Miami
Estados Unidos
Año VIII

 Nº 47/48

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Profesora Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad  de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

 

Boletín Informativo

Reciba por correo electrónico una síntesis de las principales noticias literarias


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

MI PADRE NO PUEDE ENTENDER QUE

 LOS RELOJES SEAN DESECHABLES

COMO LAS LATAS DE CERVEZA

por

Pablo Cassi


     ESTABA TENDIDO EN LA CAMA TRATANDO DE conciliar el sueño. El ruido del Puerto con sus grúas violaba el silencio en cada rincón de la pieza. Abrí los ojos y decidí levantarme. Tenía la boca amarga y sobre la frente me caía un mechón de pelo oscuro que rápida­mente volví a su lugar. Caminé hacia la ventana y la abrí suavemente. Llovía. La vitrina de la farmacia estaba apenas iluminada y la ampolleta de neón que la noche anterior colgaba de un poste de la esquina, alguien la había quebrado. No pude fotografiar con mis pupilas el rostro de la lluvia y sin embargo la brisa húmeda sacudió mis pesados párpados.

     Medí inconscientemente la distancia que había hasta el bar, no obstante, sabía que desde ese lugar no podría ver a Sofía. Una vez más tuve para mí un par de palabras amables que hicieron volverme nueva­mente a la cama.

     Cada vez mis períodos de insomnio eran más fre­cuentes. Según el psiquiatra no tenía remedio; erraba mentalmente, entregándome con ilimitada pasión a todas las furias de la imaginación, maldiciendo de viva voz a los dirigentes del sindicato por la pésima negociación que habían conseguido de la empresa. Todo había sido un show bien montado, igual que las promesas del Diputado que después de electo nunca más se supo de él. Me costaba conciliar el sueño. Un vaso de ron era lo único que lograba incinerar mis inútiles monólogos.

     A las seis de la mañana la sirena de los Astilleros de la Armada se clavaba vertical en mis oídos. Me le­vantaba con la parsimonia de un sonámbulo y si había agua caliente en el Trotter eléctrico me bañaba, de lo contrario lo hacía en la fábrica unos cuantos minutos antes de la hora de salida, sin que el jefe se diera cuenta.

     Abordaba el viejo Scania que iniciaba su recorrido dos cuadras antes de mi casa y me ubicaba en la misma butaca de hacía cinco años, frente a la puerta de emergencia. Las calles a esa hora escondían detrás de los contenedores un malecón poblado de gaviotas y alcatraces.

 

--¡Qué forma de insultarse esos tipos del pasaje!

 

—dijo el Gitano mientras se abotonaba el cuello de la camisa. Bostecé por segunda vez y con el codo limpié el vidrio que se había empañado. Me acomodé en la butaca y levantando las solapas del abrigo me sumergí hasta las orejas. El Gitano me miró molesto. Mur­muró, luego dijo —Te faltan pantalones para tomar decisiones.

 

—¿Y qué quieres que haga? —le contesté— Tú sabes cómo es esa gente. Los que tenemos que irnos somos nosotros. Ellos no se van a mover. ¡Entiéndelo de una vez!

 

     El Gitano esta vez subiendo el tono de la voz me dice: —hablaré con el Alcalde, iré a los diarios y a las radios, le contaré a los curas y a quien desee es­cucharme que este barrio se ha transformado en un antro de putas y maricones. Vas a ver como saco a estas mierdas.

     Nunca se sabe con el Gitano hasta donde puede llegar una conversación. Un simple tema o un trivial comentario es capaz de convertirlo en titular para la portada de “La Cuarta”. Prefiero detener el diálogo y dos cuadras antes que el Scania llegue a la Aduana, le palmoteo la espalda y deseándole un buen día me bajo para meterme derecho en la fábrica, ponerme el buzo azul y darle duro al torno hasta que el reloj control me avise que otra vez son las siete.

     En el Puerto todos conocen mi barrio como la manzana de Europa. Debe ser que las casas tienen un estilo diferente. Ninguna se parece a otra. Cuando las construyeron yo ni siquiera había nacido. Mi padre me contó que en su mayoría eran inmigrantes: cata­lanes, marquellanos de ancona, berlineses y algunos italianos. El pequeño condominio, sin ser elegante, tiene sus características. La limpieza de sus calles y murallas, los pequeños jardines y macetas con flores que cuelgan de los balcones lo hacen atractivo, a tal punto que los turistas no han dejado rincón sin foto­grafiar.

     Pero después llegó ese señor de aspecto centroamericano, calvo y de apenas un metro cincuenta, en un Mercedes blanco, ofreciendo comprar billete en mano todo el barrio. Muchos vendieron para no tener que seguir soportando cada noche a los que levantaban barricadas, quemaban neumáticos y gritaban consig­nas en contra del gobierno.

     Fue ese año en que a mi padre se le metió en la cabeza la idea de vender la casa. En buena hora se arrepintió. Creo que lo detuvo ese inmenso cariño por los cincuenta años de oficio, razón que fue suficiente para que el Sindicato de Relojeros de Chile por votación unánime del directorio, le hiciera entrega de una medalla de oro en la celebración de los 450 años del Descubrimiento de Valparaíso. Además creo que se le vino encima toda la nostalgia de los relojes de péndulo: Ansonias, Kaisser, Junghans y Gustav Becker. Una valiosa colección que a su muerte sería donada al Museo del Servicio Hidrográfico de la Armada.

     Cuando regresé a casa persistía la llovizna. Mi padre recostado en su sillón dormitaba. El locutor de la televisión entregaba el primer informativo de la noche. Permanecí de pie junto al viejo por unos mi­nutos. A veces me preocupaba verlo dormir en las horas más inusuales. Llevaba puesto los pantalones de franela oscura, abrigo escocés y la boina de lana negra que Antonella le había tejido para el día de su cumpleaños número setenta y cinco. Mi papá ni si­quiera se percató de mi presencia. Pude haberle saca­do el Longines de oro del bolsillo de su chaleco. Hasta sordo se había puesto con esto de escuchar tantas campanadas y carillones.

     Sobre la mesa del comedor estaban el termo con leche caliente que nos dejó mi hermana, queso francés, mermelada de damascos, pan de centeno y un poco de vino. Ella en raras ocasiones cenaba con nosotros, sobre todo si era invierno, prefería refugiarse en su pieza con rumas de revistas de moda. Come poco porque según mi padre — aún tiene pretensiones sentimentales.

     Ha dejado de llover y las últimas gotas se deslizan por la ventana. La farmacia cerró hoy más temprano que de costumbre. La ampolleta de neón que que­braron la otra noche aún oscurece la esquina.

     Veo la hora en cualquier muralla y espero im­paciente el preciso instante en que Sofía debe atravesar la calle para abordar el bus. Aún no sé por qué me preocupo de ella, debe ser porque siempre la he visto sola.

     Intento todas las veces que es necesario dormir sin tener que recurrir a los somníferos ni al ron. El doctor me ha dicho que debo respirar profundamente y exhalar el aire de mis pulmones como quien expulsa pequeñas volutas de humo. Imagino que he cami­nado todo un día por el bosque y es tanto el cansancio que en cualquier momento puedo quedarme dormido.

     Empiezo a creer en la factibilidad de este método y en la historia del bosque. Esta noche he logrado dormir al menos una hora más de lo acostumbrado.

     La sirena como es habitual atraviesa mis tímpanos y también los de mi padre que hace una hora ya está en pie. El prepara el desayuno con la misma tranquili­dad que repara los Ansonias y luego se queja de cualquier cosa para tener algo que decir. Cuando faltan dos minutos para las siete me despido de él con un beso en la frente.

     En la esquina me espera el Gitano. Siempre está con los brazos cruzados y la mirada puesta en el pavimento, tratando de interrogar a sus zapatos o a la huella que otros dejaron.

 

—Ayer estuve con los periodistas de El Mercurio

—dice con un aire triunfalista—. Cualquiera de estos días se dejarán caer con gráficos y grabadoras. El reportaje será de miedo y ésta va a ser la primera incursión que realizaremos por tierra para luego bombardearlos desde el aire con la palabra —moral—.Le sonrío amablemente y no deja de extrañarme ese lenguaje bélico que emplea y, como es de costumbre, nos sentamos en las mismas butacas y practicamos el mismo rito de todas las mañanas. ¿Hasta cuándo? Ni yo mismo lo sé. El Gitano creo sin temor a equivo­carme es un buen tipo. Lo conozco todos estos años y sólo en este último tiempo hemos hecho buenas migas.

 

     Antonella dentro de siete días estará de cumpleaños. Ella es la mayor de cuatro hermanos y ocupa el segundo piso de la casa después de que falleciera mi madre. Es modistas, así dice el diploma que cuelga entre sus figurines y confecciona trajes exclusiva­mente para la llamada gente “bien” Aldo es el que la sigue en edad y se parece mucho a mí, o yo a él. La gente tiene ambas versiones, pero él está casado y tiene la mejor casa de ventas de relojes. Hace tan sólo tres meses lo nombraron representante para Chile de la Omega. Vitorio es el menor y todos dicen que Robert Redford se parece mucho a él. Es ingeniero electrónico y trabaja para la Seiko Tapan instalando relojes computarizados en estadios y gimnasios. A menudo nos manda postales de diferentes países. La última nos la envió desde Caracas.

     Todos en algún momento de nuestra juventud hemos trabajado como relojeros. Este oficio que mi padre heredó del abuelo, nosotros lo aprendimos a los doce años. El viejo nos enseñó las primeras lecciones y después nos mandó a estudiar a la Escuela de Relojería Suiza que estaba en Diez de Julio con Matta. Estuvimos con Aldo y Vitorio más de un año desar­mando y armando Rolex, Omegas y Pathe Phillips, estudiando el funcionamiento de cada una de las piezas, memorizando largas definiciones, que pese a los años, aún recuerdo.

     Este oficio termina por dejarlo casi ciego a uno. Pregúntenle a mi padre cuántas veces le ha cambiado los cristales a sus anteojos. Creo que ni él mismo lo recuerda.

     Las diez horas que uno se pasa nos gasta la vista. Eso sí nos enseña una concentración poco usual con esa pequeña lente pegada al ojo y la absoluta inmo­vilidad del nervio óptico que une las pupilas y las manos en un perfecto binomio. Después viene la concentración más oculta, cuando hay que coger con la brusela las pequeñas espirales que sujetan el sis­tema de escape del ancla que unida a la suspensión, mueve el péndulo. Entonces la respiración se hace imperceptible. Hay que sujetar el aire en los pul­mones ya que un mínimo de movimiento podría desviar el pulso y sacar de su centro el engranaje de la rueda de tubo que hace girar al minutero. Mi padre, como experto en relojería, prefiere la maquinaria de engarce antigua donde el movimiento de la caja de plata es limpio y nos enseña a oír y a conocer el sonido de los metales. Entonces uno piensa en mil cosas di­ferentes, y en una cosa de mil maneras. El recuerdo lo empuja alguien. Lo pone al borde del precipicio. Bastaría con soplar levemente para que todo quedara en el olvido. A menudo, un presentimiento penetra y se aleja en el cerebro y sólo se ve lo que se piensa, sólo existe el desorden o la expansión del pensamiento, hasta llegar algunas veces al paroxismo, algo así como una fotografía en blanco y negro.

     Es por ello que el psiquiatra me sugirió que cam­biara de oficio porque de lo contrario me estaba convirtiendo en el candidato con mayores probabili­dades para optar a una beca en el manicomio. Estaba consciente que no andaba bien, que me parecía mucho a esos despertadores antiguos que se adelantan o se atrasan y no hay forma de ponerlos a la hora, por mas que se ajuste con precisión cada una de las piezas.

     Esto fue lo que me llevó a buscar un nuevo empleo. Total había egresado de la Escuela de Artes y Oficios como el mejor de mi promoción en la especialidad de mecánico tornero.

     Este trabajo al menos me permite vagar por otras secciones y siempre se conoce gente nueva que lo saluda y desea hacerse amigo de uno. Cuando llega el día del suple nos vamos al Marco Polo y le damos el bajo a cuanta cerveza y sandwich se nos pone por delante. Ahí todos conversan de todo, del Wanderers, del Congreso y de los autos de los parlamentarios. Me percato que soy el único que no habla y he llegado a creer que el excesivo silencio me ha hecho olvidar hasta la forma de conversar.

     Hoy es el último día de julio y mi padre apenas se ha levantado. Dice que le pesan las piernas y la artritis no lo deja trabajar y de seguir enfermo va a cerrar el taller. Ha insistido nuevamente para que regrese. Esta vez me ha ofrecido el cincuenta por ciento de las utilidades y la verdad es que no tengo ningún interés de volver. La sola idea de pensar que debo sentarme en ese piso giratorio, donde lo hice por más de veinte años y viajar a las profundidades de la caja de las herramientas con esa lente pegada al ojo me asusta.

     Además cada día son menos los relojes mecánicos que se reparan. Pronto no quedará ninguno. El avance de la tecnología sobrepasó nuestro oficio. El viejo no quiere entender que hoy los relojes son tan desecha­bles como los envases de las gaseosas, ni puede con­cebir que se fabriquen de plástico. El cree que criti­cando este mal gusto generalizado por la relojería tarde o temprano la gente va a cambiar y volverá a apreciar el trabajo de los antiguos artesanos.

     Antonella me comentó anoche, mientras veíamos una película en la televisión que papá se comporta de una manera extraña como acostumbran hacerlo aque­llas personas que han estudiado una determinada materia. La conocen al dedillo y les gusta dar a cono­cer a los demás una visión docta del tema sin impor­tarles mayormente quienes los escuchen.

     En este ámbito de cosas, me he acostumbrado a de­sentenderme de su retórica la cual a veces sin preten­derlo, ofende a más de alguien, como sucedió hace unos años cuando vino a visitarnos el tío Erasmo, un pastor de la iglesia Anglicana a quien mi padre le dijera: “para bien de la humanidad es necesario meter en un mismo saco a los Católicos, Freudianos, Anar­quistas, Políticos, Anglicanos, es decir, a cualesquiera que sepa o actúe repitiendo pensamientos apren­didos o heredados, suprimiendo los fanatismos tan en boga dentro de las religiones, porque un hombre fanático es más peligroso que un perro con rabia. El fanatismo les obliga a la acción, a la injusticia, al mal. Vea usted a los grupos terroristas en Irlanda, Colom­bia y Perú”.

     Después de esa diarrea mental de mi padre en el W.C. del cosmos nunca más supimos del tío Erasmo y es por ello que en contadas ocasiones hablo con él de otras materias que no sean las relacionadas con nuestro oficio. Mas ahora, siento pena de haberlo dejado. Sé que él me necesita. No me lo ha dicho pero sus gestos y sus palabras lo delatan.

     Mi padre, como buen italiano es orgulloso, y por él, que el apellido Ferrara se prolongue infinitamente, siempre y cuando esté relacionado a la historia de los primeros relojeros italianos. El piensa que yo soy la persona indicada para continuar con la tradición, pero eso no será posible al menos por ahora. No es que desee llevarle la contraria o cosa que se parezca, sino que me aburrí de ese oficio.

     Cuando regresé a casa Antonella me esperaba en el living. Me extrañó no encontrar a mi padre dormi­tando frente al televisor.

 

—¿Y que pasó con el viejo?

 

—Está en su pieza —respondió Antonella en forma lacónica.

 

—¿Sabías que papá descolgó el letrero de la relojería? Supuse que mi negativa para aceptar su oferta lo había llevado a tomar esa determinación

 

     Toqué suavemente la puerta del dormitorio. La pieza estaba oscura. Encendí la lámpara del velador y mi padre estaba pálido como nunca, un sudor frío inundaba su frente y todo su cuerpo temblaba como una masa gelatinosa. Grité a Antonella para que se comunicara con el Dr. Khrumm y me abracé a su cuerpo para detener el dolor que se reflejaba en su rostro. Mi viejo se desvanecía lentamente y su cabeza semicalva se zafó de mis manos y giró hacia un costado de la almohada.

     Esa misma noche se lo llevaron para el Van Buren y lo tuvieron conectado a una mascarilla con oxígeno. El doctor que era un viejo amigo de mi padre nos dijo que había sufrido una trombosis coronaria y que su estado era grave. Me quedé hasta el otro día sentado en el pasillo del hospital frente a su pieza que tenía una luz roja encendida.

     Debe haber sido como a eso de las seis de la mañana cuando la enfermera me despertó. No podré olvidar nunca ese rostro. Había en sus ojos una ternura que era capaz de anestesiar a la tristeza. Me miró fijamente a los ojos y las palabras no fueron necesarias. Lloré como nunca antes en mi vida.

     Aldo y el Gitano llegaron unos minutos después. Caminamos en silencio y la sirena de los Astilleros de la Armada, rebotó en mis oídos, pero no fue esta vez para despertarme o despojarme del insomnio ni para anunciarme que el Scania rojo pasaría como de cos­tumbre por la esquina de la casa.

 

—No te preocupes de nada —dijo Aldo interrum­piendo el silencio—. Lo llevaremos al velatorio de la Iglesia de La Matriz. Está todo arreglado. Espero comunicarme con Vitorio apenas los de la Seiko me digan donde se encuentra.

 

     Atravesamos de una punta a otra el edificio para que mi hermano firmara esos extensos formularios que entregan en los hospitales y nos autorizaran retirar el cuerpo de mi padre. Cuando llegamos a La Matriz nos encontramos con el station wagon del cual descendieron dos sujetos vestidos con guardapolvos grises, a los que no quisiera como guardaespaldas ni siquiera para mí. Bajaron un sobretodo de madera forrado en felpa de color granate, un crucifijo metálico y algunos pedestales de bronce, además de otras cosas que debían de ser imprescindibles porque siempre la muerte es un misterio. La quietud del cementerio con sus nichos alineados y los pinos en dos largas hileras, aromaban el silencio de la tarde que no era diferente de otras. Delante iba el féretro y las coronas de flores, una llevaba los colores de la bandera de Italia. El antiguo mausoleo de la familia, estaba discretamente adornado, un ramo de claveles rojos en el centro y un par de floreros de vidrio recién comprados.

     Un viejo inmigrante de la colonia, quizá el último de la época de mi padre, extrajo de sus bolsillos un papel, el cual desdobló con toda tranquilidad. Se acomodó los anteojos y con una voz casi impercep­tible, trazó en forma breve una semblanza de Pietro Ferrara, destacando su participación en la fundación de la Asociación Nacional de Relojeros, Joyeros y Ramos Afines.

     Una vez que concluyó sus palabras, procedió a doblar la hoja y guardarla nuevamente. Nos abrazó a cada uno y las lágrimas no estuvieron ausentes en la despedida. Abandonamos el cementerio con la misma lentitud con que habíamos llegado.

     El Gitano aproximó su auto donde nos encon­trábamos y ofreció llevarnos a casa. Antonella subió adelante y yo me acomodé en el asiento de atrás. No habíamos recorrido un par de kilómetros cuando le pedí al Gitano que se detuviera en el próximo semáforo. Tenía ganas de caminar contra el tiempo que todo tiende a convertirlo en costumbre: la muerte, el amor y el olvido, algo que no es necesario recordarlo para saber que existe, así como la neblina que humedece el rostro, emitiendo en los demás señales equivocadas como una forma de extraviar la única huella invisible que nos traza el destino. A veces me siento como un cadáver de otro cuerpo. Este viento frío se empecina en oxidar antiguas espirales. Parece conocer lo que sentimos dentro del alma; un viejo reloj, al que se le ha cortado la cuerda después de haberlo reparado varias veces.

     Este viento que eleva emociones y recuerdos como volantines anónimos confabula con las tardes Irías, opacas, volviéndome triste y solitario, porque algo me falta o por que algo de mí quisiera dar. He aprendido a querer este Puerto, al igual que a Sofía, que quizá nunca conoceré, porque aún no ha llegado el mo­mento y los días son todos diferentes pese a que los siento iguales como cada barco que se va prisionero de mis pupilas y que un día nos recogerá para llevar­nos al preciso lugar de nuestros antepasados.

     Tengo tantos recuerdos que ya no sé donde mirar para no escuchar ese eco que resuena en mi mente, como en aquel tiempo cuando tenía doce años y mi padre me regaló varios relojes viejos para que de esta forma el tiempo nunca se escapara.

     Era de noche cuando regresé a casa con un par de copas en el cuerpo y una luna distraída que iluminaba el sello de fabricación de mi antiguo omega y el canto de los borrachos que trepaba por sobre la oscuridad de las esquinas. Antonella y el Gitano estaban sentados en el living con un vaso de pisco y conversaban en forma amena. El rostro demacrado de mi hermana, recobraba len­tamente su color natural.

 

—¿Dónde fue que dijiste que el viejo había guardado el letrero?

 

—No sé —respondió Antonella, sorprendida por mi pregunta—. Creo que está escondido en algún lugar del taller.

 

—Mañana te pediré ayuda para encontrarlo...


Pablo Cassi nació en San Felipe, Chile (1951). Poeta, narrador y periodista. En la actualidad es el Director y Editor de la Gaceta Oficial de la Municipalidad de San Felipe. Ha sido fundador de las revistas literarias Creación Joven, Imágenes, Umbral y Autores Sanfelipeños Contemporáneos. Sus crónicas, entrevistas y trabajos de crítica Literaria han sido publicados en diarios y revistas de su país. Entre sus libros publicados figuran Surco y Presencia (1977), Para un peregrino distante (1979), Cuando se aproximan los sábados y Otros cuentos (1981), Íntimo desorden (1984), Secreta convicción (1986), Poemas para un niño con sonrisa de primavera (1987), Tu prójimo inevitable (1989) y Veinte años de poesía (1995), entre otros. Desde 1975 a la fecha ha obtenido más de treinta premios en importantes concursos literarios tanto en chile como en el extranjero. En 1985 obtuvo el Premio Municipal de Literatura de la ciudad de Santiago de Chile. Otras distinciones le han sido conferidas en España, Guatemala y Argentina. Fue becario del Taller Literario del Instituto Chileno Norteamericano de Cultura de Santiago que dirigió el escritor Jorge Edwards. Entre 1978 y 1990 fue Presidente del Taller Literario “Ernesto Montenegro” período en el cual participó en la organización del Primer Concurso Nacional de Cuento, además de la realización de varios Encuentros de Escritores a nivel nacional e internacional en la ciudad de San Felipe. Parte de su obra ha sido traducida al inglés, alemán e italiano.