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Verano
de 1750. Cerca de París. Estoy asustada, no lo puedo remediar. El
marqués la observó sorprendido. Su mujer apenas había cumplido la
treintena y, sin embargo, su aspecto reflejaba el de una mujer
mayor. ¿Por qué le tienes tanto miedo? No es miedo, Henri. –
Claudette suspiró mientras se peinaba delante del espejo. Trataba
de encontrar las palabras adecuadas que no molestaran a su marido.
– En realidad, no sé cómo explicártelo... Me... angustia. Cada
día que pasa temo que pueda cometer otra locura o que su estado
empeore y sea capaz de hacer... ¡Dios bendito! No lo quiero ni
pensar. ¿Capaz de qué? – El marqués la observaba desde la cama,
mirando la imagen de su mujer reflejada en el espejo del tocador. ¿Recuerdas
lo que has comido hoy? Henri se incorporó a los pies de la cama. No
entendía la pregunta. Pato al armañac, pero ¿qué tiene que ver
eso con nuestro hijo? ¿Y te acuerdas de lo que comiste ayer? No sé.
Carne..., supongo. Pato. Comiste pato. Igual que hoy, que antes de
ayer y, seguramente, será lo mismo que mañana cuando, de nuevo,
volverás a comer pato. ¿No te das cuenta? - su mirada indicaba que
no - Henri, a veces me pregunto qué clase de sangre corre por tus
venas. Lo siento, amor, pero te juro por lo más sagrado que no sé
de qué me estás hablando. ¿No te ha comentado nada la señora
Dupont? ¿El ama de llaves? No. ¿Qué tenía que contarme? A
Claudette le daba lástima aquel hombre que se preocupaba tanto por
asuntos de Estado y que, sin embargo, desconocía todo lo que pasaba
en su propia casa. Hace dos noches, tu hijo bajó a la cocina, cogió
el cuchillo de trinchar y degolló tres patos del estanque. Sin
motivo. Simplemente, por que sí. Pierre, el nuevo cochero, lo
encontró de madrugada, dando vueltas por el patio, manchado de
sangre. El marqués cogió una de sus manos y la acarició contra
las suyas. Henri, sabes que no estoy llevando muy bien los últimos
meses del embarazo de la niña y que apenas salgo de este cuarto,
pero oigo hablar a los criados, sé lo que comentan y tú mismo habrás
notado que siempre se muestran esquivos con el muchacho. - Dejó el
cepillo sobre el tocador para mirar de frente a su marido. - Querido
esposo... No sé si quiero escucharlo. Lo siento, pero vas a tener
que oirlo. – tomó aire y lo abrazó – Cuando nazca la niña, no
quiero que tu hijo permanezca en esta casa por más tiempo o las dos
nos iremos a la casa de mis padres en Ruán. ¡Dios misericordioso!
– El marqués la apartó de su lado. – Eso... eso es chantaje.
Tratas de imponerme que eche a nuestro propio hijo de mi casa. Eso
no es así y lo sabes muy bien, Henri. Nunca quise preguntarte nada
sobre la madre de ese niño, ni quiero saberlo ahora. Bastante tuve
con aguantar las murmuraciones de la Corte y notar que la gente se
callaba a nuestro paso. He consentido tus aventuras con la pupila de
Voltaire y las conspiraciones que tramabas con tus amigos de la
Asamblea y, a cambio, jamás te he pedido explicaciones; pero ahora
no voy a consentir que ese bastardo toque a mi niña. ¿Y qué me
propones? ¿Que elija entre Alphonse o vosotras? He pensado en tu tío.
¿El abad Théophraste? Sí.
Cuando vayas de caza con él el próximo domingo, quiero que le
cuentes nuestro problema. Seguro que él conoce a alguien que nos
pueda ayudar. ¡Así, sin más! Henri, si no hemos conseguido
enderezarlo en diez años, cada vez irá a peor. Primero fueron sus
travesuras y las bromas a los profesores del colegio, pero “había
que perdonarlo”, ¿no era eso lo que decía tu padre?, “Es un
chico tan despierto”. Luego vinieron las peleas en el Liceo y las
mentiras. Tiene imaginación. No, Henri. No sé cuál es el mal de
tu hijo, pero no se trata de fantasías. Ahora han sido los patos ¿qué
vendrá a continuación? Debemos ponerle fin. Es por su bien. La
caza mayor era una de las tradiciones más arraigadas entre la
nobleza de la región. Los aristócratas de la campiña, como se les
conocía, despectivamente, en París, dedicaban gran parte de su
tiempo a cruzar ejemplares de Fox Hunt y de Poitevin con el fin de
lograr la mejor jauría de la comarca; desplazándose cientos de
millas hasta la Bretaña o la Provenza si con ello conseguían los
mejores animales. La jornada transcurrió mejor de lo esperado.
Henri hubiera preferido quedarse en casa con su mujer, que estaba a
punto de romper aguas, pero, al final, fue ella misma la que insistió:
- “Necesitamos que hables con tu tío”-. El marqués no pudo
hablar con el abad Théophraste hasta bien entrada la mañana,
cuando terminó la primera batida y los hombres comenzaron a
reunirse para almorzar. Henri encontró una buena excusa en el parto
de Claudette para despedirse temprano de sus compañeros de montería,
en especial, del conde de Cheverny que había logrado el mayor número
de piezas, y pedirle a su tío que lo acompañara de regreso a casa.
Así que esas tenemos. ¡Vaya con Alphonse! Por favor, tío. Te
aseguro que ni Claudette ni yo estamos para bromas. Lo siento,
Henri. No imaginaba que la situación fuese tan grave. Los dos
jinetes galopaban camino de la casona familiar, a las afueras de París.
Si tenían suerte, llegarían a tiempo para asistir al nacimiento de
Juliette. En mi opinión, tu hijo lo que necesita es una buena
disciplina. ¿Crees que no he sabido darle una buena educación? No
se trata de eso, sobrino, y tampoco quiero que me malinterpretes,
pero estás demasiado ocupado en asuntos de Estado y creo que muchas
veces has descuidado tu propia casa; en cuanto a Claudette, aunque
haya puesto todo su esfuerzo en criarlo, ese hijo no le pertenece y
siempre lo verá como un bastardo. No te... Por favor, sobrino. –
le interrumpió - Si la situación es tan delicada como me dices, es
necesario que llamemos a las cosas por su nombre. Todos sabemos que
Alphonse es hijo de una religiosa de Sainte-Marie.- Su franqueza había
sido un duro golpe para Henri. - ¿Creías que era un secreto? Creía
que sí. Eres demasiado inocente para dedicarte a la política. Te
sorprenderías de lo que puede llegar a decirse en un almuerzo de
Palacio; pero no te preocupes, aquella mujer no supone ningún
problema y en cuanto al niño... Henri, por el amor de Dios. Me
rompe el corazón verte llorar. No quiero perder a mi mujer... ni a
la niña, pero también sé que tengo una responsabilidad con
Alphonse... Preocúpate tan sólo de ellas. En cuanto al niño,
conozco al propietario de una Escuela de Cadetes en La Rochelle. No
creo que tenga problemas para admitir a tu hijo. Vivir en ese
cuartel hará que Alphonse entre en razones. Te lo prometo.
Continuaron galopando en silencio durante gran parte del camino. La
vergüenza que sentía Henri le impedía pensar con claridad. Era
humillante, saber que toda la Corte conocía su historia con aquella
religiosa y que, sin embargo, su propia mujer permanecía al margen
de todo. Cuando lleguemos a casa, será más oportuno que entremos
por las caballerizas para dejar en la cocina el zurrón y las armas.
Podemos asearnos en el pilón del establo y pasar al salón desde
allí. No quiero que Claudette me vea con este aspecto cuando le
cuente tantas cosas. Me alegro que por fin hayas abierto los ojos,
sobrino; pero, será mejor que avivemos el paso o aquellas nubes nos
pillarán en camino. ¿Señora Dupont?- La voz de Claudette sonaba
como un triste lamento. Sí, madame. Llame al médico. Creo que la
niña va a llegar antes de tiempo. Enseguida, madame. ¿Necesita
alguna otra cosa? Ya sabe que, con la tormenta que se avecina, los
criados están guardando los animales en las caballerizas.-
Claudette hizo un gesto negativo con la cara- Tardaré lo menos
posible. El ama de llaves bajó las escaleras mientras se ataba un
pañuelo a la cabeza para guarecerse de la lluvia. La voz de su
joven amo, le sobresaltó: Ella... ¿Está bien? La pregunta le dejó
sin aliento, como sucedía cuando hablaba con el hijo del marqués.
Estaba sentado en el recibidor, a oscuras. Sí, Alphonse. La señora
marquesa se encuentra perfectamente. Si todo va bien, dentro de muy
poco tendremos en casa a la pequeña Juliette. Ahora, quédese aquí,
por si viene su padre o los hombres necesitan ayuda con los animales.
¿Dónde vas? ¿Puedo ir contigo? No, Alphonse. Sólo voy a
acercarme hasta la casa del Dr. Beaumont. No tardaré en volver. ¿Y
los demás? ¿Dónde están Pierre, Jean y los otros criados? Ya le
digo que están con los animales: uno de los potros se asustó con
los relámpagos y lo están buscando en el pastizal. Ahora, si me
disculpa, voy a casa del doctor. Si la señora marquesa necesitara
cualquier cosa... Sabes que no me llamará pidiendo ayuda. ¡Dios
bendito!- dijo el ama de llaves mientras se hacía la señal de la
cruz - No diga esas cosas ni en broma, señorito. Su padre regresará
de cazar en cualquier momento; así que, pórtese bien. La señora
Dupont se fue calle arriba preocupada por dejar al infante sólo con
la marquesa, pero tenía que avisar al médico. – Iré tan deprisa
como pueda – pensó - y volveré en el carruaje del doctor, así
ganaremos tiempo. La casa se quedó en completo silencio, salvo el
repiqueteo de las gotas cuando caían sobre el tejado y el tronar,
cada vez más cercano, de la tormenta. Alphonse se sintió pletórico:
estaba solo... aunque no del todo. A comienzos del siglo XVI, la
familia del marqués había construido su palacete sobre las ruinas
del antiguo castillo de los turones, al norte de la villa, en un
promontorio sobre el río Cher. La fortaleza había sido destruida
en la época de los Anjou, cuando los condes lograron la Corona
inglesa y el país entero se resquebrajó en luchas contra el rey de
Francia. Desde entonces, cada miembro de la familia había
engrandecido el conjunto con nuevos pabellones, salas o jardines.
Todos habían contribuido a la grandeza de la casa excepto su padre
que demostró siempre una mayor preocupación por los asuntos de
Estado y de faldas que por su propia mujer y su hijo; pero él sería
diferente para que las generaciones posteriores lo reconocieran como
el autor del nuevo patio de caballerizas y del flamante guadarnés,
junto al pabellón de caza, donde colgaría los trofeos y las
cornamentas de todas las piezas que llegara a abatir. Después,
construiría un gran salón de armaduras para recibir a los
invitados y les contaría que el gran Leonardo da Vinci llegó a
pasar una noche allí mismo, en el dormitorio azul, cuando viajaba a
Le Clos-Lucé por mandato de Francisco I y tuvo que dormir en su
casa, dejando el retrato de “La Gioconda” colgado sobre la
chimenea de su salón, para admiración de todos, aunque solo fuera
durante unas horas... El sonido de la aldaba lo devolvió a la
realidad. Tenía 10 años y estaba sólo, imaginando historias,
sentado en el zaguán de la casa de su padre. Volvieron a llamar a
la puerta. Con la tormenta, los criados no habrían oído la llamada
desde el patio y, arriba, la marquesa no se encontraría en estado
como para bajar a preguntar quién estaba golpeando en la puerta. La
aldaba repicó de nuevo con insistencia. ¿Quién es?- preguntó
Alphonse acercándose al quicio. ¡Por caridad!- contestó alguien
desde la calle. –Necesito su ayuda, señor marqués- . Aquel
hombre le había llamado “Señor marqués”. Por primera vez en
su vida, Alphonse tomaba conciencia de que algún día heredaría
aquel título y que llegaría a ser el cabeza de una gran familia.
Le gustó y sólo por ese motivo abrió la puerta. Disculpe que le
moleste en una noche tan lúgubre, ¿el señor de la casa, por
favor? Soy yo. ¿Usted, moinseur? Sí, Donatien-Alphonse-Françoise,
señor de esta casa y de las tierras que lo circundan. ¿Con quién
tengo el honor? Disculpe mi falta de modales, moinseur. Es solo que,
cuando pregunté por la casa grande en el pueblo, nadie me informó
que el marquesado recayera en una persona tan joven. Soy el ecónomo
del monasterio de Saint-Etiénne, en Orléans. Mi carruaje ha
quedado atrapado en el fango del camino y... ¿Le dan miedo las
tormentas? Sí. He de confesar que sí. Pase, por favor. Está usted
empapado. Un buen vaso de Borgoña le hará entrar en calor. En
cuanto mis hombres reúnan a los animales en las caballerizas, daré
orden de que le ayuden a sacar el carruaje del barro y le pongan de
nuevo en el camino. Se lo agradezco, señor marqués. Es usted muy
amable. Con su permiso. El ecónomo entró hasta el salón comedor,
decorado por la marquesa con gran profusión de estilos. Un piano
presidía la estancia junto a la chimenea y dos antiguos reposteros.
¿Toca usted el piano, señor marqués? No. La verdad es que no.
Desde la muerte de mis padres, nadie ha vuelto a tocarlo. Lo lamento.
Siendo usted tan joven, debió ser una tragedia. En efecto. Alphonse
le sirvió una copa de vino, dejando la botella de Borgoña al lado
del fraile. Aquel hombre no debía tener más de cuarenta años pero
la mala vida parecía haberse cebado en él. Sírvase cuando guste.
Gracias, muy amable. Me decía que el fallecimiento de sus padres
fue una tragedia. Sí. Ocurrió hace tan solo unos meses. Mi padre
salió a cazar y... Disculpe que le interrumpa pero, ¿no ha
escuchado ese ruido? En el dormitorio, Claudette comenzaba a dar señales
de que el parto se adelantaba. No. Yo no he oído nada. Ha sido.-
buscaba las palabras adecuadas- como un gemido. Le aseguro, señor
ecónomo, que en esta casa estoy yo sólo. Para tranquilizarse, el
fraile tomo una segunda copa de vino. Como le decía, mi padre salió
de montería con los guardeses de la finca y, lamentablemente... ¿Qué
ocurrió? Me permite- Alphonse rellenó la copa de su invitado
mientras proseguía con sus mentiras. – Un terrible accidente. ¿Un
disparo perdido? No. Peor aún. Mi padre estaba al pie de su caballo
ajustando las riendas cuando lo envistió un jabalí. ¡Qué horror!
Nadie pudo hacer nada por su vida. El animal estaba como loco y lo
atacó una y otra vez. – hizo una pausa dramática para captar aún
más la atención de su invitado – Con tan mala fortuna que, en
una de sus envestidas le desgarró una arteria y murió en el acto,
desangrado. Pobre chiquillo, debió ser horrible. Aún me parece que
veo a los criados cuando lo traían herido por aquella puerta, con
su cuerpo cubierto de sangre y ni un soplo de vida. Le ruego que no
continúe. Entre la tormenta, la historia y el vino, se me está
poniendo la carne de gallina. Alphonse estaba disfrutando de su
interpretación por que, además de contar con una buena historia,
la ambientación no podía resultar más adecuada; en cuanto al
pobre fraile, nadie habría estado tan receptivo como él. Del
dormitorio principal llegaron nuevos murmullos. Esta vez, el grito
de “¡Alphonse!” se escuchó perfectamente. Es el viento. No se
preocupe. Toda la casa necesita con urgencia una buena reparación
antes de que llegue el invierno. ¿El viento? ¡Válgame el cielo,
señor marqués! Yo no quiero hablar de fantasmas pero juraría que
lo que se ha oído ha sido una voz de mujer llamándole a usted por
su nombre. Una mala ráfaga de aire. Debe relajarse. Creo que me
tomaré otro vaso de su excelente Borgoña. Necesito templar los
nervios. Por favor está usted en su casa. Y dígame, ¿qué le
ocurrió a su madre? ¿Mi madre?... Ella... también falleció. El
mismo día que mi padre. Bajaba por esa escalera cuando lo vio
postrado en medio del salón y no sé, quizá fueron los nervios del
momento, pero se desmayó y cayó rodando por la escalera hasta allí,
muy cerca de donde usted se encuentra sentado. – Cuando el ecónomo
dio un pequeño respigo, Alphonse pensó que la historia empezaba a
causar el efecto deseado – Murió en el acto y, lo peor de todo,
es que estaba a punto de dar a luz. Los médicos lo intentaron todo
pero no pudieron salvar a ninguna de las dos. Es un historia
terrible. Entonces, la voz de Claudette resonó en toda la casa: -
“¡¡¡¡...phonse!!!!”-. ¿Lo ha oído? – gritó el fraile
levantándose del sillón. - ¡Han dicho su nombre? Por amor de Dios.
– y se persignó. Le repito que estoy sólo en la casa. ¡Cómo
quiere que me calme!. El resplandor de un rayo coincidió con el
estruendo al retumbar un trueno. La tormenta se encontraba en pleno
apogeo. ¡Me voy! ¿Con la lluvia que esta cayendo? Creo, señor
marqués, que el fragor de la tormenta será mucho mejor que el
temor que me invade aquí dentro. Lo lamento. Entonces, un nuevo relámpago
iluminó la estancia y a la mujer que estaba de pie al inicio de la
escalera: ¡Alphonse! ¿No me oías cuando te llamaba?- Claudette,
empapada en sudor, tenía manchado de sangre el camisón. El grito
del ecónomo cuando vio a la mujer que él identificó como la madre
muerta, resonó multiplicado por toda la casa. En aquel momento, el
marqués entró por la puerta de las caballerizas con su arma de
caza, alertado por los gritos de su mujer y por la voz, desconocida,
de un hombre que chillaba descontrolado. Le seguían el abad Théophraste
y los criados. ¿Quién va?- gritó el marqués al hombre que se
desplomaba contra el suelo. - ¡Claudette, qué haces levantada!
Estaba sola y no me respondía nadie, así que me asusté. ¿Quién
es el fraile que está con tu hijo? Pero el ecónomo de Orléans ya
no podía oírla. Cayó al suelo fulminado cuando vio a la marquesa
en lo alto de la escalera y al marqués, apareciendo, de pronto, con
el arma apuntándole y el cuerpo lleno de barro y de sangre de los
animales abatidos en la montería. Cuando llegó el ama de llaves
con el médico, el doctor Beaumont primero tuvo que certificar la
muerte del fraile - ¡Ha muerto de miedo – aseguró sorprendido a
los demás testigos y, después, tuvo que asistir a Claudette en el
parto. Sólo el llanto de la pequeña Juliette dio algo de alegría
al último día de Alphonse en la casa de su padre. Años más tarde,
el joven terminó su preparación en la Academia de La Rochelle y
comenzó una imparable carrera militar, caracterizada por su
crueldad y por los excesos en el campo de batalla. En una de ellas,
contra los prusianos, le informaron que su padre, Henri, había
fallecido y que, desde ese momento, él era el nuevo marqués de
Sade.
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