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Un día como
cualquier otro
Hoy, llegas contento y feliz. Es domingo. Tu mujer habrá
preparado una comida exquisita, un postre de película y habrá puesto
la cubertería de plata.
Has pasado la mañana
con tus amigos, riendo y tapeando. Una cerveza tras otra cerveza.
Uno vinito tras otro vinito dan más alegría a la vida. Esperas que
tu mujer no se haya pasado la mañana elaborando guisos y guisos
porque realmente no tienes hambre. Los calamares a la romana y el
pulpo a la gallega que te has tomado hace un ratito te han cortado
el apetito.
A ella no
le extrañara. Comes poco.
Abres la
puerta de casa y ahí está. Es día festivo, la hora de comer y allí
está ella con el chándal puesto intentando arreglar la lámpara del
salón porque vienen vuestros amigos a tomar café y no tiene ganas
que vean lo abandonada que está la casa.
Que manía
con la casa. Además de trabajar fuera, en un despacho, Maria limpia,
lleva, ordena la casa. Le gusta que esté todo ordenado. Un punto a
su favor. Se ha dejado sus clases de inglés ya que con tanto
trabajo no le da tiempo a descansar ni un minuto. Lo de las clases
de inglés es una pena. Sacándose el título superior, que le faltaba
poco, subiría de categoría, ganaría unas seis o siete mil pesetas
más y podrías comprarte a plazo este televisor, pantalla plana que
te gusta tanto.
No
entiendes como tu mujer se ha dejado las clases. Al fin y al cabo
el trabajo de la casa, lo puede hacer una vez que los peques estén
acostados.
No sabe
organizarse, porque cuando los niños están acostados se pone a
arreglar los grifos que no funcionan, las bombillas fundidas. Como
si todo esto fuera importante.
No
comprendes por que tu mujer ha perdido su atractivo. Cuando erais
novios, llevaba pantalones ajustados, mini-faldas, el pelo siempre
lisito y un maquillaje de portada de revista del corazón.
Ahora,
muchas veces cuando llegas de tus vinitos, lleva los rulos puestos y
se depila las piernas a toda pastilla: tiene que llevar a los niños
a una fiesta y no tiene tiempo de pasar tres horas en la pelu. La
verdad es que si se cortase el pelo a lo chico, y llevase siempre
vaquero no tendría estos problemas.
Por regla
general se acuesta a las once y media porque está “reventa”. No
quiere quedarse contigo para ver la tele. Así que cuando te metes en
la cama... y te gustaría algún cariñito la muy zorra se hace la
dormida. Pero tu ya sabes que no es verdad, porque la oyes llorar.
Dice que está deprimida
A buena hora
inventaron la depresión. Tu mujer no puede estar deprimida... No
tiene tiempo. No tiene tiempo ni para pensar lo que se va a poner el
día siguiente para ir a trabajar, ni para ir al médico cuando le da
guerra la úlcera.
No tiene
motivos para deprimirse. Tenéis todos los electrodomésticos
posibles, los niños han dejado ya de llorar por las noches y cuando
algún familiar puede quedarse con los chavales le da hasta un
momentito para acudir a su asociación de mujeres para... ¿para qué?
Esperemos
que esto no sea una secta ni algo por el estilo. Bueno si le enseñan
a coser ya no habrá que pagar a la señora que viene cada quince días
a arreglar la ropa.
A las
mujeres, no hay quien las entienda. Se quieren casar, trabajar,
tener hijos y después se quejan. Si no están contentas que no se
casen. A ver lo que harán por las noches en la cama ellas solas.
Aunque dicen por ahí que las mujeres se las pueden ventilar muy bien
sin nosotros.
Pero
vamos a ver. Si viven solas y hacen lo que quieren, gastan su
dinerito sólo para ella, ¿quién se ocupará de los niños, de la
comida, de la casa, del perro, de la economía familiar, de trabajar
fuera... y además de darnos alegría por las noches?
Si coges a
una mujer de la limpieza para todo esto te resultara muy caro y para
postre no está muy claro que tengas derecho a roce. Una profesional
de la vida alegre, tampoco es plan. Te puede transmitir una
enfermedad, lo hace muy rápido y además cuesta un ojo de la cara si
te buscas a una que no esté muy mal ni muy mayor.
Que
complicada que es la vida. Más vale que te quedes con María, es más
rentable, limpia y segura.
Si no
fuera por sus “depres” todo estaría muy bien. Pero ya se sabe que la
mujer es un ser incompleto, con menos fuerza e inteligencia que un
hombre.
Así que a
vivir con lo que se tiene.
Estás
cansada de esta vida.
Te
levantas a las seis. Te duchas, limpias un poco la casa. Preparas
los desayunos y bocadillos de tus hijos, mirando constantemente el
reloj. Tienes que despertar a tu marido y después a las siete,
antes de irte, a los niños. Todas las mañanas te peleas con ellos:
no se quieren levantar, se les ha olvidado que firmes alguna notita
para el colegio o tienes que buscar enseguida una caja de zapatos
vacía que necesitan para trabajos manuales.
Sales
corriendo para no perder el metro. Como no te has mirado en el
espejo antes de salir, por la calle vas verificando tu atuendo, si
tus zapatos están limpios, si tu pantalón, no está arrugado y de
repente te das cuenta que te has puesto los calcetines de tu marido,
esos negros que tienen un agujerito justo arriba y que no tienes
ganas de coser. No te da tiempo a volver a casa. Esperemos que nadie
se de cuenta.
Una vez más has perdido el metro de las siete y treinta y cinco. Te
toca esperar diez minutos. Bueno eres aún un poco positiva: diez
minutos de descanso sin marido, hijos, jefe ni perro. Cierras los
ojos para soñar un ratito...pero no puedes, sabes que en tu mesa del
despacho te dejaste un informe incompleto que tiene que salir a las
once. Tratas durante estos diez minutos de tranquilidad de
solucionar las dudas que tenías el viernes, antes de este final de
semana agotador. No podías cerrar el informe porque te preocupaba
más la merienda que prepararías al día siguiente para los amigos
que tu marido había invitado para celebrar tu cumpleaños. La verdad
es que hubieras preferido ir al cine o al teatro. Esto nunca es
posible, no tienes tiempo, o hay un partido de fútbol o no sabes
donde localizar a tu marido.
No
sabes ya porque te casaste... Si es verdad, estabas enamorada,
querías compartir tu vida con él, tener cuatro o cinco hijos. Con
uno de muestra ya tenías bastante. Nunca te hubieras imaginado el
agobio que es tener a tu cargo dos niños pequeños y otro más grande:
tu marido.
Un
marido es peor que un hijo. No te atiende, no te hace caso, no te
ayuda y no puedes reñirle como a uno de tus vástagos. Claro como vas
a reñirle: no es tu hijo, aunque él te considere algunas veces como
su madre. Todo lo relativo a la casa depende de ti. Aún no sabe en
que cajón están sus calzoncillos.
Pasa de
todo lo que está relacionado con la parte práctica de la vida. De
repente ya no sabe ni preparar una tortilla para la cena de los
niños, cuando tú llegas tarde. Es mucho más fácil llevarles al bar
de la esquina y que les preparen un bocadillo. Mientras tanto, él
puede tomarse dos o tres cervezas, un chato de vino y probar la
última botella de orujo que ha traído, Amador, el dueño del bar.
Vuelven demasiado tarde a casa y no sabes nunca donde están. Cuando
llegan, ellos muertos de sueño, y él feliz de la vida, te explica
que los ha llevado al bar, para ahorrarte el fregar los platos.
No
tienes que fregar los platos pero, si, el suelo, ya que nadie ha
sacado el perro.
Los
niños se acuestan sin ducharse y sin haber preparado la cartera para
el día siguiente. Regañas a tus hijos, pero ya no te oyen. Duermen.
Abres los ojos. El
metro está a punto de llegar. Te levantas. Coges tu bolso, tu
cartera, y la dichosa bolsa con el chándal que compraste el viernes
pasado y tienes que cambiar porque es demasiado estrecho para el
peque.
No
entiendes lo que ocurre. Alguien te ha pegado un empujón y estás
medio atontada sin el bolso que acaban de robarte.
Te
ayuda Ángel, un vecino de tu urbanización. Te acompaña hasta
comisaría para que pongas una denuncia. Te invita a tomar un café
antes de volver a la estación y te coge de la mano para ayudarte a
entrar en el compartimiento. Te estremeces. Hace ya muchos años que
nadie te coge de la mano. El contacto de esta mano sobre la tuya es
inquietante. Has notado algo. Algo diferente.
Te
sientas y miras el reloj. Hoy llegarás con dos horas de atraso, sin
bolso, sin llaves, sin dinero. Menos mal que no te han robado la
cartera donde tienes el esquema del final del informe.
Vuelves
a cerrar los ojos durante el trayecto hasta la oficina. Si tu marido
te cogiese de la mano, te sonriera y te mirara como lo hizo Ángel
esta mañana, se lo perdonarías todo. Olvidarías sus olvidos,
olvidarías que sólo eres la cocinera, la mujer de la limpieza, la
niñera del apartamento número nueve de la urbanización de lujo Los
Cisnes.
Olvidarías que pasas muy poco tiempo con él. Olvidarías que él
prefiere la compañía de sus amigos, de los vecinos de quién sea, con
tal de encontrar otra cosa menos aburrida que el hogar, de demostrar
que él es un hombre libre, sin atadura, que vive la vida a su aire y
no tiene que rendir parte a nadie de lo que hizo durante estas
horas muertas del día. Se enorgullece de que no le caerá la casa
encima. A lo mejor le caerá otra cosa y no sabrá cual es...
Olvidarías que tus hijos se pasan los sábados y domingos preguntando
por su padre y que lloran por que les hubiera apetecido ir al
zoológico con él, en vez de darle a la pelota toda la tarde por los
pasillos de la casa.
Te
preguntas lo que busca este extraño con quién te casaste. ¿Que busca
fuera? ¿Que quiere demostrar?
Querrá
rellenar su vacío. Este vacío que ha forjado él-mismo desde joven, y
que ha ido ensanchándose cada vez más, por miedo. Miedo a que lo
descubran. Miedo a que todos se den cuenta de su soledad, de su
angustia, de sus miedos.
Unas
lágrimas caen sobre tus mejillas. No quieres pensar tanto. Te
gustaría no analizar vuestra vida. Tu sicóloga ya te lo dijo. Tienes
dos soluciones: le abandonas o le aguantas. No quieres abandonarle
ni aguantarle.
Te
faltan unos minutos para llegar a tu estación. Te pintas los labios,
recoges unas mechas locas que se pasean por tu frente y abandonas el
único lugar donde puedes descansar y pensar.
Menos
mal que tus compañeros de trabajo son simpáticos. Sus bromas te
hacen olvidar tus penas, las sombras grises que oscurecen tu vida.
Ellos
parecen felices. Hablan de sus parejas, hablan de lo que hacen
juntos, hablan de su futuro.
Tú ya
no tienes futuro.
Son
las seis de la tarde. Si María no llega más pronto de la compra,
tendrás que dejar a los niños solos para ir a dar una vuelta con tus
amigos. Esta mujer se olvida de todo. Sabe muy bien que sales todos
los días a estas horas para relajarte y olvidar tus problemas
laborales, para olvidar que tienes que trabajar ocho horas diarias
para pagar las letras, la comida, para olvidar que el matrimonio no
es lo que tu pensabas, para olvidar que creías que tu vida de casado
sería semejante a la de soltero con la única diferencia que Maria
estaría a tu lado, siempre tan guapa, tan sonriente.
Maria ha
cambiado. No es la misma. Ya no se ríe como antes. Tiene una mirada
de reproche que te ofende. No dice nada. Solo mira y suspira.
Miradas y
suspiros. No sabes lo que quiere.
Antes por lo menos, protestaba, gritaba... sin ningún resultado... y
sabías
que tenías una esposa a tu lado.
¿Por qué
ha dejado de protestar y de gritar?
Una mujer
sin voz es como un fantasma... un fantasma errante...un fantasma en
pena... en pena ¿de qué?
No quiere
tener más hijos. Con los dos que tiene, dice que ya le sobra. A ti
te hubiera gustado que naciera una nena para alegrar vuestro
hogar... una nena rubia como ella, pero simpática como tú, una nena
que te hubiera cuidado al llegar la vejez.
Pero Maria
se ha vuelto inhumana. Decidió acabar con su tercer embarazo antes
que alguien sospechara de lo que fuera. Se lo prohibiste. Pero te
dio a elegir: si no abortaba, se suicidaba. y es una mujer tan rara
que tuviste que ceder.
Si no se
hubiera hecho esta ligadura de trompas hace poco, aún podrías soñar
con esta nenita rubia, guapa y simpática...
Abres
la puerta de casa. No hay nadie. Pepe se ha marchado con los niños y
el perro.¡ Que suerte! Tienes dos horas para ti sola antes de que
vuelvan. Tenías pensado hacer una cena especial. No pasa nada.
Guardas la compra en la nevera. La cena especial la harás mañana.
Tu vida
está hecha de” mañanas” que no existen. El mañana y el ayer son
idénticos.
Tu vida
es igual a un reloj. Los segundos, los minutos, las horas pasan sin
que el tiempo avance .No sabes quien eres, ni lo que fuiste, ni lo
que serás.
Las
lágrimas van derramándose como un río sin rumbo en tu garganta, tu
cuerpo y tus ojos siguen secos, secos como tus sentimientos, tu
sufrimiento.
2
Un día muy especial
23 de
Febrero. 18h 30. Almacenes La Pava. 4º planta.
...¿A ver qué podrías
regalar a María? ¿Esta plancha de vapor, último modelo, o este gril
micro ondas? Seguro que a María le apetece algo diferente, un
perfume, un ramo de flores... tonterías de mujeres. Te decides por
un juego de sartenes anti-adherentes porque te das cuenta que son
las 18h 30 y que tus amigos te esperan para la partidita de los
jueves. Tienes amigos en todos los sitios, amigos que te valoran,
que te aprecian, y que saben que puedan contar contigo para lo que
sea. Te consideran como el prototipo del hombre en toda la extensión
de la palabra. Eres, amigable, hablas de lo que sea con quien sea y
jamás formulas una sola queja sobre tu vida personal. Según ellos
eres un hombre con suerte.
23 de
Febrero. 18h 30. Galerías “La Pava”. Planta Baja.
Dudas.
Regalarías a José este perfume que anuncian todas las noches en la
tele antes de las noticias .Este perfume exótico, con olor a
madreselva, este perfume que despierta los sentidos y remueve
recuerdos de la juventud, recuerdos de antes. Diez años ya. Diez
años que estáis casados. Diez años hace que empezó la cuenta atrás.
La mirada de José
te espía, te condena en cada uno de tus actos. Sabes que no eres la
mujer que él hubiera querido tener. Esposa dócil, esposa sumisa.
Para agradarle tendrías que aceptar su forma de ser, aprobar sus
salidas nocturnas, su desinterés por ti, ratificar sus desidias,
olvidar que eres un utensilio que se coge y se deja después de
haberlo utilizado.
Luchaste con el fin de parar esta máquina infernal. El reloj
diabólico no atiende a razonamientos y su mecanismo elabora la
telaraña que paraliza nuestros corazones. Eres conciente de lo que
ocurre y no sabes cuanto tiempo aguantarás la máquina satánica que
desmenuza vuestro porvenir. Necesitas palabras, caricias, dulzura,
pero nadie te las da.
“..¿Señora que
desea?...”
No sabes. Los
olores de los perfumes se han mezclado y se han alojado en tu nariz,
tu paladar, tu estómago. Tienes ganas de devolver, estás mareada.
Abandonas la sección de perfumería de las Galerías “La Pava” y te
refugias en la cuarta planta: menaje y muebles. Te tumbas en un
sillón de masajes del cual una joven dependienta hace la
demostración. No te importa ser el conejillo de indias de este tipo
de ventas. Si no fuera por los 855 euros que vale te lo llevarías
a casa y se lo regalarías a José.
Se te ocurre una
mejor idea. Hoy, jueves, tu hermana Lola, está libre y podría
quedarse en casa con los niños mientras os vais al cine y después a
cenar a un restaurante italiano. Una cena a la luz de las velas
escuchando canciones de amor. Sería una forma de volver a empezar,
una forma de acorralar el pasado y recomenzar sobre unas bases
nuevas. Durante la cena le regalaría este reloj que tanto le gusta.
Tu imaginación
desborda de su cauce. Tienes que darte prisa, solucionarlo todo
antes de que llegue José. Llamas a Lola, compras el reloj, las
entradas del cine y reservas una mesa. Esta noche será el principio
de una nueva etapa de tu vida. Amada y ser amada.
Regresas a casa.
Son las 19h 30. Te da tiempo a ducharte, ponerte el vestido azul,
el que gusta tanto a José y decirle a Lola lo que cenarán los niños.
20 h 35. José no ha
vuelto aún y tu vestido azul pierde su apresto. Crees oír la melodía
triste de las mandolinas italianas.
Pensando en esta
noche tan especial, vuelves a comprobar que llevas todo lo necesario
en tu bolso: las entradas para el cine, la tarjeta de crédito para
el restaurante y el reloj que cambiará el paso del tiempo.
Lo niños han cenado
y Lola les lee un cuento antes de acostarles. Son las 21 h 30, tu
vestido lleno de arrugas te molesta, las medias te pican y los
zapatos de tacón te oprimen los pies. Esperarás diez minutos más, no
te enfadarás porque esta noche, es la noche clave del renacer.
José, suele beber
güisqui si está nervioso. Podrías hacer lo mismo. De esta forma
estarás más alegre cuando él pase el umbral de la casa.
Has tomado tres
vasitos y la verdad es que te encuentras muy bien. Tienes calor y la
melodía de las mandolinas te impide pensar. Son las 22h 15.
Necesitas algo fresco para reaccionar. Te agarras a la nevera y como
una condenada bebes de un trago la última botella de coco-cola que
no han tomado tus hijos... y ves sobre el banco de la cocina un
enorme paquete. No sabes para quien es y tienes ganas de abrirlo.
Recapitulemos, hoy
es vuestro aniversario de bodas. Has preparado una velada de ensueño
para celebrar esta llama que se despierta en ti. Seguro que José ha
pensado lo mismo. Arrancas el papel. Unas sartenes. ¿Será un chiste
de mal gusto?
Mal gusto, buen
gusto. ¿Qué está bien, qué está mal en esta vida? Tiras al suelo las
sartenes y el papel. Lo rocías con el güisqui que queda.
Purifiquemos las almas y los vanos deseos. Echas una cerilla y te
ríes como una loca. Solo arde el papel. ¡Que sartenes más
estúpidas! ¿Por qué no querrán participar en la hoguera del amor y
del odio?
Lola es aún más
estúpida que las sartenes. Vierte varias jarras de agua sobre la
lumbre y para postre te mete debajo de la ducha, amenazándote de
encerrarte en un siquiátrico.
Casi no la oyes. El
lloro amargo de las mandolinas ha invadido tu cerebro. Las sartenes
bailan al compás del reloj y su sonido férreo y regular acompaña el
llanto de la música italiana.
Menos mal que has
dejado el regalo de María en el banco de la cocina antes de
marcharte a casa de Manolo para jugar a las cartas. María no podrá
reprocharte no haber pensado en ella, en un día tan señalado. Has
cumplido con el ritual. Seguro que ella no recuerda que día es hoy.
Está tan preocupada por sus hijos, su trabajo y la casa que no tiene
tiempo par fijarse en estos detalles.
23h45. Abres la
puerta. Lo que te imaginabas. Está acostada. Es una mujer sin
sentimientos, sin emociones.
Un olor a quemado
flota por toda la casa. Seguro que ha vuelto a quemar la cena de
los peques. O a lo mejor ha querido utilizar las nuevas sartenes y
las ha olvidado sobre el fuego.
La luz de tu
habitación está encendida y ves a tu cuñada Lola, sentada en el
borde de la cama cerca de María.
Lola te mira de reojo
y te hecha el vestido azul a la cara.
24 de Febrero. 6h 45. Te levantas,
despiertas a tus hijos. Con este dolor de cabeza y estas nauseas no
puedes ir a trabajar. Llamas a la oficina para avisar. Intentas
recordar. No aflora nada. Solo recuerdas unas mandolinas
discordantes y unas sartenes que aplauden. Las nauseas perpetúan
la mezcla de perfumes que te embriagó, que te alienó.
Recuerdas.
Recuerdas tus sentimientos equivocados, tu vida fallada desde ese
verano caluroso en que caíste en la trampa de los falsos
sentimientos.
Eras feliz. Y
apareció José. Creíste sus sueños de grandeza, su amor irrespetuoso
y descompasado. Te ofrecía la luna y la aceptase. Incauta. Una vez
desenvuelta, la supuesta luna estaba vacía.
La amargura baña tu
memoria. Tu pasado aburrido es anodino y tétrico. Tu futuro no
debe ser igual. Ni sombrío, ni fúnebre.
Esta fría mañana de
invierno es la última de tu vida. Sólo quieres amaneceres
primaverales, sonrisas, ilusiones. Se acabó la desdicha. Ansias la
caricia del viento sobre tu rostro, el roce apasionado de los rayos
de sol sobre tus pechos, la dulzura delicada de la lluvia
resbalando por tus hombros. Tu felicidad depende de ti, de tu
valentía.
Te estás preguntando que
te condujo a casarte con Maria, a vivir con ella. Tu vida es un
caos. Siempre malas caras. Nunca sonríe.
¿Cuanto tiempo va a durar
tu relación con Maria? Eres un hombre lanzado, enérgico, sin embargo
en lo que se refiere a Maria no sabes como actuar. Te irías, la
dejarías. Estás más que molesto por sus miradas de reproche, sus
dolores de cabeza, su sentido de la perfección.
Ya no tienes ni ganas de
hacer el amor con ella. Maria no demuestra ningún interés por el
sexo. No busca tu cuerpo por las noches. Menos mal que tienes a
Antonia para consolarte de tus penas.
Antonia y sus veinte años
alegran tu vida, tus momentos de intimidad. Es la fuente viva del
amor, de la lozanía. La amas y renaces entre sus brazos sedosos, sus
manos gráciles y expertas, sus pechos delicados, las curvas
profundas de su juvenil cuerpo.
Antonia, manantial de
amor, de generosidad, de alegría. Antonia, Antonia... Su nombre
perturba tus sentidos, tu memoria. Es la gema que brilla en los
meandros de tu torpe lucidez. La cabalgada nocturna de tu mente te
transporta hacía las sábanas ardientes de este cuerpo nuevo, de esta
figura centelleante. Quieres repetir los gestos del amor, de la
pasión, de la locura...más, a tu lado duerme María. María deja tus
manos bruscas, impetuosas e insolentes comprimir su cuerpo,
violentar su mente. María está ausente, no participa en el juego del
engaño. Si te devolviera algún que otro beso, tendrías la impresión
de yacer con Antonia. Pero la muy tonta duerme o llora.
Sientes que te vas a
volver loco. Esta doble vida te consume. Algún día, alguien se dará
cuenta. Tienes que ser más cauteloso... o abandonar, de una vez por
todas a María.
Abandonar a María es una tarea peligrosa. Abandonar a
María es renunciar a tus comodidades, desmantelar los cimientos de
tu vida social y familiar. Tu casa es hermosa, tus hijos son un
encanto y María te da pena. ¿Qué será sin ti? ¿Cómo se las
compondrá?
¿Y la casa?, ¿quién se quedará con la casa? El juez es capaz de
dejársela a ella porque tiene niños pequeños. Pero, bueno esta casa
es tuya, la has ido pagando durante estos últimos años con el sudor
de tu frente. Ella trabajaba, pero su sueldo era únicamente para el
mantenimiento y el gasto diario, la ropa de los niños. La luz, el
teléfono... Ella no pagó ninguna letra.
¿Donde viviréis Antonia y
tú? No pretendes seguir viéndole, amarle, en estos hotelitos de mala
muerte. Antonia merece lo mejor. Su carita angelical, su cuerpo
celestial se merecen un altar.
Sus ojos verdes queman tu
cuerpo. Sus labios carmesí estremecen tus pensamientos. Sus manos
moldean cada parte de cuerpo. El fuego, la furia, la pasión arden en
tu interior. Pierdes totalmente la concentración. A veces, piensas
que depararías todo por la exuberante y pródiga Antonia.
Antonia hace lo que tú
deseas. Pasea desnuda por la habitación del hotel, no tiene
problemas de horarios ni de hijos. Accede a tus caprichos al
instante. Ímpetu de la pasión, ardor de la exaltación te hacen
licuar en un mismo torrente de confusión, sensaciones y
sentimientos.
Antonia. Antonia...
Antonia, mientras tanto,
juega al escondite con su vida, Los juegos prohibidos agudizan sus
sentidos, y la encaminan hacia horizontes sin fin. Pasatiempo y
placer resuman de su ser. No eres más que un entretenimiento como
cualquier otro entre sus manos arrogantes.
El soplo agrio del viento invernal barre tus últimas
dudas. Tienes derecho a ser feliz, a gozar de la vida, a deleitarte
de los segundos, de los minutos, de las horas que fluyen.
El tiempo es tuyo,
María. Puedes encauzar tu vida por segunda vez. Si te detienes en
esta secuencia de inexistencia, sabes que tu porvenir quedará
estancado.
Cerrando las
puertas de tu pasado, vas abriendo las entradas de tu mañana.
¿Quién te obliga a sufrir esta fría indiferencia, estas frases
injuriosas, este trato ofensivo? Nadie. O mejor dicho tú misma te
obligas a tolerar el dolor psicológico porque tienes miedo. Callas y
disimulas la ofensa implícita del día a día. La humillación sorda e
inquisitoria te martiriza.
Desdichada,
humillada por palabras denigrantes, te has hundido en la rutina de
la infelicidad, del desafecto. Querías palabras y caricias. Tuviste
sarcasmos y disgustos. Escondiste a todos el reverso de tu semblanza
por vergüenza, por miedo. Miedo a lo indecible, miedo a lo
inexistente.
No seguirás
disimulando tu amargura, eres valiente.
¿Cómo y por donde
empezar? ¿Donde pedir ayuda?
Sola. Sabes que
estas sola. Avanzarás contra vientos y mareas para alcanzar la paz
interior.
3
Nuevos
días
No recuerdas ya tu
vida de amarguras. No recuerdas lo que hiciste para estar aquí, en
tu piso, sola, con tus hijos.
Una batalla legal
para recobrar tu identidad.
No tienes que
rendir cuentas a nadie. Vives para ti y para tus hijos. Se acabaron
los gritos, los silencios.
Nadie te entiende a
tu alrededor. Parecíais la pareja perfecta.
No te importa la
opinión de tus familiares. Hiciste lo que tenías que hacer para
volver a ser tu misma. Has osado romper los moldes preestablecidos.
Puedes vivir sin oír la voz amargada que te recriminaba tanto.
Sonríes. ¿Cuanto tiempo hace que no has sonreído? Demasiado tiempo.
Habías olvidado el azul del cielo, los rayos ardientes del sol sobre
tu piel.
El teléfono suena.
Es Ángel, tu
vecino, tu amigo. Es la única persona que te ayudó a salir del
abismo. Hombre atento y delicado. Pensar en Ángel, hablar con Ángel
es sinónimo de renacer. Escuchas sus palabras y te sientes aliviada,
amada. Amada. ¿Es amor este dulce sentimiento que va naciendo en
ti?
Si, amor. Amor en
toda la extensión de la palabra. Vuelves a la vida.
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Harmonie Botella Chávez
nació en Alicante, España. Narradora y
Profesora agregada de Francés en la Escuela Oficial
de Idiomas de Alicante. Ha publicado la novela Ojos Que no ven.
Editorial Jamais, Sevilla (2002). Ha participado en el Primer
Festival de Literatura del Casino de El Campello con el relato:
Él y Ella, en la organización del festival de presentación de
Anuesca (Diciembre, 2001), del Primer concurso de cuentos de Navidad
de El Campello (Diciembre, 2001), de la primera semana literaria de
El Campello (Marzo, 2002) con la colaboración de la extensión
Universitaria de la Universidad de Alicante y la Casa de cultura de
El Campello y del Primer Certamen Bilingüe de Literatura de El
Campello. Es colaboradora de la revista electrónica Webalia y
cuentos suyos han sido publicados en las revistas impresas El
Celador y El rincón del voluntariado, al igual que en el periódico
La Illeta y en la Revista Literaria
Baquiana (versión digital e impresa). Es presidenta de la Asociación de Nuevos Escritores de El
Campello: Anuesca y de la Primera Revista Literaria de Anuesca.
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