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Era de tal forma inteligente
que, al conocer las normas de conducta marcadas por la época, supo
sacar provecho de ellas y revestir sus más altas ambiciones de una
aparente y bien simulada humildad, necesaria para salvar las
restricciones de la censura y los arrebatos de la envidia, lo mismo
que para satisfacer la necesidad de los gobernantes de ejercer el
poder y el control sobre la inteligencia de los demás. Ante ellos
bien podía hacer su efecto el engaño al cual por cierto ellos mismos
daban lugar al imponerle la sumisión y el recato, cuando en secreto,
ya desde joven, tenía bien reconocidas sus preferencias y las más
pertinaces convicciones que habría de mantener a lo largo de su
vida, ya embozándose tras una meliflua convivencia con la corte y
los clérigos, lo mismo que, a intervalos, desafiándolos con su
genio, llevada por el carácter rebelde que la ponía muchas veces en
situación de riesgo, en una de las cuales habría de sucumbir,
finalmente.
Antes que aceptar a su lado a un
evanescente mentecato con pantaloncillo hampón, tal como había hecho
su abandonada madre, privándole de la dote que le hubiese permitido
un buen matrimonio, prefirió dirigir sus pasos a desvelar los
misterios que pretendían esconderse bajo los hábitos; un camino
seguro para rastrear su propia identidad en peligro de verse
aniquilada por las limitaciones de esos tiempos, que sólo permitían
a la mujer la fecundidad del cuerpo.
Si bien aquel símbolo de las Jerónimas
que dignamente sostenía sobre el pecho, le garantizaba el prestigio
de la virtud implícita en la renuncia a los placeres mundanos,
dejaba en cambio la soledad del claustro para desbocar en secreto
su verdadera naturaleza: esa insaciable y pecaminosa curiosidad por
lo velado, aún en el sueño.
Su prohibida pasión por el saber científico
afloraba aún en su concupiscente proclividad a deleitarse en la
preparación de guisos, cuyas recetas se desviaban sin remedio, de la
complaciente mesa, hacia el descubrimiento de los fenómenos
químicos, que producían hervores y reflexiones concluyentes sobre
las reacciones inesperadas en la fusión de alimentos. Sabiduría
producto de esa curiosidad sin fin que aunada al conocimiento de
prodigios remedios basados en la utilización de plantas con las
cuales podía darse alivio a enfermedades sin fin, habría de ser
motivo de castigo aun en la misma hoguera, para mujeres de otras
latitudes.
Pero así de incontenible era su pasión
por el saber y, salvada ya de la tarea de dar a luz los hijos;
garantizados ya el sustento y el techo, se entregó a gestar sus
prodigiosas obras literarias y sólo le hizo falta encontrar el
emisario que fuera puente para entregar al mundo sus escritos,
trayéndole como bienes el prestigio y la fama, mas no la libertad
como deseaba.
Y cómo negarse a publicar sus prodigiosos textos, si
ella bien sabía engordar la vanidad de sus benefactores, retando a
su inteligencia en pasionales polémicas que los situaban a su
altura, aunque fuera de manera artificiosa y efímera, y sólo por el
escaso tiempo en que ella terminaba por esgrimir sus agudos
argumentos para derribar los dogmas aún basados en la lectura de las
sagradas escrituras.
No había obstáculo que no pudiera
salvar, ni sofisma que no desenmascarara, de tal forma que su fatal
destino era romper en su avanzada, cada vez más, los límites de lo
que se le iba permitiendo, en principio, como excepción a la
estricta regla de mediocridad obligada, que se aplicaba
puntualmente a todas las demás mujeres, y más tarde, porque lo
conquistado le empujaba a seguir intentándolo cada vez con mayor
aplomo, pues lo mismo sabía detenerse a tiempo y congraciarse con el
poder para calmar los ánimos, que someterse, en apariencia, al
responder lisonjera en el momento oportuno, a: “vuestra doctísima,
discretísima, santísima y amorosísima carta”, de manera tan hábil
que, sutilmente burlados por su genio, los hacía sentirse honrados
por el privilegio de ayudarla, y se sentían elevados por ella en el
momento de tener argumentos a su estatura, en la búsqueda del
absoluto, aunque temerariamente y sin sentirlo, fueran llevados por
su genio a la visión terrenal, más que sacra, que les dejaba
desnudos en sus contradicciones y arrogancia. No obstante, en sus
textos no podía dejar de evidenciarse la verdadera naturaleza de su
laureada vocación de sonámbula capaz de dormitar como los cóndores,
con una piedra en la garra para mantenerse alerta, y dejar registro
aún de la verdadera naturaleza del sueño. Primera surrealista que,
adelantada a su tiempo, no buscaba como Cicerón, desmantelar
augurios. sino enigmas científicos, o acaso, desentrañar el misterio
de su propio ser, al aplicarse la pagana fórmula del “conócete a ti
mismo”, hasta llegar a poseerse de tal forma que ya no hiciera falta
más testigo o contraparte para alcanzar la plenitud del vuelo y la
caída libre sin temor en absoluta soledad creadora.
Resulta por demás reveladora la carta
dirigida a Sor Filotea de la Cruz, a quien venera de la misma forma
en que Santo Tomás veneraba a Alberto Magno. En ambos casos los
superiores eran, para el espíritu apasionado de los poetas,
objetivaciones claras de una divinidad en la que acaso ninguno de
los dos creía finalmente.
Mas algo tenía la monja de irresistible, que sólo a
ella se le permitía dolerse de que ya no se bailara el tocotín pues,
¿qué debía ella de añorar bailes aborígenes y atreverse a declarar
que sólo por ser obligada a ello veneraba al Dios español, el de la
armadura y la espada, cuando en su corazón seguía adorando al
sensible Señor de las Semillas, como cantara abiertamente en su
Loa al Divino Narciso? Por algo habrían de llamarla la primera
mexicana pues era la que acata y no ejecuta; la que siempre se
sale con la suya; la que obedece sólo a sí misma y a su propia
voluntad, siempre arrobada en la contemplación de la probeta
prohibida que le otorgaba el poder del conocimiento.
“Muy ilustre señora, mi señora”, dice
al obispo oculto tras nombre de mujer, “cuando la felizmente estéril
para ser milagrosamente fecunda, madre del bautista, vio en su casa
tan desproporcionada visita…” no así tan desproporcionada la
repercusión a que estaban condenadas sus inquisitivas letras que
acaso buscaran llegar a desafiar al mismo Santo Oficio, ya reunido
el coraje para asumirse ante el mundo como el ser libre que era,
cansada ya de mantener el cercenante disimulo social, pues era
destino seguro mantener el reto hasta las últimas consecuencias,
cuando hubiera reunido el prestigio necesario. Pero el poder en
manos de mujer, en aquel tiempo, no podía durar mucho, pues releer
con mirada femenina, los textos sagrados, y hacer a los santos
varones asfixiarse con la evidencia de su perversa malversación de
los misterios y dejar evidencia fundada de su imbecilidad, al
desviar lo sagrado en beneficio de lo mundano, y en lo privado
regirse por lo mundano y no por lo místico, era el exceso que
astutamente esperaban sus enemigos, con paciencia de buitres, para
verla caer, enredada por el ímpetu de la soberbia inteligencia que
la llevaba a la ruina.
Mas de esa manera y no de otra, llegó
a ser la leyenda de mártir que es: Inés.
Pero a la otra, a la perversa, a la
explotadora, a que fue capaz de someter a otros a los dolorosos
infiernos de los celos, a esa monja maldita nadie la conoció.
En nadie descargo sus confesiones desesperadas cuando
la culpa por desobedecer, hizo de ella su presa; en nadie el odio
que sentía por esos hombres necios que le negaban el genuino derecho
a, sin recato alguno, disfrutar el mundano placer de asumirse y
mostrarse como el genio que era, y aún de tener beneficio en firme
por su legitimo talento, como hacendado cualquiera habría tenido sin
más, por su burdo trabajo.
Nadie pudo gozar el privilegio de
verla débil, debatiéndose en sus contradicciones y buscando
consuelo, cuando ya despojada y reclusa, no vislumbró más digna
salvación que, en principio, el sacrificio de su prodigiosa
hacienda: aparatos científicos, preciosos libros, piezas de
arqueología y plumas de aves que bien merecía yo haber heredado, y
que ella perdió sólo por entregarse al falso cuidado de aquellas
malas hermanas, quienes la habían envidiado y deseado su mal toda la
vida, hasta verla finalmente, humillada como ellas, situada ya a
su altura, contagiada en la epidemia de la mediocridad y la derrota
existencial en plena juventud.
De la humilde soberbia, de la Sor
Juana niña, de ese inmenso tesoro, de Juanita, sólo fui dueña yo,
quien no figurará en ninguna crónica, a quien nadie dará siquiera el
crédito de haber trasuntado los eruditos borrones de la enfebrecida,
aunque por todos sea bien sabido que infiltrada novicia fui en su
celda, el soporte de aquella voluntad que no aceptaba ya más
presencia que el delirio.
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Leticia Herrera Álvarez
Nació en Michoacán, México (1954). Poeta y narradora.
Radica en la Ciudad de México, D.F. desde niña. Ha publicado en
el género de poesía: Ver al volar (1988); Atajo hacia
el origen, finalista en el Premio Casa de las Américas,
(1990); Lo cotidiano, plaquette, (1994); Como
Chagall, primer lugar, en el “III Concurso de Poesía da SCL-MA”,
de Brasil, (2004); Sinfonía Natural, poesía para niños,
mención honorífica al Mejor Libro Infantil Ilustrado, FILIJ,
(2000). Ha publicado en el género de cuento: Un globo en
busca de libertad, Premio Nacional de Cuento para Niños Juan
de la Cabada, INBA, (1989); No voltees, Premio de
Cuento Brevísimo, Minificciones, revista El cuento,
(1999); y Zaima, cuento para adolescentes, (2005), entre
otros. Su relato Cuando las luces se enciendan, fue
llevado a la pantalla como largometraje cinematográfico,
con el auspicio de una Beca del Banco de Guiones del STPC y la
SOGEM, (1991). Ha publicado en el género de novela:
Rielar, crónica de un relato de novela escrita en forma poética
a manera de pinturas literarias muy cercanas al abstracto,
novela onírica, (2003); y Chiribitas. 2ª edición, género
limítrofe, (2003). Ha sido becaria del Instituto Goethe en
México y Alemania. Su obra ha sido traducida parcialmente al
inglés, francés, alemán, rumano e italiano.

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