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Gracias
por el fuego (1964) del uruguayo Mario Benedetti ha sido
generalmente incluida dentro del grupo de novelas
existencialistas del pre-Boom hispanoamericano. Aunque el
texto de Benedetti adopta ciertas características de esta
escritura como la imitación del subconsciente, el yo
dividido y la soledad del hombre en la multitud, también
es manifiesto que el elemento fundamental del movimiento –
la desaparición del mundo externo – es inexistente. Una
lectura cuidadosa descubre precisamente la preponderancia
de lo público en el manejo narrativo, por ejemplo, la
yuxtaposición de discursos sociales incompatibles, la
desvalorización de la palabra, la sustitución de ésta por
un lenguaje visual y la recreación de la “ley del padre”
como paralelo al autoritarismo social. Vista así, Gracias
por el fuego propone una novelística apartada del pre-Boom
que más bien medita dentro de una retórica comúnmente
hallada en discursos posmodernistas.
El
encasillamiento de Benedetti al periodo del pre-Boom ha
sido observado por casi todos los críticos del autor.
Inclusive la estudiosa de su obra, Elsa Dehennin, indica
que Benedetti es un escritor que no experimenta con juegos
discursivos excepto a través de una ligera posición
irónica (Dehennin, 1992: 1079, 1084).
Donald Shaw
profundiza un poco más en el
vanguardismo de Benedetti en
The Post-Boom in
Spanish American Fiction al
conjeturar que para el autor lo crucial
no es cuestionar la realidad sino los sistemas sociales (Shaw,
1998: 27). La mejor síntesis del tema la da el mismo
Benedetti en su ensayo “Subdesarrollo y letras de osadía”
en donde manifiesta preferencia por un lenguaje novelesco
anti-elitista y de inserción (Benedetti, 1978: 11). En El
escritor latinoamericano y la revolución posible, el autor
argüiría aún más: “si la intención es, pese a la
dificultad que implica un trabajo experimental, llegar al
pueblo, en ese caso el autor (sea o no consciente de ello)
sembrará en su experiencia los necesarios indicios para
que el lector o el espectador, o el oyente, tenga por fin
acceso a su invención” (Benedetti, 1974: 98). Las
afirmaciones de Benedetti habitualmente adscritas como
parte de su compromiso con filosofías de izquierda, se
transforman en Gracias por el fuego en un lenguaje
narrativo que impulsa la variedad ideológica haciéndola no
sólo admisible sino necesaria.
Como
es sabido, para el posmodernismo ha sido esencial la
explicación y participación del individuo en la
experiencia nacional. La sociedad uruguaya que presenta
Benedetti en Gracias por el fuego se bosqueja
semejantemente en proceso de configurar su identidad y
praxis. Por ello, vacila entre el modelo de integridad
imaginado por los héroes y próceres de comienzos de siglo
diecinueve, un sistema autocrático, una rebelión armada o
una democracia pluralista. Esta divergencia de patrones –
idealista, ultra-conservador, rebelde, concertador – es a
la vez confrontada con planteamientos accesorios sobre el
reto del hombre moderno con respecto a la familia, el
amor, la solidaridad, la trascendencia humana. La continua
búsqueda de correspondencia que formula Benedetti entre
diversos discursos produce una dialéctica de eclosión que
se dispersa de los matices que dan coloratura al pre-Boom
e inclusive soslaya las técnicas del movimiento siguiente,
el del Boom, con su fantasía desbordante y experimentación
constante del lenguaje. Benedetti se inserta directamente
en una textura narrativa similar a la que se atribuiría a
la escritura posmodernista.
Otro
elemento que desmiembra a Gracias por el fuego del Pre-Boom es la aserción de Benedetti de que cualquier
corrección moral del individuo o de la sociedad uruguaya
debe ser resuelta buscando todas las opciones, incluso
considerando otros arquetipos sociales. Una instancia es
el contraste ideológico entre Estados Unidos y Uruguay que
dan dieciséis uruguayos en un restaurante de baja
categoría del Harlem Puertorriqueño de Nueva York. En el
breve tiempo de un almuerzo pasan del embeleso por la
prosperidad económica norteamericana y el ataque a la
posición sumisa de Uruguay en el plan del mundo moderno a
la negación de estas ideas. Concluyen que la única
solidaridad posible para un uruguayo es con el país de
origen. Lo importante, sin embargo, no es la claudicación
de un discurso y el surgimiento de otro sino que Benedetti
combina opiniones divergentes sin caer en lugares
comunes. Por ejemplo, no fustiga ni la obsesión del país
del norte por lo material ni por la exhibición de su
abundancia. De la misma manera, más que insistir en
Estados Unidos como contaminante de razonamientos con su
hedonismo consumista, remarca la necesidad de una
multiplicidad de apreciaciones por encima de un único
modelo de valor social a seguir. Como se advierte,
Benedetti prescinde del trillado anti-americanismo del
pre-Boom para juntar, por el contrario, diferentes
lenguajes políticos y manifestarlos como segmentos que
aunque incompletos son, no obstante, valederos.
Jürgen Habermas ha argumentado sobre el peligro que genera
la interrupción de la palabra debido a los diálogos que
dejan de ser compatibles. Asimismo ha señalado que para
que la comunicación sea viable no tiene necesariamente que
ser armónica sino que opuestamente debe ser explosiva.
Por lo tanto, las inferencias sociales se obligan a ser
siempre deliberadas no importando el antagonismo que las
suscite evitando, en todo caso, la claudicación del
diálogo (Habermas, 1998: 129). Benedetti se afirma en
esta postura y por medio de la memoria y testimonio de
tres personajes pertenecientes a generaciones distintas
revisa momentos específicos de la historia política del
país planteando un discurso equivalente al modelo de
Habermas – en plena ebullición. El personaje de Edmundo
Budiño, por ejemplo, “habla” desde las tendencias
absolutistas de comienzos del siglo veinte mientras que la
palabra de su hijo, Ramón Budiño, transcribe el
razonamiento de la década del cuarenta y cincuenta en
Uruguay. Este, amante de la democracia pero sujeto a la
ley del padre, no llega a sobrepasar el poder discursivo
de la generación anterior. El menor de los Budiño,
Gustavo, completa el tríptico como un joven radical cuya
mística consiste en solucionar el problema social por
medio de una revolución violenta, olvidado del valor de la
palabra persuasiva.
Los
tres niveles argumentativos de Gracias por el fuego aunque
parecen nunca entenderse, no obstante, mantienen una
comunicación perenne. Cada personaje medita sobre la
experiencia propia y la del otro, en una sugestiva
producción dialógica que recoge, analiza e intercambia
posiciones y divergencias o, como dice Habermas, produce
un necesario análisis:
La
razón debe de ser crítica en su forma histórica y desde la
perspectiva del otro, del que ha
sido excluido de la historia . . . Esta operación se
entiende como el desenmascaramiento de una subjetividad
auto-idólatra . . . (Habermas, 1998:
308).
Los relatos de los Budiño precisamente
por su discordancia son la plataforma volátil pero también
neutral que indicara Habermas.
Uno
de los rasgos más interesantes de Benedetti en Gracias por
el fuego es sugerir que la recreación de la interioridad
de los Budiño y la de su confrontación y manipulación de
lo público es encuentro de contingencias y no de juicios
ni castigos usualmente propiciados por la literatura del
pre-Boom. Por ello, las décadas de oprobio de la
oligarquía como las que representa Edmundo Budiño quedan
sin castigo en el texto de Benedetti. La fuerza de este
grupo opresor se certifica haciendo permisibles sus actos
viles: “Si hice plata es porque pienso en grande, porque
además le muestro a este podrido país mi cara respetable y
pundonorosa, que es la única cara que le gusta mirar . . .
(Benedetti, 2000: 67). Para Edmundo Budiño, la mentira,
el robo, el adulterio, el soborno y el asesinato dejan de
serlo al manifestarse en el lenguaje apropiado. Desde la
editorial de su periódico, su palabra convincente manipula
conciencias y destinos, incluso los familiares, tal como
se aprecia en la degradación emocional a la que somete a
esposa, hijos y amante por décadas.
Más
sorprendente que el crimen sin castigo de Edmundo Budiño,
es la inesperada apreciación de Benedetti sobre la
violencia terrorista. El tercer Budiño, Gustavo, que
hubiera debido ser el personaje resolutorio de la ficción
o el transmisor de las ideas comunistas de Benedetti,
contrariamente es al que el autor más ataca por su
comportamiento regido por el instinto, privado de
observaciones equilibradas. Gustavo es parodiado como un
rebelde cegado por una oratoria vacua que no transforma
nada, a pesar de su comportamiento activo en huelgas y
levantamientos. El suyo es un proyecto extremista que
termina indefectiblemente dañando la sociedad que pretende
defender.
Si
la técnica de Benedetti de ubicar a sus personajes como
cronistas de sus vidas y sociedad crea una retórica
singular que reinterpreta los discursos de la conciencia y
los públicos, también expone las debilidades de la
palabra. Hay en Gracias por el fuego una interrelación
entre los dilemas personales y políticos que transforman y
afectan la palabra, una especie de neurosis por
asimilación. Por ello, la narración de Ramón, en
particular, no sólo describe la vida del personaje sino el
desarrollo de su raciocinio como se ve las descripciones
de la infancia, período de la prodigalidad de los afectos:
Papá
sonríe . . . Le abrazo una pierna . . . Es lindo ir
caminando con Papá. Me sentía protegido, contento. Era
estupendo saberse hijo de ese tipo impecable . . .
que todo lo entendía sin vacilaciones .
. . (Benedetti, 2000: 39-40).
El amor filial y la fascinación por la
figura mirífica del padre desaparece abruptamente en la
adolescencia cuando lo escucha agrediendo verbal y
físicamente a la madre durante el acto sexual. Obsérvese
el cambio en la narración, la intensidad de los flashbacks,
los cambios de escena, las interrupciones como los sonidos
del llanto, los golpes, los close-ups:
¿Cuándo le perdí el cariño?
¿Cuándo empezó el desencanto? Papá y mamá detrás
de la mampara . . . creí que dormían. Pero no dormían.
Dejate, dijo Papá. . . Mamá
lloraba . . . Entonces suena el golpe de él y el grito de
ella . . . Mamá querida . . .
Quedé
paralizado. Yo tenía que haberle dado con una silla en la
cabeza. Ahora lo sé. Pero entonces estaba estupefacto.
Y además no podía verla a ella desnuda, yo
no lo hubiera soportado. Papá se había
convertido en el viejo (Benedetti, 2000: 66).
El
lenguaje vertical y temible del padre, el gimiente y
sometido de la madre transforman el concepto de vida
familiar idílica en una relación de apariencias. La
palabra de Ramón deja de ser exaltada, jubilosa y pasa a
expresarse en imágenes repetidas de la agresión paterna o
de una figura social de descaro:
Creo
que si él muriera, también se acabaría lo peor de mí
mismo, quizá lo peor de este
país. Hay momentos en que no puedo aguantar ese cinismo
suyo para usufructuar nuestros
lugares comunes, nuestros ritos, nuestros prejuicios . . .
mira lo nuestro con desprecio y todos
sus actos se convierten en sórdidos
pormenores de una misma burla .
. .(Benedetti, 2000: 159).
que son
similares al sondeo que hace de las agencias políticas
uruguayas:
Todos
estamos mezclados con todos. Nadie es químicamente puro.
El marxista trabaja . . . en un
banco. El católico fornica sin pensar en la sagrada
reproducción de la especie, o
haciendo lo posible por evitarla. El vegetariano convicto
come resignadamente su
churrasco. El anarquista recibe su sueldo del Estado . .
. (Benedetti, 2000: 241).
El
relato de Ramón involucra continuamente polos de
preocupación o de esperanza por la patria pero
indudablemente sus fragmentos más impactantes son los de
acercamiento y rechazo al padre como se advierte en la
patética búsqueda de conexión no con la madre de la
infancia sino con la presencia paterna:
Nunca estará conmigo. Nunca estaré con él . . . Por algo
entre Hijo y Padre no hay placenta ni cordón umbilical,
sino un lejanísimo, microscópico espermatozoide . . . Y
aunque el Viejo hoy no me mirara para decirme torpe
. . . igual no habría placenta ni en la vida ni en la
muerte . . . (Benedetti, 2000: 79).
Ramón vuelve una y otra vez al pasado
en busca de una coyuntura que alteró su destino, el
instante en que dejó de “oír” al padre deslumbrante para
“ver” su crueldad.
Žižek que ha escrito sobre la violencia de un lenguaje sin
palabras dice: “La voz y la mirada se relacionan como la
vida y la muerte. La voz vivifica y la mirada mortifica .
. . entre la ilusión del ver y el oír, la metafísica
descarta la división de los términos como una misma
experiencia . . . ver es un modo de oír . . .” (Žižek,
1996: 94-95). Benedetti es aún más experimental que Žižek
pues determina que la vista no sólo es sustituta de una
palabra desvalorizada sino que es a través de lo visual
que se puede recuperar la integridad del discurso. Ramón
distingue entre “ver,” “oír” y “decir” la verdad, a través
de su cuñada Dolly:
. .
. siempre me mira, nunca rehuye mis ojos. Tiene una
capacidad para estar íntegra en
su mirada, para mirar viviendo, para mirar sintiendo . . .
absorbida por mí a través de mis
manos, mis ojos . . . sentía mis ojos obstinadamente
abiertos y mientras me oía a mí mismo pronunciar . . .
angustiadas palabras que venían
de un fondo oscuro pero exclusivamente mío, un fondo que
por primera vez se revelaba a mi conciencia y desde ya me
enriquecía y anonadaba . .
. que venía de muy lejos desde mi infancia quizá . . .
(Benedetti, 2000: 194).
Aunque Ramón recupera lo genuino de sí
mismo en el amor de Dolly, este sentimiento es el que hace
capitular su sanidad: “. . . ella me ha dado el poder,
ella ha permitido que yo me viera. Y así me he
comprendido, sentido, interpretado . . .” (Benedetti,
2000: 196).
El
“verse,” produce en Ramón no sólo un reconocimiento
interno sino el deseo de apresar la fuerza del padre y
aniquilar la ignominia que representa. O como dicen
Deleuze y Guattari, la certeza que al desfigurar lo
desprestigiado se hace de la eventual destrucción un acto
pío:
El
psicoanálisis declara que las representaciones
inconscientes no podrán nunca
ser capturadas independientemente de las deformaciones,
disfraces o desvíos que
manifiesta . . . Es por eso que el esquizoanálisis debe
dedicarse a la destrucción .
. . (Deleuze y Guattari, 1998: 313-314).
Ocho años antes de que Deleuze &
Guattari propusieran este esquema, Benedetti había
elaborado en Gracias por el fuego un proyecto de
esquizoanálisis:
Tengo que matarlo por el bien de todos incluso por su bien
. . . debo preparar esta
invasión de mi tranquila justicia sobre su crimen
imperfecto. Para que el país
tenga un descanso; para que yo tenga un descanso . . . El
es el asesino que arma mi mano .
. . (Benedetti, 2000: 195-196).
La decisión
final de Ramón de suicidarse y no de eliminar al padre es
una acción que destruye la estabilidad de Edmundo Budiño o
el corte de discurso según la formulación de Deleuze y
Guattari. Sin embargo, este mismo hecho inicia al padre
de Ramón en otro nivel argumentativo que no había previsto
– un nuevo diálogo desapacible y desconocido para su
conciencia que logra, como sugiere Habermas, que no se
silencie el análisis social.
Como se ha expuesto, Gracias por
el fuego más que un texto perteneciente al pre-boom afirma
su vanguardia por los varios elementos posmodernistas que
incluye: el énfasis en lo visual para recuperar una
palabra desvirtuada de ética, la recreación de la ley del
padre en un paralelo a lo social y la unión de discursos
disímiles para analizar la sociedad uruguaya. El país que
va entreviéndose en la ficción novelesca de Benedetti se
desvincula de un mismo discurso político inalterable. Las
tres generaciones de los Budiño, aunque exhiben posturas
contendientes como la centrista de Edmundo, la crítica de
Ramón y la subversiva de Gustavo, son, sin embargo,
complementarias. Ninguna opaca a la otra sino que se
interconectan para ser oídas y analizadas proyectando el
conocimiento de la realidad uruguaya desde puntos de
vista discrepantes. Para
Benedetti la palabra corrupta de Edmundo así como la
anárquica del joven Budiño, Gustavo, son extractos de dos
dialécticas importantes que impactan el desarrollo
político y social del Uruguay y, por lo tanto, deben ser
analizadas con la misma atención que la de Ramón,
vacilante entre lo que “ve” y lo que “escucha,” impotente
entre las dos vorágines que representan su padre e hijo.
Gracias
por el fuego es una novela precursora
del posmodernismo porque, a diferencia de las narrativas
del pre-Boom, adopta los axiomas que pueden contener
varias retóricas políticas pero, más importantemente,
porque propone un discurso que no
suprime ni silencia la disidencia sino admite y propicia
la disparidad de discursos que convergen en ella.
Bibliografía
BENEDETTI,
Mario (2000). Gracias por el fuego.
Buenos Aires: Editorial Sudamericana.
__
(1978). “El escritor y la crítica en el contexto del
subdesarrollo”,
Casa de las
Américas, 107,
3-21.
__
(1974). El escritor latinoamericano y la revolución
posible. Buenos Aires: Alfa Argentina.
DEHENNIN,
Elsa (1992). “A propósito del realismo de Mario
Benedetti,” Revista Iberoamericana,
160-61,1079,1084.
DELEUZE, Gilles & GUATTARI, Felix (1998). Anti-Oeidupus.
Capitalism and Schizophrenia. Minneapolis: University of
Minnesota Press.
HABERMAS, Jürgen (1998). The Philosophical Discourse
of Modernity. Cambridge: The MIT Press.
SHAW, Donald L (1998). The Post-Boom in Spanish
American Fiction. Albany: State University of New York Press.
ŽIŽEK, Slavoj (1996). “‘I
hear you with my eyes,’ or The Invisible Master,’” Gaze
and Voice
as Love Objects.
Durham: Duke University Press.
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