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(Relato)
Antes de
Salir se paró en su puerta. Unos hombres pasaban hablando del otro
lado. ¿Vas a salir? —te pregunté. Tienes miedo. Aunque es de día,
todo allá afuera es como si permaneciera en las tinieblas. Saliste.
Hizo girar el picaporte. Un viento frío le golpeó la cara. Oficios.
Qué nombre tan curioso para una calle de una ciudad como La Habana
donde nadie trabaja, o donde se trabaja lo menos que se pueda o
donde se aparenta trabajar, —dobló por Muralla. Unos perros mordían
la carne putrefacta de un perro muerto. El más grande del grupo
gruñó a uno de los pequeños que, furtivamente, le arrancó una pata
al cadáver y salió corriendo Mercaderes abajo, como si fuera a la
Plaza de la Catedral. Casilda apretó el paso camino de la panadería.
La noche anterior había llovido y el agua se había colado por todas
las tejas del techo de su casa. Primero escampaba en el parque que
dentro de su casa. El agua estancada la salpicaba cuando algún viejo
coche pasaba a su lado. Tosió. Escupió una sustancia compacta y
verde. ¿Quién es el último? —Le respondió un viejo negro con un gato
en brazos. Llegó después una anciana con restos de una mascarilla de
pepinos en la cara. ¿Usted es la última? —Sí, eso parece, dijo
Casilda. Voy detrás de usted, —dijo. La cola fue creciendo y de
pronto había una multitud protestando porque no se abría la
panadería a su hora. En medio de aquella algarabía arribó una mujer
con dos niños. Y sin preguntar por un turno en la fila se puso de
primera. La anciana de la mascarilla de pepino comenzó a protestar
mientras los demás murmuraban en voz baja. ¿Te has creído que porque
eres la presidenta del Comité de los comunistas tienes derecho a
colarte cada vez que te dé la gana? Tengo dos niños y para la
Revolución la infancia tiene prioridad ¿Infancia? Tus hijos son
pichones de delincuentes, si salen a su padre. La opinión de una
desafecta de toda la vida no la tengo en cuenta. Mira Fela (era Fela
la quemá) —esta vez era Casilda— todos los días haces lo mismo. Yo
tengo dos viejos en la casa a quienes tengo que atender y no me
cuelo. Eso es cosa suya, —dijo Fela, que trataba de mover el cuello
con desesperación pero un tejido de piel rugosa que le salía de la
barbilla y se insertaba en el hombro se lo impedía. Cuando era muy
joven por amor se echó encima una botella de alcohol y se prendió
fuego. Nadie supo cómo pero fue un milagro que sobreviviera estando
varios meses entre la vida y la muerte. —Pueden irse marchando a sus
casas que no hay pan hasta la una de la tarde. —Eran las siete
de la mañana. La gente comenzó a gritar y a protestar pero era por
gusto. Mejor, pensó Casilda, me doy un paseo. No quiero volver a la
casa a encerrarme de nuevo a oír todo el día Radio Martí. Se
encaminó a la calle San Ignacio. Atravesó Muralla. Se cruzó con
Poncito, el hijo del pintor Fidelio Ponce de León que nunca había
sido miembro del Comité de Defensa de la Revolución y era el enemigo
número uno de Fela la quemá desde que ella intentó sacarlo del
estudio que le dejó en la calle Empedrado la pintora Loló
Soldevilla, que se había casado con él por amistad con su padre y él
porque ella llevaba siempre un colgante de diamante en el cuello.
Vengo de la cola del pan, —le dijo Casilda. Y yo de alquilarle un
jovencito a un viejo degenerado a cambio de dólares, —le contestó
él. A esa hora de la mañana la Plaza Vieja estaba en Paz. La estatua
de Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, parecía
conversar con la de Fernando VII a la puerta del Museo de la Ciudad.
Sólo un grupo de perros seguía ladrando y ahora habían arrastrado
los restos del otro perro muerto hasta O’Reilly. —Carajo, La Habana
Vieja está llena de perros y viejos mugrientos. A ella nunca le
habían gustado ni los perros. No sabía por qué. Los gatos eran otra
cosa. Tenía cuarenta y cinco, con cuarenta y cinco envases de
compotas y cuarenta y cinco platos donde les ponía la comida que le
traía cada tres o cuatro días una amiga suya que trabajaba en un
comedor obrero a cambio de tabacos. Otro animal que le había gustado
era el pez, con su forma tan suave y esas escamas que parecen
lentejuelas de artistas de cabaret al mediodía.
Había tenido
peceras, pero poco a poco los peces se fueron muriendo. Un día
Pancho, que aún no estaba esclerótico pero que siempre había sido un
chulo y un cabrón, le echó, a los últimos que quedaban, cinco pomos
de violetas genciana, dos de mercurio y tres de yodo. Otra cosa eran
las palomas. A su hijo si le habían gustado pero a ella no. Ese
currucucú currucucú mañana, tarde y noche la volvía loca. Y después
ese olor a palomar y a mierda que inunda la casa y se mete hasta en
la ropa. Que va, primero muerta, —le dijo a Pancho cuando quiso
hacer negocios con las palomas para venderlas a los santeros. Ya
verás que nos hacemos ricos, —decía él. —Prefiero criar conejos, que
paren en un dos por tres todo el año. Pero palomas, palomas no. Eso
sí que no. Con el asco que le tengo yo a las plumas. Ya olvidaste
que yo no puedo ni verlas.
Se miró las
manos. Dios mío. Las uñas se le habían vuelto como uñas de oso. Y se
escondió las manos en los bolsillos del viejo vestido raído. Llegó a
Obispo. En la esquina había un borracho dormido y sin zapatos. Se
los habrán llevado, pensó. Desde cuando estará ahí. ¿Y si está
muerto? Caminó hasta el hombre, a quien le habían dejado una cartera
vacía a pocos metros. Es que a éste le han robado, sí señor. ¡Ay,
madre mía, lo que es la bebida! Zarandeó al hombre que seguía
durmiendo. Este abrió los ojos y le dijo como mascando las palabras
con los ojos entreabiertos: no jodas tanto, vieja de mierda. Y se
volteó, volviéndose a quedar dormido. Casilda siguió andando. Lo que
hay que ver en esta vida. Lo que iba a hacerle es un favor y mira
cómo me trata. Que acaben con él. Que le roben. Que lo maten. Que se
muera. Mejor que cada uno se las arregle como pueda. Me lo decía mi
padre, pero nunca le escuché. Como cuando me dijo que no me casara
con Pancho que me iba a arruinar mi vida. No le escuché. Así me va.
Cuando veas que alguien se hunde no le tiendas la mano que te
arrastra con él. Ponle un pié en la cabeza para que acabe pronto de
hundirse. Murmurando una canción: voy por la vereda tropical, la
noche llena de quietud, con su perfume de humedad... Era así. Qué
más da. Mejor me voy a la Farmacia “Taquechel”. Sabía que no había
medicinas pero no quería irse aún a la casa. Y hasta allí se fue.
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Alberto Lauro
nació
en Holguín, Cuba (1959). Poeta, escritor y periodista.
Licenciado en Letras por la Universidad de La Habana y la Autónoma
de Madrid. Dirigió el Taller Literario “Pablo de la Torriente” en
Holguín desde 1981 a 1986. Trabajó como guionista de radio y
televisión, en el Archivo Nacional de Cuba y en el Museo de La
Ciudad. Ha obtenido numerosos premios y menciones en concursos
literarios de Cuba, entre ellos el David, el Caimán Barbudo, el
Mirta Aguirre, Literatura 86, La Edad de Oro y el Premio de la
Ciudad de Holguín. Autor del poemario Con la misma furia de la
primavera (1987) y de los libros para niños Los tesoros del duende
(1987) y Acuarelas (1990), todos premiados en Cuba. Además del
poemario Cuaderno de Antinoo (1994) y de varias plaquettes y libros
de arte. Aparece en numerosas antologías en Cuba: Como jamás tan
vivo (1987), Andará Nicaragua (1987), Mi madre teje el humo de los
días (1990). Y fuera de Cuba en: Un grupo avanza silencioso (UNAM,
México, 1990), Poesía cubana: la isla entera (Betania, Madrid, 1995)
y Poemas cubanos del siglo XX (Hiperión, Madrid, 2002). En el año
2005 fue galardonado en España con el IV Premio Odisea de Literatura
por su novela En brazos de Caín. Colabora con crítica literaria,
ensayos de arte, reseñas y notas en distintas revistas literarias de
España, país donde reside desde 1993.
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