Miami
Estados Unidos
Año V

 Nº 27/28

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

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Directora de Redacción

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Asesores Técnicos

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Luis H. Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

Boletín Informativo

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OJALÁ NO EXISTA

por

Luis de la Paz

 

Vamos a hablar claro, le dije con un tono autoritario que de inmediato surtió efecto, mucho más pronto de lo que yo esperaba. Su rostro adquirió una expresión de incertidumbre que hasta a mí me daba pena observar. Sin embargo no podía permitirme vacilacio­nes. Lo siento, me dije a mí mismo, mientras arremetía de nuevo y con más intensidad. 

Yo estaba exigiendo una honestidad total, reclamaba lo que sería incapaz de brindar, pero tenía que hacerlo de esa manera, incluso me veía obligado a mostrar una agresividad que no formaba parte de mi comportamiento. Gesticulaba, la señalaba con el dedo índice aproximándoselo provocador a la cara. Luego, tras una pau­sa que parecía estudiada, la atraía, le acariciaba el cuello con suavidad, le hablaba en voz baja. Más tarde retomaba el fuerte tono inicial. Al final ella movía la cabeza despacio, como afir­mando que era justo lo que yo quería.

Comenzó a llorar a mares, la voz entrecortada por el llanto no dejaba entender prácticamente lo que decía y confieso que me alegraba no comprenderla. Bastaba con que aceptara la situación tal y como la deseaba. Ni ella ni yo podíamos hacer nada, había que encarar la realidad. Sin embargo, de pronto me sentía culpa­ble, me cuestionaba conceptos importantes de mi vida que se des­moronaban en segundos. Pero así tenía que ser. Yo no lo deseaba, no quería que pasara.

De repente pensaba que me podía engañar fácilmente y me ate­rrorizaba tanto, que me sentía provocado y volvía a atacarla, buscando reafirmar puntos que ni yo mismo tenía fuerzas para sos­tener por mucho tiempo.

Un simple letrero de Centro Médico sin ninguna otra indica­ción, sugería que ésa era la clínica. Sin perder tiempo -ya ha­bíamos perdido demasiado dando vueltas para encontrar el sitio-, entramos apresuradamente, como evitando ser vistos.  Una enferme­ra, para mi asombro sonriente, la tomó de la mano y desapareció con ella tras una puerta de cristales nevados. Me senté a espe­rar. Al principio estaba cabizbajo, evitando cruzar la mirada con otros dos hombres que allí estaban y que de alguna manera también parecían dejar entrever cierta inquietud. Uno de ellos salía a fumar sin cesar, mientras yo trataba de entretenerme hojeando cuanta revista había sobre una mesa de centro. Sin embargo cada vez que la puerta de cristales se abría, todos mirábamos ansiosos y cada vez que eso ocurría yo me sentía peor.   

Salí tembloroso, me costaba trabajo ayudarla a caminar hasta el auto. Todo había acontecido muy rápido, yo creía que llevaría horas, que tendría que soportar quejidos, dificultades al andar, mareos, incluso me preparé para insultos, reclamos posteriores, acusaciones fundadas, que tendría que rebatir con vehemencia. Pero nada de eso ocurrió, lo aceptó todo con naturalidad. Llovía fuerte, la apreté contra mi cuerpo como para protegerla y la sentí caliente. Ella dejó caer ligeramente su cabeza en mi hom­bro. Los nervios no me dejaban encontrar la llave para abrir la puerta del carro. Muchas cosas se atropellaban en mi mente. Pensaba en Dios.

Al ponernos en marcha me costaba trabajo mantener el control del carro. Con frecuencia cambiaba de carrilera sin mirar por los espejos retrovisores y sin necesidad. Al mirarla le sonreía como intentando alcanzar cierta naturalidad, pero la ausencia de una conversación fluida me desquiciaba. Manejaba descuidado, sin evi­tar los baches. En los semáforos me enteraba que cambiaban a la luz verde porque con una voz débil ella me lo señalaba. Sentía miedo, angustia, frustración. Un dolor en la boca del estómago me indicaba que estaba impaciente, ansioso, los músculos del brazo me temblaban incontrolables, en algunos momentos jadeaba, sentía los labios resecos y era absurdo, pero tenía como miedo de ser descubierto.

La llevé a su casa y hasta me dio un beso al apearse. Yo pensé decirle gracias, pero me pareció una muestra de debilidad demasiado evidente, aunque ya alcanzado ese momento podía decir cualquier cosa, ya no había peligro. Me molestó la ausencia de remordimientos de su parte. Al quedar solo bajé las ventanillas para que entrara la lluvia y me sentí más relajado.

Sólo pensaba en Dios. Ojalá no exista. 

 

Luis de la Paz. Nació en La Habana (1956). Narrador, ensayista, editor, crítico literario y periodista. Salió de Cuba durante los dramáticos sucesos de la embajada del Perú y el posterior éxodo del Mariel, en 1980. Desde entonces reside en Miami. Fue miembro del consejo de editores de la revista Mariel (1983-1985), y de Nexos (1998-2001) de difusión electrónica. En la actualidad edita El ateje, una publicación cibernética. Fue ganador del Primer Premio del Museo Cubano en la categoría de ensayo, por Dulce María Loynaz, tránsito de una gran dama cubana (1999). Ha publicado los libros de relatos: Un verano incesante (Ediciones Universal, Miami, 1996)  y El otro lado (Ediciones Universal, Miami, 1999), y la recopilación de textos y documentos Reinaldo Arenas, aunque anochezca (Universal, Miami, 2001). Es crítico literario de La Revista del Diario (Suplemento cultural del Diario Las Américas en Miami).