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ESTABA TENDIDO EN LA CAMA TRATANDO DE conciliar el sueño. El ruido
del Puerto con sus grúas violaba el silencio en cada rincón de la
pieza. Abrí los ojos y decidí levantarme. Tenía la boca amarga y
sobre la frente me caía un mechón de pelo oscuro que rápidamente
volví a su lugar. Caminé hacia la ventana y la abrí suavemente.
Llovía. La vitrina de la farmacia estaba apenas iluminada y la
ampolleta de neón que la noche anterior colgaba de un poste de la
esquina, alguien la había quebrado. No pude fotografiar con mis
pupilas el rostro de la lluvia y sin embargo la brisa húmeda sacudió
mis pesados párpados.
Medí
inconscientemente la distancia que había hasta el bar, no obstante,
sabía que desde ese lugar no podría ver a Sofía. Una vez más tuve
para mí un par de palabras amables que hicieron volverme nuevamente
a la cama.
Cada vez mis
períodos de insomnio eran más frecuentes. Según el psiquiatra no
tenía remedio; erraba mentalmente, entregándome con ilimitada pasión
a todas las furias de la imaginación, maldiciendo de viva voz a los
dirigentes del sindicato por la pésima negociación que habían
conseguido de la empresa. Todo había sido un show bien montado,
igual que las promesas del Diputado que después de electo nunca más
se supo de él. Me costaba conciliar el sueño. Un vaso de ron era lo
único que lograba incinerar mis inútiles monólogos.
A las seis de
la mañana la sirena de los Astilleros de la Armada se clavaba
vertical en mis oídos. Me levantaba con la parsimonia de un
sonámbulo y si había agua caliente en el Trotter eléctrico me bañaba,
de lo contrario lo hacía en la fábrica unos cuantos minutos antes de
la hora de salida, sin que el jefe se diera cuenta.
Abordaba el
viejo Scania que iniciaba su recorrido dos cuadras antes de mi casa
y me ubicaba en la misma butaca de hacía cinco años, frente a la
puerta de emergencia. Las calles a esa hora escondían detrás de los
contenedores un malecón poblado de gaviotas y alcatraces.
--¡Qué forma de
insultarse esos tipos del pasaje!
—dijo el Gitano
mientras se abotonaba el cuello de la camisa. Bostecé por segunda
vez y con el codo limpié el vidrio que se había empañado. Me acomodé
en la butaca y levantando las solapas del abrigo me sumergí hasta
las orejas. El Gitano me miró molesto. Murmuró, luego dijo —Te
faltan pantalones para tomar decisiones.
—¿Y qué quieres
que haga? —le contesté— Tú sabes cómo es esa gente. Los que tenemos
que irnos somos nosotros. Ellos no se van a mover. ¡Entiéndelo de
una vez!
El Gitano esta vez subiendo el tono de la voz me dice: —hablaré con
el Alcalde, iré a los diarios y a las radios, le contaré a los curas
y a quien desee escucharme que este barrio se ha transformado en un
antro de putas y maricones. Vas a ver como saco a estas mierdas.
Nunca se sabe
con el Gitano hasta donde puede llegar una conversación. Un simple
tema o un trivial comentario es capaz de convertirlo en titular para
la portada de “La Cuarta”. Prefiero detener el diálogo y dos cuadras
antes que el Scania llegue a la Aduana, le palmoteo la espalda y
deseándole un buen día me bajo para meterme derecho en la fábrica,
ponerme el buzo azul y darle duro al torno hasta que el reloj
control me avise que otra vez son las siete.
En el Puerto
todos conocen mi barrio como la manzana de Europa. Debe ser que las
casas tienen un estilo diferente. Ninguna se parece a otra. Cuando
las construyeron yo ni siquiera había nacido. Mi padre me contó que
en su mayoría eran inmigrantes: catalanes, marquellanos de ancona,
berlineses y algunos italianos. El pequeño condominio, sin ser
elegante, tiene sus características. La limpieza de sus calles y
murallas, los pequeños jardines y macetas con flores que cuelgan de
los balcones lo hacen atractivo, a tal punto que los turistas no han
dejado rincón sin fotografiar.
Pero después llegó ese señor de aspecto centroamericano, calvo y de
apenas un metro cincuenta, en un Mercedes blanco, ofreciendo comprar
billete en mano todo el barrio. Muchos vendieron para no tener que
seguir soportando cada noche a los que levantaban barricadas,
quemaban neumáticos y gritaban consignas en contra del gobierno.
Fue ese año
en que a mi padre se le metió en la cabeza la idea de vender la
casa. En buena hora se arrepintió. Creo que lo detuvo ese inmenso
cariño por los cincuenta años de oficio, razón que fue suficiente
para que el Sindicato de Relojeros de Chile por votación unánime del
directorio, le hiciera entrega de una medalla de oro en la
celebración de los 450 años del Descubrimiento de Valparaíso. Además
creo que se le vino encima toda la nostalgia de los relojes de
péndulo: Ansonias, Kaisser, Junghans y Gustav Becker. Una valiosa
colección que a su muerte sería donada al Museo del Servicio
Hidrográfico de la Armada.
Cuando regresé a casa persistía la llovizna. Mi padre recostado en
su sillón dormitaba. El locutor de la televisión entregaba el primer
informativo de la noche. Permanecí de pie junto al viejo por unos
minutos. A veces me preocupaba verlo dormir en las horas más
inusuales. Llevaba puesto los pantalones de franela oscura, abrigo
escocés y la boina de lana negra que Antonella le había tejido para
el día de su cumpleaños número setenta y cinco. Mi papá ni siquiera
se percató de mi presencia. Pude haberle sacado el Longines de oro
del bolsillo de su chaleco. Hasta sordo se había puesto con esto de
escuchar tantas campanadas y carillones.
Sobre la mesa
del comedor estaban el termo con leche caliente que nos dejó mi
hermana, queso francés, mermelada de damascos, pan de centeno y un
poco de vino. Ella en raras ocasiones cenaba con nosotros, sobre
todo si era invierno, prefería refugiarse en su pieza con rumas de
revistas de moda. Come poco porque según mi padre — aún tiene
pretensiones sentimentales.
Ha dejado de llover y las últimas gotas se deslizan por la ventana.
La farmacia cerró hoy más temprano que de costumbre. La ampolleta de
neón que quebraron la otra noche aún oscurece la esquina.
Veo la hora
en cualquier muralla y espero impaciente el preciso instante en que
Sofía debe atravesar la calle para abordar el bus. Aún no sé por qué
me preocupo de ella, debe ser porque siempre la he visto sola.
Intento todas las veces que es necesario dormir sin tener que
recurrir a los somníferos ni al ron. El doctor me ha dicho que debo
respirar profundamente y exhalar el aire de mis pulmones como quien
expulsa pequeñas volutas de humo. Imagino que he caminado todo un
día por el bosque y es tanto el cansancio que en cualquier momento
puedo quedarme dormido.
Empiezo a creer en la factibilidad de este método y en la historia
del bosque. Esta noche he logrado dormir al menos una hora más de lo
acostumbrado.
La sirena como es habitual atraviesa mis tímpanos y también los de
mi padre que hace una hora ya está en pie. El prepara el desayuno
con la misma tranquilidad que repara los Ansonias y luego se queja
de cualquier cosa para tener algo que decir. Cuando faltan dos
minutos para las siete me despido de él con un beso en la frente.
En la esquina me espera el Gitano. Siempre está con los brazos
cruzados y la mirada puesta en el pavimento, tratando de interrogar
a sus zapatos o a la huella que otros dejaron.
—Ayer estuve con
los periodistas de El Mercurio
—dice con un aire
triunfalista—. Cualquiera de estos días se dejarán caer con gráficos
y grabadoras. El reportaje será de miedo y ésta va a ser la primera
incursión que realizaremos por tierra para luego bombardearlos desde
el aire con la palabra —moral—.Le sonrío amablemente y no deja de
extrañarme ese lenguaje bélico que emplea y, como es de costumbre,
nos sentamos en las mismas butacas y practicamos el mismo rito de
todas las mañanas. ¿Hasta cuándo? Ni yo mismo lo sé. El Gitano creo
sin temor a equivocarme es un buen tipo. Lo conozco todos estos
años y sólo en este último tiempo hemos hecho buenas migas.
Antonella dentro de siete días estará de cumpleaños. Ella es la
mayor de cuatro hermanos y ocupa el segundo piso de la casa después
de que falleciera mi madre. Es modistas, así dice el diploma que
cuelga entre sus figurines y confecciona trajes exclusivamente para
la llamada gente “bien” Aldo es el que la sigue en edad y se parece
mucho a mí, o yo a él. La gente tiene ambas versiones, pero él está
casado y tiene la mejor casa de ventas de relojes. Hace tan sólo
tres meses lo nombraron representante para Chile de la Omega.
Vitorio es el menor y todos dicen que Robert Redford se parece mucho
a él. Es ingeniero electrónico y trabaja para la Seiko Tapan
instalando relojes computarizados en estadios y gimnasios. A menudo
nos manda postales de diferentes países. La última nos la envió
desde Caracas.
Todos en algún momento de nuestra juventud hemos trabajado como
relojeros. Este oficio que mi padre heredó del abuelo, nosotros lo
aprendimos a los doce años. El viejo nos enseñó las primeras
lecciones y después nos mandó a estudiar a la Escuela de Relojería
Suiza que estaba en Diez de Julio con Matta. Estuvimos con Aldo y
Vitorio más de un año desarmando y armando Rolex, Omegas y Pathe
Phillips, estudiando el funcionamiento de cada una de las piezas,
memorizando largas definiciones, que pese a los años, aún recuerdo.
Este oficio termina por dejarlo casi ciego a uno. Pregúntenle a mi
padre cuántas veces le ha cambiado los cristales a sus anteojos.
Creo que ni él mismo lo recuerda.
Las diez horas que uno se pasa nos gasta la vista. Eso sí nos enseña
una concentración poco usual con esa pequeña lente pegada al ojo y
la absoluta inmovilidad del nervio óptico que une las pupilas y las
manos en un perfecto binomio. Después viene la concentración más
oculta, cuando hay que coger con la brusela las pequeñas espirales
que sujetan el sistema de escape del ancla que unida a la
suspensión, mueve el péndulo. Entonces la respiración se hace
imperceptible. Hay que sujetar el aire en los pulmones ya que un
mínimo de movimiento podría desviar el pulso y sacar de su centro el
engranaje de la rueda de tubo que hace girar al minutero. Mi padre,
como experto en relojería, prefiere la maquinaria de engarce antigua
donde el movimiento de la caja de plata es limpio y nos enseña a oír
y a conocer el sonido de los metales. Entonces uno piensa en mil
cosas diferentes, y en una cosa de mil maneras. El recuerdo lo
empuja alguien. Lo pone al borde del precipicio. Bastaría con soplar
levemente para que todo quedara en el olvido. A menudo, un
presentimiento penetra y se aleja en el cerebro y sólo se ve lo que
se piensa, sólo existe el desorden o la expansión del pensamiento,
hasta llegar algunas veces al paroxismo, algo así como una
fotografía en blanco y negro.
Es por ello que el psiquiatra me sugirió que cambiara de oficio
porque de lo contrario me estaba convirtiendo en el candidato con
mayores probabilidades para optar a una beca en el manicomio.
Estaba consciente que no andaba bien, que me parecía mucho a esos
despertadores antiguos que se adelantan o se atrasan y no hay forma
de ponerlos a la hora, por mas que se ajuste con precisión cada una
de las piezas.
Esto fue lo que me llevó a buscar un nuevo empleo. Total había
egresado de la Escuela de Artes y Oficios como el mejor de mi
promoción en la especialidad de mecánico tornero.
Este trabajo al menos me permite vagar por otras secciones y siempre
se conoce gente nueva que lo saluda y desea hacerse amigo de uno.
Cuando llega el día del suple nos vamos al Marco Polo y le damos el
bajo a cuanta cerveza y sandwich se nos pone por delante. Ahí todos
conversan de todo, del Wanderers, del Congreso y de los autos de los
parlamentarios. Me percato que soy el único que no habla y he
llegado a creer que el excesivo silencio me ha hecho olvidar hasta
la forma de conversar.
Hoy es el último día de julio y mi padre apenas se ha levantado.
Dice que le pesan las piernas y la artritis no lo deja trabajar y de
seguir enfermo va a cerrar el taller. Ha insistido nuevamente para
que regrese. Esta vez me ha ofrecido el cincuenta por ciento de las
utilidades y la verdad es que no tengo ningún interés de volver. La
sola idea de pensar que debo sentarme en ese piso giratorio, donde
lo hice por más de veinte años y viajar a las profundidades de la
caja de las herramientas con esa lente pegada al ojo me asusta.
Además cada día son menos los relojes mecánicos que se reparan.
Pronto no quedará ninguno. El avance de la tecnología sobrepasó
nuestro oficio. El viejo no quiere entender que hoy los relojes son
tan desechables como los envases de las gaseosas, ni puede
concebir que se fabriquen de plástico. El cree que criticando este
mal gusto generalizado por la relojería tarde o temprano la gente va
a cambiar y volverá a apreciar el trabajo de los antiguos artesanos.
Antonella me comentó anoche, mientras veíamos una película en la
televisión que papá se comporta de una manera extraña como
acostumbran hacerlo aquellas personas que han estudiado una
determinada materia. La conocen al dedillo y les gusta dar a
conocer a los demás una visión docta del tema sin importarles
mayormente quienes los escuchen.
En este ámbito de cosas, me he acostumbrado a desentenderme de su
retórica la cual a veces sin pretenderlo, ofende a más de alguien,
como sucedió hace unos años cuando vino a visitarnos el tío Erasmo,
un pastor de la iglesia Anglicana a quien mi padre le dijera: “para
bien de la humanidad es necesario meter en un mismo saco a los
Católicos, Freudianos, Anarquistas, Políticos, Anglicanos, es decir,
a cualesquiera que sepa o actúe repitiendo pensamientos aprendidos
o heredados, suprimiendo los fanatismos tan en boga dentro de las
religiones, porque un hombre fanático es más peligroso que un perro
con rabia. El fanatismo les obliga a la acción, a la injusticia, al
mal. Vea usted a los grupos terroristas en Irlanda, Colombia y Perú”.
Después de esa diarrea mental de mi padre en el W.C. del cosmos
nunca más supimos del tío Erasmo y es por ello que en contadas
ocasiones hablo con él de otras materias que no sean las
relacionadas con nuestro oficio. Mas ahora, siento pena de haberlo
dejado. Sé que él me necesita. No me lo ha dicho pero sus gestos y
sus palabras lo delatan.
Mi padre, como buen italiano es orgulloso, y por él, que el apellido
Ferrara se prolongue infinitamente, siempre y cuando esté
relacionado a la historia de los primeros relojeros italianos. El
piensa que yo soy la persona indicada para continuar con la
tradición, pero eso no será posible al menos por ahora. No es que
desee llevarle la contraria o cosa que se parezca, sino que me
aburrí de ese oficio.
Cuando regresé a casa Antonella me esperaba en el living. Me extrañó
no encontrar a mi padre dormitando frente al televisor.
—¿Y que pasó con
el viejo?
—Está en su pieza
—respondió Antonella en forma lacónica.
—¿Sabías que papá
descolgó el letrero de la relojería? Supuse que mi negativa para
aceptar su oferta lo había llevado a tomar esa determinación
Toqué suavemente la puerta del dormitorio. La pieza estaba oscura.
Encendí la lámpara del velador y mi padre estaba pálido como nunca,
un sudor frío inundaba su frente y todo su cuerpo temblaba como una
masa gelatinosa. Grité a Antonella para que se comunicara con el Dr.
Khrumm y me abracé a su cuerpo para detener el dolor que se
reflejaba en su rostro. Mi viejo se desvanecía lentamente y su
cabeza semicalva se zafó de mis manos y giró hacia un costado de la
almohada.
Esa misma noche se lo llevaron para el Van Buren y lo tuvieron
conectado a una mascarilla con oxígeno. El doctor que era un viejo
amigo de mi padre nos dijo que había sufrido una trombosis coronaria
y que su estado era grave. Me quedé hasta el otro día sentado en el
pasillo del hospital frente a su pieza que tenía una luz roja
encendida.
Debe haber sido como a eso de las seis de la mañana cuando la
enfermera me despertó. No podré olvidar nunca ese rostro. Había en
sus ojos una ternura que era capaz de anestesiar a la tristeza. Me
miró fijamente a los ojos y las palabras no fueron necesarias. Lloré
como nunca antes en mi vida.
Aldo y el Gitano llegaron unos minutos después. Caminamos en
silencio y la sirena de los Astilleros de la Armada, rebotó en mis
oídos, pero no fue esta vez para despertarme o despojarme del
insomnio ni para anunciarme que el Scania rojo pasaría como de
costumbre por la esquina de la casa.
—No te preocupes
de nada —dijo Aldo interrumpiendo el silencio—. Lo llevaremos al
velatorio de la Iglesia de La Matriz. Está todo arreglado. Espero
comunicarme con Vitorio apenas los de la Seiko me digan donde se
encuentra.
Atravesamos de una punta a otra el edificio para que mi hermano
firmara esos extensos formularios que entregan en los hospitales y
nos autorizaran retirar el cuerpo de mi padre. Cuando llegamos a La
Matriz nos encontramos con el station wagon del cual descendieron
dos sujetos vestidos con guardapolvos grises, a los que no quisiera
como guardaespaldas ni siquiera para mí. Bajaron un sobretodo de
madera forrado en felpa de color granate, un crucifijo metálico y
algunos pedestales de bronce, además de otras cosas que debían de
ser imprescindibles porque siempre la muerte es un misterio. La
quietud del cementerio con sus nichos alineados y los pinos en dos
largas hileras, aromaban el silencio de la tarde que no era
diferente de otras. Delante iba el féretro y las coronas de flores,
una llevaba los colores de la bandera de Italia. El antiguo mausoleo
de la familia, estaba discretamente adornado, un ramo de claveles
rojos en el centro y un par de floreros de vidrio recién comprados.
Un viejo inmigrante de la colonia, quizá el último de la época de mi
padre, extrajo de sus bolsillos un papel, el cual desdobló con toda
tranquilidad. Se acomodó los anteojos y con una voz casi
imperceptible, trazó en forma breve una semblanza de Pietro
Ferrara, destacando su participación en la fundación de la
Asociación Nacional de Relojeros, Joyeros y Ramos Afines.
Una vez que concluyó sus palabras, procedió a doblar la hoja y
guardarla nuevamente. Nos abrazó a cada uno y las lágrimas no
estuvieron ausentes en la despedida. Abandonamos el cementerio con
la misma lentitud con que habíamos llegado.
El Gitano aproximó su auto donde nos encontrábamos y ofreció
llevarnos a casa. Antonella subió adelante y yo me acomodé en el
asiento de atrás. No habíamos recorrido un par de kilómetros cuando
le pedí al Gitano que se detuviera en el próximo semáforo. Tenía
ganas de caminar contra el tiempo que todo tiende a convertirlo en
costumbre: la muerte, el amor y el olvido, algo que no es necesario
recordarlo para saber que existe, así como la neblina que humedece
el rostro, emitiendo en los demás señales equivocadas como una forma
de extraviar la única huella invisible que nos traza el destino. A
veces me siento como un cadáver de otro cuerpo. Este viento frío se
empecina en oxidar antiguas espirales. Parece conocer lo que
sentimos dentro del alma; un viejo reloj, al que se le ha cortado la
cuerda después de haberlo reparado varias veces.
Este viento que eleva emociones y recuerdos como volantines anónimos
confabula con las tardes Irías, opacas, volviéndome triste y
solitario, porque algo me falta o por que algo de mí quisiera dar.
He aprendido a querer este Puerto, al igual que a Sofía, que quizá
nunca conoceré, porque aún no ha llegado el momento y los días son
todos diferentes pese a que los siento iguales como cada barco que
se va prisionero de mis pupilas y que un día nos recogerá para
llevarnos al preciso lugar de nuestros antepasados.
Tengo tantos recuerdos que ya no sé donde mirar para no escuchar ese
eco que resuena en mi mente, como en aquel tiempo cuando tenía doce
años y mi padre me regaló varios relojes viejos para que de esta
forma el tiempo nunca se escapara.
Era de noche cuando regresé a casa con un par de copas en el cuerpo
y una luna distraída que iluminaba el sello de fabricación de mi
antiguo omega y el canto de los borrachos que trepaba por sobre la
oscuridad de las esquinas. Antonella y el Gitano estaban sentados en
el living con un vaso de pisco y conversaban en forma amena. El
rostro demacrado de mi hermana, recobraba lentamente su color
natural.
—¿Dónde fue que
dijiste que el viejo había guardado el letrero?
—No sé —respondió
Antonella, sorprendida por mi pregunta—. Creo que está escondido en
algún lugar del taller.
—Mañana te pediré
ayuda para encontrarlo... |