Miami
Estados Unidos
Año VII

 Nº 41/42

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Profesora Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad  de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad del Turabo

Puerto Rico

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo


 

Boletín Informativo

Reciba por correo electrónico una síntesis de las principales noticias literarias


 


 

TRAVESÍA

por

Aurora Arias

 

     Atravesamos el frágil puentecito hecho de tablas. Debajo, el agua, oscilante, me hace sentir insegura desde antes de penetrar al Midnight. A mí este tipo de experiencias me aterran, pero ni siquiera mi comadre Cundita se imagina por qué. Me agarro del brazo de ella, culpable de que esa mañana de junio me encontrara allí. A qué voy yo para allá si siempre evité montarme en barcos, le dije cuando me propuso que la acompañara, pero ella insistió en que un paseo por el mar me ayudaría a mejorar mi estado de ánimo, y quién sabe, a lo mejor te encuentras con el hombre de tus sueños, dijo, riéndose. Hombre de mis sueños. Hablarme a mí a estas alturas del hombre de mis sueños.     

    

     A jugar, a eso viene Cundita a este barco, a la tanda del día o de la noche, haga buen tiempo o esté nevando. Yo vine no sólo por complacerla, sino porque estoy consciente de que ya es hora de superar este hondo temor. Pero la fila tarda en avanzar y comienzo a sentirme inquieta al contemplar el armazón de hierro pintado de blanco, donde dentro de poco me voy a montar. Delante de mí, una anciana vestida con un overol de florcitas se pinta los labios, temblorosa, mirándose coqueta por el espejito que lleva en la mano. Verla me pone a pensar si así seré yo dentro de apenas veinte años cuando me haga completamente vieja, y a lo mejor me dedique a visitar casinos flotantes en alta mar junto al que será mi viejísimo esposo, este anciano de breteles y sombrero de pajilla que la acompaña, y que, como si me leyera el pensamiento, se da la vuelta a mirarme con cara de enemistad. Dios, la vejez si es una cosa grande. Al verlos, me siento menos dispuesta al paseo.

  

     Take it easy, Rosa, que sólo son tres horas de travesía y montarse en barco no es nada, siempre hay una primera vez—me dice Cundita para tranquilizarme.

     

     Pero si ella supiera.

 

     Como no pienso introducir un solo dólar en las máquinas, ni pienso malgastar todas esas horas sentada junto a mi comadre en la mesa de juego, para entretenerme, traigo conmigo mi cámara filmadora y el libro que en estos días intento leer por las tardes, y a veces por las mañanas, y también por las noches, porque estoy soltera y desempleada: "Simple ways to minimize stress for competitive world" (for women). No quiero recordar lo de la pérdida de mi empleo, pero es inútil; desde que sucedió lo que sucedió, todos los días siento la misma amargura.

 

     Perdí mi empleo en la tienda de animales donde trabajé durante mucho tiempo, por culpa de una mujer que me acusó ante mi jefe de ser la amante de su marido. La acusación no era falsa, pues durante dieciocho años fui la amante del esposo de esa señora, el buzo irlandés que vendía serpientes marinas a la tienda, pero siempre fui buena empleada y hacía muy bien mi trabajo. El dueño, que aparte de mi jefe es el pastor de la iglesia a la que pertenecía junto a la esposa del buzo y el propio buzo, considerando que lo que yo había hecho era una vergüenza ante los ojos de los hombres y de Dios, me condenó echándome de la iglesia y del empleo. A raíz de mi expulsión, el buzo siguió con su mujer, y me dio la espalda. ¿Quién me manda a meterme con marido ajeno? Dieciocho años dándole lo mejor de mí y ni un hijo me regaló. En todo esto, la única castigada, la única culpable, la única que salió perdiendo, fui yo.

 

     El daño ha sido irreparable. No sólo era buena empleada, sino también muy colaboradora con los asuntos de la iglesia, en la que hasta cantaba. Me dolió tanto todo aquello, me dolió mucho y me sigue doliendo. Veinticinco años fajada trabajando en un país enorme que no es el mío, que nunca lo será aunque tenga muy bien hechos mis papeles, pues me hice ciudadana, soy norteamericana, pero en realidad, no lo soy. Soy y seré siempre, Rosa Campusano, una dominicana residente en Nueva York.

 

     Al momento de entrar, la empleada que está en la puerta me detiene para entregarme un par de bolsas de papel y un sobrecito.

  

     —¿Para qué me dan esto, Cundita?— le pregunto a mi comadre.

  

     —Don't worry— responde ella, con soltura y naturalidad, mientras mastica un chiclet, como queriendo demostrarme lo acostumbrada que está a subirse a esta cosa. Y yo que por todo siento náusea.

  

     —Si nos dan estas bolsas y este sobrecito con estas dos pastillas, es porque saben que el vómito viene seguro— digo mirando a mi comadre, con unas ganas terribles de querer devolverme, pero ya es tarde, porque detrás de mí acaban de cerrar la puerta. Me siento atrapada, sin salida.

  

     —Take it easy, Rosa—  es lo único que mi comadre dice.

 

     Resignada, miro el interior del Midnight, mucho más feo por dentro de lo que me imaginaba. Es la primera planta. Uno siente que se ahoga. Hace falta ventilación. Y un poco más de luz. La alfombra es negra y roja, con unos horribles arabescos que han perdido su lucidez debido, supongo yo, al tiempo. Tres horas encerrada en este armazón de hierro y pronto sentiré que me muero. Pero dice Cundita que hay dos plantas más. Subimos hacia la segunda. Mi comadre camina confiada, y yo cogida de su brazo todavía.

 

     En el salón de juegos, un fuerte olor a humo de cigarrillo nos impide respirar. Alrededor, una gran excitación. Los jugadores se preparan, compran sus fichas. Apenas se miran entre sí, pero todo el mundo parece muy contento. Los empleados arreglan las mesas o se colocan el uniforme. Gente sube, gente baja. Una alegre melodía llega de algún lugar. La anciana del overol de florcitas se detiene frente a una máquina tragamonedas con la mirada perdida. Triple Diamond. Pure Pleasure. $1,292.38 de un tirón. Las máquinas están colocadas junto a las claraboyas por donde se ve el mar.

  

     Las encargadas de vender las fichas son latinas. Dominicanas casi todas. Por una puerta aparece un empleado con un delantal en la cintura, y tras él, un olor a comida que viene desde la cocina. El empleado y Cundita se saludan de besos y abrazos. "Este es Juan, el chef, la persona en este barco a quien todo el mundo llama cuando vomita: Juaaan… Juaaan",  bromea mi comadre, apretándose el vientre, y haciendo gestos de quien va a vomitar. Hi, digo, saludando al chef, mientras ellos ríen a carcajadas del chiste, y apenas puedo corresponderles en la risa porque nadie lo sabe, pero cada minuto que pasa me siento más atrapada en mi viejo temor.

 

     El casino en la segunda planta está lleno de gente. Nunca había visto tantos ancianos juntos. ¿Aquí es donde Cundita pretende que yo encuentre al hombre de mis sueños? Ancianos con tanques de oxígeno, collares ortopédicos en el cuello, andadores, prótesis, sillas de rueda, muletas y bastones, hacen un esfuerzo digno de admiración por mantenerse de pie. Todo por amor al juego.

 

***

 

     Zarpa el Midnight. Rosa que se ve forzada a zafarse del brazo de su comadre, quien ha perdido el interés por cualquier otra cosa que no sean los rituales iniciales del juego, un cigarrillo encendido, una típica ansiedad ante la ruleta que gira. Y Rosa la nerviosa, la peligrosa, la más graciosa, la riesgosa le dice que se ven luego, y se va pisando firme escaleras arriba agarrada de sí misma. El pelo teñido de rubio amarrado en una simple cola, los tenis Nike, los jeans apretados, el libro, el desayuno, y la cámara filmadora metidos en el bolso, rumbo a la cubierta.

 

     Allí, sillas blancas y azules y algunas mesas con restos de desayunos recién engullidos. Casi nadie se mantiene sentado. La mayoría permanece de pie mirando al mar. Rosa también de pie mirando el mar, comiendo una hamburguesa con papas fritas y Coca Cola, en la cubierta de un barco en un país del norte. Quién lo diría. Rosa pensativa. Este mar no se parece al mío. Estamos en verano, y aún así, parece congelado. Él de allá, el de nosotros siempre está tibio. Y rabioso. El mar de Miches, por ejemplo. Qué distinto. Y el paisaje. Aquí, ahora, el ancho camino de espuma que el barco traza, despacio, y encima las gaviotas, muchas, revoloteando encima de los peces. En la punta del barco, la bandera norteamericana ondea lentamente. Más allá el club náutico. Las casas de teja y chimenea. Rosa filmando lo que tiene por delante: un montón de veleros a punto de salir a navegar. Varios islotes de arena. Una pequeña embarcación donde van un anciano y una niña que debe ser su nieta. Se ven serios y felices, como si a partir de la moderna caña de pescar que el anciano tira al agua bajo la mirada atenta de la niña, les esperara un gran día. Allá, una casita de madera. Tan distinta a la casita de donde Rosa salió para no volver.

 

     El Midnight aumenta la velocidad. En poco tiempo, llega al puente levadizo que se abre para darle paso. De ambos lados, filas de autos esperan que se produzca la entrada en alta mar del barco casino. Un movimiento brusco, y los platillos y vasos sobre las mesas comienzan a tambalear. Rosa deja de filmar. Respira profundo, agarrándose con fuerza de la baranda. A su lado, un señor septuagenario parado aún en sus dos piernas sin el auxilio de ningún bastón, presencia, con pinta de digno almirante, el paisaje marino que se le regala al frente. Se trata de un señor delgado, en buena forma. Rosa que lo mira de reojo y vuelve a pensar en la vejez.

 

     Rosa nerviosa: ¿Me tomo las Dramanines que me dieron al entrar? Ya es tarde. Rosa sintiendo que el estómago se le está por salir del alma. Rosa doblada, suspirando, dejándose caer en la silla, donde intenta de nuevo respirar profundo y superar, a puro pulmón, la náusea. La gente a su alrededor habla, gesticula, ríe. Una vieja canción de Harry Belafonte se escucha: "Day-O". El septuagenario con cara de almirante, permanece impertérrito con la cabeza en alto, recibiendo extasiado el abatimiento de la brisa sobre su negro rostro. Ay viejo, ayúdeme, Rosa de loca pensando. Take it easy, Rosa, no problem, le parece escuchar a Cundita.

 

     El septuagenario decide tomar una silla y sentarse a leer. Para él, no hay nada de qué preocuparse. El Midnight se encuentra en alta mar, en el punto exacto donde puede percibirse la sensación de suelo firme sobre las aguas, la poderosa calma. No hay, por tanto, qué temer. A ambos lados, tampoco nada que mirar, sólo agua. El viejo cruza las piernas. Saca del bolsillo de su chaqueta un bestseller titulado: Don't sweat the small stuff (for men). Rosa, que de repente, vomita aferrada a la bolsa de papel, artículo imprescindible, tabla de salvación donde desahogar lo que la mata por dentro. Ahí va la hamburguesa. Las papas fritas. La Coca Cola. Ahí van también, ¿por qué no?, las injusticias. El engaño. La ignorancia. La impotencia. El agua con azúcar que bebía por las noches recién llegada a ese país cuando aún era una ilegal sin empleo. El medicare, el green card, y el income tax. El buzo. Los dieciocho años junto a él cocinándole arroz con habichuelas, porque le gustaba mucho su sazón criollo, y su mujer, irlandesa igual que él, jamás en la vida le iba a cocinar un arroz con habichuelas así. Ahora el pastor. La iglesia. La esposa del buzo. Un poco más de papas fritas, y Rosa vomita de un solo zarpazo, de una sola marejada, fuera de la bolsa y en las profundidades del mar, toda su culpa.

 

***

 

     —Ah, qué alivio. En realidad, estaba harta de mi jefe, del buzo, de su mujer, de la iglesia y de ese empleo—le digo al señor que está sentado a mi lado, pasándome un fino pañuelo.

 

     Él me mira en silencio, pero atento. Porque me dieron tantas ganas que no me pude contener, quise contarle a aquel señor lo que ni siquiera mi comadre Cundita sabe, a pesar de lo buena que siempre ha sido conmigo desde que llegué a este país.

 

     —Yo no debería contarle a usted estas cosas, pero total, usted es un desconocido, y podría ser mi papá. Ya tengo casi cincuenta años, me faltan tres para cumplirlos, y llevo la vida entera luchando…

 

     Llega a cubierta un grupo de mujeres, al parecer, con intenciones de realizar una reunión. Llevan pañoletas negras y blancas cubriéndoles la cabeza. Hay una que dirige. Las demás hacen lo que ella les indica. Son muchas. Se desparraman por la cubierta, apuradas en colocar las sillas en forma circular, muy cerca de nosotros. Hablan en un idioma árabe, o algo así.

 

     El amable señor, que ha dejado a un lado su libro, sigue siendo todo oídos para mí. Le cuento, mientras me arreglo el pelo que me descompone la brisa y dejo de observar a las mujeres para mirar con ojos entornados hacia el mar:

 

     —Hace veinticinco años Rosa Campusano era una muchacha de campo, que vivía con su papá, su mamá y sus hermanas. Mi papá era agricultor, y tenía una tierra no muy grande pero sí muy fértil, de donde comieron sus padres, sus abuelos y sus bisabuelos, y todo el mundo en mi familia comió de ahí. Nosotros éramos siete hermanas. Ni un solo varón, imagínese. Las demás, salvo yo, se casaron temprano con hombres de otros pueblos, parieron hijos, y se fueron a vivir con ellos. Pero yo tenía otros planes, y cuando murió mi papá, me fui a la capital a trabajar y a intentar estudiar. Quería ser una gran comunicadora social. A mí me gustaba mucho tratar con la gente, comunicarme, y además, tenía presencia, era graciosa. Un día, recién llegada a la capital, esperaba una guagua en cualquier calle, y me encontré con un tal Chamán, un hombre que andaba en un carro de buena marca ofreciéndoles bolas a las muchachas como yo, que en ese entonces era tan tonta…

 

     Se inicia la reunión de las mujeres. Una charlista empieza a hablar en voz alta en otro idioma, sabrá Dios sobre qué. Sólo sé que a cada rato menciona a Bush. Las otras mujeres la escuchan con cara de aburrimiento. Pero la que dirige la charla insiste, alza aún más la voz, se nota que quiere conmoverlas, motivarlas, convencerlas de algo que para ella, para su organización, para su cultura, debe ser muy importante.

 

     El viejo me pide que continúe.

 

     Continúo:

 

     —Pues nada, el tal Chamán me ofreció llevarme a donde yo iba, y en el camino me ofreció también una cerveza, y yo, que era una pobre muchacha campesina que no conocía mucho de la vida, le dije que sí. La verdad es que me dejé impresionar. Tenía sueños, grandes sueños de superación. Quería ir más allá. Por nada del mundo deseaba volver a mi pueblo. Demasiada precariedad. Allí no hay vida. Así que me hice novia de aquel Chamán que me lo ofrecía todo. Él manejaba mucho dinero, me llenó los ojos, y me hizo suya. Luego, visitó mi casa paterna, mi mamá lo trató como a un príncipe, le hicimos muchos sancochos, y él, en uno de esos viajes para mi campo, me propuso un viaje. En mi país se hacen viajes por el mar, en unas embarcaciones llamadas yolas. Esos viajes son muy peligrosos y no son legales, para nada, pero igual la gente, con tal de irse del país, los realiza. En esas yolas se cruza hasta la isla de al lado, Puerto Rico, y de ahí uno sigue para Nueva York.

 

     Y eso pasó, que el Chamán nos convenció a mi madre y a mí de que vendiéramos la casa y la tierra y le diéramos el dinero de la venta para él arreglarme uno de esos viajes. He vivido todos estos años con la culpa de saber que fui la que acabó de convencer a mi mamá y a mis hermanas de la venta de la tierra, diciéndole que si me iba era para progresar y que si progresaba yo, progresaría toda la familia. Al final, mis hermanas estuvieron de acuerdo. Pero usted no se imagina lo que sucedió…

 

     ¡Sssshhh!hace rato que escucho decir a las mujeres de la reunión—. ¡Ssssshhh!—cada vez más, y sé bien que ese insistente ssshhhh está dirigido a mí, pero no me doy por aludida y sigo contándole al señor la tristeza que durante todos estos años he sentido al pensar que mi familia perdió lo poco que teníamos por mí.

 

     —¡Sssshhh!

 

     —¡Pero es que ese hombre nos engañó de una manera! Me llevó hasta Miches, después de haberle pagado una gran cantidad de dinero. Miches es un pueblo al este de la isla, de donde salen muchos viajes ilegales hacia Puerto Rico.

 

     ¡Sssshhh!

 

     —Si usted me hubiese visto, jovencita yo, muerta de miedo. Salimos a medianoche, un grupo de hombres y mujeres, en una yola. Le dije adiós al Chamán llorando, y él me prometió que dentro de pocos meses nos reuniríamos y entonces nos íbamos a casar; y luego hasta podría mandar a buscar a mi mamá y a mis hermanas, sus hijos y sus maridos para vivir todos juntos en Nueva York. Yo le creí, y me fui en esa embarcación dando gritos, pero esperanzada.

 

     —¡Sssshhh!

 

     Las mujeres continúan llevando sus dedos índices hasta la boca, como si se tratara de un coro, queriendo aparentar, con su persistente sssshhhh dirigido a mí, que soy menos educada que ellas.

  

     Las ignoro. No me importa para nada su ssshhhh.

 

     Sigo contándole a mi nuevo amigo de aquel viaje en yola.

 

     —Los que manejaban la embarcación nos dieron la vuelta desde Miches hasta un monte solitario cerca de la costa, y ahí nos dijeron: «ya, váyanse corriendo por ahí, que ustedes llegaron a Puerto Rico», y se fueron de prisa. Era de noche y estábamos demasiados mareados y asustados como para darnos cuenta de que nos encontrábamos en Santo Domingo, muy cerca de Boca Chica. Aunque vomité varias veces, y en algún momento llegué a pensar que la yola se iría a pique, y hasta me encomendé a Dios segura de que por andar buscando un futuro mejor iba a morir, de todos modos, el viaje me pareció mucho más corto y agradable de lo que me habían dicho, porque no es lo mismo cruzar el Canal de la Mona, que separa las dos islas, que bordear a cierta distancia la costa de mi país.

  

     —¡Ssssshhh!

  

     —Aquel viaje fue un fraude. Mi peor náusea, mi mayor deseo de vomitar llegó al darme cuenta de cómo el Chamán, a quien no he vuelto a ver jamás, me había engañado a mí y a toda mi familia ¡Sentí una rabia! Aquello fue un desafío tan fuerte, que me dije: «A ese país voy yo, Rosa Campusano, aunque sea cruzando el Niágara en bicicleta». Y Dios es tan grande, que míreme aquí donde estoy.

 

     ¡Sssshh, ssshhh! —vuelve el coro de cabezas envueltas en pañoletas a querer que me calle, hasta que ¡Shut up!, grita la charlista, y me mira. En vez de mandar a callar el ssshhh de su grupo de mujeres, me manda a callar a mí. Yo sé que sufro de hablar demasiado alto, y más ahora que tengo que competir con la brisa, pero ningún ssshhh ni shut up del mundo me va a callar en este momento en que he decidido desahogarme, vaciarme. Así que la mando a callar a todas ellas yo también.

 

     ¿Shut up?, ¡Yes!, ¡Shut up, shut up, shut up!— les grito.

    

     Las mujeres me observan de arriba abajo sin poderlo creer. La charlista, furiosa, cruza la cubierta en busca de una empleada. El viejo se queda tranquilo. Yo le explico, un poco agitada, pero ya sin gritar, que estoy cansada de tantos shut up.  Él es negro, y tiene que saber que a los hispanos muchas veces nos tratan así, a puro shut up. Siempre shut up. Así que, para mí, de ahora en adelante, nada de shut up.

 

     La charlista vuelve, seguida de una empleada latina, encargada del alquiler de la cubierta. Ambas dialogan en un inglés con diferentes acentos cada una, mucho peor que el mío. Yo sólo les digo que ningún shut up, y en esas me mantengo. Nadie me calla. Mi nuevo amigo asiente, me da la razón. Nada de shut up. Y a las mujeres de los pañuelos en la cabeza no les queda más remedio que irse con su reunión a otra parte, disgustadas.

  

***

 

     Una hora después, nuevamente el ancho camino de espumas que el Midnight iba dejando a su paso, esta vez sin gaviotas. La bandera norteamericana ondeaba, victoriosa. Los empleados, en este punto, comenzaron a recoger la basura y los numerosos pozos de vómito que la gente había dejado sobre la cubierta. Dentro del barco, la excitación inicial se convirtió poco a poco en un mar de malestares. Algunas personas dormían con la boca abierta y el estómago anestesiado, tiradas en el piso, doblados en incómodas posiciones. Gente desmayada, tumbada, o simplemente mareada en los pasillos, las escaleras, los baños, las mesas, las máquinas y mostradores. Parecía un suicidio colectivo. Los ancianos parapléjicos, los que iban tiesos con sus collares ortopédicos en el cuello, los que se movían en sillas de rueda o andadores, los que no eran ancianos ni estaban lisiados, lucían borrachos, dando tumbos de un lado a otro, tropezándose entre sí, excuse me, excuse me, pretendiendo pisar firme, sin lograrlo.

  

     A la una en punto regresó el Midnight al embarcadero. Rosa, feliz, atravesó el puente de tablas tomada del brazo del septuagenario. Life, Rosa, is a game about walking with a firm step and your head up high, asking for forgiveness and forgiving after every fall; that's the only way to win the big match, comentó él, con la misma elegante solemnidad con que horas antes contemplaba el mar. Rosa estuvo de acuerdo. A la salida, se encontraron con Cundita, de muy malhumor. Había perdido todo su dinero.

  

     Take it easy, comadre—le dijo Rosa.

 

     Y para animarla, le presentó a su nuevo amigo, el señor que había escuchado con paciencia su historia, y la apoyó cuando ella se defendió, con tanto ahínco, del silencio.

 

Aurora Arias Nació en Santo Domingo, República Dominicana (1962). Poeta y narradora. Estudió arte y psicología. Ejerce también el periodismo, siendo co-editora de Quehaceres,  órgano del Centro de Investigación para la Acción Femenina (CIPAF). Ha publicado los poemarios: Vivienda de Pájaros (1986) y Piano Lila (1994). En 1994 obtuvo el premio en el concurso de Cuentos de Casa de Teatro en Santo Domingo con su libro de relatos Invi’s Paradise. La Editorial de la Universidad de Puerto Rico publicó su colección de relatos Fin del mundo (2000). Su poesía ha sido incluida en la antología de reciente poesía dominicana Juego de Imágenes, compilada por Frank Martínez y publicada por la Editorial Isla Negra en 2001.