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La sala de visitas del asilo de Ríopiedra es fría e impersonal.
Aséptica. Quizá existió un tiempo en el que sus paredes fueron
blancas pero, con el paso de los años y la desidia, han ido tomando
la cruda orfandad del color hueso, el frío desánimo de la
indiferencia y la pátina severa de la ausencia. Hay dos cuadros en
una pared, casi idénticos. Dos paisajes de caza donde unos perros
persiguen a un ciervo y, a lo lejos, unos jinetes. En un extremo de
la sala están sentadas, frente a frente, una madre y una hija. En
los cinco minutos que llevo sentado en esta sala de visitas no se
han dirigido la palabra en ningún momento. La madre sostiene un vaso
de zumo de naranja mientras mira fijamente hacia la nada; la hija,
mirando a todas partes y a ninguna, piensa en sus cosas,
cumplimentando un trámite, un deber que le exige la buena educación
y la conciencia. Me prometo a mi mismo que no traeré a mis padres a
un lugar como éste, que haré todo lo posible por proporcionarles un
verdadero hogar. Pero aún falta tiempo para que llegue ese día y
procuro desviar mis pensamientos hacia otras cuestiones menos
trascendentales. En ese instante llega una de las enfermeras. Con su
rostro serio, con su voz ronca y autoritaria, consigue que la sala
parezca aún más inhóspita y gélida.
-El
señor Horneros acepta su visita, pero le recibirá en su habitación.
Su estado es muy débil y no se le autoriza a salir de ella.
Sin hacer ningún gesto abandona la sala. Interpreto
que he de seguirla. Así lo hago y ella avanza sin mirar si estoy
siguiendo sus pasos. Los pasillos son del mismo color desvaído y
enfermizo que cubre la sala de visitas. Todo destila tristeza, como
una estación desierta en pleno páramo o una solitaria tarde de
domingo en un barrio del extrarradio de una gran ciudad.
He venido desde Madrid para entrevistarme con el
poeta Román Horneros. Hoy su nombre, desgraciadamente, está casi
olvidado y casi nadie le recuerda, pero fue un poeta de reconocido
prestigio, de hondo calado, en los años cincuenta y sesenta. Con
otros poetas ilustres como Audell, Zumarra, Ontazán y Siena dio
forma y sentido al Grupo Poético del Incidente. Fueron años,
aquellos, donde los poetas tenían un significado especial, donde la
poesía era escuchada y respetada como algo verdadero, como algo
mágico y sublime que pertenecía a la gente, fuese cual fuese su
estrato social. Era -mi padre me lo ha explicado infinidad de veces-
como si la poesía pudiera cambiar el mundo, como si la poesía (y
entonces mi padre citaba orgulloso a un viejo amigo) “fuera un arma
cargada de futuro”.
Al final, después de atravesar varios pasillos
angostos, llegamos al cuarto donde reside el poeta. Es la habitación
número treinta y tres. La enfermera abre la puerta sin llamar. Me
parece una total falta de respeto. De ese respeto hacia la intimidad
que todos merecemos: como personas que somos, más allá de la edad,
mental o física, que nos corresponda.
-Ya
puede pasar. Media hora.
Lo dice en el mismo tono ocre y acre que muestran las
paredes. Lo dice de manera mecánica, fría, sin sentimiento.
Entro en la habitación. Es muy modesta y huele a
cerrado. Una estrecha cama, una mesita de noche, un armario
empotrado y una ridícula estantería donde descansan varios libros.
Las paredes están desnudas. No hay cuadros, ni fotografías. El poeta
está sentado en un butacón, junto a una mínima ventana y con una
manta a cuadros cubriéndole las piernas. El poeta mira hacia fuera,
pero sé que está esperando que yo le hable o, como último rayo de
esperanza, que me dé la vuelta y me vaya por donde he venido.
-Buenas tardes, maestro.
Le llamo así, maestro, porque me parece que es una
buena manera de romper el hielo, de acortar distancias entre dos
personas que no se conocen. Es un truco que usa mi padre. Y siempre
le funciona. Román Horneros se gira hacia mí, lentamente. Me observa
con extrañeza, como si no me recordara, como si hubiera de
recordarme. Aunque los dos sabemos que es la primera vez que nos
vemos. Y quizá la última.
-¿A
qué debo su visita? –me pregunta desde su rincón con una voz rota
que suena hondamente triste, profundamente apenada.
Es el momento de hacer las oportunas presentaciones.
Me he desplazado hasta el asilo sin avisarle, sin darle la
oportunidad de que pudiera pensar sobre la conveniencia de mi visita
y sin darle tiempo a que pudiera decirme que no. Él no sabe nada de
mí y yo lo sé casi todo sobre él.
-Me
llamo Ramiro Arteche, soy profesor de Literatura en un instituto de
Madrid, escribo poesía, ensayos... sobre escritores
hispanoamericanos y colaboro con artículos de investigación en la
revista Literarte. Actualmente estoy escribiendo una serie de
artículos sobre el Grupo Poético del Incidente y quisiera hablar un
momento con usted, hacerle una entrevista; pero de una manera
informal, como una cálida charla entre viejos amigos.
Sé que Román Horneros lleva muchos años retirado de
la vida literaria, que son varios años los que vive recluido en este
asilo y alejado del mundanal ruido; que otros compañeros de la
revista intentaron conversar con él y que a ninguno le concedió una
entrevista. Y, por el modo en que me mira, entiendo que yo también
voy a fracasar en el intento.
-¿Una charla? ¿Y de qué quiere que hablemos? –su voz suena
nuevamente grave y triste, mientras encoge los hombros. Para mí el
tiempo de la poesía murió hace muchos años. Ya no me interesa. Ya no
me intereso por nada. Y, sinceramente, no creo que lo que yo pueda
pensar o le pueda decir interese ya a nadie.
-No
lo crea. –Intento, desesperadamente, crear cierto ambiente afectivo,
encontrar un tono cordial-. Todavía hay mucha gente que le recuerda,
que lee sus poemas, que se pregunta qué ocurrió con el gran poeta
Horneros, si es verdad que se ha retirado o, por el contrario,
todavía sigue escribiendo. Si su poesía no le interesara a nadie yo
no estaría aquí. ¡Se lo aseguro! El artículo que estoy preparando
sobre el Grupo Poético del Incidente ha sido aprobado por el consejo
de redacción de la revista. Ellos me han pedido que venga a verle. Y
mi tiempo cuesta dinero...
Horneros ha cumplido ochenta años hace unos meses.
Todo en su físico delata que ha cumplido esa edad. Su rostro,
surcado de arrugas, refleja fielmente el paso del tiempo. Sus manos,
huesudas y pausadas en sus movimientos, reafirman la apariencia de
su declive físico.
-¿Ya han muerto todos...? –pregunta sin mirarme, como si la
pregunta fuese dirigida a alguien que no está allí, o que está en su
mente.
Me sorprende esa pregunta. El modo de hacerla. El
instante elegido. Durante unos segundos no entiendo. Tardo en
reaccionar y en darme cuenta que me está preguntado por el resto de
compañeros del grupo poético.
-Sí
y no -respondo lacónicamente. Podría ser más preciso pero tampoco
quiero que esta entrevista sea un repaso por las vidas, o las
muertes, de los otros miembros del Grupo-. Parecer ser que Siena se
suicidó. Y aunque su cadáver nunca apareció bajo las aguas del Ebro
se le dio por muerto.
Horneros me hace un gesto con la mano para que me
siente en el borde de su cama. De hecho, aparte del butacón donde él
está sentado, no hay otro lugar en la habitación donde poder
sentarse. Antes de sentarme saco la grabadora de uno de los
bolsillos de mi maletín. Se la enseño. Temo que me prohíba grabar la
conversación, que no desee que registre su voz..., pero hace un
gesto con la mano invitándome a que la use.
-¿Por dónde quiere que empecemos? –me pregunta con cierta
desgana, con deseo de cubrir cuanto antes con el trámite de mi
presencia.
-Empecemos por el Grupo –hago una pausa de unos segundos antes
de lanzar mi primera pregunta-. ¿Cómo se conocieron?
Parece una pregunta obvia y no lo es. En ningún
estudio, en ningún ensayo sobre el Grupo aparece una mención expresa
sobre este punto. El poeta mira nuevamente hacia la ventana. Mira
hacia la ventana como si la respuesta estuviese ahí fuera, como si
los fantasmas de los poetas muertos vinieran desde lugares lejanos
para recordarle cómo se conocieron, cómo se gestó la historia de una
etapa tan importante de sus vidas.
-El
Grupo del Incidente –empieza con lentitud, con la parsimonia de una
voz ronca y gastada- duró muy pocos años, como ya sabrá. ¡Ha pasado
tanto tiempo que parece mentira que ocurriera en verdad! Todo empezó
en casa del doctor Martea, un eminente cirujano. El doctor dio una
gran fiesta en su casa para celebrar los veintiún años de su hija,
de su única hija, Julia. Invitó a Zumarra, con quien mantenía una
estrecha relación, pues ambos participaban muy activamente en la
misma tertulia literaria, en la tertulia que tenía lugar todos los
jueves en una de las salas nobles del Ateneo. El doctor también
escribía poesía y fue en una de aquellas tardes de tertulia donde se
conocieron... Zumarra, por aquellos días, tenía a un amigo poeta
viviendo en su casa, Eulogio Ontazán, que también acudió a la
fiesta. Por otro lado, Valentín Audell, que había publicado hacía
tan sólo unos meses su primer libro de poemas, La isla de las
gaviotas, fue invitado porque...
-¡Un momento, un momento! ¿Está diciéndome que todos se
encontraron allí... el mismo día? –no puedo evitar interrumpirle
porque me parece que es demasiada casualidad.
-Lo
que intento decirle es, que en aquella fiesta, a raíz de aquella
reunión, nació el Grupo del Incidente. Yo también fui invitado...
aunque indirectamente. Mi padre también mantenía una estrecha
relación cordial con el doctor Martea y yo ya era un poeta con
cierto renombre. Pese a que no solía frecuentar la casa del doctor,
también tuve la fortuna de ser invitado a aquella fiesta.
-Y
Marcos Siena..., ¿también fue invitado a la fiesta?
De momento no me responde. Una vez más vuelve a mirar
por la ventana. Imagino que los recuerdos con Marcos Siena no fueron
los más felices, que la relación entre ambos no fue del todo
amistosa. La mirada hacia el exterior, hacia el patio del asilo, se
prolonga más de treinta segundos, generando un silencio incómodo. En
la habitación sólo se escuchan los rodillos de la grabadora y el
avanzar monótono de la cinta.
-Marcos Siena era el menos poeta de todos –prosigue, al fin,
sin dejar de mirar por la ventana-. Llegó a la fiesta sin ser
oficialmente invitado. Es curioso, ¿verdad? Justamente él, Siena,
que no le habían invitado a la fiesta, que llegó allí de casualidad,
fue el que generó nuestro movimiento poético. Llegó media hora
tarde. Siempre llegaba tarde. Y, sin embargo, después de cinco
minutos de haber llegado uno tenía la sensación de que llevaba
varias horas hablando con él. Ese era su encanto. Como poeta era
demasiado impulsivo, romántico, surrealista; muy aferrado al
instinto y ajeno a todo método...
-Pero, dígame, -le interrumpo para reconducir el hilo de la
conversación- ¿qué ocurrió en aquella fiesta para que se engendrara
el Grupo Poético del Incidente?
No sé que he dicho pero, de repente, empieza a reír
con todas sus fuerzas. Ríe tan fuerte, y tanto, que hay un momento
que se ahoga y tose. Tose en demasía y su cara empieza a ponerse de
color morado. Temo que se ahogue, que le dé un infarto, que se muera
en ese mismo instante, en mi presencia. Me asusta. Me levanto y le
doy varios golpes en la espalda. Parece que mis golpes le ayudan a
recuperarse, a tragar aire nuevamente, a dejar de toser. Ya más
calmado, más tranquilo, sonríe.
-Disculpe que le haya asustado. No estoy acostumbrado a reír. En
este asilo uno no tiene, ni encuentra, motivos para reírse. Este
lugar es un sitio deprimente, ¿no le parece?
Hago un gesto afirmativo con la cabeza. Horneros
vuelve a reír, de manera más suave y serena, agradeciendo la
complicidad.
-El grupo del Incidente se creó, y no podía haber
sido de otro modo, a raíz de un incidente.
-Sí, pero ¿cuál?
Sé
que le estoy atosigando con preguntas, que estoy yendo demasiado
deprisa. No puedo evitarlo. La curiosidad me puede. La curiosidad
siempre ha podido conmigo. Mi madre opina que equivoqué la
profesión, que hubiese sido un gran periodista.
-Le
va a parecer una tontería. Porque de hecho fue una tontería. El
doctor Martea había programado un recital de poesía para amenizarnos
la velada. Su hija Julia era pintora. Una joven excepcional...
¡pintaba muy bien! Después de admirar los últimos cuadros que ella
había pintado, y que serían expuestos en el Ateneo, el doctor nos
acompañó hasta el jardín. Para el recital había contratado a Marisa
Zamora, una afamada rapsoda y una mujer de gran belleza. Quizá era
una belleza entrada en carnes para los gustos de la gente joven de
hoy día –me guiña un ojo cuando hace este comentario- pero en
aquella época sus generosas curvas nos hacía suspirar a todos...
Bueno, a lo que íbamos... Todos los poetas que estábamos en aquella
fiesta –aunque no nos habían confirmado nada, ni lo habíamos
comentado previamente entre nosotros, pues era algo que dábamos por
hecho cuando nos informaron que habría un recital poético- teníamos
la esperanza de que también recitaríamos algún texto de nuestra
autoría, o que Marisa accedería a declamar alguno de nuestros
poemas, de los poemas que todo poeta lleva siempre en alguno de los
bolsillos. Pero Marisa Zamora sólo tenía la intención de recitar los
poemas del doctor Martea. Eso era lo que ella había pactado y
preparado para aquella tarde. De hecho, el doctor Martea sólo quería
que se recitaran sus poemas. Aquella era la fiesta de su hija,
aquella era su casa y allí se hacía lo que él disponía y ordenaba. A
partir de aquí llegaron las disputas, las discusiones, las caras
largas y los malos modos... Cuando empezó el recital, cuando Marisa
apenas si había recitado un par de estrofas, Marcos Siena se levantó
de su silla y empezó a gritar, a todo pulmón, que aquello era un
ultraje, una cacicada y una vergüenza. Todos los asistentes se
giraron al unísono hacia el rincón donde él estaba, la rapsoda se
quedó con la palabra en la boca y el doctor Martea se levantó de su
silla hecho una furia. Casi de inmediato Audell también se levantó y
siguió el ejemplo de Siena, criticando que se marginara al resto de
poetas allí presentes. Yo creí que las palabras dichas por Audell
seguían el hilo de la broma, que intentaba ridiculizar a Siena
imitándole con los mismos aspavientos pero, para mi asombro,
comprobé que iba totalmente en serio, que parecía tan indignado como
lo estaba Siena. Empezaron los gritos y los insultos. Ontazán
también se sumó a la trifulca y, por simpatía hacia el amigo y
compatriota, se unió Zumarra. El doctor Martea, que no deseaba
ningún altercado y que ninguno de sus invitados le restara
protagonismo, les invitó a marcharse, a que abandonaran su casa. No
lo tuvo que decir dos veces. Totalmente airados los cuatro
abandonaron el jardín, cruzaron el salón y se dirigieron hacia la
puerta. Yo, que había asistido impasible a todo el alboroto, me
levanté y fui tras ellos. Mi padre intentó evitarlo sujetándome por
la manga de la chaqueta, pero fui tajante en mi decisión y retiré su
mano. Ya en la calle, Siena empezó a reírse de manera escandalosa y
nos contagió la risa a todos. De allí nos fuimos a la taberna del
puerto, donde bebimos, cantamos y recitamos nuestros poemas. Allí,
en aquella taberna, en La taberna del náufrago, nació el
Grupo del Incidente.
El
sonríe y yo con él. Me los imagino riendo y recitando poemas, con
una copa de vino tinto en las manos, saboreando la poesía,
congregando a las musas, paladeando la magia del instante. Creo que
aquel fue un momento importante y decisivo en sus vidas y,
principalmente, en la de vida de Horneros. Aquel encuentro cambió
muchas cosas. Cambió la vida y la forma de entender la poesía de
muchas personas. Entre ellas, mi padre.
-Ustedes se constituyeron en grupo poético –incluso llegaron a
redactar un Manifiesto- cuando todos escribían una poesía muy
distinta los unos de los otros. Partiendo de una concepción tan
dispar de la poesía y del proceso creativo; confluyendo desde
diferentes puntos de partida, ¿qué les unía, que tenían en común,
aparte de verse involucrados en aquel divertido incidente?
En
esta ocasión su respuesta brota de manera espontánea, como despedida
por un resorte.
-La
poesía es palabra en el tiempo y es amistad –me responde muy serio-.
La poesía nos unía. La poesía era lo que teníamos en común. Lo era
todo. Lo importante no era si nos identificábamos con lo que
escribían los demás, o si a nivel estilístico o temático nos
sentíamos más próximos... La buena poesía se defiende por sí misma.
No hay que descubrirla, ni que etiquetarla. Lo realmente importante,
lo que descubrimos aquella noche, en la taberna del puerto, fue que
la poesía nos había reunido, que la poesía poseía una fuerza de
comunicación, de comprensión hacia el sentimiento de los demás, que
otros tipos de literatura no poseen.
Sus
palabras me traen a la memoria imágenes de mi etapa universitaria,
de aquellas clases de Literatura donde nuestro profesor, un
catedrático muy próximo a la edad de su jubilación, imprimía la
misma ilusión, el mismo énfasis, cuando nos hablaba de poesía,
cuando nos recitaba fragmentos de poemas, cuando nos transmitía, con
su voz cálida y sureña, la magia de la poesía.
-¿Qué aportó el Grupo del Incidente a la poesía de
aquel momento?
-Hubo un antes y un después de nosotros. –Pausa. Me
mira muy fijo. No es un reto. Es el deseo de dar la trascendencia
que merecen sus palabras-. Quizá no éramos grandes poetas, ni lo
pretendíamos; pero dignificamos la labor del poeta y su deseo de
cambiar el mundo. No fuimos revolucionarios pero, en cierto modo,
revolucionamos el panorama poético. La palabra es la llave para la
libertad del hombre. La palabra nos iguala. Es el gran prodigio del
hombre. Y nuestros poemas, desde diferentes puntos expresivos, desde
la propia experiencia de cada uno, sirvieron para que cayeran muchos
prejuicios sobre el arte y sobre cómo entender al hombre, en su
actitud personal y colectiva.
En ese momento me doy cuenta que la conversación se
está desviando en exceso hacia el Grupo del Incidente, que ha
llegado el momento de acercarme hacia la vida y la obra de Román
Horneros. Miro mi reloj y compruebo que hemos consumido gran parte
de nuestro tiempo y temo que, cuando menos me lo espere y la
entrevista aún no haya terminado, aparezca la enfermera sargento
para decirme que mi tiempo de visita se esfumó.
-En
su obra, maestro, se evidencian dos etapas muy diferenciadas. Una
primera etapa donde predomina una poesía marcadamente social, de
conciencia solidaria; y una segunda donde aparece el amor como
abanderado de la poesía, rompiendo totalmente con los postulados de
toda su poesía anterior. ¿Podría explicarme cómo se produjo aquel
cambio?, ¿qué hecho extraordinario ocurrió para que se produjera ese
cambio tan brusco de temática, de lenguaje, de estilo...?
Imagino que es una pregunta a la que ha debido dar
respuesta infinidad de veces a lo largo de toda su vida. Sé que no
es nada original; pero creo que, dado la profunda mudanza que sufrió
su poesía, es necesario hacerla. Me sorprende, más que en otras
ocasiones, la seriedad de su rostro. Sé que está sentado aquí,
frente a mí, pero que no está conmigo. Su mente está en otro lugar,
en un escenario borroso del pasado, en un tiempo que tan sólo existe
y permanece en su memoria. Está muy lejos de mí, en un lugar querido
y añorado al que desearía regresar y quedarse allí para siempre.
-Ayer un joven médico se sentó donde está usted sentado, al
borde de esta cama. –Su voz suena sobrecogedoramente triste-.
Durante unos segundos no dijo nada, después hizo varios comentarios
sobre el estado del tiempo, sobre el cambio de estación, sobre la
lluvia... sobre naderías que no conducen a ninguna parte y sólo
retrasan el momento de expresar lo inevitable. Después, con la vista
en el suelo, volvió a quedarse callado. ¿Sabe lo duro que es
enfrentarse a alguien para decirle que se muere, que se está
muriendo? Pero el joven médico no tuvo que decirme nada, me bastó su
silencio para que yo supiera que estoy llegando al final de mis
días. Bastó que comprendiera su silencio para que le pidiera que me
dijese, sin dejar nada en el tintero de las buenas intenciones, toda
la verdad. En ocasiones, el silencio es la mejor manera de expresar
el desgarro de lo inevitable, de la terrible verdad que nos acompaña
desde que nacemos.
-Lo
siento, no sabía...
-No
se preocupe. No tenía por qué saberlo. Pero es la dura realidad. La
cruda verdad que no deseamos escuchar. Me quedan dos semanas de
vida, tres a lo sumo. El cáncer me consume a pasos agigantados.
–Habla mirándome directamente a los ojos. Como el joven médico, yo
también he bajado la vista hacia el suelo-. No hay remedio. A mi
edad ya no hay remedio para nada. Simplemente aguantar las cosas
como vienen, tomar unas terribles pastillas para combatir el dolor,
dormir mucho para no pensar en nada y esperar. Esperar, con la
paciencia del mártir, a que todo se acabe.
Veo en sus ojos un brillo de agua, unas lágrimas, una
honda melancolía. Debe ser muy duro decirle a alguien –a un
desconocido en este caso- que te estás muriendo, que empieza una
trágica cuenta atrás, que pronto llegará un día en el que quizá ya
no despiertes... y la vida continúe.
-Si
le parece bien, podemos dejar la entrevista aquí. Con lo que hemos
hablado tengo material suficiente para mi artículo.
-No, no se vaya. Aún no he contestado a su pregunta.
Pero no sigue hablando. Nuevamente mira hacia la
ventana. Le acompaño. Afuera está el patio del asilo. Bajo unos
árboles frondosos se ven unos bancos donde hay varios grupos de
ancianos sentados. Más allá, una tapia de ladrillo que les separa
del mundo. El poeta está mirando más allá de ese muro, más allá de
las montañas que se dibujan a lo lejos, más allá de este cielo que
empieza a tomar los tintes anaranjados del crepúsculo. Pero yo sólo
veo un espacio, un lugar, un instante del presente. Él está mirando
hacia el pasado, introduciéndose en los mares de la memoria,
rescatando a los náufragos perdidos en las islas del ayer. De
repente se vuelve hacia mí. Intuyo que desea cerrar heridas, que
tiene una última cosa que contarme.
-Es
difícil explicarle esto, pero lo necesito. Me quedan pocos días de
vida y necesito explicarle a alguien la verdad; porque debo hacer
justicia, porque tengo que quitarme esta pesada carga de la
conciencia. –Hace una pausa. Respira. Ha llegado el momento-.
Siempre se ha hablado de dos etapas poéticas en mi vida. Una, la
poesía social, es la que lleva desde la publicación de mi primer
libro hasta la muerte de mi padre. Después de algún tiempo de
silencio, empieza una segunda etapa que, de corte más intimista y
amoroso, termina con la muerte de mi esposa. Desde entonces, y hace
de ello veinte años, no he vuelto a publicar nada, ni una línea. ¿Es
eso lo que dicen las antologías?
-Sí
–y corroboro la afirmación con un gesto de la cabeza-.
-Antes de revelarle un secreto, el gran secreto de mi vida,
debo pedirle que haga un juramento. Si no lo hace, no seguiré
hablando y le pediré que se marche.
Lo dice totalmente convencido. No sé si se ha vuelto
loco, si me está tomando el pelo, o si hemos entrado en los límites
de la intimidad que precede a toda confesión. Creo que no pierdo
nada por seguirle la corriente.
-¿Qué debo jurar?
-Le
ruego que jure que, hasta después de mi muerte, no publicará nada de
lo que le cuente. Que respetará mi deseo. Por mí y por todas las
personas que fueron importantes en mi vida. No pierde nada con ello.
En total, sólo le estoy pidiendo tres semanas de silencio.
Le tiembla la voz. Está terriblemente emocionado.
-Lo
juro.
Pronuncio esas dos palabras mirándole de manera
sincera, emocionada. Inmediatamente después cierro la mano derecha,
la llevo hasta la boca y me beso el pulgar.
-Gracias. Sé que lo ha jurado con el corazón, que respetará
nuestro pacto. No se lo pido por mí. Lo entenderá cuando me haya
escuchado. Tenemos que remontarnos muchos años atrás, a la época en
la cual yo acababa de cumplir veintitrés años. Mi padre, que era
general del ejército -como muy bien sabrá si ha leído alguna
biografía sobre mí- escribía poesía en su despacho privado, en sus
tardes libres. Pero nadie lo sabía. Era su gran secreto. Aún más
cuando mi padre escribía una poesía social y reivindicativa. En
aquella época no estaba nada bien visto –incluso era motivo de
ofensa, de desprestigio y de falta de hombría- que un militar de
alto rango escribiese poesía y, para complicarlo todavía más, que
escribiese una poesía que jamás contaría con el beneplácito del
régimen político. Como no podía publicarla bajo su nombre
–¡imagínese, hubiese sido todo un escándalo!- se le ocurrió la idea
de utilizarme, de hacerme partícipe de su secreto, de publicarla con
mi nombre. El hecho de que el hijo del general hubiera salido algo
rebelde y revolucionario era una cuestión que –no sin cierto recelo-
la gente podía llegar a entender y, en cierto modo, hasta tolerar.
En todas las familias hay una oveja negra. Acepté ser la oveja
descarriada. En aquel momento me pareció una idea genial para burlar
el corsé de las mentes estrechas y abolir las diferencias entre
clases. Pero aquel libro, La rueda y los días, tuvo bastante
éxito y recibió muy buenas críticas. Tras la buena acogida me
invitaron a dar varios recitales y a participar en algunas revistas
de poesía de tirada nacional. De aquella manera, con aquel respaldo,
mi padre pudo dar rienda a su pasión literaria y, en consecuencia,
yo me fui convirtiendo, libro tras libro, año tras año, en un poeta
de referencia. Sólo tenía que aprenderme los poemas y recitarlos con
cierta soltura y la correcta entonación. Intenté escribir poemas,
crear mi propia obra, hacerme acreedor a la fama que iba
adquiriendo; pero mis poemas sólo eran burdas copias de lo que
escribía mi padre. Para mi desgracia yo no había heredado la fuerza
expresiva ni el dominio de las palabras de mi progenitor. De este
modo fue pasando el tiempo hasta que una noche, de regreso a casa
desde el Ateneo, y a consecuencia de un infarto agudo, mi padre
murió de manera repentina. Fue una gran pérdida. Sin él yo no era
nadie. Con él moría el poeta social. Fin de la primera etapa.
Mientras hablaba ha estado mirándose las manos, como si ellas
fueran el nexo de unión entre pasado y presente, como si aún
guardaran en sus huellas el tacto indeleble de aquellos años.
-Me cuesta creerle -le confieso.
-Créame. Debe creerme. Pese a que necesito decirle todo esto,
pese a que mi corazón me lo exige, no está siendo nada fácil
desvelarle este secreto, hurgar en las heridas de la memoria.
-¿Está intentando decirme que el autor de libros como La
semilla de hierro, La hoz de la ira o Calles sin
nombre fue su padre y no usted? –le pregunto todavía sumido en
una absoluta incredulidad.
-Es
duro decir que sí. Es muy duro reconocer que yo disfruté de los
honores y el reconocimiento que merecía mi padre. Pero así fue.
Creo que me dice la verdad. Hay rasgos en el rostro de una
persona que no se improvisan, que expresan lo que el corazón siente
y necesita decir, que muestran descarnadamente la verdad.
-Y
la segunda etapa... ¿cuándo empezó?
Se recuesta en el butacón y sonríe. De repente tengo
la sensación de que se ha quitado años de encima, de que liberarse
del angustioso secreto que le ha estado atormentando durante tantos
años le ha devuelto un nuevo soplo de vida.
-¿No lo adivina? –me pregunta con una sonrisa, como si la
respuesta fuese muy evidente y le divirtiera el despiste de quien no
la encuentra pese a tenerla delante de los ojos.
-No
–le reconozco-. Imagino que, tiempo después, sin la presión que
podría suponer la comparación paterna, surgiría su auténtica voz
poética, un estilo más íntimo, más lejano de la manera de escribir
de su padre. En definitiva, que al final surgió el poeta que llevaba
dentro.
Vuelve a sonreír. Le sienta bien. Tiene una sonrisa amable que
le dulcifica el rostro, que suaviza el trazo profundo de algunas
arrugas.
-Hasta la muerte de mi padre, el hecho de que él era
el poeta y yo el portavoz, había sido un secreto entre los dos. Mi
esposa, Teresa Monreal, no sabía nada. Ella creía –yo le hice creer-
que yo escribía los poemas por las noches, en la soledad de mi
estudio. Pero tras la muerte de mi padre no tuve más remedio que
confesárselo. -Mi cara debe ser todo un poema, plagada de
perplejidad y sorpresa-. Su primera reacción fue como la suya. No me
creía. Cuesta que te crean cuando durante veinte años has estado
engañado a todo el mundo, haciéndoles creer que eras alguien que no
eras, impostando otra personalidad. Pero fue así. Hoy me duele
reconocerlo, pero durante años mantuve aquella falsedad para no
romper la felicidad de mi padre y por mi propia vanidad. Ante
aquella tesitura teníamos que encontrar una solución. O anunciaba
que me retiraba de la poesía o debía entregar un nuevo libro de
poemas a la editorial. Yo pensé en dejarlo todo, en terminar con
aquella farsa. Pero ella no quería que yo finalizara de aquella
manera, que me retirara tan tempranamente a los cuarteles de
invierno. Había que intentarlo. Teresa era profesora de Lengua y
Literatura en un instituto de secundaria. Alguna salida airosa
encontraríamos... Fue de ese modo como Teresa empezó a escribir
poemas para mí. Poemas muy hermosos. Pero –y quizá no podía ser de
otro modo- muy diferentes a los que escribía mi padre. Entre los dos
los corregíamos, intentábamos darle cierto toque personal mío -o de
mi padre, para ser más exactos y para hablar con la corrección
debida-. A modo de justificación por aquellas enormes diferencias de
estilo y de lenguaje con mi poesía anterior, en la presentación del
libro Amar es compartir, expliqué que, tras la crisis sufrida
tras la muerte de mi padre, cerraba una etapa y abría una nueva,
totalmente renovada y abierta al amor como eje y motor de mi nueva
poética. No era nada extraño y era totalmente creíble. Había
sucedido con otros poetas. Así publiqué varios libros, escritos con
pasión y esfuerzo por mi mujer, hasta que un día fatídico,
regresando de un viaje por el norte de Castilla, ella sufrió un
gravísimo accidente automovilístico y falleció. Con ella murió
definitivamente la poesía y murió el poeta.
Silencio. Un silencio hondo, espeso, crudo. Román
Horneros calla. Calla y suspira. Lo ha soltado todo. Por fin es
libre, por fin puede respirar. Ya puede morir tranquilo. Su silencio
irá conmigo. Yo también estado callado. He ido asimilando la
historia -o la tragedia- totalmente confuso. Cuesta creerlo. Cuesta
asumir que uno de los poetas del Grupo del Incidente, que uno de los
poetas que marcó una de las etapas más apasionantes de la poesía de
nuestro siglo, jamás haya publicado un poema de su autoría. Y, sin
embargo, hay tal sinceridad en sus palabras, hay tanta emoción en el
tono de su voz, en el hilo de su voz cansada, que todo lo que ha
narrado bien podría ser un poema, un poema en prosa desgarrada, un
canto triste de cisne, el último canto.
-Esa ha sido mi cruz –continúa su historia después de un
pequeño momento de reflexión-. Siempre puse mi nombre a la poesía
que escribieron otros. Mi vida ha sido una farsa. A mí mismo me he
llamado siempre el falso poeta. Y creo que así, después de mi muerte
y cuando haya usted escrito su artículo, me conocerán todos. Quizá
sea así como merezco ser recordado.
En ese instante se abre la puerta. Es la enfermera.
Ha abierto sin llamar. Señala con el dedo índice el reloj de pulsera
que lleva en su muñeca izquierda.
-Es
la hora –su voz suena como un graznido de cuervo y rompe toda la
magia creada por el poeta, o por el faso poeta-. Debe irse.
Me levanto. Román Horneros me mira con ternura y con
tristeza. Ambos sabemos que no volveremos a vernos. Los dos sabemos
que ahora soy el guardián de su secreto, de un secreto que sólo
podré desvelar cuando él haya muerto. No antes.
-Ha
sido un gran placer conocerle, joven. Le recordaré todos los días de
la escasa vida que me queda. –Ha remarcado la palabra escasa y, al
hacerlo, he sentido un golpe seco en el corazón-. Y, por favor, le
ruego que no olvide, ni rompa, su juramento. Un juramento es un
compromiso sagrado.
-Su
secreto está en buenas manos. Se lo juro.
Le estrecho la mano. Ambos ponemos pasión al
estrecharlas. Estamos sellando un pacto. Cuando las soltamos el gira
la cabeza hacia la ventana. Sé que está llorando. Y quizás él, en el
reflejo del cristal de la ventana, también vea como unas gruesas
lágrimas están atravesando mis mejillas.
-Hasta siempre, poeta –me despido con un hilo de
voz-.
-Debe
irse.
La enfermera me coge del brazo y me saca de la
habitación. Cierra la puerta tras nosotros. Allí se queda Román
Horneros, desnudo de toda gloria, entre cuatro paredes, camino hacia
la muerte.
Abandono el asilo. Al salir paso por delante de la
sala de visitas. La puerta está abierta y la sala está vacía. Sobre
una de las mesas hay un vaso con zumo de naranja. Está casi lleno.
De regreso a casa conduzco despacio. La conversación
con el poeta no se aparta de mi mente; ni la tremenda revelación, ni
su voz profunda y quebrada. Conduzco despacio. Estoy tan enfrascado
en mis pensamientos que temo saltarme algún semáforo y sufrir un
accidente absurdo. A medida que repaso mentalmente sus palabras se
me va encogiendo el corazón y las lágrimas se agolpan en mis ojos.
Dejo que las lágrimas resbalen lentamente por mis mejillas. En uno
de los semáforos, en el coche que está a mi izquierda, una niña me
descubre llorando y toca el hombro de una mujer (imagino que es su
madre) para que me mire. La señora me sonríe, con el deseo de
disculpar a su hija. La niña me lanza un beso. Antes de llegar al
siguiente semáforo ellas giran hacia la izquierda. Conduzco
despacio. Ignoro qué impacto tendrá esta revelación cuando se
publique en un próximo número de Literarte. Nadie querrá
creerme. Aunque hace muchos años que está retirado del mundo de la
poesía, Román Horneros sigue teniendo un gran prestigio.
Afortunadamente tengo la cinta conmigo para demostrarlo, para que me
crean, para que nadie cuestione mi trabajo y no consideren que todo
lo que escriba es fruto de una invención o de un momento de delirio.
El viaje de regreso a casa es lento, no pare de darle
vueltas a lo que he vivido esta tarde. Cuando llego a casa ya he
tomado una resolución, creo que la más adecuada, la más justa. Pese
a que todavía no ha llegado el rigor del invierno enciendo la
chimenea. Tardo unos minutos en conseguir una llama que prenda en
los leños. Lentamente el fuego va ganando fuerza. El calor del fuego
me reconforta, me abriga, me acompaña. Me acerco a la estantería y
busco un libro de Horneros. Escojo el primero que encuentro,
Calles sin nombre. Lo abro al azar y leo unos versos.
“A
pedradas
hemos
alzado decenios y fronteras. A pedradas
hemos
trazado la fiebre, la labor suicida
de vivir
con todos y contra todos,
en una
empresa sin rumbo
que roza
la niebla de la locura.
A
pedradas hemos superado los escollos
que
separan el entendimiento
entre
dos hombres:
cómplices en esta aventura
que nos
iguala en deudas y derechos.
A
pedradas
hemos
construido el muro que nos reúne
y nos
separa.”
Cierro el libro. Me resulta extraño que estos versos no los haya
escrito la persona con la que he estado hablando esta tarde, que los
haya apadrinado como suyos durante toda su vida y haya vivido tantos
años con esa espina clavada. Saco la grabadora del maletín. Abro la
tapa y extraigo la cinta. Ahí está toda la verdad. ¿Y a quién
beneficia la verdad?, me pregunto. Creo que Román Horneros ya pagó
con creces, y durante muchos años, el dolor de su silencio. Creo
que, en cierto modo, se hizo acreedor de esos versos, de esas
palabras que duelen como guijarros afilados. Descuelgo el teléfono y
llamo al despacho de la revista.
-¿Juan? Soy Ramiro.
-¡Hola!, ¿qué tal te fue con Horneros? Dime, ¿hubo
suerte? –la voz de Juan suena esperanzada al otro lado del hilo
telefónico-.
-No, no hubo suerte. No quiso concederme la
entrevista. Lo siento.
-No te preocupes. Era lo más lógico. Ya lo habíamos
comentado. –Se percibe cierta decepción en su voz y, a la vez, un
intento por restarle importancia-. No te apures. Al menos lo has
intentado.
-Gracias, Juan. Nos vemos mañana y hablamos.
-Hasta mañana... ¡y levanta ese ánimo!
Cuelgo el teléfono. Observo durante unos segundos la
cinta entre mis dedos. Por el temblor de mi mano podría decirse que
pesa una barbaridad. Es el peso de la conciencia, de la decisión
tomada. La sostengo unos instantes más y después la arrojo,
definitivamente, al fuego de la chimenea. Con una leve sonrisa en
mis labios contemplo como se va deshaciendo, como lentamente se
contrae, se empequeñece, se transforma en una lágrima negra de
plástico y desaparece.
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