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El día en que llegue a Nueva York, la ciudad se puso
patas arriba y hasta que no me fui, dos meses más tarde, ningún
habitante de la gran manzana pudo volver a la normalidad. Desde el
taxi amarillo limón que me llevaba al aeropuerto vi que habían
cambiado hasta el color de las luces del Empire State Building
para despedirme – o tal vez sólo era mi imaginación. A mí desde
luego se me dio la vuelta hasta el alma y cuando fui a plantar los
pies en mi casa de Madrid, no me parecía en casi nada a la persona
que había sido dos meses antes. Dos meses antes que ya no era una
unidad temporal, sino un borrón en mi confundida memoria.
Llegué al aeropuerto internacional John F. Kennedy en el mes
de diciembre, con tres maletas maltrechas y me instalé en un cuarto
de a 75 dólares la noche, en un YMCA de mala muerte, en la esquina
de Central Park oeste. Después de echar un vistazo al armario que
llamaban “mi habitación” y donde apenas cabían dos personas de lado,
probar el camastro, apartarme para dejar paso a una feliz familia de
cucarachas y observar los goterones deslizándose desde el techo, me
prometí a mi misma que no tardaría más de una semana en encontrar
una habitación en un piso compartido. Pero claro, estamos hablando
de Nueva York y las habitaciones alquiladas a precios razonables
simplemente no existen. Una semana se convirtió en dos, dos en tres,
y de repente estaba celebrando mi primer mes y medio en la ciudad,
comiendo un sándwich de queso y contemplando a la misma familia de
cucarachas en mi cuartucho del YMCA. ¿Que qué hacia en Nueva York?
Hacer, hacer, hacía muchas cosas pero la razón principal de mi
visita era una mini-beca que me habían concedido de repente y por
sorpresa para completar mis estudios de diseño pero eso no tiene
nada que ver con esta historia.
Un
sábado por la tarde, mientras comía mi sándwich rancio y trataba de
olvidar mi frustrada búsqueda de apartamento, decidí regalarme a mí
misma una tarde de chocolate caliente, cine y palomitas y salí de mi
refugio a un Nueva York helado, dispuesta a ver lo que pusieran en
uno de mis teatros favoritos: el Angelika Film Center, en el
corazón del East Village. Ponían “Vacaciones en Roma” que me
trague de principio a fin disfrutando de cada fotograma,
enamorándome de Gregory Peck y suspirando por parecerme, aunque solo
fuera en el blanco de los ojos, a Audrie Hepburn. Cuando salí del
cine, tal y como estaba previsto, camine en busca de mi chocolate
caliente pero en su lugar me encontré con un restaurante mexicano,
The flying burrito o El burrito volador, y mi estómago, o tal
vez una adormilada pasión por México, me obligaron a entrar. Allí
estabas tú. Sentado en una de las mesas de colores chillones, bajo
el esqueleto de un mariachi, junto a un elegante póster de la gran
Frida Kahlo, comiendo un taco a dos manos y bebiendo a morro de una
botella de corona. Ese día no supe por qué, pero cada vez que
levantabas la cabeza de la botella me echabas una mirada. Tú me lo
dijiste unos días después: amor a primera vista. ¡Vaya por dios!
Eras un gringo o un yanqui o un anglo o lo que sea, pero yo noté
enseguida que tenías el corazón templado como un algodón dulce de
feria. Lo noté por las miradas desviadas, por como bebías tu cerveza,
disfrutando de cada traguito y por como comías tu taco, con hambre y
entusiasmo. Así pasamos un buen rato, mirándonos el uno al otro,
cada cual en nuestra mesa, con nuestro platillo de salsa y nuestra
cesta de tortilla chips, esperando un milagro. Y el milagro llegó,
porque la persona que tu esperabas, la novia de turno, no hizo
aparición, y hacia tiempo que ya estabas harto de ella y que no
podías soportar más y que estabas deseando una excusa para poner
punto y final donde hacia tiempo que ya estaba puesto el punto. El
caso es que cuatro coronas más tarde te acercaste a mi mesa, en la
que casi no quedaban ni las migajas de mi quesadilla de pollo en
salsa verde, y me preguntaste mi nombre.
— Alejandra – dije
–
— Robert – dijiste
tú estirando una mano delgaducha que estrechó la mía.
Salimos juntos del fliying burrito, hablando de esto y de lo
otro. Más de lo otro que de esto porque acabamos en tu apartamento,
sentados en el sofa, acunados por la dulce música de Lou Reed,
bebiendo más corona y echando ligeras ojeadas a la puerta de la
habitación, donde era más que probable que termináramos. Estuvimos
en el sofa un buen rato, y luego tú te levantaste para ir al baño y
yo aproveché para curiosear por tu casa; tu salón americano con
cocina adosada y techos infinitos, vistas al río Hudson y al
cielo, tu habitación diminuta y abarrotada de libros. Esa noche
después de todo no ocurrió nada, o al menos nada digno de contar.
Tal vez fue por mi culpa, por quedarme dormida en el dichoso sofá y
abrir los ojos a las 5 de la mañana para descubrir que tú te habías
ido a la cama... solo. Dejé el teléfono del YMCA apuntado en un
post-it azul, pegado en la encimera, sin muchas esperanzas de que
llamaras, y me fui caminando Broadway abajo, saboreando el
amanecer de la ciudad. Me sentía libre de todo y de todos. Por
primera vez (y tal vez por última) experimentaba lo que significa la
palabra libertad y me di cuenta enseguida de que ese ideal sólo
puede alcanzarse por breves espacios de tiempo, a través de un
cierto estado mental.
Al
día siguiente, domingo, anduve haraganeando por los alrededores del
YMCA, pensando en ti a ratos, sorbiendo un gigantesco medium café
latte que había comprado en Starbucks por el desorbitado precio
de $3.50 y haciendo una lista mental de las cosas que tenía que
hacer al día siguiente que no eran pocas. Al regresar a mi triste
habitación me encontré con una voz sonriente en el contestador que
decía: ¿Dónde te has ido? ¿Te veo en El flying burrito a las
5PM?
Y
por supuesto allí estaba yo a las 4:55, plantada en la puerta del
bar, sintiendo una impaciencia inusitada en mí y con el corazón
bombeando como sí lo hubieran metido en una secadora: bumbum bumbum
bumbumbumbum y la mano tamborileando nerviosa en el bolsillo del
pantalón. Sí no hubieras llegado a tiempo me habría ido corriendo,
me habría metido debajo de las mantas de mi camastro y me habría
escondido de ti y de Nueva York hasta el día de mi regreso. Sí no
hubieras llegado a tiempo la decepción habría sido inexplicablemente
dolorosa. Pero llegaste. En punto. Vestido con un vaquero desgastado,
una camiseta roja, un abrigo de lana negro y la sonrisa más
prometedora que había visto en mucho tiempo. Y me besaste. Como sí
me hubieras estado besando toda la vida.
Ese
día dejé el YMCA. Cojí mi maleta y me instalé en el sur de Harlem,
junto al río Hudson, en tu casa. A partir de esa noche
Manhattan empezó a parecerme incluso más fascinante. Por desgracia,
para entonces tan sólo quedaba una semana para volver a Madrid. ¿Y
qué es una semana sino un diminuto espacio de tiempo? Un sándwich
entre el domingo y el lunes. Una vulgar amalgama de poco más de
10,000 minutos. Eso no pareció detenernos. Por el contrario parece
que cuanto más breve es el tiempo que te ha sido concedido, más te
empeñas en exprimirlo y estrujarlo hasta que los minutos parecen
días y los días meses y los meses años inacabables. Lo que queda de
ese tiempo diminuto suele ser una memoria concentrada, una
exageración recordada de los hechos que se convierten en “lo mejor
que te ha pasado en la vida”. Lo cierto que así es exactamente como
fue.
Yo
dejé de ir a mis clases de inmediato, sin que me pesara lo más
mínimo, y hasta me perdí el día de la graduación o el día en que
debería haber recibido el papelito que decía que había completado el
curso por el que al fin y al cabo estaba en Nueva York. Tú dejaste
de ir a trabajar, cualquiera que fuese el trabajo que tuvieras, y
durante buena parte de esa semana nos dedicábamos a contemplarnos,
hasta que aprendimos de memoria la geografía completa del otro.
Luego vinieron las prisas. El arrebato por convertir la obsesión en
un romance en condiciones. Eso nos sacó de la habitación y nos llevó
a un frenético deambular por Manhattan, haciendo parada todos los
puntos románticos imaginable y una interminable lista de
restaurantes - igual desayunábamos en un pakistaní que comíamos en
uno dominicano, que cenábamos sushi “a la carte” – No hubo
monumento que no visitáramos ni museo que no recorriéramos de arriba
abajo. Todo parecía mejorado y aumentado en su compañía. El
Flatiron building se convirtió en una insignia. El mercado de
granjeros de Union Square solamente vendía delicias a buen
precio. Las vistas desde el Empire State building bien
podrían haber dado a las mismísimas puertas del cielo. El puerto
olía a sal y a flores. Cualquier esquina era lo suficientemente
buena para parar a besarnos. De haber vuelto juntos a la habitación
del YMCA, hasta habría mirado con buenos ojos a la familia de
cucarachas. De hecho, en pleno mes de enero, hasta la temperatura,
menos 10 grados centígrados de media, me parecía agradable.
Pero,
de repente, sin más aviso que el sonido desgastado de un despertador
llegó el domingo de mi viaje sin que nada ni nadie pudiera evitarlo.
Y, desde ese mismo instante, desde el momento en que mis maletas
estuvieron listas en la puerta y nos encontramos el uno enfrente del
otro sin saber ni qué decirnos, empezó a funcionar la memoria. Allí
quedaron instalados para siempre el día que nos conocimos y el que
nos reencontramos, la geografía del uno y del otro, El burrito volador, el salón de techos infinitos, el río Hudson, las
calles de Harlem y hasta las esquinas con beso.
A
veces las cosas son o no son. Otras veces las cosas son sin ser y a
menudo las cosas simplemente no pueden ser. Ese día me fui de Nueva
York para siempre. Me fui un día y una hora tarde, por retrasos del
avión y una tremenda nevada que dejó enterrada a media ciudad y
paralizó los aeropuertos. Al despedirme de ti, en la puerta del
edificio de Riverside Drive, se me abrasaron los ojos de
lágrimas y se me rompió el corazón en pedacitos como nunca se me
había roto antes y nunca se me volvería a romper. Cuando el taxi
amarillo limón arrancó camino al aeropuerto, me retorcí en el asiento
para mirarte por última vez desde la ventanilla trasera, te miré
como no había mirado nunca y pensé - esto debió ser amor –.
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