Miami
Estados Unidos
Año VIII

 Nº 43/44

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Profesora Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad  de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

 

Boletín Informativo

Reciba por correo electrónico una síntesis de las principales noticias literarias


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

FAUSTINO

por 

 Rolando D. H. Morelli

 


     No conforme aún con los hechos, Dios lo marcaba una vez más con su dedo implacable, imponiéndole la custodia de aquella señal cuyo designio no podía revocarse.  Esta vez, el ángel mensajero no dio la cara, sino que se valió a su vez de un intermediario. El encargo recayó en el doctor Ross, quien (todo sea dicho) lo desempeñó del modo más digno:   

         —A estas alturas, ya no hay nada que hacer... —le anunció éste, con gravedad, pero sin aspavientos.

         Él, por su parte, agradeció que se lo comunicara así, sencillamente:

         —Ya está muy avanzado para operar... Se halla completamente diseminado.

         Quiso saber entonces, —naturalmente—, cuánto tiempo de vida le quedaba para saldar todas sus cuentas antes de ausentarse.

         —Seis..., ocho meses...  Un año tal vez  —fue la respuesta del intermediario del ángel. Y esta vez él sintió despertarse en su sangre la rebeldía de un Job impredecible. Trató en vano de apaciguarse mientras abandonaba el consultorio, pero no lo consiguió. No sólo había destruido Dios las fundaciones de su casa y de su hogar —se dijo—. Y cancelado la familia de un plumazo despótico y caprichoso. No sólo estaban condenados algunos de los sobrevivientes de aquel naufragio —él incluido— a un destierro perpetuo y sin destino. No sólo al silencio, y a la resignación, estaban sentenciados aquellos. Ni siquiera se contentaba Dios, con haberle encomendado, como prueba final de su devoción y de su lealtad, el ara última de su cólera en la que debía consumirse, sino que además se negaba a otorgarle siquiera esta gracia ínfima que consistía en dejarle saber con certeza en qué momento comparecería ante él, agraviado de su fardo para obtener indulgencia.       

     —...Seis..., ocho meses... Un año tal vez, —aún estaba oyéndole decir al ángel por boca de su intermediario. ¿Cómo esperar entonces indulgencia alguna de parte de un Dios que de tal modo se ensañaba en el? ¿En qué consistía la justicia de un padre que repetidas veces hacía encarnar a su hijo unigénito para hacerlo crucificar en el cuerpo de todos sus hijos? ¿Y el poder de Dios en qué consistía? ¿Y su misericordia infinita? ¿Servía de algo un Dios despojado de aquellos atributos que lo hacían divino?— Se dio cuenta en este instante que dudar de la justicia de Dios ya era negarlo. Pero no sintió remordimientos. Por sobre todas las cosas sentía la urgencia de ponerse a vivir, porque una súbita conciencia también le decía que el tiempo vuela. ¡Seis! ¡Ocho meses! ¡Un año tal vez!, duraban lo que un suspiro. De repente un deseo infinitas veces disuadido, engañado, camuflado bajo las formas más variadas lo acuciaba hasta dolerle:     

     —Si me fuera dado regresar una vez... aunque nada más fuera por unas horas... —se decía ya sin cuidarse de disimulos—... daría mi vida sin vacilar un segundo.   

     En ese instante debió sentirse el hombre más pobre de la tierra. Su vida ya era poca cosa que ofrecer a cambio de aquella gracia enorme —se dijo—. En cambio, su alma..., —razonaba ahora—... vendería su alma al diablo a cambio de aquel bien; a lo mejor su alma no fuera demasiado poco a cambio.

     Esa noche se fue a dormir con la esperanza de que el diablo prestara oídos a su ofrecimiento. Pero no era aquélla una verdadera esperanza, a lo sumo, se trataba de un engañoso deseo. Se encerró en el sueño sin decir sus oraciones como de costumbre y esperó al visitante con febril impaciencia. El diablo se hizo esperar en el sueño para exacerbarla y por fin se le vio venir a pie por el camino, andando de espaldas. Luego se detuvo frente a su puerta y golpeó con los nudillos dos veces, sin volverse de frente. El le abrió la puerta, lo hizo pasar y lo invitó a sentarse, cosa que el diablo hizo con mucha ceremonia. No era ni feo ni monstruoso, y dijo no ser el diablo, sino, su embajador.

     —Mefis —dijo, aspirando la s.  ¡En confianza! ¡Y siempre para los amigos!

     —Faustino..., —dijo él a su vez, estrechando la mano del embajador.

     —Lo sé... Lo sé... —dijo aquel interrumpiéndolo—. ¡Lo sabemos todo! Y aquí estamos, a tu disposición para lo que gustes mandar. Sin escache, tú —dijo ahora tuteándolo—. Sin protocolo, compa' ¡Sin protocolo!

     El se sintió desconcertado por aquella inconsistencia que anticipaba sin dudas —se dijo— el curso que habrían de tomar sus negocios. ¿Como confiar en la palabra del diablo, o para el caso en la de su embajador que tan bien hablaba por él?    

     —Nosotros podemos ayudarte. Conocemos muy bien tu caso —volvió a decir Mefistófeles con toda cordialidad. Un viajecito a la isla..., vacaciones pagadas... Lo que tú quieras, chico. Lo tenemos todo a tu disposición. Bobo que has sido... Otro en tu lugar no lo pensaba dos veces. —Ahora se hundió en la butaca y colocó los pies sobre la mesita de centro, echando a un lado los objetos de adorno que había en ella—. ¡Con tu permiso! —dijo, ya después de haber colocado los pies sobre la mesita mientras encendía un habano de calidad, rodeado de pequeñas pausas olorosas a humo—. ¿Te molesta que fume? —dijo ahora como si masticara las palabras, por decir nada más, mientras dejaba escapar una bocanada inmensa—. No hay nada como el placer del humo, —dijo, fingiendo que se distraía con las volutas.    

     El supo que se hallaba en aquellas manos.

     —¿Bajo qué condiciones exactamente? —preguntó.

     Su excelencia se volvió a mirarlo con ojos ofendidos como picado por una avispa.

     —Coño, chico, pero ¿quién crees tú que somos?

     Hizo entonces ademán de ponerse de pie como si fuera a marcharse luego de aplastar el extremo encendido de su cigarro contra un improvisado cenicero de papel. Angustiado, él lo contuvo suplicante.        

     —Si a mí, nada me importa ya. Dígame usted lo que tengo que hacer. Mefistófeles se pasó la mano por el pelo como si recapacitara en sus palabras, antes de sonreír con una sonrisa beatífica.    

     —Lo que pasa es que tú no comprendes nada. ¡Ah, ustedes los intelectuales...! ¡A ver, chico! ¿Cómo te explico yo a ti la situación? El asunto es que no queremos nada de ti ¡Nada! Tú, naturalmente, nos traicionaste cuando podíamos haberte necesitado todavía, para qué te vamos a necesitar ahora... ¡A ver, dime tú mismo!... Pero no perdemos nada con ayudarte. ¡Eso simplemente! Queremos ayudarte, para que al menos mejores tu opinión de nosotros y puedas irte de este mundo convencido de quienes somos de verdad. Tienes que aceptar que para ser un tipo inteligente, un intelectual..., ¡vaya, tú mismo te negaste la oportunidad de conocernos de cerca! Ahora, nosotros queremos darte esa oportunidad. ¿Qué dices tú?

     Los ojos, encendidos como ascuas, estaban fijos en él, aguardando su respuesta.

     —Y yo acepto el ofrecimiento. Quiero tener esa oportunidad que tan generosamente me ofrecen ustedes.   

     —Yo lo sabía, chico —dijo Mefistófeles poniéndose de pie ágilmente para estrechar su mano—. ¡Yo tengo un conocimiento del mundo y de los hombres...   —dijo ahora, fanfarroneando— ... que no me falla, viejo. —Y ya para marcharse agregó—: No te preocupes,, que eso está querido. Mañana temprano, a eso de las cinco te mando una limusina pa' que te recoja, y mañana mismo estás saliendo con pasaporte diplomático en el vuelo que sale a las nueve y media.

     Sin darle tiempo a reponerse de su desconcierto, ya a la puerta, el embajador encendió nuevamente su tabaco y desapareció delante de sus ojos envuelto en una nube de humo azul y blanco Él fue a persignarse, pero recordó lo inútil de hacerlo. A las cinco en punto estuvo listo, aguardando con evidente impaciencia la limosina que debía trasladarlo al aeropuerto, pero ésta no llegó a la hora indicada, ni tampoco a las cinco y media, ni a las seis. Al principio, se dijo que el embajador del Diablo seguramente le había jugado una mala pasada con el fin único de humillarlo y llegó hasta a pensar que después de todo no otra cosa podía esperarse de él. De modo que cuando finalmente apareció el auto negro de cristales ahumados, ya pasadas las siete de la mañana, Faustino se sintió aliviado, y arrepentido de sus malos pensamientos se dijo para sus adentros aquello de cría fama. Dándose sus humos como era costumbre, Su Excelencia lo recibió afectando un humor muy criollo del que decía sentirse orgulloso.      

     —Ya sé... Ya sé... Dirás que me retrasé... Que somos impuntuales... Apuesto a que me habías mandado al  Diablo. Dime si me equivoco acaso.

     —No, —dijo Faustino sonriendo de buena gana—. Puedo jurárselo si quiere. Los pelos del embajador se le pusieron de punta ante aquella posibilidad y se estremeció visiblemente como si un escalofrío le hubiera recorrido la columna vertebral.

     —Lo siento —dijo entonces Faustino percatándose de su torpeza.   

     —No tiene importancia, —dijo ahora Su Excelencia reponiéndose, y expresándose en un inglés muy precario al que curiosamente se sentía obligado en ese instante se explicó—: "I'll be the first to admit… I confess that... still gives me the chills".

     Faustino guardó silencio para pensar si estaba actuando de manera correcta, si había tomado la decisión adecuada.     

     —No le des más vueltas, chico. Ya verás que tenemos razón. Aquí tienes... —dijo ahora Mefistófeles extendiéndole un pasaporte nuevo que olía a tinta fresca.

     Faustino abrió el pasaporte para contemplar con ojos de incredulidad su foto recién pegada allí, e interrogó al otro con su mirada.     

     —Caramba, Fausti, de poco te sorprendes... Todavía no me crees cuando te digo que podemos obrar maravillas. Ya lo verás con tus propios ojos cuando llegues allá.  

     Sin preguntar más, Faustino se guardó el pasaporte en el bolsillo de la camisa y sonrió con aire de quien está dispuesto a dejarse estafar, pero su compañero de viaje lo previno:     

     —A nosotros no nos engañas, Fausti. De ti lo sabemos todo, y lo que no, podemos saberlo si nos lo proponemos. Nosotros tampoco vamos a engañarte. ¡Queremos que nos creas, chico! Eso es todo lo que queremos de ti, que confíes en nosotros para que puedas ver lo que queremos mostrarte. Vas a ver un mundo desconocido para ti.

     Ahora fue él quien se estremeció ligeramente como si sintiera frío. Habían llegado por fin al aeropuerto y el auto se detuvo. Un chofer negro de manos enguantadas les abrió la puerta. Detrás de ellos se detuvo otro auto semejante a aquél en el que viajaban, y del que descendieron varios hombres con maletas. El embajador les indicó conducirlas al avión próximo mediante un ademán displicente. 

     —Unos pasos más, —dijo ahora dirigiéndose a él— y ya estarás en nuestro territorio. ¿Qué te parece, viejo? ¡Increíble! ¿Verdad? ¿Qué dices? ¿Te decides o no te decides? Queremos que hagas el viaje por tu propia voluntad. ¡Sin la menor duda y sin presiones! ¿Comprendes? Estas cosas nos importan mucho.¡Qué la gente se convenza por sí misma!

     —¡Vamos! —fue todo lo que dijo a manera de respuesta a la vez que daba unos pasos hacia el avión cercano. Una vez dentro, un fuerte olor a tabaco que se había impregnado en todo, lo envolvió en una especie de borrachera delirante:   

     —No nos has defraudado! —le dijo el embajador que lo observaba con ojos de felino—. Nosotros tampoco te defraudaremos.

     Faustino le sonrió ahora, sintiendo que una especie de morfina comenzaba a circular por sus venas.

      —Que no se diga! —le dijo sonriente la enfermera que se había apoderado de su brazo—. Se trata apenas de un pinchazo.

     —Las vacunas son obligatorias en todas partes. —dijo el embajador dejando escapar una bocanada de humo.

     El volvió a sonreírle, esta vez convencido de que se había equivocado totalmente en lo tocante al embajador y a su embajada.        

     —Qué equivocado estaba —se dijo para sí, descontando de una vez evidencias anteriores por las cuales su parecer se había guiado. Cerró los ojos para huir de la posibilidad de una confrontación con aquellas y se reclinó para descansar durante el viaje. Los motores del avión atronaron el aire, y segundos después, tal vez, minutos, horas o años, lo pusieron en movimiento sobre la pista para tomar impulso, y un siglo o dos más tarde se elevaron en el aire para permanecer allí, suspendidos, al parecer inmóviles por una eternidad. Cuando por fin se anunció el descenso, Faustino se sintió aligerado de aquellas pasiones que antes lo abrumaban hasta el dolor y el agotamiento físicos. Su reflejo en el cristal de la ventanilla le dejaba ver ahora un rostro más joven que el suyo de hacía sólo..., ¿cuánto tiempo?...  Acercándosele, sin dejar de sonreír por un instante, el embajador le extendía su bienvenida en el tono ya acostumbrado:

     —Palabra empeñada...: palabra cumplida. ¡Aquí estás ya, chico! ¿Verdad que ésta es la tierra más linda del mundo? ¡Qué va, tú, si como este país no hay dos!

     Entre tanto, los ojos de Faustino iban en sucesión, de la pista de aterrizaje del avión a las escasas palmeras de ralos penachos, y de aquéllas a los edificios cuyas siluetas griseaban también en la distancia. Incapaz de apresar con una sola ojeada la multiplicidad de objetos que constituían el paisaje, sus ojos retenían apenas la impresión de formas abigarradas, colores desvaídos que contrastaban con el intenso azul del cielo y masas cuyas fulguraciones tenían una cualidad cegadora. El aeropuerto en el que ahora aterrizaban le pareció infinitamente más pequeño que el otro de su recuerdo, pero no buscaba con ello disminuir la realidad frente a su memoria, —se dijo— ya que, sabía de la engañosa materia de que están hechos los recuerdos, y de la constante necesidad de confrontarlos con la realidad circundante.

     —Bienvenido, chico —dijo eufórico el embajador, que se había sentado a su lado—. La agenda es como sigue: esta noche prepárate, que tenemos tremenda sorpresa para ti. Y para comenzar, habrá una delegación esperándote al llegar. Luego, un almuerzo como debe ser con los compañeros delegados. Visitas a varios planes de desarrollo, la Isla de la Eterna Juventud, (lo de eterna, es cosa mía, pero tiene buen timbre), escuelas en el campo, hospitales e instalaciones deportivas...

     Después de una breve pausa mediante la cual pudo saborear su cigarro, el embajador volvió a decir: —Te vamos a tratar a cuerpo de rey... ¿Y qué te pedimos a cambio? ¡Nada, chico! O casi nada. ¡Muy poco, en verdad! Te pedimos objetividad. —Dijo esto separando en sílabas la palabra y alargando cada una de ellas cuánto era posible—. Comprensión de nuestra complejidad y de nuestros problemas. ¿Sabes? No es fácil contrarrestar la campaña de calumnias, y de… tergiversaciones..., de que somos víctimas. Aún no disponemos de los poderosos medios de propaganda que se necesitan. A pesar de lo mucho que hemos avanzado, todavía somos pobres y subdesarrollados... Bastará conque seas honesto contigo mismo. ¡Honesto, sí, no te asombres! Bueno, sería natural que todavía sospeches. Podemos entenderlo. Pero ya te convencerás de que eso es lo único que queremos de ti.

     Oyendo las palabras del embajador se decía ahora que aquéllas habían adquirido una nueva resonancia, una nueva convicción, —pensó tal vez— como si las mismas se produjeran de repente en un medio idóneo, y se sintió confiado y apto para creer como no recordaba haberlo hecho en años.

     La precipitación con que a partir de aquel momento se sucedieron los acontecimientos, contribuyó en lo adelante a aquella sensación de vértigo que experimentaba, en la cual se sentía rejuvenecido, devuelto a la posibilidad de una adolescencia nunca antes vivida, o cuando menos olvidada con el más definitivo de los olvidos. Siempre a su lado, por el tiempo que duraba la visita, el embajador acabó convirtiéndose en una suerte de lazarillo ubicuo y bien dispuesto a aventurarse en empresas incluso arriesgadas o de aparente riesgo con tal de hacerlo sentir en casa, y mientras tanto, incansablemente le anticipaba el gran momento, el gran encuentro que daría sentido definitivo a la visita. Dicho momento, sin embargo, había sido siempre postergado en el último instante por causas inexplicables o insuficientemente explicadas que creaban en él una expectativa no sentida con antelación, y una vez creada la aumentaban constantemente. Entre tanto, durante una de las correrías amorosas intermedias, y a instancias del mismísimo embajador, la conoció. Haciéndose pasar por una campesina ingenua, Margarita consiguió instalar impunemente un micrófono allí donde ninguno otro hubiera podido hacerlo: próximo al corazón del hombre. Pero esta misma desaprensión en él había tenido un efecto proporcionalmente inverso en la espía, de modo que por un simple complejo de causas pronto acabó revelándole al visitante las claves que conducían a su corazón.

     De haberlo querido, él mismo no habría podido explicarlo ni explicárselo. Se había vuelto inepto para enjuiciar en profundidad su propia conducta desde que vivía emocional e intensamente los acontecimientos inmediatos, sin dar cabida en este medio a las dudas y a los razonamientos que pudieran asaltarlo, herencia —diría Mefistófeles— de su pasado burgués e intelectual, o intelectual y burgués. Cierto que ahora ya no entendía siquiera de estos conceptos elementales, pero al principio todavía se había preguntado qué le estaba pasando, y algo de esa manía de hacerse preguntas sin parar, y sin objeto aparente debía quedarle y lo asaltaba a veces produciéndole un estado de inquietud y de zozobra incomprensible, aun si no se hacía objeto de incómodas preguntas tales como aquélla de si había vuelto a enamorarse, o si estaba enamorado de Margarita como no recordaba haberlo estado nunca. ¿La amaba? A él no se le habría ocurrido tampoco preguntárselo pese a que el corazón le palpitaba atropelladamente siempre que estaban juntos, que era cada vez más, la mayor parte del tiempo. ¿Lo amaba ella? Tampoco sentía la necesidad (ni el interés) de averiguarlo. Y no que se tratara de un hecho consciente, de una actitud que obedeciera a otros pulsos o cálculos antepuestos, sino del hecho simple de que la celeridad y el modo exclusivamente inmediato y elemental de sus emociones lo absorbían del todo y en todo momento. No obstante, él creía poder describir, o más bien resumir el cúmulo de sus emociones y vivencias últimas con la palabra exhilarating con que había respondido a un periodista interesado, al entrevistarlo.

     —“Exhilarating!” —dijo, (había dicho) en inglés, sin saber porqué—. “It's this kind of experience..., of a life time. Terrific! There's nothing comparable to ît. Or there may be: something like a heroic drug, perhaps. I have been high ever since my arrival”.

     Cuando Margarita le reveló al fin la profundidad de sus sentimientos una tarde de confesiones hechas a cubierto de un paisaje bucólico, Faustino no comprendió absolutamente nada, si bien no necesitaba comprender en absoluto. Sin embargo, y a su pesar tal vez, sintió algo que crujía dentro de sí como el cristal cuando se quiebra. Hubo una rajadura en su pecho, una grieta de luz que lo bañó  interiormente, a la vez que lo dejaba un poco expuesto. Por el camino de las confesiones, Margarita le reveló también la índole del azar que los había puesto en contacto, pero él también se negó a entender. ¿Qué motivos —se preguntaba  interrogando a su vez a la muchacha— podían justificar todavía las sospechas que pesaban sobre él? ¿No había dado acaso sobradas pruebas de su adhesión y de su convencimiento? ¿De su conversión, en última instancia? Y aún si se dudaba de él, ¿qué razones podían aducirse para espiar tan cerca de su corazón? El embajador era su amigo. ¿No habían acaso compartido una y mil aventuras a lo largo de este tiempo? —Se dió cuenta de repente del tiempo transcurrido con infinito asombro. Más de año y medio, veinte meses casi habían transcurrido desde su llegada, en los cuales había burlado el pronóstico fatal que sobre él pesaba. Y todo, sin dudas, lo debía a la intercesión del embajador, su amigo, —pensaba—.

     Viéndolo de repente cabizbajo y atribulado, Mefistófeles anticipó sus dudas y temió que algo estuviera escapándosele de las manos.        

     —¿Arrepentido tan pronto?  ¡Qué no se diga, caramba! ¡Qué no se diga!     —le dijo de magnífico humor. 

     El le sonrió de buena gana y confesó a su pesar:  

     No sé cómo lo haces. ¿De qué manera logras estar siempre de tan buen humor?

     Mefis se hizo cargo de la confesión implícita, diciendo después de una bocanada de humo:

     —Ya tú sabes: "la risa...: remedio infalible". ¿Acaso no lo has experimentado por ti mismo? ¿No estás curado acaso? ¿Qué mejor medicina, viejo? Por eso aquí tenemos las mejores reservas, los mejores médicos... Todo se resuelve con un poco de risa. ¿No crees? Tú serás nuestro testimonio ante el mundo de lo que puede hacer nuestra medicina. ¿No te hemos dejado acaso como nuevo? Eres lo que se dice...: un verdadero hombre nuevo.

Faustino volvió a sonreír divertido de escuchar la cita del Reader's Digest en boca de su amigo.

     —No..., de veras, ¿cómo lo consigues...?  —dijo luego con toda seriedad. Mefis también se había puesto serio de repente:

     —Digamos que tomo las cosas con filosofía. Cada cosa en su momento y cada momento para su cosa ¡Tan sencillo como eso! Y los ojos muy abiertos. No puede uno dormirse un sólo segundo.    

     Tales expresiones en boca de Mefistófeles lo dejaron profundamente desconcertado. Recordándolas más tarde se preguntó si en verdad habían brotado de los labios del embajador o si él había podido adivinarlas proviniendo de su corazón.  

     —No creas nunca en todo lo que oyes, y ni siquiera confíes en lo que puedas ver con tus propios ojos. El ojo humano es terriblemente engañoso. Sólo si tienes un buen instinto, y desconfianza de sobra podrás sobrevivir entre los lobos.

     De repente, —se dijo oyéndolo hablar— era como si el embajador se hubiera transformado en un predicador de cataclismos inmediatos y amenazantes. De sobras sabía él, aunque las mismas palabras del otro le aconsejaran creer lo contrario, que tales palabras eran dictadas por un verdadero sentimiento de lealtad incuestionable, y naturalmente, por vez primera desde su llegada sintió miedo.

     Margarita, por su parte, trató de hacerle más llevadero el resto del tiempo de su visita con la pericia y el coraje, o la familiaridad naturales de quien, ducho en riesgos, parece no temerlos ni evitarlos, e incluso da la impresión de no experimentarlos en absoluto. Daba curso por primera vez en mucho tiempo a un refinamiento que no era una posesión adquirida, pese a la excelente educación de que podía ufanarse, sino a una inclinación natural de su espíritu, encadenado a su medio y circunstancias presentes por un sino despiadado. Aparentando ante él despreocupación por su propia suerte, y sin abandonar en apariencia el rol que se le había encomendado, ella se encargaba hasta el detalle de evitarle contratiempos en espera de que el momento de la partida llegara de una vez y él acabara de marcharse. Cuando éste pareció llegado al fin, la muchacha respiró aliviada, no sólo se le vio más relajada que de costumbre sino que de verdad consiguió relajarse, y esta única debilidad la perdió. Desapareció súbitamente un día sin dejar rastro alguno. Nadie la había visto. De hecho, —comprobó ahora Faustino— ninguno parecía conocerla, ni haberla visto nunca siquiera. A no ser por la obstinada desesperación con que él repetía su nombre de vestíbulo en vestíbulo de hotel mientras enseñaba su retrato, el mismo hubiera llegado a persuadirse de que deliraba. ¿No deliraba acaso? —le preguntaban a su vez—. ¿No se había equivocado, como le sugiriera un presunto empleado de su hotel? Todo este asunto, ¿no se trataba acaso del producto de su imaginación afiebrada por la enfermedad que, finalmente, volvía por sus fueros? La foto misma nunca había existido. Perdida o inexistente, daba lo mismo. Seguía existiendo no obstante en algún lugar de su alma aquel sentimiento vivo y real que ahora parecía destinado a no tener objeto, originado tal vez sin objeto.      Cuando su amigo el embajador vino a verlo a la habitación del hotel para traerle la última de sus embajadas, ya él no lo reconocía, tanto había cambiado Mefistófeles en las dos últimas semanas. Reconoció, no obstante, la sonrisa diabólica ahora desprovista de su otrora halo engañoso.

     —El esperado gran momento ha llegado por fin —le anunció el enviado. Vengo a anunciarte que se te espera, y pronto serás recibido. Es mejor que vengas cuánto antes sin hacerte esperar. —La sonrisa ahora parecía agrandarse, a la vez que se independizaba del rostro. Desde su lecho, Faustino pensó en el gato de Cheshire, y él también sonrió a su pesar como si una sonrisa iluminara la otra y ambas terminaran haciéndose burla—. Ya nada más que hace falta tu firma para darle peso legal al traspaso. Nosotros hemos cumplido, ahora te toca cumplir a ti.

     En vano intentó abrir los ojos, sabiendo que se hallaba inmerso en un mal sueño del que súbitamente quería despertar, pero la persistencia de la pesadilla no le dejó duda de que ahora ésta debía ser su medio natural.      

     —No. No quiero firmar nada —se oyó decir incrédulo, como si de repente fuera capaz de un acto de valor, o lo que aún era más significativo, de un último acto de voluntad—. ¡Todos ustedes, déjenme en paz de una vez, y váyanse al infierno! 

     Una carcajada resonó a su lado, o pudo tratarse a lo mejor de una descarga de fusil o de un pistoletazo que lo dejaba en shock sobre la cama con el pecho borbotando sangre. En esa misma sangre aún caliente el enviado mojó la pluma de ave y poniéndola en su mano lo obligó a firmar dócilmente: "... que en pleno uso de mi razón, y sin mediar presiones de ninguna índole cedo mi alma..., Yo...."

     Luego él ya no recordó de qué se trataba, ni quien era, ni donde se encontraba. Poco a poco la conciencia del bien y el mal también lo fue dejando. Una especie de inocencia culpable de cuya existencia no sabía se adueñó de su espíritu y habitó, sin saberlo tampoco, un cuerpo y un espacio prestados, un presente perpetuo y sin objeto. Envilecido por la inconsciencia de todos sus actos, aquel que había vivido para otro fin devino en una torpe herramienta en manos del mal. Ni una cruz, ni una corona darían cuenta del amor o la piedad que su recuerdo pudiera inspirar. Y ni siquiera la muerte, tan ansiada en los últimos días, al parecer tan llena de promesas, pudo ya salvarlo.


Rolando D. H. Morelli nació en Horsens, Dinamarca (1953). Antes de cumplir los seis años fue llevado a Cuba por sus padres. Creció en Camagüey, donde vivió hasta 1980, año en el que salió de su país como parte del éxodo por el puerto del Mariel. En los Estados Unidos terminó sus estudios superiores, doctorándose con las más altas distinciones académicas por la Universidad de Temple, en Philadelphia, ciudad donde ha residido casi de modo permanente desde su llegada a los Estados Unidos. Ha sido profesor en varias universidades norteamericanas, entre éstas las de Tulane, en Nueva Orleáns, y la Warton Bussiness School de la Universidad de Pennsylvania. Tiene publicados los volúmenes de cuentos: Algo está pasando (Hawai, Editorial Persona, 1992), que está por aparecer nuevamente, en edición bilingüe y Coral Reef: Voces a la deriva (Madrid, Editorial Timbalito, 2001); la pieza teatral para niños Varios personajes en busca de Pinocho (edición de la Brigada Hermanos Saíz, Camagüey, Cuba, 1978) y el poemario Leve para el viento, (Asunción, Paraguay, Gestora Editorial, 1978). Poemas y narraciones suyas han aparecido en varias antologías, entre ellas, Shouting in a Whisper / Los límites del silencio, Asterion, Santiago de Chile, 1994, así como en algunos números antológicos de las revistas El gato tuerto (San Francisco, California, 1989); From this side / Desde este lado Philadelphia, Pennsylvania (1989) y El Faro, Ciudad de México, 1989. Recientemente obtuvo la única mención del concurso convocado por el Instituto Cultural Iberoamericano “Mario Vargas Llosa”, con su libro de cuentos Repaso de la sombra, cuya publicación ha sido anunciada por la institución que concedió el galardón.