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El cine
es el lugar oscuro donde se encarna la imaginación de
los misóginos.
El cine
es la pantalla más clara donde el amor, el odio, un
disparo y un beso, y un viaje en tren por un túnel
expresamente vaginal, duran ocho milímetros para la
vista fija en la blancura de la sábana sucia y sus
altavoces sensoviscontinos.
El
cine es la puerta donde las manos de desconocidos
juegan a amontonarse sobre estrellas que sólo son
huellas que pisan pies calzados con pieles de
cocodrilos criados en cautividad de una zapatería en
un lugar llamado Sunset Boulevard.
El
cine son tus ojos cuando lloran si en la retina
retienen la cara inocente de Bette Davies.
El
cine es la vida de quien con su vista retorna en flash
– back a un exterior, día. ¡Acción!
El
cine es la mayoría de edad de un niño con cuatro años
recién cumplidos en mitad de “El Álamo”,
emborrachándose con David Crocker o sus muchachos de
película.
El
cine como la vida, una encerrona de callejones sin
salida en cartón piedra, sobre una superposición de
imágenes que siempre es la misma, de noche americana.
El
cine es una entrada para una vida de celuloide.
El
cine es una mujer que siempre paga la fianza.
El
cine es tu nombre matinal en un pase de media tarde,
sesión doble: el niño deja su vista en un fundido en
negro, el hombre que llegará a ser pierde sus manos
queriendo alcanzar el seno de Emmanuelle de Kristell,
oh!, mi Silvya, no acabé de creer tu transmutación en
Laura y te dieron la vuelta al mundo en ochenta
sementales sin rostro.
El
cine es una ruina en la Mesopotamia del siglo I
a.d.C.,
un avión que se estrella contra el monte K2 en el
siglo XXII d.C., es una amor imposible alrededor de
una torre Eiffel destruida por las bombas de aviones
ultramodernos con un tiempo indefinible, es una
expedición donde todo el mundo discute acerca de una
puta radio que nadie tiene, es la carrera de un
monstruo indefinido, hambriento, para alcanzar el
alimento, los dos únicos espectadores sentados cada
uno en una butaca roja e incómoda, en cada punta del
cine en el que, en su pantalla, bailan Travolta y
Truman, que firma la última declaración de
independencia de un país que ya no es suyo.
El
cine es un armisticio sin firma, una tregua de cañones
de mantequilla, donde nadie echa chispas sino
chevaliers, oh, oh, oh, Maurice.
El
cine son tres días de exhibición donde al cuarto
hombre, el malo de la película, se le resucita para
seguir en su papel en otro oeste de Almería y de la
armería o en el este de Berlín.
El
cine es el lugar revolucionario donde todos los muros
caen antes que en la realidad y sin necesidad de Papa.
El
cine es el Truffaut del amor.
El
cine es el mundo del poder para los desheredados de la
tierra.
El
cine es la sombra del mundo para quien detenta el
poder sobre la tierra.
El
cine es el lugar donde lo no creíble se hace increíble
y nos acontece de manera tan prodigiosa que se diría
cuento de hadas.
El
cine es el lugar más ético: todo el mundo sabe lo que
debe hacer porque ha leído el guión de su actuación
estelar con antelación y finge bien que lo que le
ocurre sucede en el momento, tan espontáneo.
El
cine es el lugar donde todo el mundo sabe cantar sin
un gallo que le picotee en la garganta, aunque no sabe
lo que canta.
El
cine es el lugar donde la navidad dura hasta su último
remake, que es probable que lo dirija Mel Broks.
Todos los remakes están en los libros que aun quedan
por redactar y que versan sobre el cine que queda por
filmar.
El
cine es un restaurante para fingir orgasmos ficticios
que conforma una terapia y nos permite superar el
complejo de Caín (¡que vivan las carretas de
segunda mano!!!!!!!) que nos invade desde la
desaparición de Cabrera Infante.
El
cine es un lugar privado donde el público aplaude
hasta el amanecer aunque le resulte mudo y en blanco
y negro.
El
cine es mi casa los días de santificar y los días de
ayunar y los días de carnalidad y los descarnados días
de la adolescencia, cuando nos cortábamos afeitándonos
para aparentar mayoría de edad, así nos permitían la
entrada para ver el desnudo integral de Susana
Estrada, la mujer clasificada con reparos porque se
ofrecía sin reparos a la vista solícita y soez,
obscena y oblicua, capaz de observar a la vez senos y
pubis sin estrabismos morales.
El
cine es el paraje post – industrialización cuando el
video advino adivinó y asesinó.
El
cine es una tienda de animales de compañía la noche en
que a Hithcock le informaron de que el mundo de
las rubias es una corte que no grava impuestos ni
graba lágrimas, y el lloró como lluvia de otoño por su
eros perdido: to rain to eros, ¡rain –i –eros!
A
quien no le gusta el cine ha perdido la focalidad.
El
cine es una lente lenta y laxa que escribe con luz el
busto con gusto, recién maquillado para morir, amar,
odiar, besar, o todo a la vez, una escena en la cena
más Viridiana, del sordo de Calanda.
El
cine es el lugar donde mi carnalidad llega a su clímax
justo al instante en que Doris Day entona como
llamada desesperada un qué será, será que suena a
dónde estarás, estarás.
El
cine consiste en la mirada oblicua hacia el féretro y
una columna oculta al padre de advocación que en
letanía resalta lo que resulta la vida real: cuando
conoces la verdad, desaparece, se acaba el film, un
fundido en negro o una superposición de imágenes y la
palabra fatídica the end, end in the land of the
lambs, fin, fin con un panel en el panal de rica miel,
en el pañal de suave piel, en el final falaz de una
escultórica piel.
A
quien no le gusta el cine, es un animal mal animado.
Siempre hay una película que más de cien años dure, mi
Rafaela, mi Rafaela, montada en sillón papal,
descendida como un fardo fatídico.
El
cine es el beso mortal de un actor infernal, es el
beso bimembre de una rubia fractal, es el beso de
coral de una bailarina de mar, es el beso sensual de
una mona al siempre nuevo Tarzán, es el beso de
ingenuidad de un hombre a su caballo siempre colgado
de los pezones y elevado en el aire enrarecido en la
madrugada de ataques de corneta de un séptimo de
caballería descabellado, descabalgado, desarmado, es
el beso fosco en la oscura sala de cine de un barrio
obrero – cuando acabe la proyección las porras grises
de los policías autóctonos golpearan lemas y pancartas,
a madres y jovencísimos alborotadores – de una niña
que enseña gozosa sus dientes adolescentes al acné de
un niño que persistirá en su niñez a pesar de los
cambios.
El
cine es la vida a veinticuatro imágenes en un segundo
proyectadas a la retina de una inmadura Mae,
con un apellido de mentira, ese oeste de cantarines “Roy
Rogers”,
de caballos que galopan en el viento, solitarios,
llaneando las llanuras y los vados y los montes
elevados. Hay otro oeste, reservado a los centauros,
es un desierto que no conozco.
A
quien no le gusta el cine, remonta su idealidad
embarcado en “Cuatro rosas” o en “El castillo de
Peñafiel”, dependiendo de si se embarca en “La esquina”
o si se puede permitir “El farolillo rojo”.
El
cine es la mayoría de edad para quienes no pueden
demostrar su legalidad mediante un carné. ¿A quién le
importa el carné si puedo contar escena tras escena “Liberad
sexual en Dinamarca”? Ponme una cerveza y una
hamburguesa, señor Guría, que mañana le
traeremos la recesión hablada de “Bilitis”.
El
cine es la repetición incisiva de apellidos ilustres
siempre pero ilustrados únicamente en la primera
generación, y los errores se perpetúan en cada una de
las letras que lo conforman.
El
cine es el incesante viaje de mi carnalidad sobre
tu deseo, de mi amor sobre tu negativa, de mi beso
sobre la saliva helada de tus labios “Elizabeth
Taylor”.
El
cine es un buen lugar para rascarse los sobacos.
El
cine es el puerto de donde zarpa el barco para la
gloria: tantos los llamados pero sólo los elegidos
viven en el fotograma, en la pantalla, en la retina,
en la conversación de tertulia, en la memoria
colectiva del cinéfilo sin macula, en el proyector de
la inmortalidad.
¿Comer o ver cine? ¿“Cine o Sardina”? La elección es
evidente y clara para quien reconoce la verdad de la
vida. La verdad de la vida desparece cuando la ves en
el cine.
El
cine es la ansiedad que rezuma la fila donde se
adquieren las entradas, la esperaza de que te toque
entrar en la primera función, de la frustración y
desesperanza de ver que la última entrada, la
ultimísima entrada para acceder a la primera función,
se la lleva el espectador que te precedía y a ti, si
lo deseas, te toca entrar en la función siguiente,
siempre numerada (no podrás elegir el lugar de donde
ver la película como no se puede elegir nacer o morir,
siempre acciones numeradas)
El
cine tiene entrada para la vida, para el amor; también
al infierno, al odio; también a la nostalgia; siempre
a la nostalgia.
El
cine huele a celuloide y pegamento rancio.
El
cine es el refrigerador donde se conservan los
arquetipos más espléndidos, de lo que alguna vez fue
actual.
El
cine es el bus – stop de la vida, pero en el mismo ya
no se encuentra MM, doblemente muerta,
doblemente asesinada, y es tan inútil buscarla entre
tanta burda imitación cuando ella ya ha tiempo que
abandono el bus – stop, el apartamento de arriba y
hasta el viento solano que blindaba su sexo. Desde
entonces, la vida es demencial y nada dominical.
El
cine devora mis entrañas.
A
quien no le gusta el cine, anda sobre un abismo de
hecatombes que no le corresponden.
El
sueño es una fábrica de cines.
El
cine es el opio de los literatos fracasados: nunca
escribiré una línea pero jamás perderé una imagen -
semper die sine line, nulla die sine imagina.
Quien gusta del cine vive sus propias hecatombes por
anticipado.
A
quien no le gusta el cine es como aquel que abre el
melón de la nostalgia y descubre, ya era hora, que
sólo contiene agrias pepitas que no darán nunca carne
nueva ni carne sabia.
El
cine es el deleite con la nostalgia perdida. En el
cine sólo hay peterpans recuperando su futuro.
¿Dónde encontraré el garfio perdido y mi campanilla
sin desatino?
El
cine juega con la imaginación de los niños de cuatro
años para colocarles una edad incierta donde todo es
verdad, hasta lo que nunca ocurrirá: toda la culpa del
mal mundo reside en “El Álamo”.
El
cine es un duelo en OK Corral a deshoras y con
los personajes reales usurpados de su papel histórico
por actores ficticios recreando su papel literario,
pura vida fúnebre.
El
cine es un juego con los espectadores para ver quién
de todos ve más cosas, no quién las ve más lejos (eso
es otra forma de ver, no imaginativa, que te asienta
por siempre al sofá, la muerte recaiga sobre ella)
El
cine es la manera sutil de alfombrar de rojo la
imaginación doliente.
El
cine es el lugar de todos los santos: de San Burt
(Lancaster) a San Burt (Reynolds) y el cine
sigue sin ellos, que siempre advienen nuevos santos.
Y
de las Santas, ¿qué decir? De Santa Diane (Keaton)
a Santa Nicole Kidman De Mis Deseos No Conseguidos,
la vida sigue sin piedad…
El
cine es el rostro pedroso de Clint Eastwood.
El
cine compone puentes de paso entre la realidad y la
ficción, que acaba derribando una tonadilla silbada
por los soldados que componen las huestes de la
conciencia. En todo caso, siempre hay un fundido en
negro.
La
vida y el cine son la misma cosa, cada una de ellas la
escribe “un dios desconocido”.
El
cine es el enjambre que siempre zumba, hasta cuando
hace tiempo que alguien recogió la miel.
El
cine no agota el mundo porque él mismo es el mundo,
prácticamente debemos escribirlo con mayúscula MUNDO y
enmarcarlo en un fotograma de oro.
El
cine es el escenario donde los hombres con mimo se
entregan a sí mismos la estatuilla más mímica por
componer un personaje para la eternidad y sin mímica.
El
cine es la música del mundo.
A
quien no le agrada el cine condena de inmediato a Job.
El
cine es la única tristeza que se enjagua en lágrimas,
a pesar de la sonrisa final – que es sonrisa al fin,
tras el fundido en negro.
El
cine es la única alegría que acaba siempre en una
canción que te permita reír de nuevo y llorar sin
parar de reír.
El
cine es un monstruo que resucita con la sangre de las
pupilas de los salvajes visionarios que consiguen su
entrada entregando a cambio la propia piel sudada y
dorada con trabajos infames.
El
cine es la ficción sin ciencia, ciencia sin ropaje
elaborado de corpus explicativo, de verdad, ciencia
que busca el sentido: ciencia – ficción.
El
cine consiste en estar siempre a un palmo de uno mismo:
ab – ismo.
El
cine perpetua la realidad ante nuestras propias
narices: cult –ismo.
El
cine imagina el mundo en peplum o dogma, lo que nadie
atreve a concienciar: cate – kinesis.
El
cine como viaje a la estrella más negra, a la que
nunca llegamos, que sabemos que no es negra porque
emite “radiaciones cinema”, que provocan nostalgias
como neuralgias; como calmante, una nueva película,
que siempre se dedica “a un Dios desconocido”
absolutamente reconocible por su ausencia, para ver a
oscuras, a solas, absorto.
A
quien no le gusta el cine, se asienta más y más en el
quiste de la realidad, triste, violentador – de amores,
sabores, nostalgias…
El
cine es la asunción de la violencia: “si vis cinema
para pacem (cum circenses)”, Max Marx dixit.
El
cine es “más madera”…
El
cine resulta ser la página perfectamente explicativa
pero que hallamos rota en el libro de la vida – del
que, evidentemente, no hay más copias.
El
cine encuentra un sentido a la realidad en el sostén
de Thela Bara como Cleopatra – si me das vara
como Bara prometo ser tu Marco Antonio más
egipcio.
El
cine es la mujer de ninguna parte.
El
cine es contar el hundimiento de la casa Usher desde
todas las perspectivas pero en un único plano: im –
plicación.
El
cine es el “estudiante de Praga”: nuestro reflejo es
flexo trágico.
El
cine es una escalera deformada que asciende a la
muerte o nos desciende a los infiernos.
El
cine es una apuesta al azar, a la extravagancia del
actor de reparto.
El
cine es eterna noche americana en la que ningún gato
es pardo sino que lo pintan.
El
cine como cura psicoanalítica no tiene parangón y
cuesta lo que vale una entrada repleta de imágenes
como augures de curación.
El
cine es confesión.
El
cine es caverna platónica, evidencia y síntoma de cómo
atrapar los iconos: no se está mal en la icaisía,
querido Fedón.
La
historia del cine es superposición de iconos, es
recopilación de iconoclastias.
El
cine es iconoclastia.
El
cine es mi alma atrapada, aquilatada en las imágenes
que WellesHawksLoseyHichtcockTruffautFerreira
han donado desde su pupila a mi pupila azul.
El
cine son mis pupilas en la pupila azul del director
que obliga a ver la vida como una gran cinemateca.
El
cine son mis pupilas que repiten el diálogo de los
actores, el monólogo de la memoria silenciada.
El
cine son mis pupilas y el silencio de la sala oscura a
la espera de que la pantalla emita sus “radiaciones
cinema”.
El
cine es mi alma absorta en la pantalla blanca.
Visite nuestro ambigú ambiguo
Tras el pase de los próximos estrenos, dios mediante
llegarán, la indicación de la pantalla invita a salir
de la sala: visite nuestro ambigú.
Es
ambiguo mensaje, porque un ambigú ni es bar ni deja de
ser bar ni lo dejan ser bar: una ventana estrecha
abierta a otro mundo, donde un hombre enano nos vende
palomitas y caracolas y cacahuetes y chicles y colas.
Quien vende y se vende, no sabe de cine y eso que todo
el mundo sabe que no hay dinero que compre o pague el
beso bilingüe entre Clark Gable y Ava Gardner,
beso mono – gambo.
El
cártel en las bocas de entrada a la sala anuncian y no
son traidores, avisan y no son visados, de que se
prohíbe de manera terminante comer palomitas,
cacahuetes, o beber alguna clase de bebida o mascar
chicles bajo sanción, grave, que es peor que
condenarme a muerte: la expulsión de la sala. Mas el
acomodador ni reprende ni siquiera avisa del cártel y
su prohibición clarísima. Sonríe solo, sólo, con la
linterna en la mano diestra.
¿Una
ventana abierta a otro mundo? ¿Del mundo inferior de
las imágenes al mundo superior del comercio? Del otro
lado, en lo que es un bar (de acá visto, ambigú)
resplandece la luz. De acá, sólo se observa una tenue
oscuridad y, al fondo, el sillón llama como esposas
que esperan cumplir con su emoción, maniatando al
visionario. Sé que debo optar por la luz, por el
comercio, por el otro lado, en el bar, con el Ser. Lo
sé, pero me encanta este otro lado: el ambigú, esa
palabra que se observa desde cualquier ángulo en la
pantalla, la tenue oscuridad, la procesión de
visionarios con sus palomitas, chicles, caracolas,
colas, transgrediendo la ley, con el amparo del
acomodador, el ser de la luz tenue, la ambigüedad: no
soy el hombre más fuerte de esta meditada existencia y
me encuentro siempre a un paso del infierno. ¡Qué
suerte para mí ser adulto ahora y poder pedir en la
barra un café y un cigarro!
Sólo soy un ser de palomitas, que espera a que suene
el timbre (tres aviesas pulsaciones) y me devuelvan a
la verdad que reside en la sala oscura, como cualquier
otro ser de palomitas.
Todos los seres de palomitas son zombies: viaje al
mundo del vudú en avión de primera clase en clase
turista.
Si
no comprende lo que significa el vudú, en nosotros
encontrará la ayuda que precisa: librería paranormal
Picatostes.
¿Quiere
montar usted un negocio?, ¿una librería acaso?,
asesoría empresarial “Límite”, todas las
respuestas en su justa medida.
Unas palomitas a la boca, un trago de cola, suena el
primer timbre, un cacahuete, suena el segundo timbre,
cola a la boca, suena el tercer timbre, se apagan
todas las luces, se ilumina la pantalla…
Matinales para caníbales.
El
cine de la matinal es ejemplificación cotidiana del
eterno retorno de lo idéntico filmado: actores
cosificados y calcificados en la banda sonora.
Sonrisas y lágrimas: no era la película, que era la
elección de domingo a domingo. A una matinal de cine
lagrimeado sucedía una matinal de cine carcajeando.
En
la matinal el cine tenía nombre propio: Hammer.
La
sonrisa era obra de Louis de Funnes.
La
funesta sonrisa española la producían los Hermanos
Calatrava imitando a Abbot y Costelo: todo
esperpento es poco y ninguna canción imitada,
suficiente.
Las
lágrimas eran obra de Fantomas o Fu – Manchú
o un Chaplin de corto previo a la película,
telonero sentimental de pioneros globalizadores del
poder.
Las
reposiciones del pasado reciente: Fernandel y
su mula Francis, tan habladores ambos, belfitos, tan
callados siempre.
La
sala a oscuras cubierta su moqueta azul, al finalizar
el film, de los restos del visionado: polvo de
palomitas.
La
matinal resultaba ser el lugar donde nadie pudo posar
su pie: varado en las palomitas el atrevimiento o en
un chicle que te ataba por la suela.
Lo
más funesto de la matinal, los acomodadores.
La
pajarita del acomodador odiaba a las palomitas del
espectador.
El
acomodador, represor impecable: permitía la comida;
perseguía y silenciaba los susurros de las sombras.
El
acomodador, arquetipo de Dark Vader, fonológico
father, padre, con su rayo de luz galáctica como una
fuerza que evitaba que una sola palabra fluyera de la
boca del espectador.
El
acomodador: voyeur de susurros y
comportamientos impúdicos / impúblicos. ¿Por qué dos
adultos acceden a la matinal y se sitúan bajo la
techumbre que forma el gallinero? ¡A la calle! Con la
fuerza de su rayo galáctico iluminaba el suelo de
moqueta azul y guiaba los pasos de los espectadores
delictivos a las afueras públicas ¡A vuestro sitio!
En
la matinal, todos los engendros mecánicos destruían
Japón, aunque su deseo secreto fuera salvarlo.
En
la matinal se incubó el virus del estrés social:
El Gendarme de Saint – Tropez.
Todos los gendarmes eran uno solo: Louis de Funnes,
histriónico, histérico, todos los tic de la humanidad
se reunían en sus ojos, labios, boca, cabeza, boca,
baby, one, tao, toree, y grita, grita, grita, ¡ahá!, y
agarró el equívoco con las dos manos. Hasta cuando
perseguía a Fantomas no dejaba de ser este estrésico
gendarme. Menos mal que el periodismo venía en su
auxilio para recuperar todo lo que él descompuso.
Fantomas
o por qué a veces o siempre el poder ha de modificar su
rostro inhumano y momificarse en otro más mediático y
nunca con un rostro humanizado revelarse.
Casablanca nació en una matinal de los setenta, creció
y se agigantó en un cine – club de los ochenta; se
propuso como clásico en la recuperación que la memoria
realizó en los noventa y cayó en el Olvido cuando se
transmutó catódica: su pase televisivo arruinó la
estética de improvisación que la envuelve en
cualquiera de sus pases.
Godzila
persiste en salvar
Tokio, destruyéndolo; su remake de los noventa,
conquista la destrucción de New York, sin salvar a los
USA. ¿Japón venga la afrenta a sus samuráis con el
engendro mecánico que deliro nuestras vidas?
Disney
es el nombre del
alma que anida en la matinal.
La
matinal es el mundo de las palomitas, pajaritas,
monstruos y nada estáticos actores, histriónicos y
estresados, que gritan sin que el guión se lo exija.
El
espectador de la matinal es el único ser delictivo que
siempre vuelve al único lugar del crimen: la sala
oscura inundada del rayo galáctico del ser de la
pajarita que destruyó al ser de las palomitas.
La
matinal era el mundo en el que los hijos primogénitos
guardaban a los hijos secongénitos y a los
tertiogénitos y sin desearlo ejercieron de iniciadores
en la pasión por el film nunca visionado. A la matinal
la reconozco como el mundo de la iniciación, el cine
como prueba iniciativa.
La
vida siempre ha sido ofertada a ese film desconocido,
siempre en rodaje.
Aunque nadie destruye lo que ama, la supresión de la
matinal supuso la desaparición del espectador pasional:
no hay lugar para la iniciación.
La
matinal es un lugar para cuya visión no quiero tener
entrada de sesión continua.
Recuperar la matinal será reponer un film reconocible
por la nostalgia que inocula.
Disney
seguirá oficiando
como el alma amable de la matinal recordable.
Sesión de tarde: del ascenso a las
estrellas con nombre ficticio, al estrellato de las
figuras sin nombre ni ficción.
La
sesión de la tarde sólo se franqueaba para quienes
habían sido aceptados en la órbita social de los
adultos, quienes ya cumplieron esa edad indefinible de
la adolescencia.
Sesión de tarde: qué tarde acaba la sesión.
Sesión de tarde, el inicio de la pubertad: la taquilla
de una nueva etapa.
Sesión de tarde, anteúltima restricción, penúltima
represión.
Sesión de tarde: sólo un paso para el ansia de un
púber, excesivamente corto para quien lee “tempus
fugit” en el reloj de pared, padre vitalicio, que
tantas vidas silenciadas proclama; muy largo para la
primera chica que acompaña la pasión por el celuloide,
indiferente a la taquillera y su mecánica de dispensa
de entradas.
Sesión de tarde: el chico bueno se da de tortas con el
mundo entero, pero queda íntegro, hasta moralmente! (que
le procuran licencia para robar, matar, violar…)
Sesión de tarde: Tarzán yo y tú Jane, pero prefiere la
mano mona del hombre mono a la mona chita, an ga wa!
Mon amí…
Sesión de Tarde: nadie imaginaba matar cocodrilos como
ese campeón mundial de natación…y cómo nos excitaba la
lucha en el río, ¡que me río! ¡Nunca pudimos repetir
la escena con credibilidad en la sureña ría de la ría
norteña!
Sesión de Tarde: el bueno gana pero sufre; el malo
pierde pero disfruta – la gente ama al bueno porque no
muere y odia al malo porque muere. Lo nuestro es no
morir.
Sesión de Tarde, que languidece de reestrenos…
Se
filmará una revisión del cine de vaqueros que
rejuvenecerá el cine, que provocará vibraciones láser
y convulsiones de la fuerza que los espectadores
creían secuestrada en las películas de Lon Chaney.
Sesión de tarde: al bueno le maltratan hasta la
extenuación, le colocan al borde de abismos
insondables, se descubre que también sangra, que puede
ser muy, muy malo, y que el malo también llora, por el
recuerdo de un amor, que le resucita más allá de la
muerte, para golpear en el último instante a un
espectador despistado.
Sesión de tarde: no seas un chico reprimido, alejado
de cualquier lugar habitado, cerca de un lago o en un
pajar – no te aguardan los besos sino el hacha
desagradable de un asesino en serie.
Sesión de Tarde: todos los asesinos en serie, con
seriedad de teólogos, recitan la Biblia con salmodia
de buen sermón, y matan por ella…
Sesión de tarde: hasta se visten para matar, con
educación y modales de buen chico.
Sesión de tarde: invadida de muerte como de una niebla
carpenteriana…
Sesión de tarde: agotada de imaginaciones, lastradas
de asesinatos, revuelve en los triunfos televisivos de
los años de crisis televisiva, de la que se culpó al
cine.
Sesión de tarde: que se nutre de las historias
gráficas más oportunas e inoportunas, salvajes y
sucias, serviciales a un Imperio en descomposición,
críticas a ese Imperio, que se derrumba de “huracanes”
y “cindirellas”.
Sesión de tarde, algún día todos los guionistas
morirán contra la blanca sábana “thx”, y los
directores primerizos y los enfermizos y los que
arrimaron el arca a su indina particular.
Sesión de tarde: tierra de almodóvares sin banderas ni
un mal maura que afeitar en tardes de toros sin
barrera ni sombra.
¿Quién
se ha quedado con mi novia? A bailar y a sabinar.
Pobre Marilyn, de ser un mito erótico soñado a
poblar los sueños de las sesiones de tarde.
Sesión de noche: definiciones de cineclub
Sólo los tenientes son seductores (“El teniente
seductor”)
Tanta gasolina y tan mala leche (“El trío de la
bencina”)
Todos somos lázaros con esta señora (“El ángel azul”)
Asesinos entre nosotros (“M”)
Todos somos culpables (“Libiom”)
De
tus senos en mi boca (“Vente al Oeste”)
Tanto Marx y ningún Mernox (“Una noche en la Ópera”)
La
parada de los monstruos imaginarios (Freak, Frack,
Frock o Boris Karloff, Bela Lugosi, Lon Chaney Jr.)
Tarzán también gritó para mí (“Tarzán en New York”)
Hello, tio Walt, los hielos nos separan (“Sinfonía
fantástica”)
Inglaterra siempre invade las matinales.
El
esplendor de Kane se debió a ese Anderson tan wells,
tan actor por embustero.
Casablanca se llama mi corazón.
Ese
Capra es tan mío como tuyo.
El
tercer hombre, ¿era humo?
Los
espejos se rompen en añicos de imágenes superpuestas.
Hay
espectadores que siempre vuelven a las andadas, una
pistola, una barra de labios, un disparo como un beso,
blood and lipstick. Son los gajes del oficio, como
le dijo el barrendero al elefante, como dice
Alice Mac Mahom.
Hubo un tiempo en que los hombres no debían mirar sólo
a los pies de las mujeres, porque las mujeres eran
gachís y los hombres tan duros que nunca disparaban
dos veces al mismo muerto previsto. Senos y disparos,
Ryta y Orson, Bacall y Bogart…
“El
Gatopardo” o como de noche y completamente a
oscuras, los gatopardos cambian de color para seguir
gatopardos y delónes; ¡viva el resurgimento!
El
límite de Cristo, la vida real – según San Mateo
P.P.P..
Jacopetti, Jacopetti, te refocilaste en el mondo
cane y nos dejaste mondos, lirondos y malsonantes.
Ayer amé a la mujer que vino al
mundo para ser ensoñación de casados. Bebí de sus
ojos profundos; Bolbi de sus labios
mayores aún hoy para mí, me enbolbí en
sus cabellos como olas de oro y anhele, frustrándome,
tomar el lugar de Roger.
¡Ay, Vadím – do,
Vadím – do!, ¡Bardot, Bardot! ¡Babette, Babette!
Francia sólo espera el final de la escapada, donde se
realizará su ¡bel – mondo!
Las
brujas son culpables cuando se desnudan con inocencia
en la mirada y reticencia en los labios, ¡y siempre
hay un Wajda que nos lo recuerda!
De
nuevo Denueve nos muestra el mundo repulsivo de
Repulsión sosteniendo angustiada y vomitiva el
bolso sobre su falda. ¡Ay Polanski, cuánto
ardor en la repulsión a la que invitas!
De
verdad, en verdad, la única verdad que os admito, que
quise nacer hace un millón de años, ¡Welch, Welch,
Welch!
¿Se
puede mirar atrás con ira cuando la vista se fija en
los senos de la York, en el rostro de la
Redgrave?; que ya será Liliam y habrá
tiempo para el Pentimiento; ahora es la noche
de aquel día en Blow – up.
Bond
sólo con la muerte juega, solo; Flint se dedica
a flirtear, no le importa la muerte, la misión ni la
monserga; entre martas y mandingas se le mueve la mano
médica.
Cine para leer: vamos a ver a Lean.
Cuando run, Ran, y llegas a Japón, sin su made in: ku
ro sa wa. Te sigue no voi corida, de Oshima y
Debhaso, sin sentimiento. Japón pertenece a una balada;
aunque suna no onna o Seppuku, siempre
es kwaidan – mujeres de arena que obligan al
harakiri siempre más allá. Bien, pero si escuchas el
arpa birmana y te rindes a su melodía reptante
comprendes que no has de rendirte al combate ni
preocuparte por que te exterminen como a una rata –
del espacio y el tiempo. ¡Cuántos sueños: ku r osa wa!
Vi…Vi…Vi… Bu…Bu…Bu… Siempre nos quedará Simón en el
desierto como a otros París, a pesar de los balbuceos;
¡o quizá por eso!
¡Ay, Cassen, Cassen! Ni de muerto se te recuerda ni
recupera, que es lo propio en este nuestro País. ¿Qué
les hiciste, Plácido?
Packimpah, Fuller, mucho Sam y que poco santo, con
tanto tiro, sangre, el dinero que vuela o se quema en
la huida, entre la paja, con todos los perros ladrando.
Es igual, todo se olvida en la Huida, ¿verdad, tío?
El
cowboy a la medianoche transforma mi adolescencia en
una madurez consecuente y ad hoc: ya se mentir y
anhelar París y Tombuctú o Florida – con todos sus
cayos, ¡hasta los más largos!
Sigo con Cabaret, El exorcista, La naranja mecánica,
Garganta Profunda, El último tango en París, El
fontanero, su mujer y otras cosas de meter… ¿y la
realidad? ¿Qué te pide la realidad? ¡Compórtate! Pero,
¿cómo? Si sólo soy un fotograma confuso y desdeñado en
la montadora, al que alguien olvido dar fuego…
¿Quién
me invita a comer hasta reventar en un ejercicio de
sucia solidaridad palideciente?
Quiero ser excesivo con Kurt, aunque nos seas el
Russell que añoro.
En
Yugoslavia encuentro la perdición pero también la
salvación, o la revés, el lugar y el ligar de la
catarsis: Dusan Makaveyev.
Tanto Vietnam suena a confesionario de Gran Hermano.
Hasta El Retorno, a pesar de ese coito
compasivo. Ni siquiera el Valquiriamento apocalíptico
es más allá de un relato para un sacerdote que guarda
en la recámara tres aves marías y un padrenuestro de
perdón.
Entre tanto Vietnam, la puerta del cielo la abrió
Cimino pero la cerró con fuerza UA.
¡Que
se acaban las grandes películas, Mr.Newman!
Te
veré al final en el atormentado mundo de Ferreri.
Si
vas al cine y no ves un remake, la película es de
Patricia Ferreira.
Correr en soledad es poseer el jardín de Epicuro para
ti solo. No lo pierdas, es otro cine.
Con
tanto remake a la vuelta de la esquina y tanto poco
cine – club dell colegio de sacerdotes donde
estudiamos, sobre el cine pesa un tiempo de silencio.
Va
siendo la hora de que la pantalla se quede blanca y en
Tod – Ao, se proyecte las dos palabras más indeseables
o tan deseadas, finalmente
THE END
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José
Manuel Prado Antúnez
nació
en Aranda, España
(1963). Poeta, narrador y profesor. Ha cursado los
estudios de Filosofía y Ciencias de la Educación
en la Universidad de Deusto (Bilbao) y los cursos
de Doctorado en la Facultad de Sociología León
XIII, de la Universidad Pontificia de Salamanca
(Madrid). En la actualidad es profesor de Historia
de la Filosofía y Psicología en el I.E.S.
“Sandoval y Rojas” de Aranda. Como articulista ha
publicado más de un centenar de artículos como
colaborador habitual en los periódicos Diario de
Burgos, El Progreso de Lugo y en El
Correo de Burgos, donde tiene las columnas
tituladas Sotto Voce (análisis de la
política arandina) y Desde mi buhardilla.
Ha escrito diversos poemarios, de los que se han
publicado poemas dispersos en El rincón del
poeta, de El Correo Español (1984,
Bilbao), en Cuadernos Telira, (2001, 2002,
Aranda), en la revista Luces y Sombras
(2001, Tafalla) y en la revista Los enemigos de
lo ajeno (2002, Costa Rica/New York) y en la
revista El Alimento Diario (Maracay,
Venezuela). En el Internet ha publicado el
poemario Longo outubro no intre (Largo Octubre
en el Instante) (culturagalega.org, 2001,
Santiago).
La editorial CELYA en Salamanca, con el auspicio
del Instituto Municipal de Cultura del
Ayuntamiento de Burgos, le publicó en el 2004
su
poemario Correrá la caricia por mi castro,
Hesíodo.
En prosa poética ha publicado
“Blanco” en el libro común Relatos Onda Cero
(1998, Aranda) y “Un relato” en la Galleta del
Norte (1989, Baracaldo). Es miembro de la ACMS (Asociación
de Sociólogos y Politólogos de Castilla la Mancha)
y de TELIRA (Tertulia Literaria Ribereña y
Arandina). |
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