|
“La
nuestra es una inestabilidad de decadencia, una agitación crítica en
la inmovilidad. Es la vitalidad del desesperado.” (14)
Tomás
Abraham, Pensamiento rápido. (2002)
“Estamos
llenos de cicatrices que hablan de frustraciones en serie.” (13)
Marcos
Aguinis, El atroz encanto de ser argentinos. (2005)
La
crisis de fines de diciembre de 2001[i]
en Argentina ha generado un prolífico corpus de obras
ensayísticas donde se involucran diversas perspectivas epistémicas que
alientan la ambición de hallar las raíces de la decadencia nacional.
La declinación argentina ha producido una idée fixe para una
pléyade de intelectuales seducidos por indagar las circunstancias de
tanta desventura. Las múltiples propuestas expresan el deseo
generalizado por descubrir la(s) fuente(s) por las cuales un país que
a principios del siglo XX se hallaba entre las naciones más
privilegiadas del mundo, un siglo más tarde se ubica entre los más
modestos del orbe.[ii]
La utopía armada desplegada las fastuosas celebraciones del Centenario
(1910)[iii]
devino en desarmada con la
implosión de una crisis generalizada (2001); el realismo mágico se
trastocó en realismo trágico durante el curso escabroso del siglo XX.
Uno de los
posibles acercamientos al ocaso argentino es la lectura propuesta por
Marcos Aguinis[iv]
en El atroz encanto de ser argentinos. Aguinis recorta
un campo metafórico que apela a dos ejes argumentales: el fatalismo
telúrico y la tradición hispana. La invocación del autor a la
geografía y a la historia cumple un papel decisivo en la
reconfiguración del imaginario de la Argentina pos-crisis como
antecedentes insoslayables para entender el presente. Aguinis, al
respecto, anota: “Aún cargamos defectos. Horribles y gravosos
defectos. Algunos vienen de lejos y han sido consolidados por la
geografía y la historia” (33). Los “gravosos defectos” a los que alude
el autor son sinónimos de los “vicios pertinaces” (36) o los
“medulares vicios”
[v] en
que la Argentina se agita en un remolino sin posibilidades de evadir
las maldiciones geográficas e históricas.
El determinismo
geográfico y la herencia histórica son prácticas escriturarias que
labran, de acuerdo a las propuestas del ensayista, los denominados
campos del “ser nacional”, “el “alma del pueblo” o el “espíritu
nacional”. El fatalismo territorial tendría su expresión en el espacio
físico: la pampa como esencia que se reproduce cíclicamente a modo de
una sustancia mística de la cual emanaría el anatema de las desgracias
posteriores. Sobre la relación entre naturaleza y cultura, Aguinis
sostiene:
Desde niños nos
enseñaron que la pampa húmeda fue una bendición, porque nos convirtió
en el granero del mundo y generó la opulencia. Pero ahora podemos
decir que también fue una maldición, porque amamantó dirigentes miopes
y perezosos. Gozaron lo que gratuitamente ofrecía la tierra y
quisieron seguir gozando de la misma forma, luego, con el Estado. La
producción argentina pasó de una teta a otra. Regía –rige– la malsana
cultura de la renta […]. (34)
La teoría de Aguinis que supedita la cultura argentina a la
“maldición” geológica-geográfica cuenta con dos ilustres antecesores:
Domingo Faustino Sarmiento y Ezequiel Martínez Estrada.
En Facundo, Sarmiento concluye: “El mal que aqueja a la
República Argentina es la extensión: el desierto [la pampa] la rodea
por todas partes, se le insinúa en la entrañas […]” (11). Para
Martínez Estrada la colonización de la pampa asumió la forma de una
titánica lucha en la cual el hombre fue dominado por el medio físico
salvaje. En Radiografía de la pampa, dice Martínez Estrada: “Se
entabló la primera lucha, en que al comienzo vencía el hombre, aunque
con detrimento de su condición de ser civilizado, pero en que al final
sucumbió bajo la fuerza más lenta e infinitamente más grande de la
naturaleza” (15).[vi]
Sarmiento, Martínez Estrada y Aguinis consideran a la pampa como una
alegoría amenazadora a la cual deberá someterse mediante el ejercicio
de la disciplina. La pampa simbolizaría el caos y las fuerzas
irracionales de la barbarie que desafían las virtudes civilizadoras
afincadas en las ciudades.
El espacio
organizado por Aguinis se instrumenta a través de las oposiciones
Sujeto (ciudadano /civilización)–Objeto (la pampa/barbarie) y Centro
(Buenos Aires/progreso)–Periferia (las provincias/atraso). Estas
teorizaciones implican la jerarquización de uno de los opuestos. Desde
la Conquista y Colonización española (1536-1852) hasta la Organización
Nacional (1853),[vii]
la pampa ejerce su dominio sobre el Sujeto/Centro. La “misteriosa
pampa”, como la denomina Aguinis (57), representaría el desenfrenado
impulso instintivo que se manifestaba en la transgresión de toda norma
de convivencia civilizada. De esta geografía habrá de surgir un
“individualismo malsano” (42).
La postura
de Aguinis sobre el papel de la pampa en la constitución del
imaginario nacional (al menos hasta 1852) puede ser discernida como
expresión de un haz de constelaciones simbólicas asociadas a la
tierra; es decir, la Madre Tierra implica la supremacía de la madre
sobre el padre, o sea del deseo sobre la ley, la anarquía sobre el
orden, la castración sobre el falo. También, el espacio pampeano es
sinónimo de pasiones desenfrenadas y de despilfarros contrarios a la
moral masculina y patriarcal del ahorro y acumulación. El elemento
dionisíaco (la pampa) del exceso se enfrenta al aspecto apolíneo (la
ciudad civilizada) de la mesura.
Aguinis
considera como un epifenómeno arquetípico de ese espacio al gaucho, es
el emblema paradigmático de los “vicios pertinaces” (36) que se habrá
de prolongar, –a veces de modo explícito, otras de forma embozada–,
hasta la Argentina actual. Los gauchos son juzgados por el ensayista
como “productos de la paternidad irresponsable y adictos a la
violación de la ley” (57).
Los
imperativos de la moral del siglo XIX son subvertidos por las
tendencias anarquizantes de la gratificación sexual desmedida. A
propósito de dicha inmoralidad e intemperancia, Aguinis sostiene:
El gaucho fue casi
siempre un guacho,
[viii]
hijo de la siembra al voleo. […] El pequeño ya hecho hombre está
condenado a repetir el trayecto de su anónimo antecesor: preñar a las
chinas que encuentre, más por el impulso de la calentura que por el
amor real […] Después del placer no surgía la responsabilidad, sino el
deseo de marcharse y someter otros cuerpos. [énfasis en el original]
(68)
La pampa como madre castradora y licenciosa debía ser sometida
–poseída– a través de la fuerza (el reclutamiento obligado por medio
de sucesivas levas militares de los gauchos para integrar el Ejército
Argentino en su lucha contra los malones indígenas) y la domesticación
del espacio (la introducción del alambre de púa a fin de establecer la
propiedad privada; es decir, las estancia y las grandes extensiones de
tierra alambradas se constituirán los emblemas de la nueva burguesía
terrateniente). No es una coincidencia que una de las instituciones
más viriles y homofóbicas de la sociedad fuera la encargada de someter
las pasiones de esas tierras disolutas: las fuerzas miliares. El
Sujeto y Centro, imbuidos de una moral puritana, varonil y patriarcal,
reclaman sus derechos a la ley paterna como administradores exclusivos
de la nueva ideología de la clase dominante. Aguinis escribe el
epitafio del gaucho: “Terminadas las guerras interiores, conquistado
el desierto y alambrada la pampa, desapareció el centauro indomable
llamado gaucho y nacieron sus hijos de poca alcurnia: el peón de
estancia y el compadre y el compadrito en el arrabal” (53).
El gaucho,
como consecuencia de su expulsión de su hábitat natural, vino a
recalar en las orillas –arrabales– de las grandes metrópolis que se
iban ampliando favorecidas por el aluvión inmigratorio. El
descendiente del gaucho forjó “un compacto sufrimiento campero” que
“se trasvasó en la generación siguiente, degradada, que se afincó en
el arrabal y merodeó los quilombos” (58). El nuevo espacio físico
–sucedáneo de la pampa– será el arrabal o la orilla (una mezcla
ambigua entre campo y ciudad), que con el tiempo habrá de convertirse
en el escenario para el desfile de una serie de personajes-arquetipos:
“el compadre, el compadrito, el compadrón y el
malevo” [énfasis en el original] (59). En ese nuevo espacio se
habrán de confundir los sucesores de los gauchos y la masa de
inmigrantes pobres: “El inmigrante desarraigado y el descendiente del
gaucho muerto no sabían cómo descubrir que los unía el dolor,” declara
Aguinis (54).
Consecuente con su
argumento de focalizar la historia argentina en personajes marginales,
convirtiéndolos en íconos de toda la Nación, y de abrevar en la idea
de que en los orígenes se hallan inscriptos las características
identitarias futuras, Aguinis se inclina por producir un relato,
subrayando una entelequia prototípica que, más que a la historia,
pertenece al género literario. El imaginario nacional, de acuerdo a
las posturas del ensayista, se reducirían a íconos-fetiches siempre
inalterables. Por ejemplo, el compadre “[d]esprecia el trabajo como
sus antecesores míticos (el hidalgo y el conquistador) y como su padre
aborrecido (el gaucho)” (60); el compadrito es “un gaucho desmontado
que no soporta la baja estatura y se desvive por hacerse notar
(60-61).
También
advierte Aguinis la teatralidad y el enmascaramiento de estos
personajes-tipos que parecieran aludir a una suerte de happening
al aire libre en ese marco coreográfico que le ofrece el arrabal.
Por ejemplo, el compadre “[s]e contonea al caminar” (60), el
compadrito “llena sus carencias con un lenguaje vil y fanfarrón” (60),
el compadrón “simula lo que jamás fue ni será” (61) y el malevo
“[d]eja encarcelar a un inocente poniendo cara de ángel o de idiota,
huye ante la amenaza de pelea, se burla de los asustados en un
conventillo y se esconde cuando llega la requisa policial” (62). La
perspectiva historiográfica de Aguinis de encontrar sus modelos en
arquetipos que, cíclicamente, apunta a una idea del devenir histórico
como proceso de eterno retorno a las fuentes originales. La objeción
que le hace Graciela Scheines a Martínez Estrada podría suministrar
los elementos para una crítica de Aguinis. Observa Scheines:
Dentro de este planteo
la historia argentina no existe como tal. En vez de una sucesión de
acontecimientos inéditos, de hechos importantes e irrepetibles, la
‘historia’ nacional es una pantomima siempre por los mismos
protagonistas luciendo disfraces diferentes, disimulando sus instintos
elementales bajo la apariencia del cálculo y la previsión. No hay
historia. Cuanto más un proceso circular que desemboca invariablemente
en el punto de partida. (58)
El simulacro y el engaño, evaluara considerar el autor, se
convertirían en una suerte de paradigma de la argentinidad. Aguinis
recurre a una galería de celebridades, tales como Carlos Gardel, Juan
Domingo Perón, Evita o Carlos Menem, a fin desmontar la espesa neblina
mitificadora a la que las ha envuelto el pueblo argentino. De Gardel,
por ejemplo, el ensayista asevera que “se convirtió en un santo laico”
(72) y que brilla en “el firmamento de los ídolos” (73), pero que, a
la vez, “comparte el estigma de gauchos, mestizos y casi toda la gente
del arrabal” (71). Evita “se convirtió”, según Aguinis, “en un mito
hermoso, universal, que se presta al melodrama y pos eso fue
exitosamente aprovechado por el teatro y el cine” (123). Al igual que
el mito gardeliano, Evita “[e]ra bastarda, como bastardos fueron
millones de mestizos, el gaucho y Carlos Gardel y, a medias, el mismo
Perón” (121-22). En los gobiernos de Perón y Menem “hubo fiesta, culto
de la personalidad, abusos, ineficacia, impunidad y doble discurso”
(132).
En el
panteón nacional no se hallan los restos de “la responsabilidad
creativa, la consolidación de las fuerzas morales, la racionalidad y
el corazón puesto en lo bueno que –pese a todo– seguimos entendiendo”
(228), sino las reliquias insepultas de “un argentino oportunista,
falso, sobrador, holgazán, coimero y listo para hacerse de cualquier
ventaja” (85).[ix]
Es dable señalar que el subtexto de Aguinis indicaría una continuidad
sin fisuras en la historia nacional que, desde el hidalgo español del
siglo XVI hasta el chanta actual,[x]
de figurantes edificados por un dispositivo instituido en rituales de
repetición e imitación, lo cual propende a la articulación de un
imaginario nacional como secuela de prácticas mediadas por ilación del
discurso, y cuyas acciones son representaciones o simulacros que no
remiten a un sujeto ontológicamente estable e invariable; el yo
–argentino–, estimara afirmar el autor, es una construcción errática
que se despliega en el decurso temporal atravesado por infinitas
máscaras. Las conclusiones de Blas Matamoro sobre el género ensayo y
sobre Montaigne podrían ser sustentadas con respecto al texto de
Aguinis. Verifica Matamoro:
El discurso del ensayo
es como un decir flotante, partitura y coreografía de un pensamiento
saltarín sobre el radical vacío de la condición humana y el mundo
enigmático de las cosas. Ni el padre ni la madre le aseguran caer
sobre el sólido suelo de eso que se llama patria, lugar paterno y
familiar. Su condición de escritor es la orfandad y se la ofrece a la
humanidad que va a leerlo. (64)
Así, la relación entre la pampa y sus epígonos no sería, como pretende
Aguinis, un efecto del fatalismo telúrico, sino una secuela de su
insistencia por encontrar en el medio físico un primum movens
que le dictara las respuestas al “misterio” y a la “maldición” del
descalabro argentino.
Otro tanto ocurre
con la particular visión historiográfica de Aguinis. El factor
histórico tiene una incidencia decisiva, adoptando el planteamiento
del ensayista, en la configuración del presente. El autor prefiere
enunciar el proceso histórico argentino de forma oposicional. Existen
dos corrientes definidas cuando se piensa en el pasado: una “línea
liberal” y una “línea nacional” [énfasis en el original]
(29). Sin embargo, para el ensayista, “[s]e decía nacional y a menudo
actuaba como liberal. O se consideraba liberal y de liberal sólo tenía
el nombre” (30). Es decir, el autor se identifica con el trayecto
propuesto por el liberalismo, aunque él mismo consiente que,
precariamente, el liberalismo auténtico se halla aplicado por los
gobernantes. Al menos en la propuesta del autor, ambas corrientes
históricas contribuyen al imaginario nacional:
Por una parte latía la
tradición ibérica y por la otra la no ibérica (representada por el
resto de Europa y los Estados Unidos). La primera bebía en la fuente
colonial y rural; la segunda, en la Ilustración y el ámbito urbano. La
tradición ibérica contenía elementos autoritarios, jerárquicos y
conservadores. La no ibérica apostaba a la democracia, el progreso y
los derechos individuales. La ibérica era fatalista, desdeñaba el
trabajo físico y consideraba a la Corona (el gobierno o el caudillo)
fuente de todos los bienes. La no ibérica promovía la iniciativa
personal y las instituciones republicanas. (28)
Para el ensayista, la herencia hispánica encarnada en los hidalgos ha
sido la fuente del individualismo irresponsable, el machismo, las
estructuras verticales, el desprecio al trabajo y la cultura de la
renta. Este individualismo anárquico, insolidario y antisocial “de
tradición ibérica tiende a desestabilizar, desintegrar […]” (43).
La
consecuencia de estos orígenes es el permanente caos e inestabilidad
de la Argentina, y la necesidad del llamado al orden, a la disciplina.
Así como la pampa era cercada por los alambrados de la expansión del
capitalismo y los gauchos eran forzados a integrar las filas del
embrionario Ejército Argentino, la Argentina contemporánea acotada por
su proximidad al precipicio y la desintegración social reclamó los
golpes militares. A pesar de enrolarse en las ideas democráticas,
republicanas y progresistas amparadas por la Revolución Francesa y la
Independencia de los Estados Unidos, Aguinis, al respecto, confiesa:
“Contra ese temido caos, durante demasiado tiempo aparecieron las
Fuerzas Armadas como la única institución capaz de unir los pedazos en
que estaba dividido el país” (45). El autor rescinde de sus principios
ante la amenaza del “temido caos” y le adjudica a las FF.AA. el
derecho de interrumpir los procesos constitucionales.
En oposición a
paradigma hispánico, Aguinis encuentra el espejo donde cada uno de los
argentinos debe buscar su propia imagen: el modelo anglosajón. Estados
Unidos y los países europeos de tradición liberal promueven –en
contraste a la cultura de la renta heredada de los españoles– una
cultura al servicio del trabajo y del esfuerzo, lo cual significa
“innovar, arriesgar, trabajar, disciplinarse” (34); en cambio, las
clases dirigentes y sus dirigidos en Argentina prefirieron la “[…]
modorra y comodidad...Se agotaban con sólo pensar en ello [el
trabajo]. No hicieron nada. Se ataron a un conservadurismo suicida.
Tenían odio al esfuerzo y amor a la especulación. Esto último
–recordemos– había sido consolidado por las antiguas aficiones al
contrabando y a los juegos de azar” (34). La propuesta de Aguinis
haría una inversión del paradigma Ariel–Calibán desarrollado por el
modernismo rubeniano y rodoniano a principios del siglo XX por el de
Calibán-Ariel, pero, a la vez, alterando las calificaciones positivas.
La imagen admirada
por Aguinis es el colono norteamericano, ávido por esparcir en el
Nuevo Mundo y, en su posterior Conquista al Oeste, la moral puritana
fundada en el trabajo, la austeridad, la entereza, la vida frugal y
espartana. A propósito de dicho ideal, Aguinis constata: “En este
sentido nuestras experiencias son antagónicas de las que se vivieron
en las colonias de Norteamérica: allí el sudor dignificaba y la
holgazanería era objeto de unánime repudio; sólo merecían respeto
quienes trabajaban duro y honestamente. Los colonos no esperaban nada
gratis” (208) y, el ensayista, agrega: “Pero si esas experiencias no
alimentan los valores de la creatividad, la responsabilidad y la
legitimidad, entonces, el pueblo [argentino] seguirá atrasado y
sometido” (206).
La
historia propiciada por Aguinis se expresa a través de un evento
primordial –la conquista española– que desembarca con una serie de
valores que se reiterarían a través del desarrollo histórico. Por
ejemplo, en Argentina “ha perdurado la feudal institución de la
encomienda. El encomendero, que era dueño de vidas y de hacienda, fue
continuado por el caudillo y el patrón. Luego, por el Estado” (206).
La expansión estatal durante el peronismo, por ejemplo, patrocinó un
“mecanismo perverso de ser ‘mantenidos’, de vivir a costa del erario
público”; mientras que, al mismo tiempo, “El dañino modelo de la
oligarquía rentista, que disfrutaba sin esfuerzo ni riesgo de la
riqueza de la tierra, era ahora aplicado [por Perón] a los
trabajadores, que empezaron a disfrutar de lo que regalaba el Estado
[…]” (124). El gobierno de Menem en los 90 es otra muestra de la
enconada obstinación de los “medulares vicios” (232) atesorados “desde
nuestros orígenes” (220). Durante el denominado menemato (1989-1999),
las denuncias sobre funcionarios corruptos alcanzaron proporciones
escandalosas. Refiriéndose a Menem y su farandulesco séquito, Aguinis
destaca: “Para éstos vale la picardía, la trampa, la especulación y
hasta la violación de la ley. No ponen la imaginación al servicio de
la producción de riquezas, sino de su simple y llana apropiación.
Recordemos que así lo hicieron lo conquistadores y luego los
encomenderos, caudillos, patrones, dirigentes sindicales y muchos
políticos” [énfasis en el original] (210).
La
idealización de los primeros colonos norteamericanos del autor
parecería patrocinar la regresión a un período específico en el
desarrollo del capitalismo, –la marcha triunfal del capitalismo
agrario–, donde la racionalidad económica y los valores morales
encontraban su manifestación en la cultura y religiosidad protestante.
Esta devoción por la eficiencia y el pragmatismo conducía más que a
una sociedad libre, a la vida de un cuartel. En su clásico trabajo
sobre la influencia de la religiosidad puritana en los orígenes del
capitalismo temprano, Max Weber apunta:
The Puritan wanted to work in a calling;
we are forced to do so. For when asceticism was carried out of
monastic cells into everyday life, and began to dominate worldly
morality […] Since asceticism undertook to remodel the world to work
out its ideals in the world, material goods have gained an increasing
and finally an inexorable power over the lives of men as at no
previous period in history. (181)
Esta
añoranza por una suerte de self made man argentino, sin que lo
considere Aguinis, es socavada por el propio capitalismo contemporáneo
al auspiciar el hedonismo, la gratificación instantánea, y la búsqueda
de una intensa experiencia narcisista y exhibicionista a través de la
fiebre consumista. Además, la idea que el sistema de libre mercado que
garantiza la creatividad y la oportunidad personal podría ser
entendidas como otras de los tantos mitos contemporáneos; en cambio,
como sostiene Ellen Meiksins Wood, “the distinctive and
dominant characteristic of capitalist market is not opportunity or
choice but, on the contrary, compulsion. Material life and social
reproduction in capitalism are mediated by the market […]”
(7). A la proposición de Wood puede agregarse
la perspectiva de Fredric Jameson, quien afirma, “market as a concept
rarely has anything to do with choice or freedom, since those are all
determined for us in advance” (66).
La reivindicación de formas tempranas del desarrollo económico
identifica al autor con el liberalismo decimonónico. En las actuales
condiciones del llamado capitalismo tardío o, como lo denomina David
Harvey capitalismo de “flexible accumulation”
(173), resultan una utopía regresiva. Aunque el ensayista resalte como
laudable el respeto de los derechos individuales y el acatamiento a
las leyes, la unipolaridad internacional tardocapitalista ha
recodificado todos los aspectos de la sociedad, incluso la
colonización de la propia subjetividad bajo el omnipresente tinglado
de la lógica de los medios masivos de comunicación. El pensamiento
civilizado al que se adscribe Aguinis ha mostrado, como asegura
Nicolás Casullo, “las consecuencias de la impotencia del proyecto
ilustrado y de justicia humana, a causa del propio mundo que
racionalizó y organizó, donde reina la iniquidad y criminalidad social
moderna” (16).
La
operación Aguinis de estructurar un dispositivo ensayístico sobre los
fundamentos geográficos e históricos como potenciadores medulares
suspende el análisis crítico por la búsqueda de una ontología
ahistórica o, por lo menos, una fijación esquemática y abstracta sobre
ciertas peculiaridades de la “caracterología nacional” que se reiteran
ad infinitum. El subterfugio del autor para escapar del cinismo y
el pesimismo que su propia narración despliega es apelar al obsoleto
paradigma de las supuestas “reservas morales” (45), las cuales se
arraigarían en “la franja más sana de nuestro país” (197). El
determinismo trágico como itinerario para comprender la decadencia
argentina impide, de acuerdo a los presupuestos elaborados por el
autor, recorrer caminos alternativos.
OBRAS CITADAS:
Abraham, Tomás.
Pensamiento rápido. Buenos Aires: Sudamericana, 2002.
Aguinis, Marcos. El
atroz encanto de ser argentinos. 2001. 5ª ed. Buenos Aires:
Booklet, 2005.
Casullo, Nicolás.
“Relampagueos”. Pensamiento de los confines 11 (2002): 9-30.
Harvey, David. The
Condition of Postmodernity: An Enquiry into the
Origins of Cultural Change. 1990. Malden, MA: Blackwell, 1997.
Jameson, Fredric. Postmodernism or,
the Cultural Logic of Late Capitalism. 1991. 6ª
ed. Durham, NC: Duke UP, 1995.
Martínez Estrada,
Ezequiel. Radiografía de la pampa. 1933. Edición y coordinador
Leo Pollman. Madrid: Archivos, 1991.
Matamoro, Blas.
Lógica de la dispersión o de un saber melancólico. Madrid: Mirada
Malva, 2006.
Sarmiento, Domingo
Faustino. Facundo. Civilización y barbarie. Vida de
Juan Facundo Quiroga. 1845. 9ª ed. Ensayo preliminar e índice
cronológico Raimundo Lazo. México: Porrúa, 1996.
Scheines, Graciela.
Las metáforas del fracaso. Sudamérica: ¿geografía o
desencuentro? La Habana: Casa de las Américas, 1991.
Sebreli, Juan José.
Crítica de las ideas políticas argentinas. Los orígenes de la crisis.
Buenos Aires: Sudamericana, 2002.
Weber, Max. The Protestant Ethic and
the Spirit of Capitalism. 1930. Trad. Talcott Parsons. Introd.
Anthony Giddens. London: Routledge, 1996.
Wood, Ellen Meiksins. The Origin of
Capitalism: A longer View. London: Verso, 2002.
NOTAS:
[1]
Los días 19 y 20 de diciembre de 2001 se desató en Argentina una
crisis de amplias consecuencias. Las medidas económicas impulsadas por
el ministro de Economía Domingo Felipe Cavallo –feriado cambiario,
congelamiento de los depósitos bancarios– desataron una ola de
protestas, saqueos y enfrentamientos con las fuerzas de seguridad. El
presidente Fernando de la Rúa decretó en la noche del 19 de diciembre
el Estado de Sitio, lo cual provocó un efecto contrario al esperado:
masivas movilizaciones de sectores medios contra el presidente y la
política económica de su ministro. Los hechos luctuosos de diciembre
dejaron en los alrededores de la histórica Plaza de Mayo en el centro
de Buenos Aires a treinta muertos, asesinados por miembros de la
Policía Federal Argentina. La sangrienta represión policial y la falta
de apoyo por parte de los partidos políticos opositores aceleraron la
renuncia de De la Rúa a la más alta magistratura de la Nación. Para un
desarrollo pormenorizado de los eventos previos y posteriores a las
fechas señaladas más arriba, véanse las crónicas periodísticas de los
principales matutinos de Buenos Aires, tales como Clarín, La
Nación, Página /12, Diario Popular y La Prensa.
[2]
De acuerdo a Juan José Sebreli, “entre 1880 y 1930 la Argentina
ostentaba las cifras más altas de crecimiento económico y un producto
bruto por encima del promedio mundial” (13).
[3]
El Centenario de 1910
fue la conmemoración del 25 de mayo de 1810, cuando por primera vez
los ciudadanos de Buenos Aires tomaron en sus propias manos el
gobierno del Virreinato del Río de la Plata, aunque sin declarar la
independencia con respecto a España. La oligarquía argentina celebró
su propia gloria, mostrando al mundo en fastuosas ceremonias,
exposiciones y fiestas las riquezas acumuladas.
Llegaron especialmente para los festejos el presidente de Chile, el
vicepresidente de Perú, la Infanta Isabel de Borbón, en representación
del Rey de España Alfonso XIII, Ramón del Valle Inclán, Vicente Blasco
Ibáñez, representantes de Alemania, España, Paraguay, Japón, Estados
Unidos. Dice Sebreli: “La oligarquía la había erigido [a la ciudad de
Buenos Aires] como una escenografía fastuosa acorde con su
protagonismo y, a la vez, como un monumento destinado a celebrar su
triunfo” (14).
[4]
Marcos Aguinis (1935) nació en la ciudad de Córdoba en la provincia
del mismo nombre. A los veintitrés años se graduó de médico,
especializándose en neurocirugía. Ganó varias becas que le trajeron a
Europa, donde completó su formación científica y humanística. En 1963
apareció su biografía Maimónides, un sabio de avanzada y en
1969 la novela Refugiados, que esclarece con valentía y
objetividad la tragedia de los desplazados políticos. Obtuvo el Premio
Planeta 1970 con La cruz invertida, y en 1972 añadió a su
producción Cantata de los diablos.
Cuando se restableció la democracia en la Argentina, en diciembre de
1983, fue designado subsecretario y luego secretario de Cultura de la
Nación. Creó el PRONDEC (Programa Nacional de Democratización de la
Cultura), que obtuvo el apoyo de la UNESCO y de las Naciones Unidas, y
puso en marcha intensas acciones para el mejoramiento de los
mecanismos participativos de la sociedad. Por su obra fue nominado al
Premio Educación para la Paz de la UNESCO. Ha recibido, entre otros,
el Premio Planeta y fue designado Caballero de las Letras y las Artes
Francesas. En 1995 la Sociedad Argentina de Escritores le confirió el
Gran Premio de Honor por la totalidad de su obra. Además de su extensa
obra de ficción, Aguinis ha escrito numerosos ensayos. Las últimas
obras ensayísticas revelan su preocupación por la situación argentina.
Aparte de El atroz encanto de los argentinos, Aguinis publicó
Un país de novela: viaje a la mentalidad de los argentinos
(1988), ¿Qué hacer? Bases para el renacimiento argentino (2005)
y El atroz encanto de ser argentinos II (2007). Para mayor
información sobre su vida y obra, véase el sitio oficial del autor:
www.aguinis.net.
[5]
Algunos ejemplos de los “vicios pertinaces” que ofrece el autor son:
el desprecio por el trabajo (60); el individualismo verticalista y
antisocial (43-44); el masoquismo atormentado (8); el egoísmo, la
soberbia y la arrogancia (35-36); la inmadurez (228); la viveza
criolla (81); la ineficiencia, corrupción y despilfarro (128); el
facilismo y la desidia (171); el clientelismo y el asistencialismo
promovido por el Estado peronista (207); y la exaltación del Estado
paternalista (123).
[6]
Es necesario distinguir las posturas de Sarmiento y Aguinis con
respecto a las de Martínez Estrada. Tanto Sarmiento como Aguinis se
alejan del pesimismo del medio ambiente que se encuentra en la obra de
Martínez Estrada. Sarmiento y Aguinis consideran que el fervor, la
voluntad y el coraje del ser humano pueden cambiar el destino de las
leyes físicas. Para estos dos últimos autores, el hombre no es un ser
meramente pasivo, sino que, a través del trabajo, puede crear sus
propias condiciones culturales de vida. Mientras que “Sarmiento
concibe la historia como una épica: sucesión de hechos importantes e
irrepetibles […] Martínez Estrada en cambio no tiene cabida la utopía
[…] En su interpretación de la realidad nacional desde sus orígenes
sólo cabe la reiteración del fracaso […]” (Scheines 59). Aguinis
también participa de la utopía sarmientina al destacar: “Pero estoy
convencido de que es objetivamente posible estar mucho mejor que
ahora. Y esto puede lograrse en un tiempo breve” (225).
[7]
El 3 de febrero de 1852 las tropas federales del general Juan Manuel
de Rosas (1793-1877) son vencidas por el denominado Ejercito Grande al
mando del general Justo José de Urquiza (1801-1870) en la batalla del
Palomar de Caseros. El triunfo de Urquiza puso fin a décadas de
gobierno rosista y el inicio de la denominada Organización Nacional
mediante el dictado de la Constitución de la Nación Argentina en 1853.
A partir de entonces, comenzará un decidió impulso a la modernización
que tendrá su apogeo con el deliberado respaldo de la Generación del
80. El modelo agroexportador, base de la notable expansión económica
argentina desde 1880 a 1930, sucumbirá a la crisis mundial de 1929. El
6 de septiembre de 1930 el general José Félix Uriburu (1868-1932)
marca un hito en la historia de los golpes militares al ser éste el
primer derrocamiento de un presidente constitucional. Para una
exhaustiva historia de la Argentina, véase el trabajo de María Sáenz
Quesada, La Argentina: historia del país y su gente,
(Buenos Aires: Sudamericana, 2001).
[8]
El propio autor define la etimología del vocablo gaucho como voz
derivada de guacho que, en lengua quechua, significa “bastardo” o
“hijo de puta” (57).
[9]
En la jerga del lunfardo porteño (Buenos Aires) “sobrador” nomencla a
aquel individuo presuntuoso o petulante que advierte los propósitos de
otro; mientras que, “coimero”, alude a la persona que comete el acto
de sobornar, otorgar una dadiva o efectuar un cohecho.
[10]
El término “chanta” denota en la jerga lunfarda desvergonzado,
descarado, incumplidor, insolvente o persona inmoral que contrae
deudas con las que no cumple.
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