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(Los personajes, eventos y sucesos
presentados en esta obra son imaginarios. Cualquier semejanza con
personas vivas o desaparecidas es pura coincidencia. Esta historia
es parte del libro Metarelatos y El Fantasma de C.B. Walton.)
En una ocasión
era bibliotecario de la Biblioteca de Alejandría y también servía de
abogado a los beduinos y ladrones que merodeaban por las noches en
el mesón de Rachid. Al entrar en esta caterva, bajabas por siete
escalones espirales que te podían conducir al piso donde había que
sentarse de espaldas a la pared, para evitar un ataque inesperado.
Los más experimentados en el arte de las estafas y la sisonería se
sentaban en dirección a las dos salidas, que se reducían a una,
porque la otra, la de la izquierda, conducía al sótano. Este era un
lugar subterráneo, donde reinaba la ausencia de la luz y cuyas
paredes estaban cubiertas de alfombras tejidas por tribus nómadas
del desierto. Bajo estas, se habían repujado en alto relieve los
símbolos centenarios de Irán Habif: los del ojo omnipresente; el del
compromiso con la Viuda; el símbolo de la muerte prestada; el del
misteriosos 12121181; y un interminable catálogo de símbolos que
terminaban en el símbolo del castigo y venganza de las siete mujeres
de Abu Simel. Bajo este último símbolo se inscribía en antigua
caligrafía en khoisan y en arameo una sentencia que decía: “La
vanidad vive en la casa del ego”. Allí en aquellas bóvedas se
reunían en tiempos bien pasados antiguas sociedades secretas que con
el correr de los años se convirtieron en escuelas, academias y
universidades que establecieron sus raíces desde Knosos hasta
Timboctú y después en Acirema.
El olor a mirra
se mezclaba con la densa neblina que se escapaba hacia las otras
seis bóvedas que componían el complejo de habitaciones que habían
sido labradas en la roca. Similar a como se había hecho mil
cuatrocientos cincuenta años antes de nuestra era en el Templo
Mortuorio de la Reina Hatshepsut en Deir-el-Bahri.
Al mesón,
llegaban viajeros nómadas a quienes les sobraba el tiempo para estar
donde quisieran. Viajaban muchos como las aves de mal agüero,
acechando a sus víctimas. Mercenarios disfrazados de caballeros y
caballeros disfrazados de mercenarios, para su propia protección.
Algunos sabían adonde habían llegado, guiados estos por el antiguo y
oculto talismán poderoso del Sol. Otros, se movían sin objetivo como
las limaduras de hierro que se mueven hasta que llega un imán que
las guía. Estos, nunca bajaban a los subterráneos ni se elevaban
como lo hacía el humo de la mirra mezclado con la neblina. Eran
buscadores de fortuna, del oro fácil, la vida cómoda y del fraude
continuo. Dormían de pie y con los ojos abiertos, siempre al acecho...
¡aún estando dormidos! Si habías permanecido bastante tiempo en este
lugar, intuitivamente podías detectar quienes eran los protegidos
del Talismán del Sol. Por generaciones centenarias habían sido los
únicos custodios del Fordut y de las profundas doctrinas secretas,
de la Verdadera Doctrina Secreta. Ponderaban a la Verdad como Una.
En varias
ocasiones escuché a algunos de estos Templarios decir que lo más
difícil de creer es la verdad. La verdad es la mentira, tú te la
inventas. Por eso es tan escurridiza, tan resbalosa, tan infiel,
decepcionante y engañosa. Por eso tienes que crear tantas, una para
cubrir la otra. Es como una sábana de parches que con el tiempo se
descolora y se deshila, dejándote expuesto. La Verdad es eterna…la
mentira está limitada a un tiempo, no importa los años que pasen. La
Verdad se sitúa como una visión isotópica en el Espacio y desde allí
se pueden ver todos los ángulos cuando sabes usar tu visión esférica.
Así hablaba este Yedino de sonrisa pasiva, iniciado en la Orden del
Talismán del Sol.
El Yedino estuvo
sentado frente a mí por varias horas que transcurrieron en minutos.
Añadió a esto que muchas de las verdades ocultas están escritas en
forma de parábolas y paradojas y muestran los dos lados del fenómeno.
Esto muestra una sincronización con el plan de la Naturaleza. Todas
las manifestaciones de la verdad son tan solo declaraciones
parciales, pues hay dos lados buenos para cada argumento. Si buscas
con urgencia, con diligencia encontrarás la mitad opuesta. Recuerda
que vives en un mundo Relativo, me dijo en voz baja. Por unos
instantes, me percaté que cuando el Yedino hablaba nos acompañaba el
silencio, un círculo de silencio, mientras los concurrentes al
primer piso del Mesón donde nos encontrábamos vociferaban
estridentemente. El Yedino radiaba pensamientos de un carácter
diferente a aquellos que emanaban de las mentes de quienes nos
rodeaban. Sus ondas mentales parecían tener un efecto sobre el gran
cuerpo de ondas mentales del mundo. Pensé que sus pensamientos, su
voz y su presencia eran necesitados en el trabajo del mundo. Pensé
también que la Fuerza le enviaba un impulso para seguir hacia
delante y vivir la vida en relación con la humanidad. Conversó
también sobre la física y cómo en los siglos por venir ésta abrazará
al abarcante del Absoluto. Se refirió al lenguaje universal del
futuro. Este lenguaje o mejor dicho, metalenguaje, estará
fundamentado en un elemental principio generativo cuyo origen es
realmente lógico matemático. Los lingüistas del futuro investigarán
un encadenamiento automático de reglas absolutamente explícitas
semejante al concepto del algoritmo. La verdadera transformación del
lenguaje radicará cuando los científicos del porvenir utilicen lo
que se llamará la Auténtica Tabla de los Elementos, una vez esta sea
completada, como base para la comunicación entre los Universos.
Habrían
transcurrido ya veintisiete años desde que me inicié como
bibliotecario en la Biblioteca de Alejandría. Los asistentes al
Mesón de Rachid hablaban en voz baja sobre objetos ocultos en
lugares secretos en la inmensa Biblioteca cuando les pasaba por el
lado. Los rumores se habían convertido en leyendas que corrían de
boca en oído y trascendían la localidad. Una de éstas se refería a
un libro que contenía las fórmulas para la conjugación de hechizos y
talismanes. Este libro le había pertenecido supuestamente a Zenódoto
de Éfeso, quien había sido el primer bibliotecario. Según la leyenda
este había sido robado y vendido a uno de mis antecesores,
Erastótenes de Cyrene, tercer bibliotecario cerca del año 290 antes
de Cristo.
La antigua
biblioteca era la única y verdadera Biblioteca Universal de todos
los tiempos. Mientras paseaba por el Museo como acostumbraba hacerlo
todas las tardes, allí se traducía El Viejo Testamento del hebreo al
griego, la brisa traía un sabor salino a mi boca. Los preciosos
palacios reales dominaban al boquerón del puerto. Me dirigía al
Templo de Selcela, a cierta distancia de la vecindad del distrito
sur. Erastótenes, Euclides y Arquímedes, para nombrar unos pocos, se
reunían allí. Cerca del Templo merodeaban vendedores y compradores y
se hacía todo género de encargos y negociaciones, en su mayoría
fuera de la ley común. Resultaba ya muy propio en este ambiente
comprar datos que condujeran a los interesados a conseguir el
valioso y ambicionado libro de El Poderoso Talismán del sol. Los
Reyes de la dinastía Tolemaica se habían determinado a hacer de
Egipto el reinado más prominente de todas las épocas. Alejandría se
convirtió en el centro para la filosofía, la literatura, las artes y
la ciencia. A tales efectos, los Reyes Tolemaicos traían artistas,
escritores, científicos y filósofos para enriquecer el acervo
cultural de la Gran Biblioteca y del Museo o Altar de las Musas. ¡Qué
no hubieran dado por poseer el libro de El Poderoso Talismán del Sol
y quitarlo de las manos de los Yedinos! No sólo representaba este
una codiciada pieza única de colección para una biblioteca o museo,
sino que representaba el poder absoluto sobre todo en la Naturaleza,
sus leyes y su Espacio.
Los Yedinos
habían asimilado este poder por generaciones sobre generaciones.
Dominaban la circunspección y la aplicación de todas las reglas no
para su propio beneficio sino para la salvación física y existencial
de la Humanidad y su Espacio relativo y absoluto en el Universo.
Pero… el libro había desaparecido. Se estimaba que ya para el año
245 A.C., antes de que Apolonio de Rodas terminara su incumbencia
como bibliotecario, este hecho había ocurrido.
La Organización
de los Yedinos ha precedido a todas las Sociedades Secretas desde
que empezaron la planificación de las Grandes Pirámides y la
construcción de la Pirámide Escalonada del Rey Zoser en Saqqara
cerca de 2610 A.C. El Sol de las Pléyades y no el sol de nuestro
reducido sistema de planetas es su símbolo. Se dice que los Yedinos
se identifican entre sí porque cuando se miran a los ojos una blanca
luz que no proyecta sombra irradia desde su nuca. La naturaleza del
color de esta luz determina su grado de elevación en relación con el
infinito. Lo que para nosotros constituyen fenómenos inexplicables
de la naturaleza, como el desdoblamiento de los átomos de las
unidades de energía de carbón, la precognición a propósito, la
sanación a distancia, el control voluntario de la mente
subconsciente y el control de la voluntad ajena, son para ellos
cuestiones elementales. Los Yedinos por así decirlo, no tienen
nombre, nadie conoce sus caras, ni de donde vienen o adonde van.
Vienen como avatares o Maestros y su ruta es elíptica en el Espacio.
Aparecen en los lugares más bajos de la sociedad para dar la mano y
levantar a las almas desahuciadas para que asciendan de acuerdo al
Plan Maestro de las mentes de más allá de las Pléyades. También,
están presentes mucho antes de que ocurra una debacle o hecatombe
que pueda alterar el curso de la Naturaleza y la historia afectando
a las generaciones futuras. En muchos casos ya conocidos se refleja
que su naturaleza está fundamentada en una Mente de acero y un
Corazón de compasión.
Habiendo
terminado mis rituales en el Templo de Selcela, me dirigía hacia la
Biblioteca cruzando la Espina que es un largo y ancho pasadizo que
conecta el área de ésta y que, a su vez, divide las paredes. La luz
del mediodía entraba por los inmensos ventanales de la parte derecha
creando patrones en rectángulos y cuadrados que se reflejaban en el
piso cubiertos en degradaciones de luz y sombras.
En la rotonda, me
estaba esperando el Yedino. Su alta figura resultaba impresionante y
hasta poco común. Vestía un albornoz obscuro tejido en tela de hilo
muy propio para las noches en el desierto. Movía muy poco sus manos
excepto cuando hacía una indicación a una sugerencia que había que
cumplirse. Me saludó poniendo sus dos brazos en ángulos de noventa
grados en una forma muy natural. Después, bajó el izquierdo hasta su
costado. Comprendí que este saludo era muy especial, no se utilizaba
públicamente ni corrientemente. Había leído en un antiguo pergamino
proveniente de Cumrán que muchas organizaciones utilizaban algunos
gestos, vestimentas y saludos privados, desconocidos para los no
iniciados. Miró a su alrededor y las personas que se congregaban en
la rotonda se fueron moviendo a otras salas de la Biblioteca como si
hubieran recibido una orden telepática tácita. El Yedino me comunicó
que había que estar alerta a las discrepancias ya casi por conocerse
entre Cleopatra y su hermano Tolomeo XIII. Me informó que vendrían
momentos muy críticos y difíciles para el pueblo. César y Alejandro
bañarían las calles con sangre y fuego. ¡Ya Marco Antonio había
compensado a Cleopatra con el regalo de más de doscientos mil
documentos de Pérgamo! La plaga de la destrucción estaba a pocos
pasos…
Me indicó que
había venido por El Libro del Talismán que había sido escondido por
Aristófanes de Bizancio: cuarto bibliotecario de Alejandría. Este
dato se había mantenido oculto por generaciones por los iniciados en
la Orden del Talismán del Sol. Al terminar de decirme esto
aparecieron once Yedinos, también con la misma vestimenta e hicieron
un círculo a todo lo amplio de la rotonda. Luego de saludarme, esta
vez haciendo un gesto como si se desgarraran las entrañas,
tirándolas al piso, se dirigieron a la séptima cámara. Cuando
salieron, un humo blanco empezó a llenar la rotonda.
Desde las calles,
a través de los ventanales de la Espina, llegaban gritos,
vociferaciones, quejidos… se escuchaba el trote de los caballos y el
choque de metales ensangrentados. Los centuriones de César bajo el
comando de Alejandro arrasaban la ciudad en apoyo a Cleopatra contra
su hermano. Muchos de los atorrantes que asistían al Mesón de Rachid
entraron a la Biblioteca, aprovechando la confusión, y hurtaron
objetos de colección e insustituibles manuscritos: libros, mapas y
pergaminos de copia única. De las salas empezaron a salir los
escolares y los estudiosos que asiduamente concurrían a la
Biblioteca, escapando de las llamas que los envolvían.
Corrí hasta la sala donde se encontraban los Yedinos. La sala estaba
vacía. El pavoroso incendio no había llegado a ella. Mis ojos
recorrían todo el espacio con rapidez…Uno de los casetones del
plafón estaba abierto, revelando que había sido usado como lugar
para ocultar algo. Un ingenioso escondite que nunca levantó
sospechas. A mi alrededor el calor aumentaba inmisericordemente y el
humo y las llamas cubrieron mi rostro. Una fuerza que no puedo
describir me arrastró hacia fuera. La refriega había terminado y a
lo lejos sólo se escuchaban gemidos y el crujir de las cenizas. Debí
haber pasado la noche aturdido, así pensé cuando desperté en el
desierto. El Sol estaba en el Cenit. Abrí mis ojos… y me encontré en
la obscuridad.
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