Miami
Estados Unidos
Año VI 

Nº 31/32

Escríbanos    

 

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesores Técnicos

Daniel Berdeguer

Luis H Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

 

 

EN EL DIVÁN

(O una sesión de psicoanálisis)

OBRA DE TEATRO BREVE

 

por

 

Teresa Domingo Catalá

(Se ve una sala con una silla, una mesa y un diván. Catalina está sentada en la silla y Asunción tumbada en el diván dándole la espalda a la otra mujer).

 

ASUNCIÓN:  Hoy no sé muy bien qué decir.

CATALINA: (Tiene en la mano una libreta y un bolígrafo). Puede contarme cualquier cosa que le haya pasado.

ASUNCIÓN: (Insegura). Bien, bueno, no sé.

CATALINA: Seguramente en estos últimos días le ha ocurrido alguna

ASUNCIÓN: Sí, hace un par de días discutí con mi madre.

CATALINA: ¿Cuál fue el motivo?

ASUNCIÓN: Una tontería, en realidad. A pesar de mis cuarenta años, aún cree que debo contarle detalladamente todo lo que hago. Salí a comer con un amigo, con José Luis, ya sabe quien es, el que escribe teatro, y luego decidimos ir al cine, a ver una película de esas intrascendentes, para pasar el rato. El caso es que volví a casa sobre las ocho de la tarde, cuando lo normal hubiera sido llegar sobre las cuatro o como muy tarde las cinco. Y allí estaba ella, con esa cara que pone, que yo no la sé describir muy bien, pero me hace sentir el ser más miserable de este mundo.

CATALINA: (Anotando en la libreta). Pero usted sabe que tiene derecho a salir con sus amigos.

ASUNCIÓN: Sí, claro que lo sé, pero con mi madre siempre es igual, haga lo que haga, estará mal. Lo que ella querría es que yo no saliera de casa, que estuviera siempre con ella, ya sabe, a su lado, como una niña pequeña, para soltarme sus monólogos, contarme sus múltiples decepciones en la vida, y claro, su mayor frustración soy yo, por no haberle dado unos nietos.

CATALINA: Usted tiene todo el derecho a no tener ni compañero ni hijos.

ASUNCIÓN: Yo no sé si eso es un derecho o no lo es. Creo, más bien, que ha sido ella misma, mi madre, la que cortó en mi todo deseo de tener una relación con un hombre. Por lo menos cuando yo era más joven, no me refiero a ahora.

CATALINA: ¿Y en que basa esa creencia?

ASUNCIÓN: (Con voz infantil).  Cuando era pequeña no hacía más que repetir lo sucios que eran los hombres, que todos pretendían lo mismo, sin aclarar nunca que era eso de lo mismo, dejando entrever, eso sí, que ese lo mismo era sumamente asqueroso. De adolescente nunca me permitió tener amigos. (Con voz de anciana). Ella decía que hombres y mujeres no podían mantener una relación de amistad. Que eso era imposible, y sólo podía pasar si él era raro o si lo era ella. Claro que nunca especificó que era eso de ser raro.

CATALINA: (Mirando hojas anteriores de la libreta). Pero usted si ha tenido una relación de pareja, Asunción.

ASUNCIÓN: Si a eso se le puede llamar tener una relación... No sé, sabe usted, con Gutiérrez fue todo tan extraño. Tardamos casi un año antes de empezar a salir en plan novios, ya empezaba a desesperarme, yo, que siempre creí  que no necesitaba para nada tener un lío, mucho menos una relación, me encontré deseando con fervor que por fin ocurriera, y, cuando ocurrió me encontré viviendo una historia que no tenía el menor interés. Todo era rutinario, sin la menor sorpresa. Gutiérrez era el hombre menos imaginativo que he conocido.

CATALINA: ¿Y si no le gustaba, por qué le aceptó como compañero?

ASUNCIÓN: Quería saber lo que era hacer el amor. Yo era virgen, a mis veinticinco años, (baja la voz). Madre mía, qué vergüenza.

CATALINA: No es vergonzoso.

ASUNCIÓN: Para mí si lo era, todas mis amigas ya habían dejado atrás la virginidad sobre los veinte y yo no había tenido ningún contacto físico con un hombre.

CATALINA: ¿Y fue por eso que empezó a salir con Gutiérrez?

ASUNCIÓN: Yo creo que ese fue el motivo principal. Al principio era muy atento y detallista. Apasionado, lo que es apasionado, no. Tan cortés, tan distinguido. Tenía una conversación interesante y nuestros gustos eran muy parecidos. A los dos nos gustaba el cine, la lectura, la buena música, ir al teatro.

CATALINA: ¿Por qué cree que salió mal?

ASUNCIÓN: Ya lo he comentado antes, no tenía imaginación ni apasionamiento ninguno. Fue lo que me dijo mi madre: Te aburrirás mucho con él.

CATALINA: ¿Y usted hizo caso al comentario de su madre?

ASUNCIÓN: No, no fue ese el detonante. O, ahora que me lo pregunta, quizás sí.  Creo que sí.  A partir de entonces las virtudes que veía en Gutiérrez me empezaron a parecer defectos. Su distinción, presunción. Su cortesía, empalago. Sus conversaciones, extraídas de una enciclopedia. Su actitud respetuosa, un latazo, si me permite la expresión.

CATALINA: ¿Se da cuenta de la influencia que tiene su madre sobre usted?

ASUNCIÓN: Sí, la verdad es que sí. Siempre me sorprende comprobar como unas cosas llevan a otras, como mis historias siempre terminan o empiezan en el mismo punto. Mi madre. Parece un dios omnipresente.

CATALINA: Para eso viene usted aquí, para recuperar el poder sobre su propia vida.

ASUNCIÓN: Hablando de eso, quizá sea una tontería pero anteayer, al salir del cine, José Luis y yo fuimos a tomar un café, estuvimos charlando sobre la obra que está escribiendo, un drama familiar, podría cogerme a mi de protagonista, no, mejor a mi madre de protagonista, bueno, después él se fue a su casa y yo me quedé dando una vuelta en un centro comercial. Fui a comprarme maquillaje y sombra de ojos. Me permití el capricho de comprármelos de marca, concretamente de Yves Saint Laurent, que es mi preferido.

CATALINA: Y ve alguna relación entre la compra y el problema que tiene con su madre.

ASUNCIÓN: Quizá no, no lo sé, ella no se maquillaba cuando era joven, menos ahora, con su edad, no quiero decir que las mujeres mayores no se puedan maquillar claro está, (balbucea). Siempre que sea discreto, claro que siempre tiene que ser discreto el maquillaje... Me estoy liando, lo veo, he perdido el hilo.

CATALINA: Hablaba de si tenía alguna relación la compra que hizo con su madre.

ASUNCIÓN: Sí, sí, ya caigo. Pues eso, estaba diciendo que ella no se maquillaba, y la verdad es que yo casi nunca lo hago, sólo en ocasiones especiales.

CATALINA: ¿Podría decir algo más sobre este tema?

ASUNCIÓN: (Se aprieta el bolso en el pecho con las dos manos). La verdad es que llevo la compra en el bolso, la he traído conmigo, no sé porqué, pero no quiero dejarla en casa.

CATALINA: ¿Teme que su madre lo encuentre?

ASUNCIÓN: En parte sí, porque ella no soporta el despilfarro y claro, me costó un dinero, que no es cualquier cosa, es Yves Saint Laurent. Señor, me da un poco de corte, yo no suelo comprar las cosas por su marca, pero no sé, con este hombre tengo algo especial.

CATALINA: Es libre de comprar lo que quiera.

ASUNCIÓN: Mi madre me ha repetido tantas veces que se debe ahorrar, que lo bueno es para los demás, no para nosotras, que siempre hemos sido pobres porque así es el destino.

CATALINA: ¿Pero usted no cree que ella tenga razón?

ASUNCIÓN: No, no lo creo, pero me remuerde un poco la conciencia. Pienso en la gente que se muere de hambre, en los que no tienen un techo con que cubrirse, en la gente que viene de tan lejos en las pateras y yo aquí, derrochando el dinero.

CATALINA: No es responsable de lo mal repartida que está la riqueza en el planeta. Ni siquiera puede cambiarlo.

ASUNCIÓN: Ya lo sé, pero ella siempre ha repetido tanto que hay que pasar con lo imprescindible. Si fuera por ella, yo no tendría más que dos o tres piezas de ropa, la justa para cambiarme y lavarla... Se pasó años lavando a mano por no querer una lavadora y por supuesto, lavavajillas no tenemos, en casa.

CATALINA: Quizás esa compra es un asomo de rebeldía hacia su madre.

ASUNCIÓN: No lo sé, lo cierto es que yo nunca me he rebelado. No tengo fuerzas para hacerlo. (Con voz dulce). La veo, sentada en su mecedora, con su chal de lana, incluso en verano, siempre de oscuro, marrón, gris o negro, al lado de la ventana, la única ventana que tiene el salón, con su devocionario en la mano, y esos ojos que tiene, grandes, verdes, luminosos, y cuando me mira con esos ojos no sé lo que siento.

CATALINA: ¿Podría aclarar esos sentimientos?

ASUNCIÓN: Pues no lo sé, lo puedo intentar. (Suspira). A veces siento miedo, un miedo indefinible, suave, eso sí. No es pánico ni nada parecido, es una pequeña serpiente que se me instala en el pecho, si usted me entiende. Otras veces siento que la quiero mucho, a pesar de todo. Pienso que ella me parió y me sacó adelante sola, ya sabe que mi padre murió joven. Y pienso que si es tan estricta es porque ha sufrido mucho. Ya sé que eso no excusa todos sus comportamientos, pero lo cierto es que cuando me dice con esa vocecita que tiene, que parece un pájaro que se ha caído de un nido, cuando me llama (Con la supuesta voz de la madre). “Asunción” yo siento que no puedo negarle nada.

CATALINA: Pero es usted consciente que en todo amor deben existir límites.

ASUNCIÓN: Claro que lo sé, después de tantos años de sesiones. Pero es algo que escapa a mi racionalidad. (Alterada). Su voz me golpea directamente en el corazón y yo, que soy atea, me encuentro rezando el rosario con ella muchas tardes, me veo recitando en voz baja, Ora pro nobis, Ora pro nobis, y algunas veces pienso, si Dios existe, ¿no percibirá mi incredulidad? Entonces me digo, esta es la última tarde que rezo el rosario con mi madre, ella ya sabe que yo no creo en estas cosas, pero me es imposible decirle que no.

CATALINA: (Anota en la libreta). ¿Y por qué cree que le resulta imposible?

ASUNCIÓN: (Cansada).  No lo sé.

CATALINA: ¿Es por miedo, quizás?

ASUNCIÓN: Quizás sí tengo algo de miedo, ya he comentado antes que a veces mi madre me produce miedo... Pero no sé a que tengo miedo, concretamente, eso no se lo puedo decir.

CATALINA: (Afirmativa). Quizás si encontrara las razones de su miedo podría decirle a su madre que no algunas veces.

ASUNCIÓN: Ahora necesitaría tener ese valor ¿sabe usted? Porque a mis cuarenta me he enamorado y creo que soy correspondida. Señor, que cursi queda eso.

CATALINA: Puede ser usted todo lo cursi que quiera.

ASUNCIÓN: Ya le he hablado de Agustín, en alguna otra ocasión.

CATALINA: Pero no me había comentado que estuviera usted enamorada.

ASUNCIÓN: (Gesticula con los pies). Es que no me había dado cuenta, hasta ayer, que nos encontramos por la calle y a mi se me cambió la cara. Empecé a tener esos síntomas de que hablaban mis amigas en la adolescencia, el rubor, los latidos, el querer que él me invitara a tomar un café... Sí, ya sé que le hubiera podido invitar yo, pero Agustín es de esos hombres que le gusta llevar él la iniciativa, no es que sea machista, no es ese el caso, es que odia que le sorprendan, quiere llevar él las riendas de la situación.

CATALINA: ¿Y, qué ocurrió?

ASUNCIÓN: (Con voz alegre).  Pues que me invitó a tomar un café y estuvimos charlando casi una hora. Y eso que los dos teníamos mucha prisa.

CATALINA: ¿Y por qué cree que él le corresponde?

ASUNCIÓN: Pues porque me lo dijo, no claramente, todo hay que decirlo, eso no, pero me insinuó que podríamos quedar más veces y no sólo porque nos encontráramos por una casualidad. Yo le dije que sí, claro, y cuando salimos del café no me lo podía creer. Estaba tan contenta. Creí que me iba a morir sin haberme enamorado nunca.

CATALINA: (Anotando en la libreta).  ¿Teme que su madre pueda interferir?

ASUNCIÓN: (Suspira). Agustín no le gustará. A mi madre sólo le gustan los hombres que se pueden malear, ya me comprende, los hombres a los que se puede dirigir o manipular y él no es de esos.

CATALINA: Pero antes ha comentado que su madre quiere nietos.

ASUNCIÓN: (De carrerilla). Sí, pero quiere que yo me quede a vivir en su casa, con mi futuro marido, y que tengamos los niños, también en su casa, ya me entiende. Y claro, persona dominante con persona dominante no pueden llevarse bien.

CATALINA: ¿Definiría usted a Agustín como un hombre dominante?

ASUNCIÓN: Pues ahora que lo dice, bueno, dominante queda fatal. Lo que sí he comprobado es que no soporta que le lleven la contraria, no acepta las críticas, y siempre habla de él.  Ayer mismo, estuvimos todo el rato conversando sobre su trabajo, claro que a mi me fascina oírle hablar, no me cansa que me hable de sus cosas.

CATALINA: (Golpea la libreta con el bolígrafo). Se ha enamorado de un hombre egocéntrico.

ASUNCIÓN: Un poco sí, claro que de que iba a hablar yo. Mi vida es tan interesante como un ladrillo en medio de una obra.

CATALINA: No debe hablar así de sí misma. Mire todas las cosas que cuenta aquí, en la sesión.

ASUNCIÓN: Pero no voy a hablar de eso con Agustín. Estas cosas se las cuento a usted, porque me desahogo, pero a nadie más. Si mi madre supiera que vengo aquí y sobre todo, si supiera las cosas que le cuento, no quiero imaginarme cómo se iba a poner. Y no quiero parecer una desequilibrada, además a Agustín las cosas de la infancia no le interesan lo más mínimo.

CATALINA: Pero si él está interesado en usted, no son ya cosas de infancia, sino de su infancia y seguramente la escucharía.

ASUNCIÓN: No lo sé, no lo creo, la verdad. Yo tampoco tengo mucho interés en contarle nada.

CATALINA: Y volviendo al tema de su madre, ¿cómo cree que puede mejorar su relación con ella?

ASUNCIÓN: (Con voz adulta y asertiva). Yo lo que debería hacer es alquilarme un piso, iría a ver a mi madre todos los días, comería con ella, pero tendría mi propia casa, que ya va siendo hora. Debería tenerla alejada, no permitirle que se metiera tanto en mis cosas, pero me pregunto, si no soy capaz de decirle que no a un rosario ¿cómo me voy a independizar?

CATALINA: Quizá la solución no sea irse de casa, quizá sea encontrar la manera de que su madre entienda que usted tiene su propia vida.

ASUNCIÓN: ¿Hablar con mi madre? No sé, a veces me he planteado escribirle una carta, he empezado muchas, usted ya sabe, y todas acaban en el mismo sitio, en la papelera. Empiezo y luego no sé seguir, confundo los términos, no sé expresarme y la verdad, la veo tan sola, tan indefensa...

CATALINA: Antes la ha calificado de dominante.

ASUNCIÓN: Y es dominante, pues al final casi siempre se sale con la suya, pero no se impone, pocas veces grita, se limita a hacerme saber lo incompetente que soy, lo mala hija que soy por trabajar y tenerla abandonada tantas horas. Y claro, cuando salgo por ahí es todavía peor.

CATALINA: Poco a poco iremos encontrando una solución, una salida.

ASUNCIÓN: Yo creo que mi salida es Agustín.

CATALINA: Pero ningún hombre puede solucionar sus problemas.

ASUNCIÓN: Es que creo que él me dará fuerzas para dar el paso, ¿sabe usted? Cuando le miro a los ojos, todo mi ser cambia. Tiene unos bellos ojos verdes, grandes, luminosos. Creo que con la fuerza de los sentimientos podré al fin decirle a mi madre que me voy, que voy a vivir con un hombre, que la visitaré, sí, pero que haré mi vida.

CATALINA: Bien, eso ya lo iremos viendo en próximas sesiones.  Creo que por hoy ya es suficiente.

ASUNCIÓN: Gracias, no sabe lo que significa para mi poder contarle todas estas cosas.

CATALINA: Es mi trabajo.

(Cae el telón).

 

FIN

 


Teresa Domingo Catalá nació en Tarragona, España (1967). Poeta y dramaturga. Es licenciada en Ciencias Políticas y en Sociología por la Universidad Complutense de Madrid (1992). Participó en el IX Encuentro de Escritores de Tarragona que convoca la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona (2002). Poemas suyos han sido publicados en la revista El Prometeo Moderno (2002 y 2003) y ha colaborado con poemas en varios libros colectivos. Ha publicado los libros de poesía: Iris de Sombras, (Tarragona, 2003), en los Cuadernos de la Perra Gorda que edita la Tertulia de Poesía Mediona 15 y Soliloquios por Silva Editorial, (Tarragona, 2004). Ha ganado premios de poesía en la ciudad de Tarragona en los años 90 y ha sido finalista del concurso de relatos del Ayuntamiento de Constantí (Tarragona, 2003). Sus poemas también aparecen en la Antología La decisión de naufragar que editó la Tertulia de Poesía Mediona 15 (Tarragona 2001), la Antología de Poetas Mujeres de Ciudad de Mujeres (Internet), en la III y IV Antología de poetas hispanoamericanos realizada por el poeta peruano Leo Zelada (2004) y en las revistas de Internet: Pliegos de opinión, Realidad Literal y Almiar (2004). Su obra inédita comprende textos de poesía, teatro, novela corta y cuento. Su poemario Loliloquios ha sido interpretado en representaciones teatrales que se han llevado a cabo en Tarragona: Teatre Magatzem y en el Ateneo de la ciudad (2004).