nunca antes vivida, o cuando menos olvidada con el más definitivo de
los olvidos. Siempre a su lado, por el
tiempo que duraba la visita, el embajador acabó convirtiéndose en
una suerte de lazarillo ubicuo y bien dispuesto a aventurarse en
empresas incluso arriesgadas o de aparente riesgo con tal de hacerlo
sentir en casa, y mientras tanto, incansablemente le anticipaba
el gran momento, el gran encuentro que daría sentido
definitivo a la visita. Dicho momento, sin embargo, había sido
siempre postergado en el último instante por causas inexplicables o
insuficientemente explicadas que creaban en él una expectativa no
sentida con antelación, y una vez creada la aumentaban
constantemente. Entre tanto, durante una de las correrías amorosas
intermedias, y a instancias del mismísimo embajador, la conoció.
Haciéndose pasar por una campesina ingenua, Margarita consiguió
instalar impunemente un micrófono allí donde ninguno otro hubiera
podido hacerlo: próximo al corazón del hombre. Pero esta misma
desaprensión en él había tenido un efecto proporcionalmente inverso
en la espía, de modo que por un simple complejo de causas pronto
acabó revelándole al visitante las claves que conducían a su corazón.
De haberlo querido, él mismo no habría podido
explicarlo ni explicárselo. Se había vuelto inepto para enjuiciar en
profundidad su propia conducta desde que vivía emocional e
intensamente los acontecimientos inmediatos, sin dar cabida en este
medio a las dudas y a los razonamientos que pudieran asaltarlo,
herencia —diría Mefistófeles— de su pasado burgués e intelectual, o
intelectual y burgués. Cierto que ahora ya no entendía siquiera de
estos conceptos elementales, pero al principio todavía se había
preguntado qué le estaba pasando, y algo de esa manía de hacerse
preguntas sin parar, y sin objeto aparente debía quedarle y lo
asaltaba a veces produciéndole un estado de inquietud y de zozobra
incomprensible, aun si no se hacía objeto de incómodas preguntas
tales como aquélla de si había vuelto a enamorarse, o si estaba
enamorado de Margarita como no recordaba haberlo estado nunca. ¿La
amaba? A él no se le habría ocurrido tampoco preguntárselo pese a
que el corazón le palpitaba atropelladamente siempre que estaban
juntos, que era cada vez más, la mayor parte del tiempo. ¿Lo amaba
ella? Tampoco sentía la necesidad (ni el interés) de averiguarlo. Y
no que se tratara de un hecho consciente, de una actitud que
obedeciera a otros pulsos o cálculos antepuestos, sino del hecho
simple de que la celeridad y el modo exclusivamente inmediato y
elemental de sus emociones lo absorbían del todo y en todo momento.
No obstante, él creía poder describir, o más bien resumir el cúmulo
de sus emociones y vivencias últimas con la palabra exhilarating
con que había respondido a un periodista interesado, al
entrevistarlo.
—“Exhilarating!” —dijo, (había dicho) en inglés,
sin saber porqué—.
“It's this kind of experience..., of a life time. Terrific! There's
nothing comparable to ît. Or there may be: something like a heroic
drug, perhaps. I
have been high ever
since my arrival”.
Cuando
Margarita le reveló al fin la profundidad de sus sentimientos una
tarde de confesiones hechas a cubierto de un paisaje bucólico,
Faustino no comprendió absolutamente nada, si bien no necesitaba
comprender en absoluto. Sin embargo, y a su pesar tal vez, sintió
algo que crujía dentro de sí como el cristal cuando se quiebra. Hubo
una rajadura en su pecho, una grieta de luz que lo bañó
interiormente, a la vez que lo dejaba un poco expuesto. Por el
camino de las confesiones, Margarita le reveló también la índole del
azar que los había puesto en contacto, pero él también se
negó a entender. ¿Qué motivos —se preguntaba interrogando a su vez
a la muchacha— podían justificar todavía las sospechas que pesaban
sobre él? ¿No había dado acaso sobradas pruebas de su adhesión y de
su convencimiento? ¿De su conversión, en última instancia? Y aún si
se dudaba de él, ¿qué razones podían aducirse para espiar tan cerca
de su corazón? El embajador era su amigo. ¿No habían acaso
compartido una y mil aventuras a lo largo de este tiempo? —Se dió
cuenta de repente del tiempo transcurrido con infinito asombro. Más
de año y medio, veinte meses casi habían transcurrido desde su
llegada, en los cuales había burlado el pronóstico fatal que sobre
él pesaba. Y todo, sin dudas, lo debía a la intercesión del
embajador, su amigo, —pensaba—.
Viéndolo de
repente cabizbajo y atribulado, Mefistófeles anticipó sus dudas y
temió que algo estuviera escapándosele de las manos.
—¿Arrepentido tan pronto? ¡Qué no se diga,
caramba! ¡Qué no se diga! —le dijo de magnífico humor.
El le sonrió de buena gana y confesó a su pesar:
No sé cómo lo haces. ¿De qué manera logras
estar siempre de tan buen humor?
Mefis se hizo cargo de la confesión implícita,
diciendo después de una bocanada de humo:
—Ya tú sabes: "la risa...: remedio infalible".
¿Acaso no lo has experimentado por ti mismo? ¿No estás curado acaso?
¿Qué mejor medicina, viejo? Por eso aquí tenemos las mejores
reservas, los mejores médicos... Todo se resuelve con un poco de
risa. ¿No crees? Tú serás nuestro testimonio ante el mundo de lo que
puede hacer nuestra medicina. ¿No te hemos dejado acaso como nuevo?
Eres lo que se dice...: un verdadero hombre nuevo.
Faustino volvió a
sonreír divertido de escuchar la cita del Reader's Digest en
boca de su amigo.
—No..., de veras, ¿cómo lo consigues...? —dijo
luego con toda seriedad. Mefis también se había puesto serio de
repente:
—Digamos que tomo las cosas con filosofía. Cada
cosa en su momento y cada momento para su cosa ¡Tan sencillo como
eso! Y los ojos muy abiertos. No puede
uno dormirse un sólo segundo.
Tales expresiones en boca de Mefistófeles lo
dejaron profundamente desconcertado. Recordándolas más tarde se
preguntó si en verdad habían brotado de los labios del embajador o
si él había podido adivinarlas proviniendo de su corazón.
—No creas nunca en todo lo que oyes, y ni
siquiera confíes en lo que puedas ver con tus propios ojos. El ojo
humano es terriblemente engañoso. Sólo si tienes un buen instinto,
y desconfianza de sobra podrás sobrevivir entre los lobos.
De repente, —se dijo oyéndolo hablar— era como
si el embajador se hubiera transformado en un predicador de
cataclismos inmediatos y amenazantes. De sobras sabía él, aunque las
mismas palabras del otro le aconsejaran creer lo contrario, que
tales palabras eran dictadas por un verdadero sentimiento de lealtad
incuestionable, y naturalmente, por vez primera desde su llegada
sintió miedo.
Margarita,
por su parte, trató de hacerle más llevadero el resto del tiempo de
su visita con la pericia y el coraje, o la familiaridad naturales de
quien, ducho en riesgos, parece no temerlos ni evitarlos, e incluso
da la impresión de no experimentarlos en absoluto. Daba curso por
primera vez en mucho tiempo a un refinamiento que no era una
posesión adquirida, pese a la excelente educación de que podía
ufanarse, sino a una inclinación natural de su espíritu, encadenado
a su medio y circunstancias presentes por un sino despiadado.
Aparentando ante él despreocupación por su propia suerte, y sin
abandonar en apariencia el rol que se le había encomendado, ella se
encargaba hasta el detalle de evitarle contratiempos en espera de
que el momento de la partida llegara de una vez y él acabara de
marcharse. Cuando éste pareció llegado al fin, la muchacha respiró
aliviada, no sólo se le vio más relajada que de costumbre sino que
de verdad consiguió relajarse, y esta única debilidad la perdió.
Desapareció súbitamente un día sin dejar rastro alguno. Nadie la
había visto. De hecho, —comprobó ahora Faustino— ninguno parecía
conocerla, ni haberla visto nunca siquiera. A no ser por la
obstinada desesperación con que él repetía su nombre de vestíbulo en
vestíbulo de hotel mientras enseñaba su retrato, el mismo hubiera
llegado a persuadirse de que deliraba. ¿No deliraba acaso? —le
preguntaban a su vez—. ¿No se había equivocado, como le sugiriera un
presunto empleado de su hotel? Todo este asunto, ¿no se trataba
acaso del producto de su imaginación afiebrada por la enfermedad que,
finalmente, volvía por sus fueros? La foto misma nunca había
existido. Perdida o inexistente, daba lo mismo. Seguía existiendo no
obstante en algún lugar de su alma aquel sentimiento vivo y real que
ahora parecía destinado a no tener objeto, originado tal vez sin
objeto. Cuando su amigo el embajador vino a verlo a la
habitación del hotel para traerle la última de sus embajadas, ya él
no lo reconocía, tanto había cambiado Mefistófeles en las dos
últimas semanas. Reconoció, no obstante, la sonrisa diabólica ahora
desprovista de su otrora halo engañoso.
—El esperado gran momento ha llegado por
fin —le anunció el enviado. Vengo a anunciarte que se te espera, y
pronto serás recibido. Es mejor que vengas cuánto antes sin hacerte
esperar. —La sonrisa ahora parecía agrandarse, a la vez que se
independizaba del rostro. Desde su lecho, Faustino pensó en el gato
de Cheshire, y él también sonrió a su pesar como si una sonrisa
iluminara la otra y ambas terminaran haciéndose burla—. Ya nada más
que hace falta tu firma para darle peso legal al traspaso. Nosotros
hemos cumplido, ahora te toca cumplir a ti.
En vano intentó abrir los ojos, sabiendo que se
hallaba inmerso en un mal sueño del que súbitamente quería despertar,
pero la persistencia de la pesadilla no le dejó duda de que ahora
ésta debía ser su medio natural.
—No. No quiero firmar nada —se oyó decir
incrédulo, como si de repente fuera capaz de un acto de valor, o lo
que aún era más significativo, de un último acto de voluntad—.
¡Todos ustedes, déjenme en paz de una vez, y váyanse al infierno!
Una
carcajada resonó a su lado, o pudo tratarse a lo mejor de una
descarga de fusil o de un pistoletazo que lo dejaba en shock
sobre la cama con el pecho borbotando sangre. En esa misma sangre
aún caliente el enviado mojó la pluma de ave y poniéndola en su mano
lo obligó a firmar dócilmente: "... que en pleno uso de mi razón, y
sin mediar presiones de ninguna índole cedo mi alma..., Yo...."
Luego
él ya no recordó de qué se trataba, ni quien era, ni donde se
encontraba. Poco a poco la conciencia del bien y el mal también lo
fue dejando. Una especie de inocencia culpable de cuya existencia no
sabía se adueñó de su espíritu y habitó, sin saberlo tampoco, un
cuerpo y un espacio prestados, un presente perpetuo y sin objeto.
Envilecido por la inconsciencia de todos sus actos, aquel que había
vivido para otro fin devino en una torpe herramienta en manos del
mal. Ni una cruz, ni una corona darían cuenta del amor o la piedad
que su recuerdo pudiera inspirar. Y ni siquiera la muerte, tan
ansiada en los últimos días, al parecer tan llena de promesas, pudo
ya salvarlo. |