Miami
Estados Unidos
Año IX

 Nº 49/50

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Profesora Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad  de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

 

Boletín Informativo

Reciba por correo electrónico una síntesis de las principales noticias literarias


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

EL FALSO POETA

por

José Luis García Herrera


     La sala de visitas del asilo de Ríopiedra es fría e impersonal. Aséptica. Quizá existió un tiempo en el que sus paredes fueron blancas pero, con el paso de los años y la desidia, han ido tomando la cruda orfandad del color hueso, el frío desánimo de la indiferencia y la pátina severa de la ausencia. Hay dos cuadros en una pared, casi idénticos. Dos paisajes de caza donde unos perros persiguen a un ciervo y, a lo lejos, unos jinetes. En un extremo de la sala están sentadas, frente a frente, una madre y una hija. En los cinco minutos que llevo sentado en esta sala de visitas no se han dirigido la palabra en ningún momento. La madre sostiene un vaso de zumo de naranja mientras mira fijamente hacia la nada; la hija, mirando a todas partes y a ninguna, piensa en sus cosas, cumplimentando un trámite, un deber que le exige la buena educación y la conciencia. Me prometo a mi mismo que no traeré a mis padres a un lugar como éste, que haré todo lo posible por proporcionarles un verdadero hogar. Pero aún falta tiempo para que llegue ese día y procuro desviar mis pensamientos hacia otras cuestiones menos trascendentales. En ese instante llega una de las enfermeras. Con su rostro serio, con su voz ronca y autoritaria, consigue que la sala parezca aún más inhóspita y gélida.

     -El señor Horneros acepta su visita, pero le recibirá en su habitación. Su estado es muy débil y no se le autoriza a salir de ella.

     Sin hacer ningún gesto abandona la sala. Interpreto que he de seguirla. Así lo hago y ella avanza sin mirar si estoy siguiendo sus pasos. Los pasillos son del mismo color desvaído y enfermizo que cubre la sala de visitas. Todo destila tristeza, como una estación desierta en pleno páramo o una solitaria tarde de domingo en un barrio del extrarradio de una gran ciudad.

     He venido desde Madrid para entrevistarme con el poeta Román Horneros. Hoy su nombre, desgraciadamente, está casi olvidado y casi nadie le recuerda, pero fue un poeta de reconocido prestigio, de hondo calado, en los años cincuenta y sesenta. Con otros poetas ilustres como Audell, Zumarra, Ontazán y Siena dio forma y sentido al Grupo Poético del Incidente. Fueron años, aquellos, donde los poetas tenían un significado especial, donde la poesía era escuchada y respetada como algo verdadero, como algo mágico y sublime que pertenecía a la gente, fuese cual fuese su estrato social. Era -mi padre me lo ha explicado infinidad de veces- como si la poesía pudiera cambiar el mundo, como si la poesía (y entonces mi padre citaba orgulloso a un viejo amigo) “fuera un arma cargada de futuro”.

     Al final, después de atravesar varios pasillos angostos, llegamos al cuarto donde reside el poeta. Es la habitación número treinta y tres. La enfermera abre la puerta sin llamar. Me parece una total falta de respeto. De ese respeto hacia la intimidad que todos merecemos: como personas que somos, más allá de la edad, mental o física, que nos corresponda.

     -Ya puede pasar. Media hora.

     Lo dice en el mismo tono ocre y acre que muestran las paredes. Lo dice de manera mecánica, fría, sin sentimiento.

     Entro en la habitación. Es muy modesta y huele a cerrado. Una estrecha cama, una mesita de noche, un armario empotrado y una ridícula estantería donde descansan varios libros. Las paredes están desnudas. No hay cuadros, ni fotografías. El poeta está sentado en un butacón, junto a una mínima ventana y con una manta a cuadros cubriéndole las piernas. El poeta mira hacia fuera, pero sé que está esperando que yo le hable o, como último rayo de esperanza, que me dé la vuelta y me vaya por donde he venido.

     -Buenas tardes, maestro.

     Le llamo así, maestro, porque me parece que es una buena manera de romper el hielo, de acortar distancias entre dos personas que no se conocen. Es un truco que usa mi padre. Y siempre le funciona. Román Horneros se gira hacia mí, lentamente. Me observa con extrañeza, como si no me recordara, como si hubiera de recordarme. Aunque los dos sabemos que es la primera vez que nos vemos. Y quizá la última.

     -¿A qué debo su visita? –me pregunta desde su rincón con una voz rota que suena hondamente triste, profundamente apenada.

     Es el momento de hacer las oportunas presentaciones. Me he desplazado hasta el asilo sin avisarle, sin darle la oportunidad de que pudiera pensar sobre la conveniencia de mi visita y sin darle tiempo a que pudiera decirme que no. Él no sabe nada de mí y yo lo sé casi todo sobre él.

     -Me llamo Ramiro Arteche, soy profesor de Literatura en un instituto de Madrid, escribo poesía, ensayos... sobre escritores hispanoamericanos y colaboro con artículos de investigación en la revista Literarte. Actualmente estoy escribiendo una serie de artículos sobre el Grupo Poético del Incidente y quisiera hablar un momento con usted, hacerle una entrevista; pero de una manera informal, como una cálida charla entre viejos amigos.

     Sé que Román Horneros lleva muchos años retirado de la vida literaria, que son varios años los que vive recluido en este asilo y alejado del mundanal ruido; que otros compañeros de la revista intentaron conversar con él y que a ninguno le concedió una entrevista. Y, por el modo en que me mira, entiendo que yo también voy a fracasar en el intento.

     -¿Una charla? ¿Y de qué quiere que hablemos? –su voz suena nuevamente grave y triste, mientras encoge los hombros. Para mí el tiempo de la poesía murió hace muchos años. Ya no me interesa. Ya no me intereso por nada. Y, sinceramente, no creo que lo que yo pueda pensar o le pueda decir interese ya a nadie.

     -No lo crea. –Intento, desesperadamente, crear cierto ambiente afectivo, encontrar un tono cordial-. Todavía hay mucha gente que le recuerda, que lee sus poemas, que se pregunta qué ocurrió con el gran poeta Horneros, si es verdad que se ha retirado o, por el contrario, todavía sigue escribiendo. Si su poesía no le interesara a nadie yo no estaría aquí. ¡Se lo aseguro! El artículo que estoy preparando sobre el Grupo Poético del Incidente ha sido aprobado por el consejo de redacción de la revista. Ellos me han pedido que venga a verle. Y mi tiempo cuesta dinero...

     Horneros ha cumplido ochenta años hace unos meses. Todo en su físico delata que ha cumplido esa edad. Su rostro, surcado de arrugas, refleja fielmente el paso del tiempo. Sus manos, huesudas y pausadas en sus movimientos, reafirman la apariencia de su declive físico.

     -¿Ya han muerto todos...? –pregunta sin mirarme, como si la pregunta fuese dirigida a alguien que no está allí, o que está en su mente.

     Me sorprende esa pregunta. El modo de hacerla. El instante elegido. Durante unos segundos no entiendo. Tardo en reaccionar y en darme cuenta que me está preguntado por el resto de compañeros del grupo poético.

     -Sí y no -respondo lacónicamente. Podría ser más preciso pero tampoco quiero que esta entrevista sea un repaso por las vidas, o las muertes, de los otros miembros del Grupo-. Parecer ser que Siena se suicidó. Y aunque su cadáver nunca apareció bajo las aguas del Ebro se le dio por muerto. 

     Horneros me hace un gesto con la mano para que me siente en el borde de su cama. De hecho, aparte del butacón donde él está sentado, no hay otro lugar en la habitación donde poder sentarse. Antes de sentarme saco la grabadora de uno de los bolsillos de mi maletín. Se la enseño. Temo que me prohíba grabar la conversación, que no desee que registre su voz..., pero hace un gesto con la mano invitándome a que la use.

     -¿Por dónde quiere que empecemos? –me pregunta con cierta desgana, con deseo de cubrir cuanto antes con el trámite de mi presencia.

     -Empecemos por el Grupo –hago una pausa de unos segundos antes de lanzar mi primera pregunta-. ¿Cómo se conocieron?

     Parece una pregunta obvia y no lo es. En ningún estudio, en ningún ensayo sobre el Grupo aparece una mención expresa sobre este punto. El poeta mira nuevamente hacia la ventana. Mira hacia la ventana como si la respuesta estuviese ahí fuera, como si los fantasmas de los poetas muertos vinieran desde lugares lejanos para recordarle cómo se conocieron, cómo se gestó la historia de una etapa tan importante de sus vidas.

     -El Grupo del Incidente –empieza con lentitud, con la parsimonia de una voz ronca y gastada- duró muy pocos años, como ya sabrá. ¡Ha pasado tanto tiempo que parece mentira que ocurriera en verdad! Todo empezó en casa del doctor Martea, un eminente cirujano. El doctor dio una gran fiesta en su casa para celebrar los veintiún años de su hija, de su única hija, Julia. Invitó a Zumarra, con quien mantenía una estrecha relación, pues ambos participaban muy activamente en la misma tertulia literaria, en la tertulia que tenía lugar todos los jueves en una de las salas nobles del Ateneo. El doctor también escribía poesía y fue en una de aquellas tardes de tertulia donde se conocieron... Zumarra, por aquellos días, tenía a un amigo poeta viviendo en su casa, Eulogio Ontazán, que también acudió a la fiesta. Por otro lado, Valentín Audell, que había publicado hacía tan sólo unos meses su primer libro de poemas, La isla de las gaviotas,  fue invitado porque...

     -¡Un momento, un momento! ¿Está diciéndome que todos se encontraron allí... el mismo día? –no puedo evitar interrumpirle porque me parece que es demasiada casualidad.

     -Lo que intento decirle es, que en aquella fiesta, a raíz de aquella reunión, nació el Grupo del Incidente. Yo también fui invitado... aunque indirectamente. Mi padre también mantenía una estrecha relación cordial con el doctor Martea y yo ya era un poeta con cierto renombre. Pese a que no solía frecuentar la casa del doctor, también tuve la fortuna de ser invitado a aquella fiesta.

     -Y Marcos Siena..., ¿también fue invitado a la fiesta?

     De momento no me responde. Una vez más vuelve a mirar por la ventana. Imagino que los recuerdos con Marcos Siena no fueron los más felices, que la relación entre ambos no fue del todo amistosa. La mirada hacia el exterior, hacia el patio del asilo, se prolonga más de treinta segundos, generando un silencio incómodo. En la habitación sólo se escuchan los rodillos de la grabadora y el avanzar monótono de la cinta.

     -Marcos Siena era el menos poeta de todos –prosigue, al fin, sin dejar de mirar por la ventana-. Llegó a la fiesta sin ser oficialmente invitado. Es curioso, ¿verdad? Justamente él, Siena, que no le habían invitado a la fiesta, que llegó allí de casualidad, fue el que generó nuestro movimiento poético. Llegó media hora tarde. Siempre llegaba tarde. Y, sin embargo, después de cinco minutos de haber llegado uno tenía la sensación de que llevaba varias horas hablando con él. Ese era su encanto. Como poeta era demasiado impulsivo, romántico, surrealista; muy aferrado al instinto y ajeno a todo método...

     -Pero, dígame, -le interrumpo para reconducir el hilo de la conversación- ¿qué ocurrió en aquella fiesta para que se engendrara el Grupo Poético del Incidente?

     No sé que he dicho pero, de repente, empieza a reír con todas sus fuerzas. Ríe tan fuerte, y tanto, que hay un momento que se ahoga y tose. Tose en demasía y su cara empieza a ponerse de color morado. Temo que se ahogue, que le dé un infarto, que se muera en ese mismo instante, en mi presencia. Me asusta. Me levanto y le doy varios golpes en la espalda. Parece que mis golpes le ayudan a recuperarse, a tragar aire nuevamente, a dejar de toser. Ya más calmado, más tranquilo, sonríe.

     -Disculpe que le haya asustado. No estoy acostumbrado a reír. En este asilo uno no tiene, ni encuentra, motivos para reírse. Este lugar es un sitio deprimente, ¿no le parece?

     Hago un gesto afirmativo con la cabeza. Horneros vuelve a reír, de manera más suave y serena, agradeciendo la complicidad.

     -El grupo del Incidente se creó, y no podía haber sido de otro modo, a raíz de un incidente.

     -Sí, pero ¿cuál?

     Sé que le estoy atosigando con preguntas, que estoy yendo demasiado deprisa. No puedo evitarlo. La curiosidad me puede. La curiosidad siempre ha podido conmigo. Mi madre opina que equivoqué la profesión, que hubiese sido un gran periodista.

     -Le va a parecer una tontería. Porque de hecho fue una tontería. El doctor Martea había programado un recital de poesía para amenizarnos la velada. Su hija Julia era pintora. Una joven excepcional... ¡pintaba muy bien! Después de admirar los últimos cuadros que ella había pintado, y que serían expuestos en el Ateneo, el doctor nos acompañó hasta el jardín. Para el recital había contratado a Marisa Zamora, una afamada rapsoda y una mujer de gran belleza. Quizá era una belleza entrada en carnes para los gustos de la gente joven de hoy día –me guiña un ojo cuando hace este comentario- pero en aquella época sus generosas curvas nos hacía suspirar a todos...  Bueno, a lo que íbamos... Todos los poetas que estábamos en aquella fiesta –aunque no nos habían confirmado nada, ni lo habíamos comentado previamente entre nosotros, pues era algo que dábamos por hecho cuando nos informaron que habría un recital poético- teníamos la esperanza de que también recitaríamos algún texto de nuestra autoría, o que Marisa accedería a declamar alguno de nuestros poemas, de los poemas que todo poeta lleva siempre en alguno de los bolsillos. Pero Marisa Zamora sólo tenía la intención de recitar los poemas del doctor Martea. Eso era lo que ella había pactado y preparado para aquella tarde. De hecho, el doctor Martea sólo quería que se recitaran sus poemas. Aquella era la fiesta de su hija, aquella era su casa y allí se hacía lo que él disponía y ordenaba. A partir de aquí llegaron las disputas, las discusiones, las caras largas y los malos modos... Cuando empezó el recital, cuando Marisa apenas si había recitado un par de estrofas, Marcos Siena se levantó de su silla y empezó a gritar, a todo pulmón, que aquello era un ultraje, una cacicada y una vergüenza. Todos los asistentes se giraron al unísono hacia el rincón donde él estaba, la rapsoda se quedó con la palabra en la boca y el doctor Martea se levantó de su silla hecho una furia. Casi de inmediato Audell también se levantó y siguió el ejemplo de Siena, criticando que se marginara al resto de poetas allí presentes. Yo creí que las palabras dichas por Audell seguían el hilo de la broma, que intentaba ridiculizar a Siena imitándole con los mismos aspavientos pero, para mi asombro, comprobé que iba totalmente en serio, que parecía tan indignado como lo estaba Siena. Empezaron los gritos y los insultos. Ontazán también se sumó a la trifulca y, por simpatía hacia el amigo y compatriota, se unió Zumarra. El doctor Martea, que no deseaba ningún altercado y que ninguno de sus invitados le restara protagonismo, les invitó a marcharse, a que abandonaran su casa. No lo tuvo que decir dos veces. Totalmente airados los cuatro abandonaron el jardín, cruzaron el salón y se dirigieron hacia la puerta. Yo, que había asistido impasible a todo el alboroto, me levanté y fui tras ellos. Mi padre intentó evitarlo sujetándome por la manga de la chaqueta, pero fui tajante en mi decisión y retiré su mano. Ya en la calle, Siena empezó a reírse de manera escandalosa y nos contagió la risa a todos. De allí nos fuimos a la taberna del puerto, donde bebimos, cantamos y recitamos nuestros poemas. Allí, en aquella taberna, en La taberna del náufrago, nació el Grupo del Incidente. 

El sonríe y yo con él. Me los imagino riendo y recitando poemas, con una copa de vino tinto en las manos, saboreando la poesía, congregando a las musas, paladeando la magia del instante. Creo que aquel fue un momento importante y decisivo en sus vidas y, principalmente, en la de vida de Horneros. Aquel encuentro cambió muchas cosas. Cambió la vida y la forma de entender la poesía de muchas personas. Entre ellas, mi padre.

     -Ustedes se constituyeron en grupo poético –incluso llegaron a redactar un Manifiesto- cuando todos escribían una poesía muy distinta los unos de los otros. Partiendo de una concepción tan dispar de la poesía y del proceso creativo; confluyendo desde diferentes puntos de partida, ¿qué les unía, que tenían en común, aparte de verse involucrados en aquel divertido incidente?

     En esta ocasión su respuesta brota de manera espontánea, como despedida por un resorte.

     -La poesía es palabra en el tiempo y es amistad –me responde muy serio-. La poesía nos unía. La poesía era lo que teníamos en común. Lo era todo. Lo importante no era si nos identificábamos con lo que escribían los demás, o si a nivel estilístico o temático nos sentíamos más próximos... La buena poesía se defiende por sí misma. No hay que descubrirla, ni que etiquetarla. Lo realmente importante, lo que descubrimos aquella noche, en la taberna del puerto, fue que la poesía nos había reunido, que la poesía poseía una fuerza de comunicación, de comprensión hacia el sentimiento de los demás, que otros tipos de literatura no poseen.

     Sus palabras me traen a la memoria imágenes de mi etapa universitaria, de aquellas clases de Literatura donde nuestro profesor, un catedrático muy próximo a la edad de su jubilación, imprimía la misma ilusión, el mismo énfasis, cuando nos hablaba de poesía, cuando nos recitaba fragmentos de poemas, cuando nos transmitía, con su voz cálida y sureña, la magia de la poesía.

     -¿Qué aportó el Grupo del Incidente a la poesía de aquel momento?

     -Hubo un antes y un después de nosotros. –Pausa. Me mira muy fijo. No es un reto. Es el deseo de dar la trascendencia que merecen sus palabras-. Quizá no éramos grandes poetas, ni lo pretendíamos; pero dignificamos la labor del poeta y su deseo de cambiar el mundo. No fuimos revolucionarios pero, en cierto modo, revolucionamos el panorama poético. La palabra es la llave para la libertad del hombre. La palabra nos iguala. Es el gran prodigio del hombre. Y nuestros poemas, desde diferentes puntos expresivos, desde la propia experiencia de cada uno, sirvieron para que cayeran muchos prejuicios sobre el arte y sobre cómo entender al hombre, en su actitud personal y colectiva.

     En ese momento me doy cuenta que la conversación se está desviando en exceso hacia el Grupo del Incidente, que ha llegado el momento de acercarme hacia la vida y la obra de Román Horneros. Miro mi reloj y compruebo que hemos consumido gran parte de nuestro tiempo y temo que, cuando menos me lo espere y la entrevista aún no haya terminado, aparezca la enfermera sargento para decirme que mi tiempo de visita se esfumó.

     -En su obra, maestro, se evidencian dos etapas muy diferenciadas. Una primera etapa donde predomina una poesía marcadamente social, de conciencia solidaria; y una segunda donde aparece el amor como abanderado de la poesía, rompiendo totalmente con los postulados de toda su poesía anterior. ¿Podría explicarme cómo se produjo aquel cambio?, ¿qué hecho extraordinario ocurrió para que se produjera ese cambio tan brusco de temática, de lenguaje, de estilo...?

     Imagino que es una pregunta a la que ha debido dar respuesta infinidad de veces a lo largo de toda su vida. Sé que no es nada original; pero creo que, dado la profunda mudanza que sufrió su poesía, es necesario hacerla. Me sorprende, más que en otras ocasiones, la seriedad de su rostro. Sé que está sentado aquí, frente a mí, pero que no está conmigo. Su mente está en otro lugar, en un escenario borroso del pasado, en un tiempo que tan sólo existe y permanece en su memoria. Está muy lejos de mí, en un lugar querido y añorado al que desearía regresar y quedarse allí para siempre.

     -Ayer un joven médico se sentó donde está usted sentado, al borde de esta cama. –Su voz suena sobrecogedoramente triste-. Durante unos segundos no dijo nada, después hizo varios comentarios sobre el estado del tiempo, sobre el cambio de estación, sobre la lluvia... sobre naderías que no conducen a ninguna parte y sólo retrasan el momento de expresar lo inevitable. Después, con la vista en el suelo, volvió a quedarse callado. ¿Sabe lo duro que es enfrentarse a alguien para decirle que se muere, que se está muriendo? Pero el joven médico no tuvo que decirme nada, me bastó su silencio para que yo supiera que estoy llegando al final de mis días. Bastó que comprendiera su silencio para que le pidiera que me dijese, sin dejar nada en el tintero de las buenas intenciones, toda la verdad. En ocasiones, el silencio es la mejor manera de expresar el desgarro de lo inevitable, de la terrible verdad que nos acompaña desde que nacemos.

     -Lo siento, no sabía...

     -No se preocupe. No tenía por qué saberlo. Pero es la dura realidad. La cruda verdad que no deseamos escuchar. Me quedan dos semanas de vida, tres a lo sumo. El cáncer me consume a pasos agigantados. –Habla mirándome directamente a los ojos. Como el joven médico, yo también he bajado la vista hacia el suelo-. No hay remedio. A mi edad ya no hay remedio para nada. Simplemente aguantar las cosas como vienen, tomar unas terribles pastillas para combatir el dolor, dormir mucho para no pensar en nada y esperar. Esperar, con la paciencia del mártir, a que todo se acabe.

     Veo en sus ojos un brillo de agua, unas lágrimas, una honda melancolía. Debe ser muy duro decirle a alguien –a un desconocido en este caso- que te estás muriendo, que empieza una trágica cuenta atrás, que pronto llegará un día en el que quizá ya no despiertes... y la vida continúe.

     -Si le parece bien, podemos dejar la entrevista aquí. Con lo que hemos hablado tengo material suficiente para mi artículo.

     -No, no se vaya. Aún no he contestado a su pregunta.

     Pero no sigue hablando. Nuevamente mira hacia la ventana. Le acompaño. Afuera está el patio del asilo. Bajo unos árboles frondosos se ven unos bancos donde hay varios grupos de ancianos sentados. Más allá, una tapia de ladrillo que les separa del mundo. El poeta está mirando más allá de ese muro, más allá de las montañas que se dibujan a lo lejos, más allá de este cielo que empieza a tomar los tintes anaranjados del crepúsculo. Pero yo sólo veo un espacio, un lugar, un instante del presente. Él está mirando hacia el pasado, introduciéndose en los mares de la memoria, rescatando a los náufragos perdidos en las islas del ayer. De repente se vuelve hacia mí. Intuyo que desea cerrar heridas, que tiene una última cosa que contarme. 

     -Es difícil explicarle esto, pero lo necesito. Me quedan pocos días de vida y necesito explicarle a alguien la verdad; porque debo hacer justicia, porque tengo que quitarme esta pesada carga de la conciencia. –Hace una pausa. Respira. Ha llegado el momento-. Siempre se ha hablado de dos etapas poéticas en mi vida. Una, la poesía social, es la que lleva desde la publicación de mi primer libro hasta la muerte de mi padre. Después de algún tiempo de silencio, empieza una segunda etapa que, de corte más intimista y amoroso, termina con la muerte de mi esposa. Desde entonces, y hace de ello veinte años, no he vuelto a publicar nada, ni una línea. ¿Es eso lo que dicen las antologías?

     -Sí –y corroboro la afirmación con un gesto de la cabeza-.

     -Antes de revelarle un secreto, el gran secreto de mi vida, debo pedirle que haga un juramento. Si no lo hace, no seguiré hablando y le pediré que se marche.

     Lo dice totalmente convencido. No sé si se ha vuelto loco, si me está tomando el pelo, o si hemos entrado en los límites de la intimidad que precede a toda confesión. Creo que no pierdo nada por seguirle la corriente.

     -¿Qué debo jurar?

     -Le ruego que jure que, hasta después de mi muerte, no publicará nada de lo que le cuente. Que respetará mi deseo. Por mí y por todas las personas que fueron importantes en mi vida. No pierde nada con ello. En total, sólo le estoy pidiendo tres semanas de silencio.

     Le tiembla la voz. Está terriblemente emocionado.

     -Lo juro.

     Pronuncio esas dos palabras mirándole de manera sincera, emocionada. Inmediatamente después cierro la mano derecha, la llevo hasta la boca y me beso el pulgar.

     -Gracias. Sé que lo ha jurado con el corazón, que respetará nuestro pacto. No se lo pido por mí. Lo entenderá cuando me haya escuchado. Tenemos que remontarnos muchos años atrás, a la época en la cual yo acababa de cumplir veintitrés años. Mi padre, que era general del ejército -como muy bien sabrá si ha leído alguna biografía sobre mí- escribía poesía en su despacho privado, en sus tardes libres. Pero nadie lo sabía. Era su gran secreto. Aún más cuando mi padre escribía una poesía social y reivindicativa. En aquella época no estaba nada bien visto –incluso era motivo de ofensa, de desprestigio y de falta de hombría- que un militar de alto rango escribiese poesía y, para complicarlo todavía más, que escribiese una poesía que jamás contaría con el beneplácito del régimen político. Como no podía publicarla bajo su nombre –¡imagínese, hubiese sido todo un escándalo!- se le ocurrió la idea de utilizarme, de hacerme partícipe de su secreto, de publicarla con mi nombre. El hecho de que el hijo del general hubiera salido algo rebelde y revolucionario era una cuestión que –no sin cierto recelo- la gente podía llegar a entender y, en cierto modo, hasta tolerar. En todas las familias hay una oveja negra. Acepté ser la oveja descarriada. En aquel momento me pareció una idea genial para burlar el corsé de las mentes estrechas y abolir las diferencias entre clases. Pero aquel libro, La rueda y los días, tuvo bastante éxito y recibió muy buenas críticas. Tras la buena acogida me invitaron a dar varios recitales y a participar en algunas revistas de poesía de tirada nacional. De aquella manera, con aquel respaldo, mi padre pudo dar rienda a su pasión literaria y, en consecuencia, yo me fui convirtiendo, libro tras libro, año tras año, en un poeta de referencia. Sólo tenía que aprenderme los poemas y recitarlos con cierta soltura y la correcta entonación. Intenté escribir poemas, crear mi propia obra, hacerme acreedor a la fama que iba adquiriendo; pero mis poemas sólo eran burdas copias de lo que escribía mi padre. Para mi desgracia yo no había heredado la fuerza expresiva ni el dominio de las palabras de mi progenitor. De este modo fue pasando el tiempo hasta que una noche, de regreso a casa desde el Ateneo, y a consecuencia de un infarto agudo, mi padre murió de manera repentina. Fue una gran pérdida. Sin él yo no era nadie. Con él moría el poeta social. Fin de la primera etapa.

     Mientras hablaba ha estado mirándose las manos, como si ellas fueran el nexo de unión entre pasado y presente, como si aún guardaran en sus huellas el tacto indeleble de aquellos años.   

     -Me cuesta creerle -le confieso.

     -Créame. Debe creerme. Pese a que necesito decirle todo esto, pese a que mi corazón me lo exige, no está siendo nada fácil desvelarle este secreto, hurgar en las heridas de la memoria.

     -¿Está intentando decirme que el autor de libros como La semilla de hierro, La hoz de la ira o Calles sin nombre fue su padre y no usted? –le pregunto todavía sumido en una absoluta incredulidad.

     -Es duro decir que sí. Es muy duro reconocer que yo disfruté de los honores y el reconocimiento que merecía mi padre. Pero así fue.

     Creo que me dice la verdad. Hay rasgos en el rostro de una persona que no se improvisan, que expresan lo que el corazón siente y necesita decir, que muestran descarnadamente la verdad.

     -Y la segunda etapa... ¿cuándo empezó?

     Se recuesta en el butacón y sonríe. De repente tengo la sensación de que se ha quitado años de encima, de que liberarse del angustioso secreto que le ha estado atormentando durante tantos años le ha devuelto un nuevo soplo de vida.

     -¿No lo adivina? –me pregunta con una sonrisa, como si la respuesta fuese muy evidente y le divirtiera el despiste de quien no la encuentra pese a tenerla delante de los ojos.

     -No –le reconozco-. Imagino que, tiempo después, sin la presión que podría suponer la comparación paterna, surgiría su auténtica voz poética, un estilo más íntimo, más lejano de la manera de escribir de su padre. En definitiva, que al final surgió el poeta que llevaba dentro.

     Vuelve a sonreír. Le sienta bien. Tiene una sonrisa amable que le dulcifica el rostro, que suaviza el trazo profundo de algunas arrugas.        

     -Hasta la muerte de mi padre, el hecho de que él era el poeta y yo el portavoz, había sido un secreto entre los dos. Mi esposa, Teresa Monreal, no sabía nada. Ella creía –yo le hice creer- que yo escribía los poemas por las noches, en la soledad de mi estudio. Pero tras la muerte de mi padre no tuve más remedio que confesárselo. -Mi cara debe ser todo un poema, plagada de perplejidad y sorpresa-. Su primera reacción fue como la suya. No me creía. Cuesta que te crean cuando durante veinte años has estado engañado a todo el mundo, haciéndoles creer que eras alguien que no eras, impostando otra personalidad. Pero fue así. Hoy me duele reconocerlo, pero durante años mantuve aquella falsedad para no romper la felicidad de mi padre y por mi propia vanidad. Ante aquella tesitura teníamos que encontrar una solución. O anunciaba que me retiraba de la poesía o debía entregar un nuevo libro de poemas a la editorial. Yo pensé en dejarlo todo, en terminar con aquella farsa. Pero ella no quería que yo finalizara de aquella manera, que me retirara tan tempranamente a los cuarteles de invierno. Había que intentarlo. Teresa era profesora de Lengua y Literatura en un instituto de secundaria. Alguna salida airosa encontraríamos... Fue de ese modo como Teresa empezó a escribir poemas para mí. Poemas muy hermosos. Pero –y quizá no podía ser de otro modo- muy diferentes a los que escribía mi padre. Entre los dos los corregíamos, intentábamos darle cierto toque personal mío -o de mi padre, para ser más exactos y para hablar con la corrección debida-. A modo de justificación por aquellas enormes diferencias de estilo y de lenguaje con mi poesía anterior, en la presentación del libro Amar es compartir, expliqué que, tras la crisis sufrida tras la muerte de mi padre, cerraba una etapa y abría una nueva, totalmente renovada y abierta al amor como eje y motor de mi nueva poética. No era nada extraño y era totalmente creíble. Había sucedido con otros poetas. Así publiqué varios libros, escritos con pasión y esfuerzo por mi mujer, hasta que un día fatídico, regresando de un viaje por el norte de Castilla, ella sufrió un gravísimo accidente automovilístico y falleció. Con ella murió definitivamente la poesía y murió el poeta.

     Silencio. Un silencio hondo, espeso, crudo. Román Horneros calla. Calla y suspira. Lo ha soltado todo. Por fin es libre, por fin puede respirar. Ya puede morir tranquilo. Su silencio irá conmigo. Yo también estado callado. He ido asimilando la historia -o la tragedia- totalmente confuso. Cuesta creerlo. Cuesta asumir que uno de los poetas del Grupo del Incidente, que uno de los poetas que marcó una de las etapas más apasionantes de la poesía de nuestro siglo, jamás haya publicado un poema de su autoría. Y, sin embargo, hay tal sinceridad en sus palabras, hay tanta emoción en el tono de su voz, en el hilo de su voz cansada, que todo lo que ha narrado bien podría ser un poema, un poema en prosa desgarrada, un canto triste de cisne, el último canto.

     -Esa ha sido mi cruz –continúa su historia después de un pequeño momento de reflexión-. Siempre puse mi nombre a la poesía que escribieron otros. Mi vida ha sido una farsa. A mí mismo me he llamado siempre el falso poeta. Y creo que así, después de mi muerte y cuando haya usted escrito su artículo, me conocerán todos. Quizá sea así como merezco ser recordado.

     En ese instante se abre la puerta. Es la enfermera. Ha abierto sin llamar. Señala con el dedo índice el reloj de pulsera que lleva en su muñeca izquierda.

     -Es la hora –su voz suena como un graznido de cuervo y rompe toda la magia creada por el poeta, o por el faso poeta-. Debe irse.

     Me levanto. Román Horneros me mira con ternura y con tristeza. Ambos sabemos que no volveremos a vernos. Los dos sabemos que ahora soy el guardián de su secreto, de un secreto que sólo podré desvelar cuando él haya muerto. No antes.

     -Ha sido un gran placer conocerle, joven. Le recordaré todos los días de la escasa vida que me queda. –Ha remarcado la palabra escasa y, al hacerlo, he sentido un golpe seco en el corazón-. Y, por favor, le ruego que no olvide, ni rompa, su juramento. Un juramento es un compromiso sagrado.

     -Su secreto está en buenas manos. Se lo juro.

     Le estrecho la mano. Ambos ponemos pasión al estrecharlas. Estamos sellando un pacto. Cuando las soltamos el gira la cabeza hacia la ventana. Sé que está llorando. Y quizás él, en el reflejo del cristal de la ventana, también vea como unas gruesas lágrimas están atravesando mis mejillas.

     -Hasta siempre, poeta –me despido con un hilo de voz-.

     -Debe irse.

     La enfermera me coge del brazo y me saca de la habitación. Cierra la puerta tras nosotros. Allí se queda Román Horneros, desnudo de toda gloria, entre cuatro paredes, camino hacia la muerte.

     Abandono el asilo. Al salir paso por delante de la sala de visitas. La puerta está abierta y la sala está vacía. Sobre una de las mesas hay un vaso con zumo de naranja. Está casi lleno.

     De regreso a casa conduzco despacio. La conversación con el poeta no se aparta de mi mente; ni la tremenda revelación, ni su voz profunda y quebrada. Conduzco despacio. Estoy tan enfrascado en mis pensamientos que temo saltarme algún semáforo y sufrir un accidente absurdo. A medida que repaso mentalmente sus palabras se me va encogiendo el corazón y las lágrimas se agolpan en mis ojos. Dejo que las lágrimas resbalen lentamente por mis mejillas. En uno de los semáforos, en el coche que está a mi izquierda, una niña me descubre llorando y toca el hombro de una mujer (imagino que es su madre) para que me mire. La señora me sonríe, con el deseo de disculpar a su hija. La niña me lanza un beso. Antes de llegar al siguiente semáforo ellas giran hacia la izquierda. Conduzco despacio. Ignoro qué impacto tendrá esta revelación cuando se publique en un próximo número de Literarte. Nadie querrá creerme. Aunque hace muchos años que está retirado del mundo de la poesía, Román Horneros sigue teniendo un gran prestigio. Afortunadamente tengo la cinta conmigo para demostrarlo, para que me crean, para que nadie cuestione mi trabajo y no consideren que todo lo que escriba es fruto de una invención o de un momento de delirio.

     El viaje de regreso a casa es lento, no pare de darle vueltas a lo que he vivido esta tarde. Cuando llego a casa ya he tomado una resolución, creo que la más adecuada, la más justa. Pese a que todavía no ha llegado el rigor del invierno enciendo la chimenea. Tardo unos minutos en conseguir una llama que prenda en los leños. Lentamente el fuego va ganando fuerza. El calor del fuego me reconforta, me abriga, me acompaña. Me acerco a la estantería y busco un libro de Horneros. Escojo el primero que encuentro, Calles sin nombre. Lo abro al azar y leo unos versos.

 

“A pedradas

hemos alzado decenios y fronteras. A pedradas

hemos trazado la fiebre, la labor suicida

de vivir con todos y contra todos,

en una empresa sin rumbo

que roza la niebla de la locura.

A pedradas hemos superado los escollos

que separan el entendimiento

entre dos hombres:

cómplices en esta aventura

que nos iguala en deudas y derechos.

A pedradas

hemos construido el muro que nos reúne

y nos separa.”

 

     Cierro el libro. Me resulta extraño que estos versos no los haya escrito la persona con la que he estado hablando esta tarde, que los haya apadrinado como suyos durante toda su vida y haya vivido tantos años con esa espina clavada. Saco la grabadora del maletín. Abro la tapa y extraigo la cinta. Ahí está toda la verdad. ¿Y a quién beneficia la verdad?, me pregunto. Creo que Román Horneros ya pagó con creces, y durante muchos años, el dolor de su silencio. Creo que, en cierto modo, se hizo acreedor de esos versos, de esas palabras que duelen como guijarros afilados. Descuelgo el teléfono y llamo al despacho de la revista.

     -¿Juan? Soy Ramiro.

     -¡Hola!, ¿qué tal te fue con Horneros? Dime, ¿hubo suerte? –la voz de Juan suena esperanzada al otro lado del hilo telefónico-.

     -No, no hubo suerte. No quiso concederme la entrevista. Lo siento.

     -No te preocupes. Era lo más lógico. Ya lo habíamos comentado. –Se percibe cierta decepción en su voz y, a la vez, un intento por restarle importancia-. No te apures. Al menos lo has intentado.

     -Gracias, Juan. Nos vemos mañana y hablamos.

     -Hasta mañana... ¡y levanta ese ánimo!

     Cuelgo el teléfono. Observo durante unos segundos la cinta entre mis dedos. Por el temblor de mi mano podría decirse que pesa una barbaridad. Es el peso de la conciencia, de la decisión tomada. La sostengo unos instantes más y después la arrojo, definitivamente, al fuego de la chimenea. Con una leve sonrisa en mis labios contemplo como se va deshaciendo, como lentamente se contrae, se empequeñece, se transforma en una lágrima negra de plástico y desaparece.

 


José Luis García Herrera nació Barcelona, España (1964). Poeta y crítico literario. Obtuvo el Premio Vila de Martorell en 1989 con el libro Lágrimas de rojo niebla, (Seuba ediciones, Barcelona 1990). En 1992 publicó Memoria del Olvido en la misma editorial. En 1994, con el apoyo de Carlos de Arce, dirige la selección y el estudio de la antología Los Nuevos Poetas (Seuba ediciones). En 1996 publica Código Privado (Puente de la Aurora, Málaga). En 1997 obtiene el Premio Elvira Castañón de Aller (Asturias) con el libro La Ciudad del Agua (Seuba Ediciones, Barcelona). En el año 1999 obtiene el premio Villa de Benasque con el poemario Los caballos de la mar no tienen alas (Devenir, Madrid 2000). El 2002 publica Spelugges (Alhulia, Granada). Accésit del premio Víctor Jara de Salamanca en el año 2003 con la obra El guardián de los espejos (Amarú, Salamanca 2004). En el 2004 obtiene el premio María del Villar de Tafalla con el libro Las huellas del viento (Fundación María de Villar Berruezo, Navarra 2005). En el 2005 le es concedido el premio Blas de Otero con el libro Mar de Praga (AEAE, Madrid). En el 2006 el premio “Ciutat de Benicarló” con Las huellas en el laberinto (en prensa). Con su poemario La huella escrita (editorial Ánfora Nova, Córdoba 2007) obtuvo el premio “Mariano Roldán” 2006. Dirigió la revista El Juglar y la luna, fue miembro directivo de la Academia Iberoamericana de Poesía en Barcelona y miembro fundador de los premios literarios “Ciutat de Sant Andreu. Incluido en las antologías: Geografías habitadas (25 paisajes – 25 poetas), Viento – Sombra de voces, Árbol de bendición, Tejedores de palabras. Sus poemas han sido publicados en las revistas: Ánfora Nova (Rute), Hora de Poesía (Barcelona), Baquiana (Miami, Estados Unidos), Empireuma (Orihuela), La Factoría Valenciana (Valencia), La Hoja Literaria (Motril), Tierra de nadie (Jerez), Poesía, por ejemplo (Madrid), Río Arga (Pamplona), Cuadernos de Poesía Nueva (Madrid), Manxa (Ciudad Real), Luces y Sombras (Tafalla), Norte (México), Cármenes (Barcelona), il Convivio (Italia), Lofornis (Barcelona), Archione (Madrid), Imago (Cuba), Alborada (Bilbao), etc.