Miami
Estados Unidos
Año VII

 Nº 41/42

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Profesora Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad  de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad del Turabo

Puerto Rico

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo


 

Boletín Informativo

Reciba por correo electrónico una síntesis de las principales noticias literarias


 


 

DEFINICIONES Y NOSTALGIAS

(VARIACIONES SOBRE EL CINE)

 por

José Manuel Prado Antúnez

El cine es el lugar oscuro donde se encarna la imaginación de los misóginos.

El cine es la pantalla más clara donde el amor, el odio, un disparo y un beso, y un viaje en tren por un túnel expresamente vaginal, duran ocho milímetros para la vista fija en la blancura de la sábana sucia y sus altavoces sensoviscontinos.

El cine es la puerta donde las manos de desconocidos juegan a amontonarse sobre estrellas que sólo son huellas que pisan pies calzados con pieles de cocodrilos criados en cautividad de una zapatería en un lugar llamado Sunset Boulevard.

El cine son tus ojos cuando lloran si en la retina retienen la cara inocente de Bette Davies.

El cine es la vida de quien con su vista retorna en flash – back a un exterior, día. ¡Acción!

El cine es la mayoría de edad de un niño con cuatro años recién cumplidos en mitad de “El Álamo”, emborrachándose con David Crocker o sus muchachos de película.

El cine como la vida, una encerrona de callejones sin salida en cartón piedra, sobre una superposición de imágenes que siempre es la misma, de noche americana.

El cine es una entrada para una vida de celuloide.

El cine es una mujer que siempre paga la fianza.

El cine es tu nombre matinal en un pase de media tarde, sesión doble: el niño deja su vista en un fundido en negro, el hombre que llegará a ser pierde sus manos queriendo alcanzar el seno de Emmanuelle de Kristell, oh!, mi Silvya, no acabé de creer tu transmutación en Laura y te dieron la vuelta al mundo en ochenta sementales sin rostro.

El cine es una ruina en la Mesopotamia del siglo I a.d.C., un avión que se estrella contra el monte K2 en el siglo XXII d.C., es una amor imposible alrededor de una torre Eiffel destruida por las bombas de aviones ultramodernos con un tiempo indefinible, es una expedición donde todo el mundo discute acerca de una puta radio que nadie tiene, es la carrera de un monstruo indefinido, hambriento, para alcanzar el alimento,  los dos únicos espectadores sentados cada uno en una butaca roja e incómoda, en cada punta del cine en el que, en su pantalla, bailan Travolta y Truman, que firma la última declaración de independencia de un país que ya no es suyo.

El cine es un armisticio sin firma, una tregua de cañones de mantequilla, donde nadie echa chispas sino chevaliers, oh, oh, oh, Maurice.

El cine son tres días de exhibición donde al cuarto hombre, el malo de la película, se le resucita para seguir en su papel en otro oeste de Almería y de la armería o en el este de Berlín.

El cine es el lugar revolucionario donde todos los muros caen antes que en la realidad y sin necesidad de Papa.

El cine es el Truffaut del amor.

El cine es el mundo del poder para los desheredados de la tierra.

El cine es la sombra del mundo para quien detenta el poder sobre la tierra.

El cine es el lugar donde lo no creíble se hace increíble y nos acontece de manera tan prodigiosa que se diría cuento de hadas.

El cine es el lugar más ético: todo el mundo sabe lo que debe hacer porque ha leído el guión de su actuación estelar con antelación y finge bien que lo que le ocurre sucede en el momento, tan espontáneo.

El cine es el lugar donde todo el mundo sabe cantar sin un gallo que le picotee en la garganta, aunque no sabe lo que canta.

El cine es el lugar donde la navidad dura hasta su último remake, que es probable que lo dirija Mel Broks. Todos los remakes están en los libros que aun quedan por redactar y que versan sobre el cine que queda por filmar.

El cine es un restaurante para fingir orgasmos ficticios que conforma una terapia y nos permite superar el complejo de Caín (¡que vivan las carretas de segunda mano!!!!!!!) que nos invade desde la desaparición de Cabrera Infante.

El cine es un lugar privado donde el público aplaude hasta el amanecer aunque le resulte mudo y en blanco y negro.

El cine es mi casa los días de santificar y los días de ayunar y los días de carnalidad y los descarnados días de la adolescencia, cuando nos cortábamos afeitándonos para aparentar mayoría de edad, así nos permitían la entrada para ver el desnudo integral de Susana Estrada, la mujer clasificada con reparos porque se ofrecía sin reparos a la vista solícita y soez, obscena y oblicua, capaz de observar a la vez senos y pubis sin estrabismos morales.

El cine es el paraje post – industrialización cuando el video advino adivinó y asesinó.

El cine es una tienda de animales de compañía la noche en que a Hithcock le informaron de que el mundo de las rubias es una corte que no grava impuestos ni graba lágrimas, y el lloró como lluvia de otoño por su eros perdido: to rain to eros, ¡rain –i –eros!

A quien no le gusta el cine ha perdido la focalidad.

El cine es una lente lenta y laxa que escribe con luz el busto con gusto, recién maquillado para morir, amar, odiar, besar, o todo a la vez, una escena en la cena más Viridiana, del sordo de Calanda.

El cine es el lugar donde mi carnalidad llega a su clímax justo al instante en que Doris Day entona como llamada desesperada un qué será, será que suena a dónde estarás, estarás.

El cine consiste en la mirada oblicua hacia el féretro y una columna oculta al padre de advocación que en letanía resalta lo que resulta la vida real: cuando conoces la verdad, desaparece, se acaba el film, un fundido en negro o una superposición de imágenes y la palabra fatídica the end, end in the land of the lambs, fin, fin con un panel en el panal de rica miel, en el pañal de suave piel, en el final falaz de una escultórica piel.

A quien no le gusta el cine, es un animal mal animado.

Siempre hay una película que más de cien años dure, mi Rafaela, mi Rafaela, montada en sillón papal, descendida como un fardo fatídico.

El cine es el beso mortal de un actor infernal, es el beso bimembre de una rubia fractal, es el beso de coral de una bailarina de mar, es el beso sensual de una mona al siempre nuevo Tarzán, es el beso de ingenuidad de un hombre a su caballo siempre colgado de los pezones y elevado en el aire enrarecido en la madrugada de ataques de corneta de un séptimo de caballería descabellado, descabalgado, desarmado, es el beso fosco en la oscura sala de cine de un barrio obrero – cuando acabe la proyección las porras grises de los policías autóctonos golpearan lemas y pancartas, a madres y jovencísimos alborotadores – de una niña que enseña gozosa sus dientes adolescentes al acné de un niño que persistirá en su niñez a pesar de los cambios.

El cine es la vida a veinticuatro imágenes en un segundo proyectadas a la retina de una inmadura Mae, con un apellido de mentira, ese oeste de cantarines “Roy Rogers”, de caballos que galopan en el viento, solitarios, llaneando las llanuras y los vados y los montes elevados. Hay otro oeste, reservado a los centauros, es un desierto que no conozco.

A quien no le gusta el cine, remonta su idealidad embarcado en “Cuatro rosas” o en “El castillo de Peñafiel”, dependiendo de si se embarca en “La esquina” o si se puede permitir “El farolillo rojo”.

El cine es la mayoría de edad para quienes no pueden demostrar su legalidad mediante un carné. ¿A quién le importa el carné si puedo contar escena tras escena “Liberad sexual en Dinamarca”? Ponme una cerveza y una hamburguesa, señor Guría, que mañana le traeremos la recesión hablada de “Bilitis”.

El cine es la repetición incisiva de apellidos ilustres siempre pero ilustrados únicamente en la primera generación, y los errores se perpetúan en cada una de las letras que lo conforman.

El cine es el incesante viaje de mi carnalidad sobre tu deseo, de mi amor sobre tu negativa, de mi beso sobre la saliva helada de tus labios “Elizabeth Taylor”.

El cine es un buen lugar para rascarse los sobacos.

El cine es el puerto de donde zarpa el barco para la gloria: tantos los llamados pero sólo los elegidos viven en el fotograma, en la pantalla, en la retina, en la conversación de tertulia, en la memoria colectiva del cinéfilo sin macula, en el proyector de la inmortalidad.

¿Comer o ver cine? ¿“Cine o Sardina”? La elección es evidente y clara para quien reconoce la verdad de la vida. La verdad de la vida desparece cuando la ves en el cine.

El cine es la ansiedad que rezuma la fila donde se adquieren las entradas, la esperaza de que te toque entrar en la primera función, de la frustración y desesperanza de ver que la última entrada, la ultimísima entrada para acceder a la primera función, se la lleva el espectador que te precedía y a ti, si lo deseas, te toca entrar en la función siguiente, siempre numerada (no podrás elegir el lugar de donde ver la película como no se puede elegir nacer o morir, siempre acciones numeradas)

El cine tiene entrada para la vida, para el amor; también al infierno, al odio; también a la nostalgia; siempre a la nostalgia.

El cine huele a celuloide y pegamento rancio.

El cine es el refrigerador donde se conservan los arquetipos más espléndidos, de lo que alguna vez fue actual.

El cine es el bus – stop de la vida, pero en el mismo ya no se encuentra MM, doblemente muerta, doblemente asesinada, y es tan inútil buscarla entre tanta burda imitación cuando ella ya ha tiempo que abandono el bus – stop, el apartamento de arriba y hasta el viento solano que blindaba su sexo. Desde entonces, la vida es demencial y nada dominical.

El cine devora mis entrañas.

A quien no le gusta el cine, anda sobre un abismo de hecatombes que no le corresponden.

El sueño es una fábrica de cines.

El cine es el opio de los literatos fracasados: nunca escribiré una línea pero jamás perderé una imagen  - semper die sine line, nulla die sine imagina.

Quien gusta del cine vive sus propias hecatombes por anticipado.

A quien no le gusta el cine es como aquel que abre el melón de la nostalgia y descubre, ya era hora, que sólo contiene agrias pepitas que no darán nunca carne nueva ni carne sabia.

El cine es el deleite con la nostalgia perdida. En el cine sólo hay peterpans recuperando su futuro. ¿Dónde encontraré el garfio perdido y mi campanilla sin desatino?

El cine juega con la imaginación de los niños de cuatro años para colocarles una edad incierta donde todo es verdad, hasta lo que nunca ocurrirá: toda la culpa del mal mundo reside en “El Álamo”.

El cine es un duelo en OK Corral a deshoras y con los personajes reales usurpados de su papel histórico por actores ficticios recreando su papel literario, pura vida fúnebre.

El cine es un juego con los espectadores para ver quién de todos ve más cosas, no quién las ve más lejos (eso es otra forma de ver, no imaginativa, que te asienta por siempre al sofá, la muerte recaiga sobre ella)

El cine es la manera sutil de alfombrar de rojo la imaginación doliente.

El cine es el lugar de todos los santos: de San Burt (Lancaster) a San Burt (Reynolds) y el cine sigue sin ellos, que siempre advienen nuevos santos.

Y de las Santas, ¿qué decir? De Santa Diane (Keaton) a Santa Nicole Kidman De Mis Deseos No Conseguidos, la vida sigue sin piedad…

El cine es el rostro pedroso de Clint Eastwood.

El cine compone puentes de paso entre la realidad y la ficción, que acaba derribando una tonadilla silbada por los soldados que componen las huestes de la conciencia. En todo caso, siempre hay un fundido en negro.

La vida y el cine son la misma cosa, cada una de ellas la escribe “un dios desconocido”.

El cine es el enjambre que siempre zumba, hasta cuando hace tiempo que alguien recogió la miel.

El cine no agota el mundo porque él mismo es el mundo, prácticamente debemos escribirlo con mayúscula MUNDO y enmarcarlo en un fotograma de oro.

El cine es el escenario donde los hombres con mimo se entregan a sí mismos la estatuilla más mímica por componer un personaje para la eternidad y sin mímica.

El cine es la música del mundo.

A quien no le agrada el cine condena de inmediato a Job.

El cine es la única tristeza que se enjagua en lágrimas, a pesar de la sonrisa final – que es sonrisa al fin, tras el fundido en negro.

El cine es la única alegría que acaba siempre en una canción que te permita reír de nuevo y llorar sin parar de reír.

El cine es un monstruo que resucita con la sangre de las pupilas de los salvajes visionarios que consiguen su entrada entregando a cambio la propia piel sudada y dorada con trabajos infames.

El cine es la ficción sin ciencia, ciencia sin ropaje elaborado de corpus explicativo, de verdad, ciencia que busca el sentido: ciencia – ficción.

El cine consiste en estar siempre a un palmo de uno mismo: ab – ismo.

El cine perpetua la realidad ante nuestras propias narices: cult –ismo.

El cine imagina el mundo en peplum o dogma, lo que nadie atreve a concienciar: cate – kinesis.

El cine como viaje a la estrella más negra, a la que nunca llegamos, que sabemos que no es negra porque emite “radiaciones cinema”, que provocan nostalgias como neuralgias; como calmante, una nueva película, que siempre se dedica “a un Dios desconocido” absolutamente reconocible por su ausencia, para ver a oscuras, a solas, absorto.

A quien no le gusta el cine, se asienta más y más en el quiste de la realidad, triste, violentador – de amores, sabores, nostalgias…

El cine es la asunción de la violencia: “si vis cinema para pacem (cum circenses)”, Max Marx dixit.

El cine es “más madera”…

El cine resulta ser la página perfectamente explicativa pero que hallamos rota en el libro de la vida – del que, evidentemente, no hay más copias.

El cine encuentra un sentido a la realidad en el sostén de Thela Bara como Cleopatra – si me das vara como Bara prometo ser tu Marco Antonio más egipcio.

El cine es la mujer de ninguna parte.

El cine es contar el hundimiento de la casa Usher desde todas las perspectivas pero en un único plano: im – plicación.

El cine es el “estudiante de Praga”: nuestro reflejo es flexo trágico.

El cine es una escalera deformada que asciende a la muerte o nos desciende a los infiernos.

El cine es una apuesta al azar, a la extravagancia del actor de reparto.

El cine es eterna noche americana en la que ningún gato es pardo sino que lo pintan.

El cine como cura psicoanalítica no tiene parangón y cuesta lo que vale una entrada repleta de imágenes como augures de curación.

El cine es confesión.

El cine es caverna platónica, evidencia y síntoma de cómo atrapar los iconos: no se está mal en la icaisía, querido Fedón.

La historia del cine es superposición de iconos, es recopilación de iconoclastias.

El cine es iconoclastia.

El cine es mi alma atrapada, aquilatada en las imágenes que WellesHawksLoseyHichtcockTruffautFerreira han donado desde su pupila a mi pupila azul.

El cine son mis pupilas en la pupila azul del director que obliga a ver la vida como una gran cinemateca.

El cine son mis pupilas que repiten el diálogo de los actores, el monólogo de la memoria silenciada.

El cine son mis pupilas y el silencio de la sala oscura a la espera de que la pantalla emita sus “radiaciones cinema”.

El cine es mi alma absorta en la pantalla blanca.

 

 

Visite nuestro ambigú ambiguo

 

Tras el pase de los próximos estrenos, dios mediante llegarán, la indicación de la pantalla invita a salir de la sala: visite nuestro ambigú.

Es ambiguo mensaje, porque un ambigú ni es bar ni deja de ser bar ni lo dejan ser bar: una ventana estrecha abierta a otro mundo, donde un hombre enano nos vende palomitas y caracolas y cacahuetes y chicles y colas.

Quien vende y se vende, no sabe de cine y eso que todo el mundo sabe que no hay dinero que compre o pague el beso bilingüe entre Clark Gable y Ava Gardner, beso mono – gambo.

El cártel en las bocas de entrada a la sala anuncian y no son traidores, avisan y no son visados, de que se prohíbe de manera terminante comer palomitas, cacahuetes, o beber alguna clase de bebida o mascar chicles bajo sanción, grave, que es peor que condenarme a muerte: la expulsión de la sala. Mas el acomodador ni reprende ni siquiera avisa del cártel y su prohibición clarísima. Sonríe solo, sólo, con la linterna en la mano diestra.

¿Una ventana abierta a otro mundo? ¿Del mundo inferior de las imágenes al mundo superior del comercio? Del otro lado, en lo que es un bar (de acá visto, ambigú) resplandece la luz. De acá, sólo se observa una tenue oscuridad y, al fondo, el sillón llama como esposas que esperan cumplir con su emoción, maniatando al visionario. Sé que debo optar por la luz, por el comercio, por el otro lado, en el bar, con el Ser. Lo sé, pero me encanta este otro lado: el ambigú, esa palabra que se observa desde cualquier ángulo en la pantalla, la tenue oscuridad, la procesión de visionarios con sus palomitas, chicles, caracolas, colas, transgrediendo la ley, con el amparo del acomodador, el ser de la luz tenue, la ambigüedad: no soy el hombre más fuerte de esta meditada existencia y me encuentro siempre a un paso del infierno. ¡Qué suerte para mí ser adulto ahora y poder pedir en la barra un café y un cigarro!

Sólo soy un ser de palomitas, que espera a que suene el timbre (tres aviesas pulsaciones) y me devuelvan a la verdad que reside en la sala oscura, como cualquier otro ser de palomitas.

Todos los seres de palomitas son zombies: viaje al mundo del vudú en avión de primera clase en clase turista.

Si no comprende lo que significa el vudú, en nosotros encontrará la ayuda que precisa: librería paranormal Picatostes.

¿Quiere montar usted un negocio?, ¿una librería acaso?, asesoría empresarial “Límite”, todas las respuestas en su justa medida.

Unas palomitas a la boca, un trago de cola, suena el primer timbre, un cacahuete, suena el segundo timbre, cola a la boca, suena el tercer timbre, se apagan todas las luces, se ilumina la pantalla…

 

 

Matinales para caníbales.

 

El cine de la matinal es ejemplificación cotidiana del eterno retorno de lo idéntico filmado: actores cosificados y calcificados en la banda sonora.

Sonrisas y lágrimas: no era la película, que era la elección de domingo a domingo. A una matinal de cine lagrimeado sucedía una matinal de cine carcajeando.

En la matinal el cine tenía nombre propio: Hammer.

La sonrisa era obra de Louis de Funnes.

La funesta sonrisa española la producían los Hermanos Calatrava imitando a Abbot y Costelo: todo esperpento es poco y ninguna canción imitada, suficiente.

Las lágrimas eran obra de Fantomas o Fu – Manchú o un Chaplin de corto previo a la película, telonero sentimental de pioneros globalizadores del poder.

Las reposiciones del pasado reciente: Fernandel y su mula Francis, tan habladores ambos, belfitos, tan callados siempre.

La sala a oscuras cubierta su moqueta azul, al finalizar el film, de los restos del visionado: polvo de palomitas.

La matinal resultaba ser el lugar donde nadie pudo posar su pie: varado en las palomitas el atrevimiento o en un chicle que te ataba por la suela.

Lo más funesto de la matinal, los acomodadores.

La pajarita del acomodador odiaba a las palomitas del espectador.

El acomodador, represor impecable: permitía la comida; perseguía y silenciaba los susurros de las sombras.

El acomodador, arquetipo de Dark Vader, fonológico father, padre, con su rayo de luz galáctica como una fuerza que evitaba que una sola palabra fluyera de la boca del espectador.

El acomodador: voyeur de susurros y comportamientos impúdicos / impúblicos. ¿Por qué dos adultos acceden a la matinal y se sitúan bajo la techumbre que forma el gallinero? ¡A la calle! Con la fuerza de su rayo galáctico iluminaba el suelo de moqueta azul y guiaba los pasos de los espectadores delictivos a las afueras públicas ¡A vuestro sitio!

En la matinal, todos los engendros mecánicos destruían Japón, aunque su deseo secreto fuera salvarlo.

En la matinal se incubó  el virus del estrés social: El Gendarme de Saint – Tropez.

Todos los gendarmes eran uno solo: Louis de Funnes, histriónico, histérico, todos los tic de la humanidad se reunían en sus ojos, labios, boca, cabeza, boca, baby, one, tao, toree, y grita, grita, grita, ¡ahá!, y agarró el equívoco con las dos manos. Hasta cuando perseguía a Fantomas no dejaba de ser este estrésico gendarme. Menos mal que el periodismo venía en su auxilio para recuperar todo lo que él descompuso.

Fantomas o por qué a veces o siempre el poder ha de modificar su rostro inhumano y momificarse en otro más mediático y nunca con un rostro humanizado revelarse.

Casablanca nació en una matinal de los setenta, creció y se agigantó en un cine – club de los ochenta; se propuso como clásico en la recuperación que la memoria realizó en los noventa y cayó en el Olvido cuando se transmutó catódica: su pase televisivo arruinó la estética de improvisación que la envuelve en cualquiera de sus pases.

Godzila persiste en salvar Tokio, destruyéndolo; su remake de los noventa, conquista la destrucción de New York, sin salvar a los USA. ¿Japón venga la afrenta a sus samuráis con el engendro mecánico que deliro nuestras vidas?

Disney es el nombre del alma que anida en la matinal.

La matinal es el mundo de las palomitas, pajaritas, monstruos y nada estáticos actores, histriónicos y estresados, que gritan sin que el guión se lo exija.

El espectador de la matinal es el único ser delictivo que siempre vuelve al único lugar del crimen: la sala oscura inundada del rayo galáctico del ser de la pajarita que destruyó al ser de las palomitas.

La matinal era el mundo en el que los hijos primogénitos guardaban a los hijos secongénitos y a los tertiogénitos y sin desearlo ejercieron de iniciadores en la pasión por el film nunca visionado. A la matinal la reconozco como el mundo de la iniciación, el cine como prueba iniciativa.

La vida siempre ha sido ofertada a ese film desconocido, siempre en rodaje.

Aunque nadie destruye lo que ama, la supresión de la matinal supuso la desaparición del espectador pasional: no hay lugar para la iniciación.

La matinal es un lugar para cuya visión no quiero tener entrada de sesión continua.

Recuperar la matinal será reponer un film reconocible por la nostalgia que inocula.

Disney seguirá oficiando como el alma amable de la matinal recordable.

 

 

Sesión de tarde: del ascenso a las estrellas con nombre ficticio, al estrellato de las figuras sin nombre ni ficción.

 

La sesión de la tarde sólo se franqueaba para quienes habían sido aceptados en la órbita social de los adultos, quienes ya cumplieron esa edad indefinible de la adolescencia.

Sesión de tarde: qué tarde acaba la sesión.

Sesión de tarde, el inicio de la pubertad: la taquilla de una nueva etapa.

Sesión de tarde, anteúltima restricción, penúltima represión.

Sesión de tarde: sólo un paso para el ansia de un púber, excesivamente corto para quien lee “tempus fugit” en el reloj de pared, padre vitalicio, que tantas vidas silenciadas proclama; muy largo para la primera chica que acompaña la pasión por el celuloide, indiferente a la taquillera y su mecánica de dispensa de entradas.

Sesión de tarde: el chico bueno se da de tortas con el mundo entero, pero queda íntegro, hasta moralmente! (que le procuran licencia para robar, matar, violar…)

Sesión de tarde: Tarzán yo y tú Jane, pero prefiere la mano mona del hombre mono a la mona chita, an ga wa! Mon amí…

Sesión de Tarde: nadie imaginaba matar cocodrilos como ese campeón mundial de natación…y cómo nos excitaba la lucha en el río, ¡que me río! ¡Nunca pudimos repetir la escena con credibilidad en la sureña ría de la ría norteña!

Sesión de Tarde: el bueno gana pero sufre; el malo pierde pero disfruta – la gente ama al bueno porque no muere y odia al malo porque muere. Lo nuestro es no morir.

Sesión de Tarde, que languidece de reestrenos…

Se filmará una revisión del cine de vaqueros que rejuvenecerá el cine, que provocará vibraciones láser y convulsiones de la fuerza que los espectadores creían secuestrada en las películas de Lon Chaney.

Sesión de tarde: al bueno le maltratan hasta la extenuación, le colocan al borde de abismos insondables, se descubre que también sangra, que puede ser muy, muy malo, y que el malo también llora, por el recuerdo de un amor, que le resucita más allá de la muerte, para golpear en el último instante a un espectador despistado.

Sesión de tarde: no seas un chico reprimido, alejado de cualquier lugar habitado, cerca de un lago o en un pajar – no te aguardan los besos sino el hacha desagradable de un asesino en serie.

Sesión de Tarde: todos los asesinos en serie, con seriedad de teólogos, recitan la Biblia con salmodia de buen sermón, y matan por ella…

Sesión de tarde: hasta se visten para matar, con educación y modales de buen chico.

Sesión de tarde: invadida de muerte como de una niebla carpenteriana

Sesión de tarde: agotada de imaginaciones, lastradas de asesinatos, revuelve en los triunfos televisivos de los años de crisis televisiva, de la que se culpó al cine.

Sesión de tarde: que se nutre de las historias gráficas más oportunas e inoportunas, salvajes y sucias, serviciales a un Imperio en descomposición, críticas a ese Imperio, que se derrumba de “huracanes” y “cindirellas”.

Sesión de tarde, algún día todos los guionistas morirán contra la blanca sábana “thx”, y los directores primerizos y los enfermizos y los que arrimaron el arca a su indina particular.

Sesión de tarde: tierra de almodóvares sin banderas ni un mal maura que afeitar en tardes de toros sin barrera ni sombra.

¿Quién se ha quedado con mi novia? A bailar y a sabinar.

Pobre Marilyn, de ser un mito erótico soñado a poblar los sueños de las sesiones de tarde.

 

 

Sesión de noche: definiciones de cineclub

 

Sólo los tenientes son seductores (“El teniente seductor”)

Tanta gasolina y tan mala leche (“El trío de la bencina”)

Todos somos lázaros con esta señora (“El ángel azul”)

Asesinos entre nosotros (“M”)

Todos somos culpables (“Libiom”)

De tus senos en mi boca (“Vente al Oeste”)

Tanto Marx y ningún Mernox (“Una noche en la Ópera”)

La parada de los monstruos imaginarios (Freak, Frack, Frock o Boris Karloff, Bela Lugosi, Lon Chaney Jr.)

Tarzán también gritó para mí (“Tarzán en New York”)

Hello, tio Walt, los hielos nos separan (“Sinfonía fantástica”)

Inglaterra siempre invade las matinales.

El esplendor de Kane se debió a ese Anderson tan wells, tan actor por embustero.

Casablanca se llama mi corazón.

Ese Capra es tan mío como tuyo.

El tercer hombre, ¿era humo?

Los espejos se rompen en añicos de imágenes superpuestas.

Hay espectadores que siempre vuelven a las andadas, una pistola, una barra de labios, un disparo como un beso, blood and lipstick. Son los gajes del oficio, como le dijo el barrendero al elefante, como dice Alice Mac Mahom.

Hubo un tiempo en que los hombres no debían mirar sólo a los pies de las mujeres, porque las mujeres eran gachís y los hombres tan duros que nunca disparaban dos veces al mismo muerto previsto. Senos y disparos, Ryta y Orson, Bacall y Bogart…

El Gatopardo” o como de noche y completamente a oscuras, los gatopardos cambian de color para seguir gatopardos y delónes; ¡viva el resurgimento!

El límite de Cristo, la vida real – según San Mateo P.P.P..

Jacopetti, Jacopetti, te refocilaste en el mondo cane y nos dejaste mondos, lirondos y malsonantes.

Ayer amé a la mujer que vino al mundo para ser ensoñación de casados. Bebí de sus ojos profundos; Bolbi de sus labios mayores aún hoy para mí, me enbolbí en sus cabellos como olas de oro y anhele, frustrándome, tomar el lugar de Roger. ¡Ay, Vadím – do, Vadím – do!, ¡Bardot, Bardot! ¡Babette, Babette!

Francia sólo espera el final de la escapada, donde se realizará su ¡bel – mondo!

Las brujas son culpables cuando se desnudan con inocencia en la mirada y reticencia en los labios, ¡y siempre hay un Wajda que nos lo recuerda!

De nuevo Denueve nos muestra el mundo repulsivo de Repulsión sosteniendo angustiada y vomitiva el bolso sobre su falda. ¡Ay Polanski, cuánto ardor en la repulsión a la que invitas!

De verdad, en verdad, la única verdad que os admito, que quise nacer hace un millón de años, ¡Welch, Welch, Welch!

¿Se puede mirar atrás con ira cuando la vista se fija en los senos de la York, en el rostro de la Redgrave?; que ya será Liliam y habrá tiempo para el Pentimiento; ahora es la noche de aquel día en Blow – up.

Bond sólo con la muerte juega, solo; Flint se dedica a flirtear, no le importa la muerte, la misión ni la monserga; entre martas y mandingas se le mueve la mano médica.

Cine para leer: vamos a ver a Lean.

Cuando run, Ran, y llegas a Japón, sin su made in: ku ro sa wa. Te sigue no voi corida, de Oshima y Debhaso, sin sentimiento. Japón pertenece a una balada; aunque suna no onna o Seppuku, siempre es kwaidan – mujeres de arena que obligan al harakiri siempre más allá. Bien, pero si escuchas el arpa birmana y te rindes a su melodía reptante comprendes que no has de rendirte al combate ni preocuparte por que te exterminen como a una rata – del espacio y el tiempo. ¡Cuántos sueños: ku r osa wa!

Vi…Vi…Vi… Bu…Bu…Bu… Siempre nos quedará Simón en el desierto como a otros París, a pesar de los balbuceos; ¡o quizá por eso!

¡Ay, Cassen, Cassen! Ni de muerto se te recuerda ni recupera, que es lo propio en este nuestro País. ¿Qué les hiciste, Plácido?

Packimpah, Fuller, mucho Sam y que poco santo, con tanto tiro, sangre, el dinero que vuela o se quema en la huida, entre la paja, con todos los perros ladrando. Es igual, todo se olvida en la Huida, ¿verdad, tío?

El cowboy a la medianoche transforma mi adolescencia en una madurez consecuente y ad hoc: ya se mentir y anhelar París y Tombuctú o Florida – con todos sus cayos, ¡hasta los más largos!

Sigo con Cabaret, El exorcista, La naranja mecánica, Garganta Profunda, El último tango en París, El fontanero, su mujer y otras cosas de meter… ¿y la realidad? ¿Qué te pide la realidad? ¡Compórtate! Pero, ¿cómo? Si sólo soy un fotograma confuso y desdeñado en la montadora, al que alguien olvido dar fuego…

¿Quién me invita a comer hasta reventar en un ejercicio de sucia solidaridad palideciente?

Quiero ser excesivo con Kurt, aunque nos seas el Russell que añoro.

En Yugoslavia encuentro la perdición pero también la salvación, o la revés, el lugar y el ligar de la catarsis: Dusan Makaveyev.

Tanto Vietnam suena a confesionario de Gran Hermano. Hasta El Retorno, a pesar de ese coito compasivo. Ni siquiera el Valquiriamento apocalíptico es más allá de un relato para un sacerdote que guarda en la recámara tres aves marías y un padrenuestro de perdón.

Entre tanto Vietnam, la puerta del cielo la abrió Cimino pero la cerró con fuerza UA.

¡Que se acaban las grandes películas, Mr.Newman!

Te veré al final en el atormentado mundo de Ferreri.

Si vas al cine y no ves un remake, la película es de Patricia Ferreira.

Correr en soledad es poseer el jardín de Epicuro para ti solo. No lo pierdas, es otro cine.

Con tanto remake a la vuelta de la esquina y tanto poco cine – club dell colegio de sacerdotes donde estudiamos, sobre el cine pesa un tiempo de silencio.

Va siendo la hora de que la pantalla se quede blanca y en Tod – Ao, se proyecte las dos palabras más indeseables o tan deseadas, finalmente

 

THE END

 

José Manuel Prado Antúnez nació en Aranda, España (1963). Poeta, narrador y profesor. Ha cursado los estudios de Filosofía y Ciencias de la Educación en la Universidad de Deusto (Bilbao) y los cursos de Doctorado en la Facultad de Sociología León XIII, de la Universidad Pontificia de Salamanca (Madrid). En la actualidad es profesor de Historia de la Filosofía y Psicología en el I.E.S. “Sandoval y Rojas” de Aranda. Como articulista ha publicado más de un centenar de artículos como colaborador habitual en los periódicos Diario de Burgos, El Progreso de Lugo y en El Correo de Burgos, donde tiene las columnas tituladas Sotto Voce (análisis de la política arandina) y Desde mi buhardilla. Ha escrito diversos poemarios, de los que se han publicado poemas dispersos en El rincón del poeta, de El Correo Español (1984, Bilbao), en Cuadernos Telira, (2001, 2002, Aranda), en la revista Luces y Sombras (2001, Tafalla) y en la revista Los enemigos de lo ajeno (2002, Costa Rica/New York) y en la revista El Alimento Diario (Maracay, Venezuela). En el Internet ha publicado el poemario Longo outubro no intre (Largo Octubre en el Instante) (culturagalega.org, 2001, Santiago). La editorial CELYA en Salamanca, con el auspicio del Instituto Municipal de Cultura del Ayuntamiento de Burgos, le publicó en el 2004 su poemario Correrá la caricia por mi castro, Hesíodo. En prosa poética ha publicado “Blanco” en el libro común Relatos Onda Cero (1998, Aranda) y “Un relato” en la Galleta del Norte (1989, Baracaldo). Es miembro de la ACMS (Asociación de Sociólogos y Politólogos de Castilla la Mancha) y de TELIRA (Tertulia Literaria Ribereña y Arandina).