Miami
Estados Unidos
Año IX

Nº 49/50

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Profesora Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

Boletín Informativo

Reciba por correo electrónico una síntesis de las principales noticias literarias


 


 

DE TODAS FORMAS, JUANA SE LLAMA

por

Leticia Herrera Álvarez

 

     Era de tal forma inteligente que, al conocer las normas de conducta marcadas por la época, supo sacar provecho de ellas y revestir sus más altas ambiciones de una aparente y  bien simulada  humildad, necesaria para salvar las restricciones de la censura y los arrebatos de la envidia, lo mismo que para satisfacer la necesidad de los gobernantes de ejercer el poder y el control sobre la inteligencia de los demás. Ante ellos bien podía hacer su efecto el engaño al cual por cierto ellos mismos daban lugar al imponerle la sumisión y el recato, cuando en secreto, ya desde joven, tenía bien reconocidas sus preferencias y las más pertinaces convicciones que habría de mantener a lo largo de su vida, ya embozándose  tras una meliflua convivencia con la  corte y los clérigos, lo mismo que, a intervalos,  desafiándolos con su genio, llevada por el carácter rebelde que la ponía muchas veces en situación de riesgo,  en una de las cuales habría de sucumbir, finalmente.

     Antes que aceptar a su lado a un evanescente mentecato con pantaloncillo hampón, tal como había hecho su abandonada madre,  privándole de la dote que le hubiese permitido un buen matrimonio,  prefirió dirigir sus pasos a desvelar los misterios que pretendían  esconderse bajo los hábitos; un camino seguro para rastrear su propia identidad en peligro de verse aniquilada por las limitaciones de esos tiempos, que sólo permitían a la mujer la fecundidad del cuerpo.

     Si bien aquel símbolo de las Jerónimas que dignamente sostenía sobre el pecho, le garantizaba el prestigio de la virtud implícita en la renuncia a los placeres mundanos, dejaba en  cambio la soledad del claustro para desbocar en secreto su verdadera naturaleza: esa insaciable y  pecaminosa curiosidad por lo velado, aún en el sueño.

     Su prohibida pasión por el saber científico afloraba aún en su concupiscente proclividad a deleitarse en la preparación de guisos, cuyas recetas se desviaban sin remedio, de la complaciente mesa, hacia   el descubrimiento de los fenómenos químicos, que producían hervores y reflexiones concluyentes sobre las reacciones inesperadas en la fusión de alimentos. Sabiduría producto de esa curiosidad sin fin que aunada al conocimiento de prodigios remedios basados en la utilización de plantas con las cuales podía darse  alivio a enfermedades sin fin,  habría de ser motivo de castigo aun en la misma hoguera, para mujeres de otras latitudes.

     Pero así de incontenible era su pasión por el saber y, salvada ya de la tarea de dar a luz los hijos; garantizados ya el sustento y el techo, se entregó a gestar sus prodigiosas obras literarias y sólo le hizo falta encontrar el emisario que fuera puente para entregar al mundo sus escritos, trayéndole como bienes  el prestigio y la fama, mas no la libertad como deseaba.

     Y cómo negarse a publicar sus prodigiosos textos, si ella bien sabía engordar la vanidad de sus benefactores, retando a su inteligencia en pasionales polémicas que los situaban a su altura, aunque fuera de manera artificiosa y efímera, y sólo por el escaso tiempo en que ella terminaba por esgrimir sus agudos argumentos para derribar los dogmas aún basados en la lectura de las sagradas escrituras.

     No había obstáculo que no pudiera salvar, ni sofisma que no desenmascarara, de tal forma que su fatal destino era romper en su avanzada, cada vez más, los límites de lo que se le iba permitiendo, en principio, como excepción a  la estricta regla  de mediocridad obligada, que se aplicaba puntualmente a todas las demás mujeres, y más tarde, porque lo conquistado le empujaba a seguir intentándolo cada vez con mayor aplomo, pues lo mismo sabía detenerse a tiempo y congraciarse con el poder para calmar los ánimos, que someterse, en apariencia, al responder lisonjera en el momento oportuno, a: “vuestra doctísima, discretísima, santísima y amorosísima carta”, de manera tan hábil que, sutilmente burlados por su genio,  los hacía sentirse honrados por el privilegio de ayudarla, y se sentían elevados por ella en el  momento de tener argumentos a su estatura, en la  búsqueda del absoluto, aunque temerariamente y sin sentirlo, fueran llevados por su genio a la visión terrenal, más que sacra, que les dejaba desnudos en sus contradicciones y arrogancia.  No obstante, en sus textos no podía dejar de evidenciarse la verdadera naturaleza de su laureada vocación de sonámbula capaz de dormitar como los cóndores, con una piedra en la garra para mantenerse alerta, y dejar registro aún de la verdadera naturaleza del sueño. Primera surrealista que, adelantada a su tiempo, no buscaba como Cicerón, desmantelar augurios. sino enigmas científicos, o acaso, desentrañar el misterio de su propio ser, al aplicarse la pagana fórmula del “conócete a ti mismo”, hasta llegar a poseerse de tal forma que ya no hiciera falta más testigo o contraparte para alcanzar la plenitud del vuelo y la caída libre sin temor en absoluta soledad creadora.

     Resulta por demás reveladora la carta dirigida a Sor Filotea de la Cruz, a quien venera de la misma forma en que Santo Tomás veneraba a Alberto Magno. En ambos casos los superiores eran, para el espíritu apasionado de los poetas, objetivaciones claras de una divinidad en la que acaso ninguno de los dos creía finalmente.  

     Mas algo tenía la monja de irresistible, que sólo a ella se le permitía dolerse de que ya no se bailara el tocotín pues, ¿qué debía ella de añorar bailes aborígenes y atreverse a declarar que sólo por ser obligada a ello veneraba al Dios español, el de la armadura y la espada, cuando en su corazón seguía adorando al sensible Señor de las Semillas, como cantara abiertamente en su Loa al Divino Narciso? Por algo habrían de llamarla la primera mexicana pues era  la que acata y no ejecuta;  la que siempre se sale con la suya; la que obedece sólo a sí misma y a su propia voluntad, siempre arrobada en la contemplación de la probeta  prohibida que le otorgaba el poder del conocimiento.

     “Muy ilustre señora, mi señora”, dice al obispo oculto tras nombre de mujer, “cuando la felizmente estéril para ser milagrosamente fecunda, madre del bautista, vio en su casa tan desproporcionada visita…” no así tan desproporcionada la repercusión a que estaban condenadas sus inquisitivas letras que acaso buscaran llegar a desafiar al mismo Santo Oficio, ya reunido el coraje para asumirse ante el mundo como el ser libre que era, cansada ya de mantener el cercenante  disimulo social, pues era destino seguro mantener el reto hasta las últimas consecuencias, cuando hubiera reunido el prestigio necesario. Pero el poder en manos de mujer, en aquel tiempo, no podía durar mucho, pues releer con mirada femenina, los textos sagrados, y hacer a los santos varones asfixiarse con la evidencia de su perversa malversación de los misterios y dejar evidencia fundada de su imbecilidad, al desviar lo sagrado en beneficio de lo mundano, y en lo privado regirse por lo mundano y no por lo místico, era el exceso que astutamente esperaban sus enemigos, con paciencia de buitres, para verla caer, enredada por el ímpetu de la soberbia inteligencia que la llevaba a la ruina.

     Mas  de esa manera y no de otra, llegó a ser la leyenda de mártir  que es: Inés.

     Pero a la otra, a la perversa, a la explotadora, a que fue capaz de someter a otros a los dolorosos infiernos de los celos,  a esa monja maldita nadie la conoció.  

     En nadie descargo sus confesiones desesperadas cuando la culpa por desobedecer, hizo de ella su presa; en nadie el odio que sentía por esos hombres necios que le negaban el genuino derecho a, sin recato alguno, disfrutar el mundano placer de asumirse y mostrarse como el genio que era, y aún de tener  beneficio en firme por su legitimo talento, como hacendado cualquiera habría tenido sin más, por su burdo trabajo.

     Nadie pudo gozar el privilegio de verla débil, debatiéndose en sus contradicciones y buscando consuelo, cuando ya despojada y reclusa, no vislumbró más digna salvación que, en principio,  el sacrificio de su prodigiosa hacienda: aparatos científicos, preciosos libros, piezas de arqueología y plumas de aves que bien merecía yo haber heredado, y que ella perdió sólo por entregarse al falso cuidado de aquellas malas hermanas, quienes la habían envidiado y deseado su mal toda la vida,  hasta verla finalmente, humillada  como ellas, situada ya  a su altura, contagiada en la epidemia de la mediocridad y la derrota existencial en plena juventud.

     De la humilde soberbia, de la Sor Juana niña, de ese inmenso tesoro, de Juanita, sólo fui dueña yo, quien no figurará en ninguna crónica, a quien nadie dará siquiera el crédito de haber trasuntado los eruditos borrones de la enfebrecida, aunque por todos sea bien sabido que infiltrada novicia fui en su celda, el soporte de aquella voluntad que no aceptaba ya más presencia que el delirio.

Leticia Herrera Álvarez Nació en Michoacán, México (1954). Poeta y narradora. Radica en la Ciudad de México, D.F. desde niña. Ha publicado en el género de poesía: Ver al volar (1988); Atajo hacia el origen, finalista en el Premio Casa de las Américas, (1990); Lo cotidiano, plaquette, (1994); Como Chagall, primer lugar, en el “III Concurso de Poesía da SCL-MA”, de Brasil, (2004); Sinfonía Natural, poesía para niños, mención honorífica al Mejor Libro Infantil Ilustrado, FILIJ, (2000). Ha publicado en el género de cuento: Un globo en busca de libertad, Premio Nacional de Cuento para Niños Juan de la Cabada, INBA, (1989); No voltees,  Premio de Cuento Brevísimo, Minificciones, revista El cuento, (1999); y Zaima, cuento para adolescentes, (2005), entre otros. Su relato Cuando las luces se enciendan, fue llevado a la pantalla como largometraje cinematográfico, con el auspicio de una Beca del Banco de Guiones del STPC y la SOGEM, (1991). Ha publicado en el género de novela: Rielar, crónica de un relato de novela escrita en forma poética a manera de pinturas literarias muy cercanas al abstracto, novela onírica, (2003); y Chiribitas. 2ª edición, género limítrofe, (2003). Ha sido becaria del Instituto Goethe en México y Alemania. Su obra ha sido traducida parcialmente al inglés, francés, alemán, rumano e italiano.