Miami
Estados Unidos
Año VII

 Nº 41/42

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Profesora Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad

de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad del Turabo

Puerto Rico

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo


 

Boletín Informativo

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UNA CARTA, UNA RESPUESTA

por

Patricia E. Blumenreich

 

     No se debe leer la correspondencia ajena. Es una de las tantas cosas que alguien me enseñó y yo acepté sin cuestionar, algo que simplemente no se hace. Si nunca intenté desafiar tal mandato por respeto al prójimo o por temor a no saber qué hacer con la información contenida en la misiva, nunca me lo pregunté. Así entonces, cada vez que encontraba en mi casilla de correo un sobre que tenía un nombre diferente al mío, buscaba la del destinatario y  lo colocaba sin titubear, deshaciéndome de lo que no me pertenecía de inmediato.

     No fue así sin embargo el día en el que inadvertidamente abrí un sobre dirigido a Clara D. y no a mí, Lucinda P. Tal día salí de mi apartamento en busca del correo a las diez de la mañana, como era mi costumbre, y caminé a lo largo del corredor oscuro hacia los doce casilleros que ocupan la pared izquierda del hall de entrada. Inserté la llave que sospecho puede abrir cualquiera de ellos en el que estaba marcado 2D en tinta borroneada sobre un papel que se estaba despegando del metal verde oscuro, y saqué el fajo de sobres. Los miré distraídamente, cuentas que no podría pagar dado que no tenía trabajo hacía varios meses, ofrecimientos de tarjetas de crédito que no necesitaba, propaganda para viajes que no podría hacer, y un sobre blanco que parecía no anunciar ni exigir nada. Lo abrí mientras subía tres escalones y abría la puerta de vidrio que separaba el hall de entrada del corredor angosto en el que desembocaban los cuatro apartamentos de la planta baja. No miré a quién estaba dirigido, asumí que era para mí. Por qué asumí tal cosa cuando sabía que en muchas ocasiones el cartero había depositado en mi casillero correspondencia dirigida a Clara o qué me llevó a creer que alguien me escribía una carta, no sé. Sé sin embargo que mis acciones precedieron a mi capacidad de discernir.  

     Saqué la hoja cuidadosamente doblada del sobre y comencé a leer mientras caminaba por el pasillo en el que sólo se oía el murmullo ininteligible de un televisor prendido y el abrir y cerrar de una canilla. Con el papel apretado entre mis manos leí:

 

Querida Clara,

 

     Quizás esta carta te sorprenda, no soy muy dado a la escritura, pero como lo habrás notado, tampoco muy hábil en el arte de la conversación. A pesar de eso y dado que nuestro último encuentro terminó en un malentendido que lamento, quería ofrecerte y ofrecerme (soy algo egoísta después de todo), la posibilidad de aclarar lo que temo de no hacerlo nos perjudicará a ambos. Intentemos retomar la conversación muy pronto. Espero ansiosamente tu respuesta.

 

A. J.

 

     Releí la carta mientras metía la llave en la cerradura y empujaba la puerta de madera oscura y pesada cuyo crujir me erizaba. Me dije que debería pedirle al encargado que le aceitara las bisagras, a lo que él me respondería que tal no era su trabajo y me ignoraría como tantas otras veces. Entré y apoyé mi espalda sobre la superficie fría, avergonzada por haber leído una carta que no había sido dirigida a mí, pero intrigada por saber más acerca de la vida de Clara. Nunca había intercambiado más que unas pocas palabras con Clara, quien, había decidido desde la primera vez que la vi al cruzarnos en la escalera, no me gustaba. Clara era demasiado linda, demasiado segura de sí misma, demasiado perfecta, y estaba convencida, me miraba con desprecio. Clara seguramente despreciaba mi aspecto pueril, mi cara de patito triste, despeinado, con ojos redondos que bailoteaban en una expresión de constante incertidumbre. Podía imaginar a Clara caminando por la avenida atiborrada de peatones que le abrían el paso cuando ella se aproximaba y se daban vuelta para admirar su melena oscura y espesa, sus curvas de dimensiones perfectas. No, decididamente Clara no me gustaba. Pero, ¿por qué entonces  cuando ella me saludaba durante uno de esos encuentros casuales en la penumbra del edificio que compartíamos mi corazón daba un sobresalto y yo sonreía, orgullosa de que ella me había notado? Durante ese breve instante mi insignificancia se evaporaba y una luminosidad que sólo yo percibía irradiaba de mí. Durante ese infinitésimo momento en el tiempo yo existía.

     Dentro de mi apartamento, a salvo del mundo en el que no podía encontrar mi lugar, víctima de la curiosidad, el aburrimiento y la soledad, comencé a imaginar diferentes situaciones y circunstancias que pudieran explicar tal carta, quién la podía haber escrito y por qué. Sentada sobre el sillón de segunda mano que decoraba el ambiente de una pieza y mientras miraba a través de la ventana sucia las paredes de los edificios vecinos, decidí que Clara tenía un amante. Ese hombre la había ofendido, había confiado demasiado en su poder sobre ella y ahora temía perderla, ¿y cómo podría él vivir sin ella? Ella volvería a él, pero no antes de que él implorara por su perdón. Me sentí orgullosa por Clara. Pero, me pregunté mientras caminaba en círculos sobre la madera gastada y polvorienta, ¿y si ese hombre fuera el padre que la había abandonado en su niñez, vuelto a ella, y ahora que ella finalmente lo había perdonado, él había cometido un error que amenazaba el futuro de un delicado amor filial? Pero tal teoría, aunque plausible, no me atraía tanto como la del amante, un hombre que estaba locamente enamorado de ella. Convencida de que había resuelto el misterio del origen y la razón de tal carta debía decidir qué hacer con ella. Se la podía entregar a Clara al atardecer, cuando ella, cansada luego de un día de trabajo se cambiaría de ropa y me abriría la puerta vestida en un robe de seda blanca como los que usaban las femmes fatales de las películas de los 1940s que yo miraba de madrugada, y el humo de su cigarrillo cubriría mi rostro que contorsionado en una mueca apologética le tendría que explicar que leí la carta que le escribió su amante, aunque no lo hice a propósito porque yo nunca leía correspondencia ajena, y que me olvidaría de todo lo que leí enseguida y que ella debería pretender que la carta nunca fue abierta. Clara me miraría con furia y desprecio, arrancaría la carta de mis manos, cerraría la puerta con fuerza, y yo, sola en el pasillo, inhalando su perfume dulce enhebrado con tabaco, me sentiría encoger hasta desaparecer. Clara no me saludaría más y yo sería para siempre un ser opaco. Pero, si a mí ella no me gustaba de todas maneras, pensé mientras una cucaracha se escurría bajo la heladera. ¿Qué diferencia hacía? Pero debía hacer algo con la carta que yacía inerte sobre la mesa-escritorio junto a mi computadora. La podía meter de nuevo en el sobre, cerrarlo con cinta adhesiva y ponerlo en su casillero. Clara jamás se enteraría quién abrió el sobre y menos aún si fue leído o no. Pero Clara nunca sabría que gracias a mí la carta volvió a ella, y ella debía reconocer mi buena voluntad, agradecerme tal favor. O podía meterla en una de esas bolsas grandes de plástico negro que llenaban los tachos de basura alrededor de los edificios y de los que salía un aroma pútrido que me daba náuseas. Pero, ¿y si alguien decidía abrir esa bolsa, algún homeless buscando comida? El homeless encontraría el sobre, lo tiraría sobre la vereda, el viento lo llevaría en dirección a alguien que lo levantaría, leería a quién estaba dirigido y se lo entregaría a Clara. De ser así yo nunca entraría en su vida. Existía otra posibilidad sin embargo. Sentí que mi boca se torcía en una sonrisa de satisfacción. ¿Por qué no contestar la carta? Escribir una carta al amante de Clara pretendiendo ser ella iba a exigir más de mi creatividad que redactar otra vez mi resumé para enviar a empleos que de todas maneras me iban a rechazar con la excusa de siempre: demasiada experiencia, sin experiencia suficiente. De contestar la carta le haría un favor a ambos. Al leer la carta recostado sobre el sofá de cuero marrón,  sorbiendo whisky y esperando la llamada de Clara, él correría hacia ella, o mejor aún, tomaría un taxi que el portero de su edificio de lujo llamaría y aparecería de inmediato en su puerta, atravesaría las calles en instantes a pesar del tráfico espeso y ella recibiría al amor de su vida sin enterarse jamás de que él volvió a ella gracias a mí. Clara me debería un favor, ella sería feliz gracias a mí. Yo nunca se lo recordaría, pero yo lo sabría y eso sería suficiente. Hasta la podría invitar a tomar un café sin sentirme inferior a ella. Me senté frente al ordenador y escribí:

 

A. J., mi amor,

 

     Recibí tu carta, la que leí y releí y no me canso de poner contra mi piel para sentirte cerca de mí. Cada palabra me hizo comprender cuánto significas en mi vida y cuánto yo en la tuya. No sólo te perdono sino que añoro tu presencia y sueño con verte otra vez. Tuya para siempre.

 

     Satisfecha por haber escrito varias de las mejores frases que había escrito jamás y orgullosa por mi habilidad de expresar amor y pasión, sobre todo hacia alguien que no conocía, imprimí la carta en el mejor papel que tenía, uno rosa claro que nunca había usado y que había comprado en liquidación después de la Navidad en la droguería de la otra cuadra, y lo metí en el sobre del mismo color. Le coloqué un sello con la imagen de un corazón, corrí a lo largo del corredor, bajé de dos en dos los escalones y casi sin aire llegué hasta el buzón ubicado en la esquina. Sonriendo, introduje levemente mi mano y dejé deslizar el sobre que en un instante desapareció. Había hecho algo que nunca olvidaría, un suceso nacido de un error. Caminé lentamente hasta la puerta, gozando de la brisa. Abrí la puerta de entrada al edificio y al ver la hilera de casilleros, cada uno con el número de apartamento correspondiente, mi corazón dio un sobresalto. En ese preciso instante me invadió una duda. ¿Cómo firmé la carta? ¿Firmé Clara o Lucinda? No me acordaba, no podía recordar qué nombre usé. ¿Y qué dirección puse en el remitente? ¿Escribí 2D o 2A? Tenía que recuperar la carta, no tenía otra opción. Corrí hasta el buzón y me paré frente a esa masa de metal azul con una enorme boca que parecía reírse de mí. Traté de introducir la mano en la hendidura pero no podía llegar más allá de mi muñeca. Mi mano estaba por quedar trancada y corría el riesgo de ser arrestada por violar propiedad del gobierno. Pero nada importaba, necesitaba recuperar la carta. Mientras luchaba para encoger mi brazo escuché una voz, una voz cálida, melodiosa.

 

-Lucinda, ¿estás bien? ¿qué pasó? ¿Tiraste algo en el buzón por equivocación?

 

     Clara, la mujer que yo acababa de pretender ser estaba a mi lado, observándome con lástima, porque era lástima lo que yo pude leer en su rostro. Mi mano ahora estaba trancada en la boca del buzón. La miré fingiendo una sonrisa que era en realidad una mueca de dolor y desconcierto. Ella movió su cabeza hacia un lado, la melena la siguió, y miró a su acompañante. En ese momento me di cuenta de que no estaba sola.

 

-A .J., esta es Lucinda, la vecina de la que te hablé que está buscando trabajo. Lucinda, este es A J., mi jefe.

 

     El hombre, un cincuentón con aspecto afable, extendió la mano que yo no pude estrechar y la volvió discretamente a su lado.

 

-Encantado, Lucinda. Clara me había hablado de usted. ¿Por qué no me manda una carta junto con su resumé y me dice en qué áreas tiene más experiencia, en qué está interesada y cuáles son sus planes para el futuro?

 

Patricia Blumenreich nació en Montevideo, Uruguay (1954). Se graduó de la Facultad de Medicina de la República Oriental del Uruguay en 1980 y emigró a los Estados Unidos en 1981. Se especializó en Psiquiatría en la Universidad de Louisville, Kentucky. Integró la cátedra de dicha universidad por varios años y recibió el Golden Apple Award (premio al mejor profesor del año) en 1992. Publicó artículos relacionados con su especialidad médica en Postgraduate Medicine, Journal of the Kentucky Medical Association, Clinical Advances in the Treatment of Psychiatric Disorders. Es el principal editor del libro “Clinical management of the violent patient. A clinician’s guide” (Brunner Mazel, 1993) y autor de cuatro de los capítulos de tal libro. Es principal autor de un capítulo sobre alucinaciones en el libro “Difficult Diagnosis II” (WB Saunders, 1992). Reside en Minnesota desde 1995. Ha publicado un libro de cuentos en español, Vidas, y divide su tiempo entre la práctica a tiempo parcial de la psiquiatría y a escribir ficción.